Capítulo V

Pasiegos

 

Si hubiéramos de caracterizar al campesino pasiego, diríamos que es muy retraído, suspicaz hacia los desconocidos, pero, sin embargo, muy hospitalario y muy honrado. Es poco justa la opinión que se tiene de los pasiegos en la Montaña y provincias vecinas, cuyos habitantes les consideran infinitamente tacaños, astutos y duchos en las artes del disimulo. Es gente cuyo modo de vivir es desconocido en gran parte por sus coterráneos y que por eso resulta sospechosa”.

R. Penny

 

Por el nombre genérico de pasiegos atienden unos individuos que habitan la cabecera de los valles del Pas (de ahí su nombre) y del Miera, y la comarca de las Machorras, en las estribaciones del alto de Lunada y de Estacas de Trueba.

Así pues, un mismo pueblo queda dividido geográficamente en dos provincias que pertenecen, a su vez, a dos comunidades autónomas, la de Cantabria y la de Castilla-León. No obstante, todos los autores cántabros que tocan el tema coinciden en señalar a sus paisanos como únicos y verdaderos pasiegos. Los burgaleses de las Machorras no serían, pues, pasiegos. Pero como éstos sí reivindican su condición pasiega, no seremos nosotros quien diga lo contrario y asumiremos que así es, aunque sólo sea por su voluntad de pertenencia.

Por tanto, los pasiegos serían los vecinos de, por un lado, lo que se conoce como “Las Tres Villas Pasiegas”, a saber: Vega de Pas, San Roque de Riomiera y San Pedro del Romeral, así como algunos barrios cercanos, como Pisueña, Campillo y Bustantegua, pertenecientes al municipio de Selaya, y algún otro de los municipios de Luena y de Soba. En la provincia de Burgos, cabría únicamente hablar de pasiegos en las estribaciones del alto de Lunada, puerto de las Estacas y las Machorras, quedando Espinosa de los Monteros en un lugar ambiguo, en cuanto a “pasieguidad” se refiere, por varios motivos que luego analizaremos.

A su vez, los pasiegos denominan “la montaña” al resto de la provincia santanderina, lo cual no deja de ser paradójico, si tenemos en cuenta que el territorio en el que moran sería genuinamente de montaña. Explotan pequeños prados con inclinaciones casi verticales, y ascienden con su ganado a medida que avanza la temporada, hasta llegar, en los meses estivales, a lo más alto de su mundo: a las branizas, o los prados más frescos que sólo pueden ser disfrutados en la época veraniega.

Por tanto, practican una trashumancia de montaña con su ganado, en la actualidad únicamente vacuno, y habitan un número variable de cabañas, emplazadas siempre en las seles o prados donde apacientan su ganado.

Esta forma de vida se remonta, al menos, al S.XI, a tenor de la documentación con la que se cuenta. Sabemos que, por aquellas remotas fechas, ya había pastores practicando una vida similar en estos valles, aunque con algunas diferencias importantes. La primera, desde luego, el medio físico, que ha cambiado radicalmente, como veremos luego con detalle.

En principio, estos valles eran eminentemente boscosos y la silvicultura constituía una fuente importante de producción, recolectándose castañas y otros frutos naturales propios de este medio. Asimismo, la ganadería era mixta, alejada del monopolio del vacuno que encontramos siglos más tarde.

Administrativamente, los valles del Pas no tenían ninguna entidad institucional propia, sino que pertenecían al Monasterio de Oña, al que fueron cedidos los derechos de pastizaje en el año 1.011, por el conde Sancho García.

Estos territorios, con sus idas y venidas de fronteras, pertenecieron a Castilla, a Navarra, dependieron de fueros ajenos, y estuvieron sujetos políticamente a Espinosa de los Monteros (Burgos) y jurídicamente a Villacarriedo (Cantabria). De hecho, hasta el año de 1.689, las tres villas pasiegas no se constituirán como villas independientes.

Pero, para ese tiempo, ya se habían dotado los habitantes de estos valles de unas peculiaridades que, algunas, han perdurado hasta nuestros días. Los pasiegos constituyen una población bien diferenciada del resto de los cántabros, aunque también comparten atributos comunes a varias regiones limítrofes, que algunos autores han señalado erróneamente como genuinamente pasiegos. Lo que es indiscutible es que su forma de vida resulta atávica en el S.XXI, y que parece condenada a desaparecer en breve. Aún hoy viven en una burbuja cuasi autárquica, que comienza a ser agujereada por los usos modernos que compartimos la inmensa mayoría de los europeos.

Ser pasiego, significa, ante todo, una forma de vida, una lucha continua para adaptarse y sobrevivir en unas condiciones adversas, dentro de un marco espacial concreto. Los valles y cumbres que habitan se cuentan entre los puntos más desfavorecidos que encontramos en nuestra geografía peninsular. Vivir aquí, sacar provecho de estas tierras de apariencia paupérrima, supone todo un reto. Más aún: conseguir ser autosuficiente en condiciones de tanta precariedad como las que imponen el suelo estéril, el clima severo y la orografía despiadada, resulta muy meritorio.

Los pasiegos son personas que han ocupado unos territorios que no llegan a los mínimos de productividad exigidos en el resto de las zonas agrícolas: territorios que debido a ello, a una difícil climatología de contrastes y a una configuración del terreno que incluye grades desniveles en pequeñas distancias, obliga a una forma marginal de explotación trashumante y ponen en entredicho su mecanización. Territorios, en definitiva, que exigen una multiplicación de esfuerzos a cambio de beneficios exiguos, y siempre neutralizados por el mantenimiento de unas condiciones de vida muy duras[1].

De ahí que llame la atención que, pese a tanta adversidad, los pasiegos constituyan el único pueblo “vivo” de cuantos tratamos en las páginas de este libro. No quiero decir que los agotes, los maragatos, los vaqueiros o los quinquis hayan muerto todos de repente, no. A lo que me refiero es que los pasiegos siguen existiendo y viviendo más o menos como lo han hecho desde hace siglos, con las lógicas variaciones impuestas por el devenir del tiempo, pero que no modifican su estilo de vida en lo sustancial.

