Capítulo VI

Maragatos 

 

Ellos se consideran una casta aparte en el mundo, y tan apegados están a sus leyes morales, que no adoptan de las ajenas cosa alguna, ni buena ni mala”.

Concha Espina

Los maragatos conforman uno de los pueblos más insólitos de España. Dejando al margen las hipótesis que apuntan a una supuesta  procedencia judía o morisca, según, (lo cual sería muy discutible) lo cierto es que la oscuridad de su origen, así como sus muchas particularidades, dotan de gran atractivo a este curioso pueblo.

Sobre los maragatos se ha escrito mucho, mucho más que sobre ningún otro pueblo de los que reseñamos en este libro. Sobra decir que, casi siempre, los autores –como ocurriera con respecto al resto de las minorías tratadas[1]– comparten ese mismo origen, por lo que sus textos están inspirados en la pasión o, cuando menos, en el amor que profesan a los suyos. En este sentido, únicamente encontramos un par de libros sobre el tema cuyos autores no son de ascendencia maragata ni leonesa. Además, como los libros sobre la Maragatería casi siempre han sido editados, bien por editoriales de ámbito leonés, bien por instituciones locales, o contando con su patrocinio, los textos de autores foráneos han debido de tener muchas dificultades en este sentido, con lo que su difusión ha sido escasa.

Este es el caso de un buen libro: “Los maragatos: la caída de un mito”, ciertamente desmitificador, editado por el autor, del que entresacaremos varios párrafos más adelante.

Pero, antes de continuar, hay que señalar que, aunque  incluyamos a los maragatos, no son en puridad un pueblo estigmatizado, como pudieran serlo otros que los acompañan en estas páginas[2]. Es decir, nunca sufrieron persecuciones ni fueron objeto de otras tropelías por el estilo. Tampoco trataron ellos de disimular su condición de maragatos o renunciaron a las señas que los identificaban como tales[3], sino que siempre mantuvieron con orgullo su origen y condición. Algunos alcanzaron notoriedad[4] en distintas épocas y muchos gozaron de grandes fortunas. Pero sobre ellos siempre planeó la sospecha de su origen “impuro”, lo que les privó de los privilegios que, como pueblo cristiano de asentamiento antiguo y con solar propio, les hubieran correspondido. Además, pese a su probada honradez y a la seriedad profesional que siempre se les reconoció, no encontraron la simpatía popular que estas virtudes les debían de haber acarreado. Al final se convirtieron en víctimas de su etnocentrismo y de la distancia que pusieron con la sociedad española. Todo esto lo iremos viendo a lo largo de estas páginas, pero, ahora, conviene centrarnos en quiénes fueron los maragatos y dónde habitaron.

Sabemos que estuvieron establecidos en tierras del norte de la actual provincia de León desde la edad media, que practicaron una endogamia estricta y que consolidaron una cultura basada en la arriería. También, que una parte significativa de los maragatos lograron enriquecerse con el comercio a través de la España interior, pero que nunca -antes al contrario- cayeron en ningún tipo de ostentación, sino que continuaron ligados a su forma tradicional de vida y a sus costumbres austeras y centenarias. Por último, contemplamos su decadencia con el advenimiento del ferrocarril y la irrupción del moderno comercio, asociado a nuevas rutas terrestres y nuevos medios de locomoción.

En torno a los maragatos existe una desdibujada leyenda negra, que incide en sus supuestos orígenes “impuros”, y los equipara con los judíos, con los moriscos o con otros pueblos tradicionalmente marginados. A esto contribuyó, entre otras cosas, lo singular de sus costumbres, que contrastaban con las de la inmensa mayoría de los españoles. No hay que olvidar que, en muchos sentidos, los maragatos se excluyeron del devenir de la historia común del resto de sus compatriotas y se condujeron durante varios siglos de forma autónoma, apegados a su modo de vida y al polvo de los caminos que ellos lograron convertir en oro.

La imagen del maragato, vestido de forma un tanto estrafalaria, con sus holgados calzones –bragas maragatas-, botas y sombrero de ala ancha, tirando de una recua de mulas, se fijó en la retina de quienes los conocieron y nos los describieron hasta finales del S.XIX. Después, ya en el nuevo siglo, muchos de ellos se establecerían de forma permanente en las grandes ciudades y allí regentaron distintos establecimientos comerciales, sobre todo pescaderías y ultramarinos.

Dejaron de utilizar progresivamente su traje típico, sus tradiciones arcaicas fueron fagocitadas en el intercambio cultural de la urbe y su rastro se perdió definitivamente entre los millones de personas que, provenientes del campo, tomaron al asalto la ciudad en el S.XX.

Si nos acercamos a la Maragatería, a esos pueblos inconfundibles que se abren como un abanico al oeste de Astorga, no encontraremos sino retazos de lo que apenas cien años antes fuera una cultura vigorosa. Aparte de celebraciones puntuales, como las que se dan con ocasión de las bodas y otros festejos en los que se intenta recuperar una tradición difunta, sólo nos aguardan un par de museos locales y unas cuantas casas de arrieros reformadas para el disfrute turístico[5].

Las omnipresentes piedras con las que alzaron sus viviendas, con las que pavimentaron sus calles y que se erigen victoriosas sobre un paisaje duro y agreste, son, como todas las de su especie, mudas. Poco nos pueden contar, aunque si prestamos atención y afinamos el oído, escucharemos su monótono discurso que nos habla de sobriedad extrema e, incluso, de cerrazón.

 

Emplazamiento y origen de los maragatos

Con el nombre de la Maragatería conocemos hoy lo que hasta el S.XVI se llamó “La Somoza”, que sería el espacio geográfico que ocupa esta comarca leonesa adscrita a la diócesis de Astorga que, pese a sus vinculaciones, aparece como una ciudad bien diferenciada de los pueblos maragatos.

Jose María Luengo, arqueólogo astorgano, nos aclara este punto al afirmar que algunos escritores “modernistas” prescindiendo de todo fundamento histórico han dado en denominar a Astorga “la ciudad maragata” y asignarle, nada menos, que el título oficial de “capital de la Maragatería” cuando Astorga nunca perteneció a dicho territorio.[6]

No obstante, la pertenencia política y jurídica de la Maragatería a Astorga pueden mover al equívoco, puesto que las máximas instituciones locales de las que depende la comarca se ubican en Astorga, incluyendo los jueces ordinarios, adscritos a la obispalía de esta ciudad.

Pero, volviendo a la comarca maragata, diremos que la constituyen aproximadamente una treintena de pueblos[7], que disfrutaron del privilegio de “hermandad propia” desde el año 1.270. Lo concedió Alfonso X en Burgos y fue confirmada posteriormente por Alfonso XI en 1336. Todos los documentos de esta época y aun posteriores no mencionan en ningún momento el término “maragato”, sino que se refieren únicamente a la Somoza.

Entonces, ¿de dónde procede el término “maragato”? Es difícil contestarlo: se han propuesto muchas y muy diversas respuestas a este dilema, la mayor parte inverosímiles. Algunos estudiosos se descuelgan con curiosidades de carácter etimológico, o que guardan cierta similitud fonética con la palabra maragato, pero a menudo olvidan lo que acabamos de mencionar al respecto, y es que el término maragato es muy reciente.

Por lo tanto, su analogía o posibles parecidos no tendrían la menor validez para explicar el origen de un pueblo que ya existía y estaba sólidamente asentado en su territorio original –que no ha sufrido variación- desde mucho antes del S.XVII, que es cuando comenzaría a generalizarse el nombre de maragato.

Jose María Luengo, señala con acierto que no determina esta comarca (la Maragata) la cuenca natural de un río derivado en cultura, ni ningún otro posible encuadramiento geológico creador. Tiene riachuelos algo fértiles, planicies estériles y yermas, vallecitos, pero no el orden geológico de un gran valle que aglutine todo, a la manera, por ejemplo, de las cercanas comarcas del Órbigo o del Bierzo. Y, sin embargo, la aglutinación histórica y actual de sus pueblos, resulta más fuerte que la de ninguna comarca leonesa[8].

Por eso sorprende que, durante los últimos seis siglos, hayan perdurado las mismas “fronteras” de un pueblo circunscrito a una unidad territorial en la que no media la imposición física de barreras naturales, tales como ríos o montañas. Esto nos lleva a pensar que la cohesión cultural debió ser muy poderosa, y que la contumaz endogamia que practicaron los habitantes de la comarca sería, a la vez, causa y efecto.

Las peculiaridades que hemos apuntado, así como otras que veremos pronto, han provocado el interés de historiadores, antropólogos y etnólogos, para quienes el estudio de los maragatos pasa no sólo por anotar sus marcadas diferencias, sino, también, por descifrar el origen de las mismas. Y entonces nos damos de bruces, una vez más, con la procedencia de su mismo nombre.

No es de extrañar que, rastreando en lo escrito acerca de este pueblo, hallemos que muchos de los autores dedicados al tema se empecinen en averiguar el origen del término maragato, como si de la varita mágica para explicar todo lo demás se tratase. Algunos, incluso, recopilan todas las hipótesis que se han barajado sobre el particular y agotan en este menester buena parte del contenido de sus respectivos trabajos[9]. Valga como ejemplo el caso de Sánchez Dragó, que en su obra “Gárgoris y Habidis Una historia mágica de España”, de las cuatro páginas que dedica a la maragatería, emplea la mitad en recordarnos todas y cada una de dichas conjeturas[10].