Así, mientras los agotes “no existen” y si no nos creen vayan a preguntar a Bozate, en Arizkun; los vaqueiros sólo se muestran en su versión más folclórica y turística; de los maragatos podemos decir otro tanto; y los quinquis se sumergieron en las barriadas urbanas para no salir nunca más a recorrer los campos, los pasiegos siguen en sus prados, con sus vacas y sus cabañas. Bien es cierto que esta situación no se prolongará mucho más tiempo y su cultura centenaria se halla herida de muerte, pero todavía aguanta como un toro bravo que se pega a las tablas para no hincar la rodilla.

Cada vez son menos, sí, pero todavía conservan un número significativo –y representativo-, y forman una sociedad con la suficiente uniformidad como para enseñarnos lo que son y para que nos hagamos a la idea de lo que fueron.

 

Entorno físico y vivienda

Su hábitat está situado en el centro de la Cordillera Cantábrica, en un lugar donde nacen los ríos y prosperan los tritones en sus charcas aledañas. El paisaje es de una belleza fiera, que impresiona al visitante por sus alturas y sus espacios abiertos y desolados.

Encontramos prados perfectamente delimitados a lo largo de la falda de cada monte, valles silenciosos donde sólo el cencerro del ganado nos avisa que hay algo que se mueve entre tanta verde quietud, y un sin fin de regatos y riachuelos.

Pocos árboles hallan acomodo en estos campos esmeralda. Suelen estar dispersos, como si rehuyesen la compañía de sus semejantes, que se amontonan en los bosques ya lejanos. Algunos, plantados un día y ahora anclados junto a la pared de las cabañas, parecen llevar su soledad con perfecta resignación. En invierno, delatan con su altura la presencia de esa cabaña deshabitada y convertida acaso en una bola de nieve. En verano, ofrecerán su ramaje como eficaz sombrilla y quizás protejan en alguna medida la oscura techumbre de lascas, que a Unamuno le recordaba a una tumba.

Todo lo que abarca la vista es, por tanto, un mapa verde con vacas perezosas y casitas dispersas. La desnudez del conjunto nos hace replantearnos nuestra presencia allí, como si el ser humano sobrase en esos campos. Tampoco vemos animales silvestres, salvo algún pajarillo o una culebra que escapa por entre el herbazal.

¡En fin! Así es el hábitat de los pasiegos. Algo que merece la pena ser visto. Ya dijimos que este pueblo comparte ambas vertientes de la cordillera, pero cuando pasamos de Cantabria a Castilla por Lunada, en pleno centro del territorio pasiego, se nos congela el aliento –y no sólo por el frío glaciar que soportan buena parte del año-. Entonces habremos llegado a la comarca burgalesa de las Machorras, una breve llanada que se escurre en suave pendiente hasta Espinosa de los Monteros, la villa pasiega menos pasiega o viceversa[2], aunque de una importancia decisiva en la historia de este pueblo.

Pero antes de meternos en harinas históricas, seguiremos con la de este costal físico a la que aludía con las referencias geográficas. Pues bien, hablando de las Machorras, Mauricio de Grado, a la sazón médico de esta localidad, señala en su libro titulado “Pasiegos de las Machorras” que este nombre corresponde a un topónimo. Nos indica que su denominación viene sin duda de las dos peñas que se encuentran a ambos lados de la carretera, que luciendo sus llamativas y redondeadas calvas libres de vegetación, confirman el adjetivo de estériles, como bien se define en el diccionario la palabra machorra[3].

Por nuestra parte, no tenemos tan claro que se trate de un topónimo, pero lo que sí podemos asegurar es que, si lo toma de la palabra machorra en su acepción de esterilidad, no sería tanto por dos piedras orilladas en la carretera, sino, más bien, por el conjunto del paisaje que, todo él, transmite una sensación de desértica pobreza.

No obstante, lo que más impresiona la primera vez que se visita este territorio, es la rara conjunción de desolación y belleza que se advierte tan pronto como asomamos al alto de Lunada. Tanto que, tras visitarlo recientemente, bastantes años después de esta primera vez a la que nos referíamos, todavía me acordaba con nitidez de muchos detalles que, de haberse tratado de otros parajes, hubieran desaparecido en algún punto oscuro de la memoria.

Sin embargo, todo lo que rodea y da sentido a los pasiegos es difícil de olvidar. Sus pueblos, apenas un puñado de casas agrupadas en torno a la iglesia y la plaza; el sonido de los miles de cencerros que resuenan en cualquier punto del paisaje con distinta intensidad; el olor a hierba que impregna hasta las nubes que se desparraman sobre el valle. Todo resulta tan evocador y callado que tenemos la sensación de que se ha detenido el mundo. Sólo los cencerros, de nuevo, nos recuerdan el movimiento, la cadencia lánguida de las bestias que se desplazan abúlicas.

Las cabañas son infinitas. Sobre la cumbre, oteando los cuatro puntos cardinales, las casitas nunca abandonan el horizonte. En la distancia, puntean de negro el verde tapiz de los montes. Cada pequeño prado o sel, perfectamente delimitado por un tosco lindero de piedras, posee una de estas cabañas. Y un árbol arrimado a sus muros. Hay, por tanto, casi tantos seles como cabañas y casi tantos –o tan pocos- árboles. De hecho, si se conservan estos árboles, es debido al auxilio que en ellos encuentra, tanto la cabaña, que se protege de riadas, aludes y en general, del sol y de la lluvia, como de las bestias que aprovechan su sombra en verano.

La vivienda del pasiego es sumamente funcional y austera. Fray Justo Pérez de Urbel, en su “Cancionero Pasiego”, la define con cuatro versos:

La cabaña pasiega tiene amor y ternura;

es pequeña y humilde y dulce y maternal;

en un rincón del prado esconde su blancura

a la sombra amorosa del verde cajigal[4].”

Consta de dos plantas, una rústica balconada y una especie de escaleras para subir a la planta de arriba, que es donde se almacena el heno, los aperos domésticos y habita la familia. La de abajo cumple como cuadra y, en ocasiones, se guarda aquí también el utillaje agrícola y ganadero.