Como no podía ser de otro modo, el autor se decanta por una de ellas, la que propone Jaime Oliver Asín y alude al origen magrebí: en este caso, una tribu remota convertida simultáneamente al cristianismo y al judaísmo, los baragwata. Por lo visto, según esta versión, hacia el S.VIII, dicho pueblo tuvo que emigrar ante la intolerancia religiosa de sus vecinos… Y habría caído al otro lado del Estrecho. Primero en el Al Andalus, para, posteriormente, establecerse al oeste de Astorga, donde quedarían sus descendientes, los maragatos.

¡En fin! Qué quieren que les diga. Personalmente, me parece un poco arriesgado aventurar tanto, máxime cuando la similitud entre “baragwta” y maragato, por tentadora que resulte, queda sin efecto si recordamos que, hasta muy entrado el S.XVI, no tenemos constancia documental de este nombre.

Como curiosidad, debemos señalar parecidos incontestables en cuanto al método empleado para recabar información sobre los orígenes de este pueblo y de otros tan o más enigmáticos. Baste decir que, en el caso de los agotes, también se ha abusado de la tendencia a fijar su origen en función del nombre que reciben y, prejuzgando –igual que con los maragatos- que se trataba de descendientes de moros o de godos o de cualquier otro pueblo considerado indeseable, se han buscado curiosidades fonéticas para darles rango etimológico.

El resultado constituye, a mi juicio, un aluvión de “palabros”, que no arrojan ninguna luz sobre el tema. Casi todos estos parecidos están cogidos por los pelos y así, para algunos, maragato vendría de mauri-capti, o sea moro cautivo; para otros, simplemente de mauri, que supuestamente evolucionó hasta llegar a mauriscato, y de ahí maragato; también hay quien defiende que el término arrancaría en una supuesta provincia a orillas del Nilo llamada Maragat, donde tendría su origen este pueblo homónimo que llegó a nuestras latitudes en un pasado incierto.

No quiero citar muchos más, pues coincido con Luis Alonso Luengo -quien en su libro “los Maragatos” recopila estas y otras muchas opiniones-, en que la mayoría carecen de fundamento, pues la palabra maragato resulta de reciente elaboración y se refiere al oficio de mercader[11].

Y para concluir, añade que el origen remotísimo del pueblo maragato ha de estudiarse por vías no etimológicas, sino antropológicas, arqueológicas, étnicas e idiomáticas[12].

No obstante esta opinión aceptada mayoritariamente en nuestros días, algunos autores la descartan de modo tajante, como Emilio Rovalo, que opina que “maragato” nada debe al latín “mericator”, a pesar de la aprobación general (…) (maragato) es el fruto de una idealización del oficio de arriero. Los maragatos no eran mercaderes, sino pobres paisanos que ejercían un oficio despreciado[13].

Este autor propone que maragato, derivado de “maragas”, es un mote colectivo, y una metáfora múltiple cuyo propósito era ridiculizar y herir. Olvidando su sentido primero, este mote fue aceptado como gentilicio por los descendientes de los arrieros y los demás[14].

Desde aquí, no nos parece demasiado probable esta hipótesis, que parte de un juicio desfavorable a priori, aunque nos parece de justicia apuntarla. Lo que sí está más que probado es que la historia de los maragatos está plagada de referencias tendentes a denostarlos sobre la base de un pretendido origen morisco y/o judío. A este respecto, la tendencia general parece haber sido la siguiente: hasta el S.XIX, fueron tachados mayoritariamente de descendientes de judíos o incluso de criptojudíos. A partir de entonces, de descendientes de moros, hasta nuestros días, en los que prima el escepticismo en cuanto a orígenes diferenciados del resto de la población leonesa. En el detallado estudio antropológico, que se llevó a cabo auspiciado por la Facultad de Ciencias Naturales en 1902, el autor afirmaba concluyente que grandes son las analogías que existen entre el maragato y el bereber, tanto en sus caracteres físicos como en los sociológicos, analogía que nos lleva a unificar ambas razas casi por completo[15].

Sin embargo, repito, pese a que las hipótesis de un origen norteafricano nunca se despejaron del todo, lo más habitual hasta épocas recientes fue asimilarlos a los judíos. Nadie sabe qué hay de verdad en todo esto, aunque, si se me permite, pondría sobre la mesa la sospecha de achacar a la maledicencia popular, si no a la envidia pura y dura, todas, o al menos, muchas de estas acusaciones. Ahora veremos por qué.

 Los primeros nuevos ricos

Tras la expulsión de los judíos y de los moros, la Península perdió un capital humano –y no tan “humano”- que condicionaría en buena medida su historia y su desarrollo posterior. Eso sí, todo quedó muy claro: la sociedad estamental definía no sólo el poder político sino también el económico, que, a partir de ahora, irían de la mano. De esta forma, y hasta pasados más de tres siglos, los aristócratas serían los únicos ricos (y debían parecerlo, con las consiguientes tragicomedias que protagonizaban algunos depauperados hidalgos) y el vulgo, todo él, pobre. Los eclesiásticos compartirían ambas categorías en función de su origen individual.

En esta coyuntura encontramos una especie rarísima, unos individuos con una sólida conciencia grupal, de acusadas diferencias y pertenecientes a una pequeña comarca, que, provenientes del vulgo, se enriquecen hasta extremos desconocidos para la época. Claro está, si exceptuamos a los expulsados.

Es decir, que, sin ser nobles, bastantes de ellos son ricos. Algo inaudito. No es de extrañar que alguien se retrotrajera a los años anteriores a 1.492 y los equiparase con los judíos. Ahora bien, tampoco corresponde a la verdad la imagen idílica que proponen algunos autores actuales, según la cual todos los maragatos serían acaudalados comerciantes. Ni mucho menos. En su hermética sociedad se habrían formado dos castas: la de labradores y artesanos, y la de arrieros. Unos pocos de esta última formarían una especie de aristocracia particular y acumularían enormes riquezas.

Estos comerciantes serían entonces los que dotarían a la comarca de esa personalidad propia a la que aludíamos. Incluso los causantes del nombre genérico que, desde entonces, se les daría a los habitantes de la Somoza, si convenimos con Augusto Quintana o el propio Luengo, que maragato viene de “mericator[16], es decir, oficio de mercader.

En otras palabras: Si esta conjetura etimológica es acertada, el nombre de maragato se les daría con el tiempo a todos los habitantes de una determinada comarca por extensión, al margen de que se dedicasen al oficio de mercader o no. Este proceder, algo así como una metonimia social, es relativamente corriente. Pensemos que los mercaderes de la Somoza llegaron a ejercer casi un monopolio durante varios siglos de la arriería que enlazaba el noroeste peninsular con Madrid, así como otras rutas menores.

Estos mericators, de aspecto inconfundible, recorrían España sin cesar y provenían todos de una única comarca: La Somoza. No nos extrañe pues, que ésta pasara a ser la comarca de los mericators, por mucho que en ella también hubiese labradores y artesanos. Mas no eran estos los que andaban por los caminos ni los que se daban a conocer.

Pero, ¿por qué surge aquí precisamente este auge del comercio arriero sin parangón en ningún otro punto de nuestra geografía?[17] Parte de las respuestas podemos encontrarlas en las condiciones físicas de estas tierras. Aunque este análisis pueda parecer simplista, hallaremos un buen cúmulo de razones con sólo visitar la comarca.

Cuando recorremos la Maragatería advertimos, antes que nada, la variedad del paisaje frente a la homogeneidad de los pueblos que lo salpican. Y, curiosamente, en tanta variedad, sorprende al viajero que la sensación de pobreza sea el común denominador de la mayoría de estos campos. Algunos son simples secarrales, mientras otros, con franjas arboladas y agrestes, surcados por un par de ríos y regatos, parecen sólo aptos para la caza.

Poca tierra de trigo, poco aceite, poca vid. Los cultivos tradicionalmente prósperos destacan por su ausencia. Todo lo más, antiguas extensiones de centeno y pastos dispersos. Una tierra pobre donde la subsistencia agraria y ganadera debió de haber sido muy difícil.

Isabel Botas, cuyo apellido se remonta a los orígenes de las élites arrieras, escribe lo siguiente: “Maragatería es tan pobre en suelo agrícola, que generalmente crecen matorrales de monte bajo y malas hierbas en cuanto no se labra, por lo que los vecinos tendrán que quitar horas al sueño en junio para hacer esta tercera arada, con la que quedarán definitivamente preparadas para la sementera[18]”.

Sin embargo, estas tierras fueron habitadas desde muy antiguo, primero por astures y luego por romanos, quienes, a partir de un castro legionario, fundaron Astorga. Pero no se confundan. Por muy preciadas que resultasen y muchas disputas que ocasionase su pertenencia –sobre todo durante las guerras cántabras-, aquí nunca se sembró gran cosa ni pastaron grandes rebaños. En un singular estudio ya citado, publicado en Madrid en 1.902, se dice que el terreno es sumamente pobre y accidentado (y) sus cultivos se limitan a algunos cereales, especialmente el centeno[19].

El valor de esta comarca y las vecinas –como la del Bierzo con sus conocidas Médulas- se cifraba en los lingotes de oro que se obtenían de sus entrañas. La presencia romana por estos lares fue muy importante y duradera, como lo prueban las muchas ruinas y testimonios que han llegado hasta nosotros. Sabemos –porque nos lo cuenta Plinio el Viejo y permanecen las huellas sobre el terreno- que se horadaron montañas enteras, para ser derruidas y enviar la tierra a los ríos cercanos que servían de lavaderos. O que se escarbaron enormes minas a cielo abierto que modificaron el paisaje maragato y formaron pequeñas lagunas.

La explotación de los yacimientos auríferos justificaba asentamientos permanentes de cierta envergadura, que continuaron hasta el S.III, el principio del fin de las venas de mineral.

La agricultura siempre tuvo un carácter secundario, cuando no residual. Y esta situación continuó a lo largo de la historia, por lo que sus habitantes, una vez abandonados los yacimientos, debieron padecer mucha penuria económica. Quizás fuera este origen tan humilde lo que determinase el carácter austero de los futuros maragatos, por muy ricos que pudieran hacerse siglos más tarde.

De igual modo, las poblaciones maragatas –éstas sí, homogéneas- transmiten una sensación de sobriedad extrema, cuando no, de simple pobreza. Muchas de ellas están parcial o totalmente abandonadas. Unas pocas, en especial, Castrillo de los Polvazares –declarada Conjunto Histórico Artístico-, viven del turismo.

Los colores terreros confunden los edificios con el campo colindante. El adobe y la piedra constituyen los elementos básicos de construcción. Algunas casas, con amplio patio interior y portón arqueado, recuerdan antiguos esplendores. Mejor dicho, ofrecen la clave para saber que fueron habitadas por hombres ricos o muy ricos. Como si de un juego hermenéutico se tratase, hay que conocer los códigos de la maragatería si queremos interpretar correctamente estos sutiles signos de prosperidad.

Alguien no iniciado pasaría frente a una casa que perteneció a una familia de gran riqueza durante muchas generaciones y, si le preguntásemos, creería estar frente a la de unos pobres campesinos: No hay balconadas, ni adornos, ni nada que nos indique esta favorable posición económica, salvo el amplio portón arqueado y un par de ventanas enrejadas incrustadas en un amplio muro de piedra[20].

Tampoco encontramos escudos ni blasones en la fachada, como sería de esperar en las casas de cierto porte del norte peninsular, pero esta ya es otra canción y no nos iremos sin tararearla.

Una sobriedad extrema parece presidir todas las actividades de los maragatos, comenzando por sus propias viviendas.  Al recorrer la calle principal de Castrillo, uno de los pueblos más importantes, nos enfrentaremos inevitablemente al pasillo de piedra que en tiempos más felices desgastaron recuas y peregrinos del Apóstol[21]. Entonces podemos imaginar lo que verían éstos al pasar por aquí: nada. Ni un geranio, ni un balcón, apenas unas cuantas ventanas.

Cómo adivinar que tras esos muros se escondían tan sólidas fortunas. “Igual que los judíos”, debieron musitar con envidia mal disimulada aquellos que se barruntaban la hacienda que celaban los inescrutables muros.

No erraban los que presumían que la procesión iba por dentro, ya que, una vez franco el portón, la comitiva y la recua accedían a una amplia vivienda con establo al fondo, donde se recobrarían de los esfuerzos del camino antes de aparejar nuevamente las bestias para enfrentarse al próximo viaje. En el ínterin, el jefe de la familia arriera y sus allegados contarían las ganancias y depositarían la suma junto con el resto de su hacienda, en algún lugar seguro de su ya de por sí segurísima residencia.

Por tanto, estas casas estaban concebidas para alojar un buen número de familiares, así como algunos trabajadores y parientes “menores” o en distinto grado de proximidad, que vendían su trabajo al clan principal, sin olvidar a las necesarias acémilas. Pero, además de funcionales, se hallaban perfectamente diseñadas para ocultar todo lo que no debía ser visto por vecinos y forasteros.

La austeridad de la fachada, en sintonía con el interior, constituye sólo un detalle más. A pesar de que, a juzgar por la espaciosidad de la vivienda arriera, se pudieran desprender conclusiones erróneas, en ella no había lugar para el lujo. En todas las casas de este tipo que he podido observar, siempre me ha llamado la atención el hecho de que se sacrificara cualquier tentación al lujo, en aras de la funcionalidad. Grandes y fuertes, sí, pero espartanas, con muchas y pequeñas estancias, con gruesos muros exteriores aislantes y todos los aperos necesarios para constituirse en unidades autárquicas. Casi un fortín en miniatura.

Sólo conocemos el carácter de estos ricos maragatos a través de testimonios, bien es cierto; pero todos coinciden en señalar la sobriedad como una de sus mayores virtudes, si no manía colectiva. Su vivienda sería, una vez más, el reflejo de dicho carácter, como tantas veces sucede.

Podemos hacernos una idea sobre cómo era la vida en estos pueblos, tanto cuando quedaban las mujeres con los niños esperando durante meses a que los hombres apareciesen polvorientos seguidos de sus recuas, como durante los intervalos en los que se hallaban todos en casa, quizás, seguramente, preparando su próxima salida a los caminos.

Por ejemplo, en ninguna de las casas –pese a las grandes dimensiones y las muchas estancias de la mayoría- encontré nunca más de un retrete. Un minúsculo cuartito sin foso séptico, que habría de ser rellenado con cal viva o alguna fórmula análoga de limpieza cada poco tiempo.

Se conservan también muchos objetos cotidianos, sobre todo herramientas ideadas para fabricarse cualquier cosa de utilidad. Prácticamente diremos que “hacían de todo”, o que se lo hacían todo ellos. Nada se desaprovechaba, todo servía o se le buscaba alguna utilidad. Algo parecido a lo que encontré estudiando a los pasiegos de la montaña cántabra y, en menor medida, a los vaqueiros asturianos.

Pero mientras estas dos últimas culturas debían permanecer muchos meses aislados, lejos de centros urbanos o de rutas comerciales y, por tanto, hubieran de ser autosuficientes, el caso de los arrieros maragatos, mucho más ricos y en permanente contacto con la actividad comercial que les era propia, desconcierta. ¿Para qué “fabricarse” tantas cosas que las podían adquirir sencillamente por unas pocas monedas? La respuesta, sin lugar a dudas, la encontramos en su modo de entender la vida. El gasto que no fuera indispensable era, ni más ni menos, un derroche.

Respecto a su vida en los caminos, también nos la podemos imaginar. Muchas noches durmiendo al raso o en las ventas más miserables privándose de cualquier comodidad. Tipos duros, como diríamos hoy.

Incluso cuando se hallaban de paso (y a veces, permanecían mucho tiempo cerrando tratos y recogiendo encargos) en la Villa y Corte, se alojaban en las peores fondas del Madrid de la época, que a la sazón se hallaban en la Calle Segovia. En el delicioso libro titulado “Los españoles pintados por sí mismos”, publicado en la primera mitad del S. XIX, tenemos un capítulo dedicado a los maragatos. El fresco que se nos ofrece, escrito por Enrique Gil -alguien que viajó con ellos y debió de conocerlos muy bien-, supone una joya documental.

Refiriéndose a los lugares de pernocta en dicha ciudad, nos cuenta lo siguiente: “Los maragatos todos a su llegada a Madrid paran en los mesones de la calle de Segovia, que sin género alguno de lisonja, pueden calificarse de los más sucios, incómodos y fatales no ya de la corte sino aun del resto de la Península. ¿Por qué así? A la vuelta de algunos cicateros y avaros como el mismo Arpagón, hay otros que no adolecen de tan ruines manías; de manera que a no mediar la corriente irresistible de la costumbre, no sabríamos cómo explicar un suceso que en los pocos días que nuestros hombres residen en la capital les obliga a pasarlo peor que el más miserable jornalero”[22].

Y todo eso siendo ricos. Peor aún: siendo, para algunos pobres con pruritos de nobleza, nuevos ricos.

Si un rico es mal visto en el país de la envidia, alguien al que se tiene por nuevo rico será siempre aborrecido. Si, además, el sujeto en cuestión no hace -como le “correspondería”, ostentación de su riqueza, el efecto escapa a toda catalogación.

A sus detractores los tuvo que descolocar este rico maragato, sin título ni escudo, pero  adinerado como el más linajudo aristócrata. Sin embargo, mientras cualquiera con posibles trataba de aparentar lo imposible, nuestro maragato fingía pobreza o bien ocultaba riqueza. ¿Cómo podía entenderse esta contradictio in terminis?

Todos aquellos cuya única posesión se cifraba en los huesos perdidos de unos abuelos, bisabuelos y tatarabuelos supuestamente cristianos, lo tuvieron fácil para deshacer el entuerto: los maragatos serían judíos, moriscos, descendientes de éstos o algo peor. Gente que no puede hacer ostentación, sin que recaiga sobre ella todas las miradas inyectadas de sospechas. Y esta actitud, no nos engañemos, ha cambiado muy poco.

Si quieren comprobarlo, imaginen a un negro africano conduciendo un coche de lujo por la Castellana y los comentarios que suscitaría: “¿Es jugador de fútbol? ¿No? Entonces lo habrá robado, porque, vendiendo pañuelos y figuritas de elefante, no creo yo que se pueda tener esa máquina.”