El tejado tradicional es de losas de pizarra, concebido para que resbale la nieve y el agua, tan abundantes en la zona.

Si por fuera esta vivienda se ve pequeña, desvalida y pobre, por dentro, resulta, más que espartana, miserable. A día de hoy, la mayoría no tienen agua, luz ni retrete. Sólo la que denominan “vividera” que es la que pasan la mayor parte del invierno, suele gozar de estas comodidades. El resto, a veces, hasta diez o más, carecen de estos elementos que a la mayoría nos resultan indispensables. En el libro de Lasaga Larreta se nos dice, a propósito de lo que encontramos dentro de estas casas, que sólo cuentan con dos cántaros de barro tosco, donde cuajan la leche, una olla para ordeñar, una pequeña artesa, un canastrillo donde colocan el queso para que despida el suero o viras y el cuévano para trasladar estos bártulos. Desconocen la cama, durmiendo todos sobre la yerba, o en una camaranchón, cobijados con haraposa manta[5].

Toda la vida pasiega se desarrolla en la vivienda y en el prado o sel que la alberga. Allí se dan las relaciones con la familia y con el ganado. Al pueblo sólo se baja en determinadas ocasiones, o para realizar algún tipo de gestión.

Es decir, la vida del pasiego, básicamente, se realiza dentro de sus dominios: esto es la cabaña y el sel.

Con respecto a este prado o sel, se ha especulado en torno a su etimología y a su punto de origen. Entre los autores que con más ahínco se han dedicado a esta tarea, se encuentran Barandiarán, Caro Baroja y Arnaldo Leal.

C. Baroja nos da cuenta de una serie de nombre en euskera para designar estas parcelas de pastizal o seles, muy comunes en toda la montaña vasconavarra. Pero, además, menciona un dato importante, y es que, en Asturias, el sel ha existido como tal, con este nombre, en la baja Edad Media, pero posteriormente, el nombre de “braña” ha ido ganando terreno para expresar un concepto semejante[6]. Según parece, el término braña era la equivalente más culta, del más vulgar término de sel, por lo que éste último dejó de emplearse.

Repárese también en que los pasiegos hablan de “braniza” para referirse al sel más alto, o los seles de verano. Algo que encajaría si tenemos en cuenta que, aunque en un principio –según lo dicho por C. Baroja- fuesen términos equivalentes, “braña” pasó a tener una connotación que indicaba altura, es decir, sería un sel con unas determinadas características de altitud o de arriscamiento, pero nunca el prado ubicado en un valle “xaldo”.

Por su parte, Arnaldo Leal diserta largamente acerca de la evolución semántica del término sel, y de su influencia en la toponimia pasiega. Concluye asegurando que muchos de los topónimos actuales (…) son de hecho elisiones de formas anteriores en las que entraba el elemento “sel”  y a través de las cuales se evidenciaba el papel de los seles en la colonización del entorno[7].

El desastre ecológico

Cuando yo era chaval, los marcianos todavía estaban en la flor de la edad y aparecían, briosos, por doquier. En cualquier lado donde el ser humano asombrase a su propio género, se veía su mano verde de cuatro dedos. Habían erigido las pirámides de Egipto, monumentos y pedruscos varios en América y, como no podía ser menos, las fabulosas estatuas de la Isla de Pascua. ¿Quién si no? Y es que, cuando los europeos llegaron a las Antípodas y descubrieron para la fe dicha isla, no encontraron vestigio humano. Únicamente esas enormes piedras talladas. ¿Quién las había esculpido? ¿Quién las había puesto ahí? Una vez más, la mano alienígena tenía que ser la responsable de tamaña gesta.

Pero cuando, unas décadas más tarde, el marciano al que se imputaban todos los misterios comenzó a apolillarse y ya sólo se aparecía para sus creyentes más irreductibles, se buscó otra explicación al misterio de la Isla de Pascua. De pronto, unas excavaciones revelaban que la isla había estado poblada -y mucho-, de hombres normales y corrientes. Y que los sustratos más recientes evidenciaban la ausencia de arbolado, pero, un poco más abajo, un pelín más antiguo, se observaba que, anteriormente, la isla había sido un gran bosque.  Y que miles de troncos se habían empleado para trasladar las estatuas desde las canteras del interior, hasta su ubicación costera final. Y que, además, grandes extensiones de terreno habían sido roturadas y deforestadas durante generaciones.

El hombre había convertido el bosque en una pradera. Y la pradera en un desierto. Y, cuando no quedó nada productivo en la isla, el hombre había muerto. Ésta era la explicación al enigma de la Isla de Pascua. Desde luego, mucho más prosaica y triste, que la de la intervención prodigiosa de la mano verde en una isla deshabitada. Pero, sin duda, más verosímil.

Si los valles pasiegos hubieran estado ubicados en, pongamos, California, seguro que alguien hubiese visto algún ovni por las inmediaciones. La pena es que como, por aquí, lo que más abunda es el grajo, el gorrión y otros seres volantes igualmente vulgares, a nadie le ha dado por achacar la brutal transformación de esta región a la mano extraterrestre. Porque, la verdad, un desastre ecológico de tal magnitud, parece obra de marcianos, más que de gentes con boina, paraguas y colilla de picadura.

Lo que ocurre es que el ser humano es de natural contumaz, y raramente ceja en su empeño cuando está determinado a llevarlo a cabo. Generaciones de pasiegos roturando bosque y matorral, quemando y talando, aliados con la lluvia, igualmente pertinaz, se han encargado de dejar todo lo que les rodea en su estado actual de desnudez.

De ser una zona de bosque de montaña, ha pasado a ser un gran pedrusco, de montaña eso sí, pero falto de cubierta vegetal, con unos pocos manchones forestales autóctonos en las zonas más inaccesibles. Por eso, sentimos un picor amargo cuando leemos algún libro en el que se menciona la gran cantidad de fresnos que se encuentran en la zona (así como) hayas, distintas especies de tilos, acebos, tejos, serbales, brezos (etcétera), son algunos de los múltiples taxones que se encuentran en estos montes[8].

Y, por si esto no bastase para hacernos una idea de la riqueza natural de estas rocas, el autor continúa con frases como la de en el umbrío sotobosque del hayedo, se puede encontrar…[9] O bien: Para saber la riqueza y variedad animal, sería más conveniente hablar con los cazadores y alimañeros, que desgraciadamente abundan en la zona. Ellos nos informarían sobre las garduñas, tejones, zorros, jabalíes, corzos y un largo etcétera[10].

Pues bien, ni sotobosque del hayedo, ni múltiples taxones, ni riqueza y variedad animal. Desastre puro y duro, sin paliativos. Afortunadamente, contamos con libros más rigurosos y certeros acerca de la situación de los montes del Pas. Quiero citar expresamente el publicado por la Asociación Científico Cultural de Estudios Pasiegos, titulado  “Recuperación, ordenación y explotación racional de las zonas de montaña: los valles altos del Pas y del Miera”.

Este espléndido libro nos recuerda constantemente que la zona pasiega, en un pasado cercano, estuvo poblada por grandes bosques que daban unidad a su paisaje.

¿Qué ocurrió para que cambiase tan drásticamente esta situación? Nos lo cuenta a renglón seguido:

Como resultado de las grandes talas efectuadas para la construcción naval y obtención de carbón vegetal, el arbolado, hasta entonces dominante, dejó de proteger el suelo, convirtiéndose éste en una gran pradería de escasa producción y bajo poder regenerativo. (…) El bosque pasó de ser un elemento de primer orden para la precaria economía mixta anterior al S.XIX, a significar un estorbo, o como mucho una fuente de ingresos adicionales para los ganaderos de los siglos XIX y XX[11]”.

Todo esto es cierto, pues sabemos que fundiciones cercanas, como las de Liérganes, así como la incipiente industria naval santanderina, se nutrieron en buena medida de la madera obtenida en los valles pasiegos. Todavía hoy encontramos laderas en los puertos que fueron empleadas como resbaladeros de troncos y abundantes noticias acerca del empleo de madera en la vida pasiega, sobre todo en la construcción de sus cabañas anteriores al S.XIX. Pero, con todo, las talas indiscriminadas y la roturación abusiva de suelo forestal no fueron las únicas responsables de la situación actual, sino que la puntilla la dio el fuego, que la mano –ignorante, siempre, y codiciosa, a veces- atizó en estos montes durante varias generaciones.

Las talas masivas de siglos pasados no habrían tenido los efectos devastadores para el suelo que pueden hoy apreciarse en cualquier ladera, de no haber sido por los numerosos incendios. Año tras año, al llegar el otoño y durante el invierno, el viento sur seca el suelo y su manto vegetal. Este momento es aprovechado por los ganaderos para quemar la vegetación arbustiva y facilitar que en la siguiente primavera el monte se cubra con forraje más tierno, que suele destinarse a unas pocas ovejas, alguna bestia de carga o a animales menos productivos. (…) El matorral, posible origen de futuras comunidades forestales, es también eliminado[12].

El resultado de todo esto es el que cabría esperarse. Un ecosistema muy degradado, una joya natural perdida que exige políticas adecuadas y urgentes para recuperarla en lo posible.

Para recuperar el bosque, sí. Pero también para recuperar las praderías naturales. Y los ríos, en los que antes abundaba la trucha y desovaba el salmón. Se le cae a uno el alma a los pies cuando pesca los tramos altos del Pas o del Miera, por citar los dos ríos más importantes de la comarca.

La falta de cubierta vegetal de las laderas donde nacen, convierte sus cabeceras en torrenteras de marcado estiaje. Su caudal será, pues, tremendamente irregular, sometido a fuertes variaciones y nefasto para sostener su ecosistema acuático. La lluvia, agua bendita en la mayoría de las regiones, se convierte aquí en un elemento altamente destructivo, pues arrastra consigo el escaso manto que cubre estas laderas desoladas.

El monocultivo de hierba y la apuesta única que se ha hecho por la cabaña de vacuno como medio productivo, han conducido a estos valles a un callejón ecológico de difícil salida.

Hasta la vaca autóctona pasiega –todo un icono de este pueblo- se ha perdido, a favor de la más “lechera” frisona u holandesa[13] que, durante el S.XX, desplazó definitivamente a la vaca autóctona.

 

Discriminación

Pese a haber sido discriminados desde hace varios siglos por sus vecinos cántabros, vizcaínos y burgaleses, las tesis dominantes en la actualidad coinciden en que, esta estigmatización, no fue realmente tal, sino que se produjo en periodos y coyunturas concretas. Es decir, que no fue algo generalizado ni alcanzó la virulencia con la que se segregó a otros pueblos, como sería el caso de los quinquis, los vaqueiros o los agotes.

Esto último es cierto, pues los pasiegos nunca fueron tan mal vistos, pero no es menos cierto que la discriminación que tuvieron que soportar fue muy prolongada en el tiempo y que su consideración social nunca superó la de pobres aldeanos, incultos y facinerosos.

Lo que ocurre es que la mayoría, por no decir prácticamente todos los tratados y libros sobre tema pasiego, han sido escritos en fechas muy recientes y, a su vez, casi todos ellos, por gentes que manifiestan una especie de deuda sentimental con este pueblo. Entonces, salvo los autores –pocos- que han pecado “por exceso”, pues les interesaba resaltar el supuesto malditismo de esta comunidad, el resto –que compone la inmensa mayoría- ha pecado “por defecto” vertiendo más sombras que luces sobre este aspecto decisivo para entender y calibrar en su justa medida lo ocurrido con este singular pueblo.

Desde aquí, no pretendemos tomar partido, sino tratar de mantener una posición ecuánime y ceñirnos a la documentación y a los testimonios con los que contamos. Por tanto, evitaremos caer en la trampa de, por la simpatía que éste, como cualquier otro pueblo, pueda despertarnos, edulcorar una realidad que casi siempre tuvo un sabor amargo.

La misma actitud de los pasiegos en la actualidad es reveladora, tan pronto como alguien que caiga por sus valles, desvele intenciones investigadoras. Enseguida se mostrarán recelosos –y no les faltan razones, ojo- con aquel que se interesa por su historia; mucho más, si muestra algún apetito por conocer, digamos, ciertos temas escabrosos, como los que afectan a su consideración social histórica, o los  que abordan los aspectos que desvelan su miseria endémica en un pasado todavía demasiado reciente.