En cualquier caso, los ricos arrieros debieron de haber sido “gente rara”, si no “sospechosa”, para muchos resentidos sociales del país del cuchillo cachicuerno, que asistieron a su triunfo económico y fueron testigos de su proverbial austeridad.

  La burguesía maragata

Éste es el título de un espléndido libro –a mi juicio, el mejor sobre el tema-, escrito por Laureano Rubio. Lo menciono expresamente, porque estimo, además, muy ilustrador el título del mismo.

Ya dijimos que la comarca maragata resulta poco apropiada para al agricultura y la ganadería. Muchos de sus habitantes, empero, vivieron de estas actividades, no sin penurias. Otros eran artesanos, e incluso desarrollaron una incipiente industria textil y crearon telares de cierto nombre, como los recuperados de Val de San Lorenzo, sin duda los más importantes de la zona. A este respecto, en la Guía de la Artesanía de Castilla y León, editada por la Comunidad Autónoma, leemos que Val de San Lorenzo sigue siendo un centro textil con tradición artesana. Actualmente existen alrededor de 20 núcleos familiares dedicados a tejer mantas, además de las cuatro fábricas[23].

Con esta excepción, no debemos perder de vista que esta industria fue siempre insuficiente, como nos recuerda Federico Aragón, que hace más de un siglo escribía, refiriéndose a los maragatos, que si la agricultura no es la base de la prosperidad de sus habitantes, ciertamente que tampoco es la industria, bastante limitada por cierto, la cual no ha constituido nunca una regular fuente de riqueza de este pueblo[24].

Pues bien, es en este contexto económico poco favorable en el que aparecen los primeros mercaderes, que, a partir de ahora, recorrerán los caminos y se lucrarán con el negocio de la arriería. Una parte de los vecinos, dedicados a este menester, comienza a acumular riqueza y la invierte, entre otras cosas, en comprar las mejores tierras de la comarca. La nueva burguesía pronto se consolida:

“Queda clara, pues, la hegemonía de los arrieros maragatos sobre la tierra labradía de las comunidades de Maragatería.(…) Desde la apoyatura informativa de los Expedientes de Hacienda parece confirmarse que el proceso de concentración de la tierra en manos de esta minoría social maragata se inicia en ya en el S.XVI donde la fuente nos presenta a más del 50% de las unidades familiares como pobres o precarias. Es en este contexto donde una minoría de arrieros invierte el capital arriero y comercial en la tierra hasta formar importantes patrimonios que se consolidarán durante la crisis del siglo siguiente”[25].

Pero todavía en el S.XVII y S.XVIII se encuentran abundantes tierras en régimen comunal, cuyo disfrute acabará por enfrentar a las clases campesinas, cada vez más depauperadas, y a las arrieras, cada vez más prósperas. El motivo de los enfrentamientos es la pretensión de los arrieros de que sus acémilas pasten en parcelas comunales dedicadas hasta entonces al sustento de las bestias de labor o al labradío.

Ante la lógica negativa de los más desfavorecidos, se suceden los pleitos y las relaciones vecinales en el seno de la maragatería se crispan de manera alarmante. Con el tiempo, se produce una marcada polarización que separará cada vez más a los ricos mercaderes de los  campesinos, los jornaleros y los artesanos.

Una vez consumada la fractura social, los resultados no se hacen esperar. La endogamia, ya de por sí tradicional en toda la comarca, se torna muy restrictiva en función de la profesión y hacienda de cada familia. Los enlaces entre los poderosos clanes arrieros dotan a esta minoría de un poder sin precedentes, mientras las clases más depauperadas que viven de la tierra, siguen transitando por la cuesta abajo de su lenta agonía. Todavía hoy encontramos las casas “de sobera”, es decir, con el techado de paja, que revelan a las claras la humildad de su origen, en contraste con las sólidas viviendas de portón arqueado.

Cierto es que ya no quedan demasiadas y las que aún se mantienen en pie están, en su inmensa mayoría, deshabitadas, pero todavía encontramos diseminadas sus ruinas por muchos pueblos (algunos abandonados), que apenas parecen haber conocido otras construcciones.

Estas casas de techado de paja están entre las más miserables de cuantas he visto. En realidad, son auténticas chavolas rurales y, como tales –pese a su inigualable tipismo-, llevan muchos años prohibidas.  En el Reglamento de Sanidad de Lucillo[26], del año 1.927, encontramos una referencia expresa en su Sección Tercera, artículo décimo, en la que se nos dice que la cubierta y la bajocubierta de paja de las casas, cuadras y establos quedan prohibidas.

El tejado, hecho con paja de centeno majada y rematado con tierra, no deja hueco para la chimenea. El humo habrá de salir por entre las rendijas de la paja. Las calles adyacentes a estas viviendas suelen ser de tierra y el aspecto del conjunto, desolado, paupérrimo.

¿Cómo no presagiar desencuentros con sus vecinos arrieros ricos, pero hijos, como ellos mismos, del vulgo, y, por tanto, de su misma condición?

Las tensiones sociales se materializaban cuando estos arrieros trataban, a toda costa, de obtener lo único que les quedaba para consolidar su triunfo social: un escudo, por pequeño que fuese, que probara su hidalguía, su limpieza de sangre y, por ende, les hiciese inmunes al fisco.

En efecto, la obtención de la carta de hidalguía se convierte en una obsesión para las familias más ricas, pero pocas, muy pocas, consiguen su propósito.

Entre los escasos privilegiados que se hacen con ella, se encuentran los hermanos Mateo y Pedro Botas, que la obtienen tras muchos años de duro empeño e incluso una sentencia contraria inicial, que se recoge en la sala de Hijosdalgo del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid.

Pero, incansables, siguen pleiteando, presentando testigos para probar que dos antepasados suyos la obtuvieron como premio a sus servicios trasportando recursos durante las guerras de reconquista para los reyes de Castilla. Por fin, en 1570, Felipe II expide la correspondiente Carta Ejecutoria, en la que se les reconoce la condición de Hidalgos.

La historia, no obstante, no acaba aquí, pues casi dos siglos más tarde, tras diversos pleitos, en 1.750 el concejo de Castrillo -es decir, ahora sus propios vecinos- niega de nuevo la condición de hidalguía a los Botas. Este hecho tiene una explicación sencilla, pues, como nos recuerda Laureano Rubio, las consecuencias directas para los pueblos o comunidades de contar con vecinos hidalgos son siempre económicas, ya que la parte proporcional de determinados impuestos, que no pagan, recaerá sobre el conjunto de los pecheros[27].

Otra de las grandes familias maragatas, los Salvadores, que luego emparentarían con los Botas, compra su título de hidalguía a finales del S.XVII. No obstante, también encontrarán grandes reticencias por parte de sus vecinos. Pero esto es lo normal, pues hasta ellos mismos se habían opuesto y pleiteado con los Botas para que no obtuviesen estos la carta de hidalguía. Paradójicamente, Carlos IV ratifica el título de los Salvadores conseguido mediante tributo en tiempos de Carlos II, pero esta vez se reconoce únicamente al mayorazgo de Castrillo de los Polvazares –excluyéndose el resto de la familia que vive en otras localidades-, parece ser que merced al entronque con la linajuda familia Botas. Sin embargo, los Botas perderán su hidalguía definitivamente en 1.816, que es cuando el consejo de Pradorrey se niega a reconocérsela a Bernardino Botas, supuesto heredero de un título que su familia había disfrutado desde hacía muchas generaciones.

Estos relatos servirían como muestra para hacerse una idea de cómo la “aristocracia” maragata trata por todos los medios de integrarse en la nobleza. En uno de los poquísimos escudos que veremos en al región, (y ya del S.XVIII) pude leer la siguiente leyenda que, irónicamente, resume lo anterior: “Mucha sangre me ha costado, la doy por bien empleado”.  Y más abajo: “Hidalgo notorio”. Por si cupiese alguna duda.

En verdad son muy pocos los que lo intentan y menos aún las familias que lo consiguen. Como si sus mulas acarreasen, entre los muchos productos que llenaban sus alforjas, el estigma de la presunta sangre impura de los dueños. ¡Qué raros son los escudos de piedra en esta comarca! ¡Cómo contrasta con la profusión que encontramos en cualquier otra del norte de España!

Cultura maragata

Los maragatos, a través de siglos de aislamiento relativo, desarrollaron unas señas de identidad propias que acabarían por convertirse en cultura. Desde su vestimenta a su jerga, pasando por elementos folclóricos o gastronómicos, la comarca maragata y sus gentes consolidan un universo cultural propio, que cuenta con aspectos reseñables.

Cierto es que, muchos de los aspectos, digamos culturales, con los que se distingue habitualmente a la maragatería, en realidad no son tales y coinciden con mayor o menor precisión con otros similares, que encontramos en comarcas vecinas o en amplias zonas del norte peninsular. También es verdad que, otros, que se han conservado en esta zona, fueron relativamente comunes en otras áreas en tiempos pasados, pero eso no quita para que la cultura maragata revista un gran interés, así como un marcado tipismo.

La persistente endogamia maragata ha debido suponer un factor determinante en este proceso de salvaguarda cultural. Los escasos forasteros que se afincaban en esta comarca, así como la particular vida de los arrieros maragatos, que posibilitaba la pervivencia de antiguas costumbres de reminiscencias matriarcales, dotaron a la Maragatería de una definición cultural poco común.