De ahí que muchos investigadores envuelvan el caramelo amargo con un celofán de admiración por su unicidad, por su cultura, por su supuesta integración y coexistencia con el medio… Todo esto, por desgracia, falsea la investigación, por mucho que, llegados a este punto, ahora sí, el natural de estos valles se abra al forastero que pregunta en dichos términos, y le cuente alguna chanza de pasiegos, le recite alguna “oración” para curar la picadura de la culebra, o alguna costumbre antigua que hará las delicias del antropólogo.

Pero, obviando las partes más ásperas de su historia, nunca se entrará en el meollo de la cuestión. Y ésta no es otra que la siguiente: ¿Por qué estuvieron discriminados? ¿Qué veían en ellos para estigmatizarlos? ¿Por qué se llegó a esa situación?

La verdad es que contamos con escasa documentación al respecto. Sí sabemos, porque eso ha trascendido hasta nuestros días, que tenían fama de cerrados, de incultos, de agrestes, de analfabetos resabiados. Y poco más. El resto es, en la mayoría de las veces, pura especulación, cuando no nos remitimos a las escasas fuentes originales.

Vayamos con los hechos: Los pasiegos viven, desde hace casi un milenio en unos valles de difícil orografía, mal comunicados, a veces aislados, y, a menudo, casi estériles como tierra de labor. La agricultura fue siempre escasa, si bien cada vez lo ha sido más, sustituyéndola sucesivamente por una mayor cabaña ganadera. Del mismo modo, estos valles, en origen boscosos, han sufrido con el paso del tiempo una progresiva deforestación, en beneficio del pastizal, como monocultivo para el ganado vacuno.

Por otro lado, la única forma de sobrevivir con este tipo de explotación, ha sido mediante la dispersión, practicando una vida trashumante y sin más compañía que la de su familia  directa y la de las bestias que pastoreaban. Esta situación les ha privado de los beneficios que se generan con la vida en comunidad, ya sea los de la propia vida social, ya sea la del acceso generalizado a la educación reglada.

Los vaqueiros, pues, han hecho frente a unas condiciones de vida realmente duras, produciendo muy pocos recursos, que habían necesariamente de complementar con otros de los que no disponían. Para ello, han tenido que vender los excedentes de su producción, que era básicamente la de los derivados lácteos, en los pueblos y aldeas limítrofes, así como adoptar otros oficios relacionados con el comercio, de genero tanto lícito como ilícito.

Hemos visto hasta la hartura la imagen nefasta que ha tenido tradicionalmente en este país la venta ambulante. Si bien sabemos la importancia que estas actividades comerciales han tenido en la vida pasiega, pocos autores modernos las tratan con la importancia que se merecen. Quizás porque este tipo de trabajo se relacionaría directamente con esos aspectos negativos a los que antes aludíamos, y que muchos pretenden omitir.

En el capítulo anterior, el de los vaqueiros, ya citábamos un auto del Concejo de Legazpi (Guipúzcoa) fechado a en 1.848, en el que se denomina a unos pasiegos “paqueteros de ilícito comercio del extranjero”. Pocos años más tarde, en 1.865, se publicaba un libro sobre la provincia de Santander, en el que su autor, titula el capítulo VI, con el siguiente enunciado: “Pasiego del contrabando de tabaco.-Pasiego traficante.-Trajineros (…)[14]. Y todo lo que sigue, concuerda a la perfección con la denominación dada en el auto guipuzcoano: “Varias son las causas que han desarrollado el contrabando entre los pasiegos; la necesidad puede decirse que es la primera (…). Podemos asignar también como otra causa el asilamiento mercantil en que nos puso Felipe IV; la diferencia de aranceles que existió entre nuestros puertos y los vizcaínos, gozando estos sobre aquellos del beneficio de un cinco por ciento en la importación; el desestanco del tabaco en las Vascongadas y a la facilidad con que el pasiego se descuelga a ellas[15].

Adriano García-Lomas recoge diversos testimonios y documentación que relacionan directamente al pasiego con el contrabando, y trata de rebatirlo con argumentos de toda índole. Comienza negando que “el que no es contrabandista, comercia con telas, tirantes y baratijas de varias especies, y cuyo origen, más o menos remoto, suele ser asimismo el contrabando”, aduciendo que por aquellos tiempos coexistían y predominaban otras actividades entre pasiegos que nada tenían que ver con el contrabando, como eran los vendedores de bebidas refrescantes y confitadas, entonces de reciente invención, de la que derivaron los barquilleros, agualojeros y obleros, entre otras profesiones que practicaron después para hacer su pequeña pacotilla[16].

Abunda en García-Lomas en la tesis de que el pasiego es un comerciante nato y posee un natural instinto para estas transacciones. Sin embargo, pone mucho énfasis en la idea de su honradez y de la licitud de su comercio:

La verdad es que saben mañearse en sus negocios y les basta una pieza de tela y una vara de medir para lanzarse al mundo y progresar honradamente. Con su temple de colonizadores, donde caen fundan un comercio invariablemente, aunque sea en medio del desierto, comprando y vendiendo con artes lícitas. Superdotados de inteligencia práctica y de facultad asimilativa, parece talmente como si poseyeran el sésamo que les abre todas las puertas para aquellas actividades[17].

Y no se detiene ahí, sino que, llevado por su entusiasmo apologético, declara que los pasiegos, huérfanos de cultura, llegaron paso a paso y con fino caletre e instinto “meritissimus” a las cumbres de los más importantes negocios mercantiles[18].

Nuestra opinión difiere sensiblemente y creemos que al autor se le ha ido la mano, seguramente llevado por las mejores intenciones. En realidad, pese a que García-Lomas escribe que son muchos los hombres célebres de sangre pasiega para catalogarlos todos y nos presenta unas fotografías de algunos ilustres, varios de ellos que compartieron –en distintos ámbitos- el apodo de pasieguito, no destaca su notoriedad precisamente por haber alcanzado las cumbres de los más importantes negocios mercantiles, sino que corresponden más bien a deportistas y similares, casi siempre de escaso renombre.

Es decir, no es el caso, por ejemplo, de los maragatos, que cuentan en su seno con personajes prósperos desde un punto de vista económico, y que, realmente, sí destacaron como comerciantes y fueron tenidos en mucho por ello.

El de los pasiegos recuerda mucho más al caso de ciertos comerciantes de régimen ambulante, especializados en géneros de poca cuantía y cuyo negocio suele ser muy reducido, tanto en el monto del mismo, como en el de las personas que intervienen. No hay constancia de recuas de mulas saliendo de los valles pasiegos cargadas de valioso género, sino de desgraciados pastores, impelidos por la necesidad, que se echan al camino con sus cuévanos cargados, ya sea de derivados lácteos, ya sea de baratijas, en ocasiones de tabaco u otra suerte de contrabando menor, y recorren los caminos de su provincia o de los territorios limítrofes, para ganarse un parco sustento.

Mucho más cercanos al andarríos o buhonero, que al arriero maragato. De hecho, una descripción que nos ofrece Lasaga Larreta de este pasiego, se correspondería con una increíble fidelidad, a la del buhonero que tratamos en el capítulo de los mercheros: “Comienza su vida mercantil regateando bujerías como alfileres, agujas, carretillos de hilo, etc.; no afluyen a las ferias ni a los mercados, recorren los pueblos andando de casa en casa a ver si les compran algo. (…) -Si la osadía y petulancia no fuesen las cualidades culminantes del pasiego, se haría de todo punto insoportable tan azarosa vida-. Cuando sus fondos han acrecido, pasa a trata en pañolería y percales; más tarde se hace de una caballería y comercia en paño; entonces ya concurre a las ferias y mercados, concluyendo por establecerse en alguna población; todo esto en el trascurso de pocos años, porque el pasiego es muy económico en sus gastos[19].

Pedimos al lector que compare esta descripción, con la del buhonero en el capítulo de los mercheros, tomada de “Los españoles pintados por sí mismos”; ambas corresponden a textos de mediados del S.XIX, y bien podría decirse que son intercambiables; o que están hablando del mismo tipo de persona.

García-Lomas ha leído y citado abundantemente el texto de Lasaga Larreta[20], incluso ha tomado “prestado” algún párrafo que hace suyo sin citarlo[21], pero omite las partes del mismo que denostan a los pasiegos. Muy al contrario, defiende tesis opuestas, buscando en todo caso, la honorabilidad del habitante de los valles del Pas.

Pero, por mucho que se empeñe, la realidad es que el pasiego ha tenido siempre mala fama por distintas razones aunque, gracias a Dios, los antiguos prejuicios han desaparecido en nuestros días como por ensalmo. Más aún: encontramos vecinos de barrios cercanos a las villas pasiegas, que reivindican su condición de pasiegos, algo que sus antepasados nunca hubieran hecho.

Ahora bien, lo que sigue sin saberse es el origen de la discriminación. Por mucho que haya quien lo explique por la supuesta pertenencia a otra raza, para unos la hebrea, para otros la árabe, este tipo de argumento tiene pocos visos de realidad. Y a juzgar por la comparación con otros pueblos segregados, nos lleva a pensar que la asignación de este origen racial, se debe, sobre todo, a que se hallaban discriminados y había que buscar una coartada para mantener ese estado de cosas. Además, si tenemos en cuenta que casi todos estos orígenes lejanos y, en general, fantasiosos, son propuestos durante el S.XIX, todo casa. En efecto, durante este siglo está de moda la asignación de procedencias étnicas variopintas a todo pueblo que presente alguna diferenciación, equivocando a menudo lo cultural con lo racial, hubiese o no motivos fundados. A esta tendencia no escapa casi ningún investigador, que al fin, son hijos de su tiempo. De ahí que nos encontremos con tal cúmulo de teorías, a las que no se debería prestar demasiada atención en la actualidad, sino, simplemente, reseñarlas de la forma más escueta para dejar constancia de lo que se dijo y de cómo pudo influir en la percepción que, en aquellos años y otros posteriores, se tuvo de estos pueblos sobre los que tanto se elucubró.

La caracterización de los pasiegos, a partir de una serie de rasgos culturales –como su particular calzado[22] y vestido que guardaría algún parecido con el árabe-, o su proverbial austeridad, en la que algunos vieron la sombra de los hijos de David, resulta del todo fantástica.

El mismo mote de “rabudos”, que hace referencia al supuesto rabo que se decía tenían los judíos, es revelador. También se dijo de los vaqueiros y, sobre todo, de los agotes, que escondían un apéndice indecente. Pero, dejando de lado estas insensateces, que no podrían resistir un minuto de reflexión ni un mínimo de cordura, habrá que buscar los motivos “reales” en otra parte.

Probablemente los encontremos en la misma bodega en la que se estibaron los habidos para la discriminación de otros pueblos estigmatizados: aislamiento, pobreza, incultura y necesidad de ejercer oficios mal considerados. Todo lo demás, vendría por añadidura.

Sabemos que los pasiegos llevaban una existencia, la mayor parte de las veces, miserable. Asimismo, carecían de fuerza como grupo, dado que nunca constituyeron asociaciones de ningún tipo, y sus relaciones sociales, no rebasaron el perímetro del ámbito familiar.

Incluso hoy en día, se señala que una de las más flagrantes deficiencias que existe en la comarca –aunque quizás la menos observada por el visitante foráneo- es la ausencia de entidades colectivas. Únicamente existen los Ayuntamientos. No se ha fomentado en las zonas pasiegas el asociacionismo, la creación de movimientos cooperativos ni de fomento y explotación colectiva de bienes comunales. A pesar de la gran carencia de recursos y servicios, sólo conocemos un servicio mancomunado, concertado por el Ayuntamiento de Vega de Pas[23].