Respecto a la endogamia, en una tesis doctoral publicada en 1975 por la Universidad Complutense de Madrid, y titulada “Estudio biodemográfico de la población maragata”, se afirma que en la Maragatería ha existido tradicionalmente una preferencia por los cruzamientos entre parientes, como demuestra el hecho de que el 18% de los matrimonios estudiados son consanguíneos, siendo ésta la cifra más elevada encontrada entre las poblaciones de nuestro país[28].

Y estamos hablando del 18% de la población a  mediados de los años setenta del S.XX. Imaginen hasta dónde se puede disparar este porcentaje si nos situamos unos siglos atrás, aunque esto es bien sabido por los innumerables testimonios con los que contamos, que confirman esta costumbre endogámica sin parangón en España.

Una vez dicho esto, nos centraremos en los aspectos culturales y sociales que se han conservado aquí, a veces como auténticas reliquias. Ya hemos comentado su particular arquitectura, sumamente funcional, y que es lo primero que llama la atención cuando llegamos a su territorio.

Pero hace tan sólo un siglo también nos hubiera impactado la vestimenta de sus vecinos, en gran parte fabricada en sus propios telares que ofrecían diseños novedosos, coloridos y muy característicos. Hasta sus abalorios, en especial los collares que lucían las mujeres en fechas señaladas, presentan originales diseños, de los cuales se conservan buenas muestras. Federico Aragón escribió hace más de un siglo, que la mujer llevaba suspendida por los hombros y colgantes por el pecho unos adornos de metal llamados “arracadas”, especie de gran rosario, cuyas sartas eran relicarios con figuras alusivas a misterios de nuestra religión[29].

Aunque, sin duda, lo más característico de su vestimenta lo constituyen las polainas o bragas maragatas, amén de su chaquetilla y su sombrero de ala ancha, todo de color oscuro. El hecho de que vistiesen durante siglos de esta guisa, los puso en el punto de mira de los chascarrillos y chistes de mucha gente que veía con sorna esta estrafalaria forma de vestir que mantuvieron hasta el S.XIX. Especialmente los holgados calzones, las bragas maragatas que los emigrantes, como ya comentaremos, se llevaron al Cono Sur americano y que, allí, pasaron a caracterizar, a su vez, al gaucho de la Pampa.

La gastronomía también ocupa un papel destacado, aunque las recetas se olvidan y la tradicional forma de comer en la Maragatería desaparece a veces sin dejar rastro. Quizás, en este aspecto, el creciente turismo que acude a esta región, sobre todo a Castrillo de los Polvazares, palie de algún modo esta tendencia a la desaparición de su gastronomía. Y es que, los visitantes, ansiosos de sensaciones maragatas, reclaman platos tradicionales que, gracias a esta demanda, son nuevamente cocinados en los mesones y restaurantes de la Somoza.

Entre otros muchos y sabrosos platos típicos, se encuentra el famoso cocido maragato, que consta de diez carnes. Como curiosidad, hay que decir que se acostumbra a comer al revés que el resto de los cocidos españoles, es decir, comenzando por las partes sólidas para luego servirse la sopa.

Cuenta la tradición que esto es así, porque, durante la ocupación francesa, los oficiales estaban despachando un cocido y, como presagiaban la inminencia del combate, prefirieron ingerirlo por este orden, dejando el caldo para el final por si no les daba tiempo a terminar el plato.

También se dice que los maragatos optaron siempre por comerse primero la parte mollar, en previsión de que tuviesen que echarse al camino inopinadamente. Empero, sabemos que esto no puede responder a la realidad, pues los viajes maragatos eran siempre largos, y se preparaban a conciencia y con la debida antelación.

En cualquier caso, la gastronomía maragata presenta ciertas características propias, así como muchas otras semejantes al resto de la tradición culinaria del noroeste peninsular. Hay quienes han querido ver en esta cocina, vestigios culinarios de otras épocas, incluso quien la relaciona con las primitivas prácticas culinarias astures. Lo cierto es que, si algo destacaría, como no podía ser de otra forma, es su sencillez, su austeridad incluso, y su gran provecho energético. Inocencio Ares Alonso, en su libro “Gastronomía popular del País de Maragatos”, escribe que, las de los maragatos, son comidas poco refinadas, no contaminadas socialmente y muy ligadas al hecho natural. (…) Es un patrimonio cultural muy olvidado, en algunos casos ya perdido[30].

Este aspecto gastronómico se revela en todo su esplendor en las fiestas y celebraciones maragatas, que cuentan con algunos platos exclusivos de las mismas. Y, sin duda, lo más llamativo de su folclore se resumiría en las bodas maragatas. Los desposorios en esta tierra tenían características muy especiales, tanto que se han escrito algunos libros que se ocupan  únicamente de esta ceremonia.

Es el caso del volumen titulado precisamente “La boda maragata”[31] escrito también por Inocencio Ares Alonso, en el que se ocupa de forma monográfica de este rito, con todos los detalles de una ceremonia que, por particular, hace las delicias de etnógrafos, sociólogos o simples curiosos, atraídos por la complejidad de los preparativos y lo vistoso de la fiesta.

La Diputación Provincial de León, en concreto el Patronato de Turismo y Deportes, también quiso promocionar esta ceremonia maragata y publicó asimismo un libro sobre el tema[32]. Entre lo más destacado, algunas canciones típicas –aunque modernas- que se recogen al final, así como alguna fotografía donde muestra en qué se ha convertido esta boda: en puro espectáculo. Al igual que ocurriera con los vaqueiros -que celebran, desde hace unas décadas, sus enlaces matrimoniales durante el transcurso de la célebre vaqueirada de la braña de Aristébano-, los maragatos también convocan a vecinos y forasteros para que se sumen a un ritual que ha pasado a ser una fiesta folclórica, donde lo pagano gana por goleada al sacramento y en cuyo desarrollo priman los aspectos turísticos.

Reveladora es una fotografía de dicho libro, en la que se aprecia un pequeño desfile, protagonizado por un grupo de señores ataviados con sus trajes tradicionales. Todos ellos de edad avanzada, tocan las castañuelas alrededor de un txistulari, y atraviesan una calle abarrotada, en la que algunos han desplegado sillas en las primeras filas, mientras una muchedumbre, de pie, se agolpa tras ellos.

Durante los desposorios, cuadrillas de danzantes ejecutan un elenco de bailes típicos, trufados de saltos y movimientos ágiles y precisos, dentro de lo que se podría calificar como un folclore muy distinto al que encontramos en otras comarcas vecinas. No obstante, algunos han señalado que todas estas manifestaciones tienen un origen común y guardan un marcado paralelismo con las del resto de los territorios lindantes, pero que, en estos últimos, se perdieron sin dejar rastro o bien nunca se les dio la consideración suficiente para ser rescatadas, como ha sucedido en el caso maragato, gracias al interés que suscita este pueblo.

 

Forma dialectal

La jerga maragata ha sido a menudo motivo de polémica, pues, como sucede con frecuencia, se ha querido ver en sus particularidades idiomáticas una variedad dialectal propia.

En realidad, como el grupo cerrado que fue, desarrolló algunas expresiones características y, probablemente –al decir de los cronistas de otras épocas-, un acento determinado, que contribuyó a remarcar estas diferencias. Ahora bien, considerar estas variaciones (que, sin duda, las hubo, aunque sobre todo fonéticas) como un dialecto equiparable, por ejemplo, al bable asturiano, parece excesivo.

Ciertos autores que han escrito sobre el tema nos ofrecen vocabularios, supuestamente maragatos, que reafirmarían esta tesis dialectal. Sin embargo, una vez leídos, caeremos en la cuenta de que muchas de las palabras que citan como propias se repiten, con escasas variaciones, en las terminologías de otros pueblos limítrofes.

Recordemos que la provincia leonesa ha sido desde muy antiguo un lugar de transición lingüística, donde la forma dialectal leonesa, con base castellana, se ha enriquecido con múltiples variedades romances, entre las que destacarían las procedentes del gallego/portugués. Que el mismo castellano se impusiese tardíamente como lengua culta por estas latitudes[36] y la marcada influencia de formas dialectales fronterizas, también con acusada presencia de la antigua lengua gallega[37], fuerzan a componer un romance muy particular y bello.

Los ejemplos son incontables, pero por citar sólo tres, que considero reveladores de lo anterior, diríamos que al cerdo se le llama “gocho” como en Galicia, al roble, “carbayo”, como en Asturias, o al hacha pequeña “macheta”, como en la comarca de Sanabria (Zamora) y en otros lugares del antiguo reino leonés. De hecho, este último término el DRAE lo ubica en las provincias de León y Salamanca, lo mismo que Mª Soledad Díaz, que lo recoge como propio del léxico leonés[38].

Da la impresión de que todos estos territorios lindantes con Portugal, Galicia o Asturias empapan lingüísticamente la maragatería. El resultado es la configuración de un mosaico dialectal, aderezado también con abundantes términos que, sin llegar a considerarse cultismos, parecen propios de otra época, como camareta o “camereta”, para referirse a una estancia pequeña.

Lógicamente, nos estamos refiriendo todo el tiempo a lo que algunos autores, encabezados por la autoridad de Menéndez Pidal, definen como dialecto leonés, cuyo ámbito lingüístico sería mucho más amplio de lo que a menudo se concede, ateniéndose únicamente a las fronteras del antiguo reino. Sin embargo, esto no es cierto, pues Galicia y Portugal, quedaron fuera de eso que llamaríamos dialecto leonés, con algunas excepciones, como la del islote lingüístico de Miranda de Portugal.

En este afán unificador de la forma dialectal leonesa, Menéndez Pidal incluye también al bable asturiano, e incluso ve restos de la misma hasta la linde de Cantabria con el País Vasco, en concreto, en Castro-Urdiales.

Lo cierto es que, cuando nos adentramos en el complejo mundo dialectal leonés, encontramos tantos rastros que seguirlos todos y aclarar la madeja de cabos sueltos y  anudados por doquier, resulta prácticamente imposible. El mismo Menéndez Pidal,  se declara convencido de la utilidad científica de presentar formando un conjunto ciertas particularidades dialectales de todas estas regiones, que hasta ahora se habían mirado como asiladas o independientes, para hacer ver, en lo que pude alcanzarse hoy, la relativa unidad del leonés moderno, especialmente del occidental, de Miranda a Luarca[39].

También el influjo directo del latín, que tardaría siglos en ser corrompido por el romance, se evidencia en muchas expresiones que hoy atribuimos a los maragatos. Pero todo hace pensar que, en otro tiempo, éstas fueron muy comunes en amplias zonas peninsulares[40], y si pervivieron y se consolidaron en la maragatería fue debido, sobre todo, a la proverbial cerrazón de esta sociedad.

Y esto es lo más curioso, que un pueblo tan marcado por el carácter viajero de sus gentes principales, se apegase tanto a sus costumbres y mantuviese sus señas de identidad –incluidas las lingüísticas- con una pureza que pervivió hasta principios del pasado siglo.

Así, encontramos palabras como “urz” para designar al brezo, que, a simple vista pueden parecernos de oscura etimología, cuando es todo lo contrario: latín puro. Curiosamente, otro pueblo de los tratados en el libro, en concreto el de los vaqueiros de alzada, llama al brezo, “uz”, como vemos, fonéticamente, casi igual. Y es que, en muchas partes de España, se le llamó urce[41] -término que aún recoge el diccionario de la RAE-, con sus lógicas variantes, como la sanabresa “uce”[42], que rige en femenino.

Y así podríamos citar docenas de ejemplos. Todo encaja si nos ponemos en antecedentes y examinamos con un poco de lógica las variaciones lingüísticas que se dieron en el seno de la maragatería. Lo malo es que, debido a su carácter exclusivamente oral, se perdieran sin dejar apenas rastro, al igual que otras variantes dialectales, como el sanabrés de la vecina Zamora, hoy en día extinto y que, según la tesis de M. Pidal, correspondería al mismo fondo dialectal.

La tentación, sin embargo, de atribuir un determinado léxico a una zona concreta –en este caso la maragatería- es grande, pero demasiado arriesgada. Y digo esto porque a menudo, encontramos términos cuya supuesta pertenencia a una comunidad, o a un espacio geográfico concreto, se dan de bruces con la realidad contraria. Es decir, que son o fueron compartidos por otras comunidades, o que eran utilizados regularmente en un territorio mucho más amplio que el que ahora suponemos. De ese modo, proponemos un experimento. Tomemos dos regiones cercanas, pero con cierta identidad cultural –y por lo tanto, lingüística- diferenciada respecto a la maragatería. Podría servirnos la comarca leonesa del Bierzo y la más meridional zamorana de Sanabria. Pues bien, si comparamos los términos glosados en, por ejemplo, “El Vocabulario del Bierzo”, de García Rey[43], con los que propone Luis Cortés en su libro “Leyendas, cuentos y romances de Sanabria”[44], encontraremos grandísimas similitudes. Si, además, los comparamos a su vez con otros volúmenes de léxico regional leonés, como el citado con anterioridad de Mª Soledad Díaz, y con otros de jerga maragata, llegaremos a la conclusión de que existe cierta unidad lingüística, que debió ser común a una amplia zona peninsular, con sus lógicas, pero no demasiadas, variaciones locales o comarcales, lo que corroboraría lo dicho anteriormente por Menéndez Pidal.

Es difícil rastrear el curso y devenir de estas formas dialectales eminentemente orales. Por tanto, no queremos omitir esta antigua cancioncilla maragata[45], que recoge Santiago Alonso y transcribe en su libro Emilio Rovalo[46]. Desde luego, a un oído castellano, le suena más a gallego que a otra cosa:

“¡Oh rapazas!  ¡Oh muyieres!

Pur que sodes perezousas

¿Nun vedes qu´aquestas ñives

Trayen fugazas y tortas?

Delante estos asadores

Que respetarun las fieras

Nun temades en culgari

Llardu, butiello y murciellas

Prepara lus aguinaldus

Mas que sean de regiellas,

Y nosoutros vus daremus

Cagayas pa las mundiellas.

Las cabras y las ugüellas

Vus daran si lu faceis

Muchus cabritus y años

Qu´han de ñacer todos reis”.

Rituales ancestrales

Por último, queda reseñar algunos ritos muy interesantes que parecen haberse dado en la Maragatería, en especial el conocido como “arado de la nieve” y el de “la covada”.

Como no contamos con testimonios precisos ni numerosos  -pese a constituir estos ritos un lugar común en el cuerpo literario maragato-, debemos mostrarnos en extremo prudentes.

Supuestamente, ambos rituales apuntan un origen matriarcal y despiden un aroma precristiano, que hace las delicias de los etnógrafos actuales. No obstante, admitiendo que se practicaron (en el caso del arado de la nieve contamos con muchas más evidencias), sabemos que han desaparecido hace por lo menos un siglo, quizás más, y no contamos con ningún testimonio de primera mano.

En concreto, con la práctica conocida como “la covada” se da, además, la circunstancia, de haber sido considerada vergonzante y originado cierta polémica. Pero antes de continuar debemos explicar de qué se trata: Básicamente, tras el parto, el marido se acostaría suplantando a la madre, quedándose durante un tiempo a solas con la criatura. O bien, junto con la madre, permanecerían los tres en la cama, lo que resulta más lógico.

Esta costumbre se ha interpretado de modos muy diversos y desde perspectivas enfrentadas. Por un lado, se ha querido ver desde un punto de vista mágico, asumiendo que el varón protector intentaría atraer sobre él los espíritus malignos que acechan al lactante y a la debilitada madre. Por otro, desde una vertiente social, como tácito reconocimiento de su paternidad, acogiendo al hijo recién llegado.

Pues bien, aunque a la luz de nuestros valores actuales veamos a la covada incluso con cierta simpatía, despertó reacciones airadas por parte de algunos integrantes de los pueblos a los que se les atribuía. Porque hay que decir que no sólo se ha circunscrito al ámbito de la Maragatería, sino que ha sido referida a todo el norte peninsular, sobre todo a los vascos de ambos lados de la frontera, a algunos enclaves asturianos y a los cántabros del Valle del Pas.

Caro Baroja o Telesforo de Aranzadi, entre otros muchos, se ocuparon de la covada. Pero las referencias más antiguas las encontramos en Plinio y Estrabón, que ya habían reparado en esta práctica y la asimilaban a las costumbres de los astures.

No sabemos a ciencia cierta si se dio alguna vez en el seno de la Maragatería, aunque es probable. Pero más probable aún es que no sólo se haya dado aquí, sino en otros –y numerosos- puntos del norte peninsular, por mucho que se haya querido ocultar por algunos autores oriundos de estos lugares. ¿La razón? Fácil: consideraban que esta práctica suponía un demérito de sus compatriotas presentes o pasados, un menoscabo para su virilidad, ya que, al menos con ocasión de un nacimiento, se comportaban como mujeres. Eso, por no hablar de lo poco ortodoxo del rito a la luz de la cultura cristiana. En definitiva, una costumbre “afeminada” y pagana, que no convenía airear.

Respecto al “arado de la nieve”, se trata de una tradición que podría inscribirse dentro de los ritos carnavalescos, propios del invierno, y que tiene lugar durante el primer día del año.

Se lleva a cabo por mozos de la localidad y, según los testimonios, experimenta ligeros cambios según se desarrolle en una u otra población de la comarca. Pero los rasgos comunes –que son mayoría- prevalecen y dan consistencia a este particular ritual, que consiste en realizar un arado simbólico y caricaturesco, que viene a ser algo así como el arado tradicional en la Maragatería, pero a la inversa. Es decir, lo mismo que el akelarre o misa negra, sería una misa “al revés”, pues aquí, aunque, lógicamente, sin esa trascendencia demoniaca y salvando las distancias, de lo que se trata es de ejecutar esta faena rural y cotidiana, invirtiendo sus principales elementos.

Por tanto, este arado de la nieve, al contrario que el arado tradicional maragato, será desempeñado por hombres, aunque, eso sí, disfrazados burdamente de mujeres. Estos son “los zamarrones”, unos personajes carnavalescos que sólo hacen su aparición en fechas muy determinadas, como éstas de la noche vieja y del año nuevo. Representan a tipos burlescos, que se mofan de las normas de conducta vigentes para el resto del año, y reclaman aguinaldos a los vecinos. Son conducidos por un histriónico personaje, denominado “el birria”, que suele ser el encargado, además, de ridiculizar a sus vecinos contando, medio en broma medio en serio, todo aquello que, en circunstancias “normales” no se puede contar, o está considerado tabú.