No obstante, esta marcada atomización de la sociedad pasiega, dispersa y compuesta por núcleos familiares autónomos y casi independientes, no es de ahora, sino que siempre ha caracterizado a este pueblo. Resulta, por tanto, paradójico que, al mismo tiempo, se haya caracterizado por una endogamia estricta, en la que algunos autores ven un hecho de consolidación de su identidad propia y que podría haber sentado las bases para lograr una sociedad más cohesionada y con ciertas estructuras comunes de las que siempre careció. Susan Tax escribe que los continuos casamientos entre pasiegos dan como resultado y refuerzan el contacto social y los intereses económicos, lo que cimienta la comunidad pasiega[24].

Pero esto es cierto sólo a medias. En teoría, debía de haber sido así, pero los hechos demuestran que, aunque los pasiegos siempre han tenido conciencia de serlo, como en muchos otros pueblos segregados, nunca han formado instituciones comunes para defender intereses colectivos, ni para ejercer una posición de mayor fuerza frente a los que les vituperaban. Es decir, se han comportado de modo individualista, sin ningún sentido de la colectividad como refuerzo identitario para resistir los embates foráneos. Como señala a propósito Juan Ibáñez, es indicativo el hecho de que son escasísimos los habitantes que conocen mínimamente todo el territorio (…) pasiego[25]. Esto es algo que cualquiera puede corroborar a poco que pregunte en estos valles, cosa que llama la atención.

 

Aspectos culturales y sociales

El de la cultura pasiega es un caso raro. Pese a ser, como dijimos, el único pueblo “vivo” de estas características, el proceso imparable de desculturización en el que se ha sumido en las últimas décadas y la escasez de estudios anteriores, hacen que se hayan perdido gran parte de las tradiciones, creencias e incluso formas dialectales que conformaron su cultura.

Afortunadamente, un reciente trabajo de Antonio Montesino ha conseguido rescatar algunos interesantes rituales pasiegos, desde un punto de vista etnográfico. Después de leerlo, nos quedamos con la sensación de encontrarnos frente a una cultura muy primitiva en muchos aspectos, con una amalgama de creencias que giran en torno a las cuestiones básicas de la vida: el nacimiento y la muerte, así como la fecundidad y el embarazo, que se engarzan como la prolongación natural que son del ciclo vital. Aquí también, alude, aunque sin aportar datos, a la práctica de “la covada”, que veremos en el capítulo de los maragatos: “Conocida popularmente, aunque no se conservan testimonios vivos, es la costumbre de la covada pasiega, en virtud de la cual era el hombre el que se encamaba tras el parto de la mujer, y se hacía cuidar en su lugar, escenificando una sustitución simbólica de la madre por el padre[26]”.

Asimismo, en los boletines publicados por el Museo de las Villas Pasiegas, encontramos material etnográfico acerca de las particularidades culturales que, irremisiblemente, se pierden a pasos de gigante en estos últimos años. Es el caso del boletín Nº 21, en el que se da cuenta del cambio de valores operado en esta generación, y su confrontación con las tradiciones, cada vez más desplazadas[27].

También García-Lomas y otros, refieren abundantes testimonios acerca de tradiciones, creencias y supersticiones pasiegas, en muchos casos similares a las de los vaqueiros y/o de los maragatos. Observamos que estos pueblos, quizás por haber constituido los últimos reductos de las culturas rurales generalizadas en otra época en el norte peninsular, ofrecen increíbles semejanzas en muchas de sus manifestaciones. Ensalmos contra los bichos dañinos, conjuros para proteger el ganado, oraciones para aumentar la fecundidad tanto en humanos como en bestias, amuletos, brebajes,  superchería y religión….

Respecto a su folclore, cabría destacar el ritual del llamado “Bobo de las Nieves”, en el alto de las Machorras. En esta singular romería veraniega encontramos a un personaje estrafalario, sarcástico y peculiar que “echa los versos”, es decir, pone en verso determinados acontecimientos y chismes, que, de otra forma, no se harían públicos. Lógicamente, su contenido es mordaz y este personaje disfrazado es el único que puede hacerlo. Guarda gran similitud con el “Birria” maragato y con los zamarrones, zarramacos, zarragones y zarrahones, de otras localidades  del norte peninsular.

Por cierto que, en una fotografía que reproduce Caro Baroja en su libro “Los pueblos del norte de la Península Ibérica”, aparece otro estrafalario personaje disfrazado y con doble careta, en cuya espalda puede leerse, pintado con trazo blanco y grandes letras “Bobo”. Pertenece al carnaval de Ochagavía, en Navarra.

Para terminar, nos gustaría apuntar brevemente algo sobre las particularidades dialectales de los pasiegos. Contamos con un libro clásico, el llevado a cabo por R. Penny[28], quien, tras un riguroso estudio, llega a la conclusión de que el habla dialectal se halla en trance de desaparición y de que se bate constantemente en retirada delante del avance castellano. No pueden faltar muchos lustros para que no quede más que una idea confusa de lo que era el habla pasiega[29].

Menéndez Pidal apuntó que Santander es dialectalmente una prolongación de Asturias[30]. No obstante, casi a renglón seguido matiza esta afirmación que a muchos podría descolocar, cuando escribe que tan castellanizada está desde antiguo esta parte oriental del antiguo reino, que no será fácil hallar modernamente algún rasgo fonético que convenga más o menos con el límite antiguo[31].

Lo cierto es que, en los montes del Pas, nadie tiene la sensación de albergar singularidad idiomática alguna, sino que se decantan por achacar a deficiencias culturales cualquier diferencia que observen. Así pues, tratarán de librarse de esa especie de broza dialectal que, para ellos, es, simplemente, algo que los distingue como pueblerinos y que puede ser tenido como motivo de escarnio.

Tal como afirma Juan Ibáñez, desde esa perspectiva se comprende que el habla pasiega sea sufrida por ellos mismos como un mal uso del castellano, sus costumbres se ven impuestas muchas veces por un ambiente hostil y su condición es a menudo un estado al que se sacrifica toda la vida con el objetivo de escapar de él[32].

Este párrafo es suficientemente elocuente para hacernos una idea del laberinto en el que se encuentra la cultura pasiega. Cuando nadie quiere reivindicarla como propia, cuando la condición de ser pasiego es, muchas veces, negada desde dentro, poco puede hacerse. Por mucho que algunos vecinos, sobre todo de zonas periféricas de la “pasieguería” y otros que en modo alguno viven “a la pasiega” es decir, de la trashumancia con su ganado y su familia en feliz revoltijo, se declaren pasiegos con orgullo.