El birria es en sí otra parodia, el capitán o el jefe de los zamarrones, que destaca por ser el más estrafalario y loco. Pero retornando al arado de la nieve, en esta ceremonia, en vez de ararse en la tierra, se ara en la nieve –de ahí el nombre- y en vez de sembrarse simiente, se arrojarán a los surcos piedras o defecaciones caprinas.

Mientras tanto, el birria amenaza, vocifera o canta, alude a sus vecinos y pide aguinaldos para sus zamarrones, que se emplean en ese trabajo simbólico que parodia una de las labores de las mujeres maragatas.

Este rito responde a la lógica carnavalesca de invertir personalidad, costumbres y quehaceres. Su significado simbólico, aunque en parte se nos escape, parece claro. Desde luego, mucho más inteligible que la ceremonia de la covada.

 

Discriminación y fin

Decía el recientemente fallecido P. Laín Entralgo que el hombre tiene una naturaleza esencialmente histórica, que es por naturaleza un animal histórico[47]. Y si esto, que parece lógico, debería poder ser aplicado a toda la raza humana y a todas sus sociedades, viene como anillo al dedo en el caso de los maragatos.

Porque si hay un pueblo víctima de su propia historia, éste es el maragato. Pues encadenado con los hierros de su propia tradición, no halló el margen de maniobra que hubiera necesitado para adaptarse a las nuevas condiciones cuando las mulas, pese a su tozudez, tuvieron que rendirse al incansable caballo de vapor.

Y es que, pese a que la historia jugaba en su contra, los maragatos habían entrado hace mucho tiempo en una espiral que les llevaría progresivamente a encerrarse en sí mismos, en su modo de vida, como resultado de siglos de adaptación a un medio hostil.

Por tanto, cuando las condiciones cambiaron drásticamente a partir del S.XX, para ellos era ya tarde para promover cambio alguno en el seno de su sociedad. Pronto, de viajantes pasarían a ser viajeros. De sedentarios a emigrantes, y, además de su distribución por todas las ciudades de España, muchos maragatos se establecieron en el Cono Sur americano, sobre todo en la Patagonia y en Uruguay[48].

Martín Martínez, en un libro dedicado a un insigne personaje maragato, Matías Alonso Criado, que emigró a Sudamérica, refiere que los departamentos de San José y Colonia, en Uruguay; o Carmen de Patagones, en Argentina, tienen carácter especial para nosotros por haber sido centros pioneros de la emigración maragata, y además, donde aún, después de más de dos siglos, permanece indeleble el recuerdo de esta comarca leonesa. Las casas comarcales o provinciales, el carácter especial del maragato, su endogamia, que persiste allá, ha coadyuvado a mantener esa idiosincrasia especial[49].

Como no podía ser menos, la gran cantidad de maragatos emigrados a estas tierras influyeron de modo decisivo en muchas de sus características y costumbres que adoptaron. Pero quizás lo que más evidencia la huella maragata en esta parte del mundo, sea la influencia de su vestimenta, que luego conformará la del moderno gaucho. Luis Alonso Luengo recoge este dato fundamentado en otras opiniones anteriores, y constata que el traje varonil “gaucho” procede del maragato que, cómodo para la arriería, lo era para el vivir y galopar en la Pampa. En él las mismas “bragas”, más anchas y largas en el gaucho; el mismo ancho cinto; la misma “almilla” hecha blusa; las polainas y el propio amplio sombrero con borlas episcopales[50].

En realidad, esta emigración exterior es anterior a la que se lleva a cabo dentro de nuestras fronteras. La emigración americana comienza a finales del S.XVII y afecta, básicamente, a las clases campesinas y artesanas de la maragatería. Los arrieros quedarían fuera de este éxodo y resistieron hasta que el ferrocarril los empujó a establecerse en las ciudades españolas.

Pero mucho antes de que esto sucediese, en pleno auge de la cultura arriera del S.XVII, los maragatos ya habían separado sus destinos de los del resto de los españoles. Las consecuencias de este aislamiento son previsibles. Por un lado, son vistos con recelo, con suspicacia, quizás con cierta envidia. Por otro, ellos se refugian en su burbuja particular y se mantienen impermeables a los cambios que, sobre todo a partir del S.XVIII, dotarán de rasgos modernos a buena parte de la sociedad española.

Por tanto, con los maragatos asistimos a dos estigmatizaciones a lo largo del tiempo que llegan a solaparse, pero que también podemos analizar por separado.

La primera que observamos comienza con su pujanza económica y es la más temprana. Es comprensible que durante los siglos XVI y XVII, unas gentes de origen plebeyo, pero con rentas equiparables a las de la más rancia nobleza, despertasen las suspicacias de sus vecinos. También lo es que fueran acusados de judaizantes o cosas peores, en un país obsesionado por la limpieza de sangre y la estricta jerarquía social. Es decir, que un grupo de personas ajenas a la nobleza poseyera riquezas constituiría una trasgresión en toda regla.

El cristiano viejo, o nacía rico o moría pobre. Como mucho podía buscar fortuna en la punta del acero. Si no, estaría obligado a ganarse el pan con el sudor de su frente destripando terrones, que era uno de los pocos trabajos considerados honrados a los que podía aspirar y que, desde luego, no le sacarían de pobre.

El comercio, la artesanía y demás oficios eran habitualmente ejercidos por personas de cuyos orígenes nadie sino ellos mismos hablaba bien. Además, el simple hecho de enriquecerse en este país siempre ha afilado las lenguas de numerosos compatriotas. La sociedad ibérica, impregnada de catolicismo radical, nunca ha sido proclive a los cambios de estatus económico. Aquí nadie se ha ganado el cielo acumulando riqueza. Eso era cosa de herejes, ya sean judíos o luteranos, tanto da.

Pero lo que hasta el S.XVIII pudo ser motivado por la envidia, a partir de ahora tomará otra connotación. Y entramos a desvelar el segundo estigma que deberá acarrear la maragatería, el cual se remonta a fechas más tempranas y encontramos bien documentado.

Contamos con abundantes crónicas que se refieren a los maragatos como a unos personajes singulares, cerrados, que llevan una vida anacrónica y que, en pleno S.XIX chirría con los modos de la España de entonces. Si antes citábamos la obra decimonónica “Los españoles pintados por sí mismos”, que nos traía una viva estampa de los maragatos de la época, o mejor, de cómo los veía una autor ajeno a la maragatería, ahora estamos obligados a sacar a colación una novela costumbrista que gozó de gran aprecio hasta hace pocas décadas y que, de algún modo, ha sido la que más ha influido en la imagen que los españoles de hoy tienen de los maragatos. Estamos hablando lógicamente de la “Esfinge Maragata”, de Concha Espina, que en muchos de sus más célebre pasajes alude al carácter atávico de las costumbres maragatas, haciendo hincapié en las relaciones que mantienen entre los dos sexos.

Esta novela con tintes rosas, describe pormenorizadamente –como no podía ser de otra forma- estas ásperas relaciones que se daban en la comunidad maragata. Así, cuenta con pasajes tan explícitos como el que sigue: “Es cierto que la mujer come en la cocina, sirve al marido a la mesa, le dice de vos, le teme y le desconoce; que trabaja en la mies como una sierva y le ve partir sin despecho ni disgusto. Pero en esto que ella hace y él consiente, no hay deliberada humillación por una parte ni despotismo por la otra: hay en ambas actitudes una llaneza antigua, una ruda conformidad. Aquí el alma es primitiva y simple; las costumbres se han estancado con la vida; ello es fruto del aislamiento, de la necesidad, de la pobreza: estamos aún en los tiempos medievales”[51].

Y, unos pocos párrafos más adelante, vuelve sobre lo anterior para recalcar estas atípicas y retrógradas relaciones: “Si no saben sonreír a su esposa ni compadecerla, tampoco saben engañarla ni pervertirla: no la tratan ni bien ni mal, porque apenas la tratan. La toman para crear una familia, la sostienen con arreglo a su posición, y la reciedumbre de estas naturalezas inalterables descarga todo el peso de su brusquedad sobre la pasiva condición de la mujer; pero sin ensañamiento ni perfidia, con el fatal poderío del más fuerte”[52].

También Federico Aragón incide en este punto de la sumisión de la fémina maragata, sólo que desde una óptica moralista en la que incluso ensalza esta actitud:

La mujer es el prototipo de la honestidad y la fidelidad, no obstante las condiciones en que se verifican los casamientos y el permanecer ausente el marido casi todo el año, dedicado al tráfico en ambulancia. Son por demás respetuosas para con sus maridos, así como estos a su vez lo son para su padres. La mujer da tratamiento de señor a su marido[53]”.

Podemos hacernos una idea de cómo se entiende la vida en la maragatería en fechas relativamente recientes. Quizás en el modo en que se conducen entre sí los dos sexos, hallemos una valiosa información que puede ser extrapolable a otros aspectos de la conducta humana. Lo que parece obvio es que los maragatos, en pleno siglo XVIII y XIX habían perdido el tren de la modernidad y se aferraban a sus viejas costumbres, aunque esto les alejara progresivamente del resto de la sociedad española.

Así que, ahora que el dinero comienza a gozar del máximo prestigio social y descabalga de su supremacía al origen del individuo, los maragatos serán cuestionados de nuevo, esta vez a causa de su modo de vida arcaico. La reacción por parte del maragato será la de ignorar esta opinión que se tiene de ellos y mantener, sin enmendarlas en un punto, sus formas y costumbres. A fin de cuentas -debieron de pensar los orgullos arrieros-, ellos han conseguido amasar fortunas considerables a través de los siglos sin variar en lo sustancial su estilo de vida. Y eso partiendo de unas condiciones nada favorables para lograrlo.

Luego –concluyen-, son ellos los que tienen la razón, y sus críticos, los que yerran. ¿Por qué entonces cambiar?

Pero no se pude luchar contra el paso del tiempo, ni permanecer ajeno a él. Todo lo que no cambia para adecuarse a las nuevas situaciones es devorado por la historia. Se puede mantener el pulso durante unos años, unas décadas, quizás siglos, pero el brazo del tiempo es siempre el más poderoso y, siempre, el que acaba venciendo.

En este caso, el brazo que sostenía la recua de mulas se quebró con el advenimiento del ferrocarril, de las carreteras, de los nuevos vehículos de trasporte. El S.XX trajo la devastación de las formas maragatas y transformó a los últimos arrieros en pescaderos de provincias, en comerciantes de ultramarinos o en emigrantes tardíos.

Así nos los describió Pío Baroja, regentando una pescadería o un comercio minorista en las ciudades, embutidos en un traje regional que desentonaba con la indumentaria propia de los núcleos urbanos. Así se fue diluyendo una cultura centenaria, absorbida por la modernidad que nunca quiere saber nada de particularidades ni de hechos diferenciales.

Cerca de mi casa, en el centro de Madrid, existe una próspera pescadería llamada la Astorgana. También recuerdo un supermercado homónimo en el pueblo de mi infancia. Pero, de no interesarme por los maragatos, nunca hubiera sospechado que este nombre pudiese evocar una historia de comerciantes y mercaderes antiguos que se perdió para siempre.

Las polainas maragatas se quedaron en La Pampa argentina, relegadas a un folclore que hoy creemos extranjero. Los tejados de paja ya nos significan nada, como tampoco los grandes arcos a la entrada de las casas linajudas. Las señas de identidad propias de los maragatos han sido barridas por el polvo que sus recuas engendraron en los secarrales castellanos.

No queda apenas rastro de un pueblo que, contra viento y marea, ensayó una forma de vida singular y triunfó durante siglos, incluso a despecho de sus contemporáneos.

 


[1]Salvo en el caso de los agotes y los quinquis, cuya ascendencia nadie reivindica como propia.

[2] Aunque algunos autores, como Miner Otamendi o Matías Díez Alonso, engloban a los maragatos entre los pueblos malditos, equiparándolos de algún modo con las minorías perseguidas.

[3] El signo externo más apreciable sería su particular vestimenta, que siempre les caracterizó.

[4] Como el célebre maragato Cordero, o el no menos Matías Alonso Criado.

[5] Me gustaría recomendar al lector que, si está buscando unas vacaciones tranquilas y “diferentes” se aloje unos días en cualquiera de estas casas. Vale la pena. En concreto, “Casa Pepa” en Santa Colomba de Somoza, resulta especialmente indicada para todo aquel que se interese por la cultura maragata.

[6] Jose María Luengo y Martínez La arquitectura popular de la maragatería Edición limitada del Excmo. Ayuntamiento de Astorga, Astorga 1985

[7] No obstante, algunos autores citan cerca de cuarenta –e incluso más-, según la época a la que se refieran.

[8] Ídem

[9] Quizás el caso más extremo en este sentido sea el de Augusto Quintana, quien en su libro “Los maragatos y su tierra” (ISBN 84-300-0385-1, Astorga 1978), no hace sino exponernos todas las teorías habidas para, al final del mismo, afirmar que es necesario establecer ya una conclusión tajante y definitiva: Todo cuanto se ha fantaseado hasta ahora sobre el origen de los maragatos, ya sea que se fundamente en la etimología de su nombre o ya en unas supuestas diferencias étnicas, resulta forzosamente baldío, inútil y sin fundamento.

[10] F.Sánchez Dragó Gárgoris y Habidis Una historia mágica de España Tomo III, Minorías y marginaciones Ed. Hiperión, Madrid 1981

[11] Luis Alonso Luengo Los Maragatos Ed. Lancia, León 1992

[12] Ídem

[13] Emilio Rovalo Cilleros Los Maragatos: la caída de un mito ISBN 84-605-0319-4 Madrid 1994

[14] Ídem.

[15] Federico Aragón y Escacena Breve estudio antropológico acerca del pueblo maragato Facultad de Ciencias Naturales,  Madrid 1902

[16] Que vendría del latín mercator, o sea, mercader.

[17] También los vaqueiros de alzada, los quinquis y otros pueblos se dan a la arriería, pero nunca en proporción ni en volúmenes comparables a los de los maragatos.

[18] Isabel Botas San Martín. La maragatería. ISBN 84-604-6705-8 Edición de la autora, Madrid 1993

[19] Federico Aragón y Escacena Breve estudio antropológico acerca del pueblo maragato Facultad de Ciencias Naturales,  Madrid 1902

[20] Un vecino de Castrillo, de avanzada edad, me explicaba de un modo un poco simplista pero efectivo, la diferencia entre las casas del pueblo: “Las que tienen arco son de arrieros, las demás, de los pobres”.

[21] Esta localidad se encuentra en una de las rutas más importantes del Camino de Santiago.

[22] V.V.A.A. Los españoles pintados por sí mismos  Madrid 1843

[23]  Concha Casado Guía de la Artesanía de Castilla y León  Simanca Ed., Valladolid 1991

[24] Federico Aragón y Escacena Breve estudio antropológico acerca del pueblo maragato Facultad de Ciencias Naturales,  Madrid 1902

[25] Laureano M. Rubio Pérez La burguesía maragata  Universidad de León, León 1995

[26] Localidad maragata. Documento rescatado por Isabel Botas.

[27] Laureano Rubio Pérez Botas y Salvadores Editado por el autor, León 1995

[28] Cristina Bernis Carro  Estudio biodemográfico de la población maragata  Publicaciones de la Facultad de Ciencias de la Universidad Complutense, Madrid 1975

[29] Federico Aragón y Escacena Breve estudio antropológico acerca del pueblo maragato Facultad de Ciencias Naturales,  Madrid 1902

[30] Inocencio Ares Alonso  Gastronomía popular del País de Maragatos Ediciones Leonesas, León 1994

[31] Inocencio Ares Alonso  La boda maragata Ediciones Leonesas, León 1995

[32] V.V.A.A. Boda maragata Diputación Provincial de León, León 1985

[33] La refiere C. Baroja, a quien, sin duda, llamó la atención este curioso hecho: “Iribarren, en su estudio sobre el Carnaval de Lanz, reproduce una curiosa representación de un músico tocando la gaita (…) y que se halla en un documento conservado en Pamplona y fechado en pleno S. XV. También el relieve de otro músico gaitero”. Julio Caro Baroja  Baile, Familia, Trabajo. Estudios Vascos VII. Ed. Txertoa, San Sebastián 1976

[34] Localidad maragata.

[35] Federico Aragón y Escacena Breve estudio antropológico acerca del pueblo maragato Facultad de Ciencias Naturales,  Madrid 1902

[36] Es suficientemente ilustrativo el caso de Alfonso X “el Sabio” y sus cantigas, escritas en gallego.

[37] Como sería el propio bable, o el más meridional y olvidado sanabrés.

[38] Mª Soledad Díaz Suárez  Léxico Leonés  Universidad de León, León 1994

[39] Ramón Menéndez Pidal El dialecto leonés Diputación de Oviedo. Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo 1962

[40] Sobre todo en los territorios que correspondieron al antiguo Reino Leonés.

[41] Del latín, ulex-icis

[42] Luis Cortés Vázquez Leyendas, cuentos y romances de Sanabria Editado por el autor (ISBN 84-400-2060-0), Salamanca 1976

[43]  Verardo García Rey El Vocabulario del Bierzo Edición facsímil de la edición madrileña de S. Aguirre de 1934. Ed. Lancia, León 1986

[44] Luis Cortés Leyendas, cuentos y romances de Sanabria Editado por el autor (ISBN 84-400-2060-0), Salamanca 1976

[45] Canción con la que, según E. Rovalo, se acompasaba el arado de la nieve.

[46] Emilio Rovalo Cilleros Los Maragatos: la caída de un mito ISBN 84-605-0319-4 Madrid 1994

[47] Pedro Laín Entralgo Qué es el hombre Ediciones Nóbel, Oviedo 1999

[48] Existen hoy en día ciudades americanas con un importante sustrato maragato, como Viedma y Carmen de Patagones en la Argentina, o San Felipe, San José de Mayo y Santa Lucía en Uruguay. Por cierto, que a los nacidos en San José, todavía hoy se les llama “maragatos”.

[49] Martín Martínez Matías Alonso Criado: un maragato en el IV centenario del descubrimiento de América. Editado por el Centro de Estudios Astorganos “Marcelo Macías”, Astorga 1992

[50] Luis Alonso Luengo Los Maragatos Ed. Lancia, León 1992

[51] Concha Espina La esfinge maragata Editorial Aguilar. Colección Crisol, Madrid 1959

[52] Ídem

[53] Federico Aragón y Escacena Breve estudio antropológico acerca del pueblo maragato Facultad de Ciencias Naturales, Madrid 1902

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