El problema es que muchos de los “verdaderos pasiegos”, si entendemos por tales los que conservan su modo de vida tradicional, se desentienden de todo lo que tenga que ver con sus señas de identidad y, antes bien, prefieren adoptar otras, más urbanas y modernas, por muy ajenas que les resulten. Desde luego, si tienen la ocasión, no esperarán a que el gallo cante tres veces.

 


[1] Juan Ibáñez Martínez-Conde El Valle del Pas: sin salida al mar  Editado por la Universidad de Cantabria, Santander 1990

[2] Espinosa de los Monteros ha mantenido y mantiene una relación singular con la pasieguería. Lo podemos entender en el contexto de la historia de los pasiegos, y, como señala este párrafo sintético de R. Penny: “Esta villa burgalesa siempre ha ejercido más atracción sobre los montes del Pas que cualquier villa montañesa, y en cierto modo estas condiciones siguen hoy en vigor, caducadas por razones históricas”. El habla pasiega: ensayo de dialectología montañesa  Tamesis Books, Londres 1970

[3] Mauricio de Grado  Pasiegos de las Machorras   Editado por el Comité organizador del Festival Cabuérniga, Santander 2000

[4] Del poema “La Cabaña”. Fray Justo Pérez de Urbel  Cancionero Pasiego,  Santo Domingo de Silos 1933

[5] Gregorio Lasaga Larreta  Compilación histórica, biográfica y marítima de la Provincia de Santander Imprenta y litografía de la Revista Médica, Cádiz 1865

[6] Julio Caro Baroja Los pueblos del norte de la Península Ibérica Editado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid 1943

[7] Arnaldo Leal Los pasiegos: colonización del entorno y conquista de una dignidad  Editado por la Asociación Cultural de Estudios Pasiegos, Vega de Pas 1991

[8] Mauricio de Grado  Pasiegos de las Machorras   Editado por el Comité organizador del Festival Cabuérniga, Santander 2000

[9] ídem

[10] Ídem

[11] V.V.A.A. Recuperación, ordenación y explotación racional de las zonas de montaña: los valles altos del Pas y del Miera  Asociación Científico Cultural de Estudios Pasiegos, Vega de Pas 1991

[12] Ídem

[13] Raza Holstein-Frision, que se impuso merced al enorme incremento de la demanda de leche.

[14] Gregorio Lasaga Larreta  Compilación histórica, biográfica y marítima de la Provincia de Santander Imprenta y litografía de la Revista Médica, Cádiz 1865

[15] Ídem

[16] G. Adriano García-Lomas Los pasiegos: estudio crítico, etnológico y pintoresco Editado por la Librería Estudio, Santander 1986

[17] Ídem

[18] ídem

[19] Gregorio Lasaga Larreta  Compilación histórica, biográfica y marítima de la Provincia de Santander Imprenta y litografía de la Revista Médica, Cádiz 1865

[20] Es de capital importancia este texto, pues procede de un autor que conoce bien a los pasiegos y que es uno de los primeros en escribir con detalle sobre el tema y aventurar su origen, que él cree en la morería. Además, dicho texto desprende el aroma inconfundible de la autenticidad, en el sentido de que no se basa en anteriores documentos, sino en su propio estudio y en sus observaciones personales. Él mismo lo declara explícitamente: “Nada hemos visto escrito sobre este laborioso pueblo; seis años de curiosa observación nos alentaron a hacer algún estudio sobre su origen, y época de introducción en nuestra provincia. (…) Acostumbrado a verle (al pasiego) desde los primeros años de mi edad venir ofreciendo hasta la importunidad y el fastidio, el queso, la manteca y demás efectos de su tráfico, tuve ocasión de examinarle más de cerca, en su cabaña cuando hice mis primeros estudios. Posteriormente han adquirido nuevo impulso mis ideas por las observaciones que tengo hechas en el Moro, con quien siempre creí que el Pasiego tuviese identidad de origen”.

[21] Véase, por el ejemplo, el siguiente párrafo de “Compilación histórica….” de G. Lasaga Larreta: “Todos saben la grande ofensa que se le hace a un pasiego llamándole rabudo; empieza entonces a desmigar rayos y centellas (modo particular que tiene de maldecir el pasiego), lanzar horrorosas imprecaciones sobre los circunstantes, y levantar su aguda voz…”.

Y compárese con el de “Los pasiegos…” de García-Lomas: “(El sobrenombre de rabudo) hacía al pasiego encolerizarse justamente con un furor tartárico, al punto de desmigar rayos y centellas –que es su modo particular de maldecir- lanzando horrorosas imprecaciones y fulminantes denuestos sobre los circundantes. Así, levantando su aguda voz…”.

[22] Especie de alpargatas de cuero llamadas “chátaras”, supuestamente de aspecto morisco.

[23] V.V.A.A. Recuperación, ordenación y explotación racional de las zonas de montaña: los valles altos del Pas y del Miera  Asociación Científico Cultural de Estudios Pasiegos, Vega de Pas 1991

[24] Susan Tax Freeman The pasiegos: Spaniards in no man´s land  Univeristy of Chicago Press, Chicago 1979

[25] Juan Ibáñez Martínez-Conde El Valle del Pas: sin salida al mar  Editado por la Universidad de Cantabria, Santander 1990

[26] Antonio Montesino González  Del Vientre a la Fosa y de la Lumbre al Monte. Religiosidad y dispositivos rituales entre los pasiegos. Editorial Límite, Santander 2001

[27] José Herrero Nogueira  Tradición y modernidad: los cambios de valores en la cultura pasiega Boletín del museo de las Villas Pasiegas, Vega de Pas 1995

[28] Ralph Penny El habla pasiega: ensayo de dialectología montañesa Tamesis Books, Londres 1970

[29] Ídem

[30] Ramón Menéndez Pidal El dialecto leonés Diputación de Oviedo. Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo 1962

[31] Ídem

[32] Juan Ibáñez Martínez-Conde El Valle del Pas: sin salida al mar  Editado por la Universidad de Cantabria, Santander 1990