Capítulo IV

Vaqueiros de alzada

El vaqueiro de alzada ha sido considerado siempre como un ser vil y despreciable; como el individuo de una raza que llevara en la frente la marca infamante de los réprobos; él y su mujer y sus hijos devoraron en silencio este baldón, y sufrieron, siglos y siglos, esta injusticia con una calma estoica y con una paciencia más grande y poderosa que la persistente cuanto innoble terquedad de sus perseguidores”.

B. Acevedo

 

Por “vaqueiros de alzada” se conoce a un pueblo de pastores  trashumantes, que habita en las montañas costeras de los concejos occidentales de Asturias.

El apelativo “de alzada” hace referencia a su movilidad geográfica, es decir, a que estos pastores no tienen un asiento fijo, sino que practican la trashumancia en un área determinada de la montaña asturleonesa.

Los vaqueiros fueron estigmatizados debido principalmente a su vida errabunda, que chocaba frontalmente con los usos del resto de sus vecinos sedentarios, los aldeanos o “xaldos” y los ribereños o “marnuetos”. El vaqueiro es considerado como tal por contraposición con el aldeano (xaldo), es decir, el habitante de los pueblos y aldeas, asentadas en la tierra llana. En cambio, el vaqueiro nace y vive en la braña.

Braña es el nombre que recibe en Asturias el emplazamiento en las montañas, propio del vaqueiro. Estas brañas suelen ser pequeños poblados ubicados en mínimas explanadas en medio del monte, a una altura considerable, y cuyo número de hogares no supera el medio centenar. En las brañas, el vaqueiro pasa el invierno y cultiva hierva y ocasionalmente patata, además de criar ganado, su ocupación principal. Su cabaña es esencialmente vacuna, aunque también suele dedicarse a la lanar y caballar. Algunas familias mantienen, además, algún cerdo, como complemento alimenticio.

Con los vaqueiros sucede un poco lo mismo que con otros pueblos marginados. La creencia generalizada de que pertenecen a otra raza, o bien de que son descendientes de pueblos considerados enemigos, se convierte en la excusa perfecta para discriminarlos. En realidad, no existe ninguna base científica para mantener estos supuestos orígenes como algo mínimamente verosímil. Igual que con los maragatos, los pasiegos o los agotes, la explicación sobre sus orígenes habrá que buscarla en el mismo rincón del que procede el resto de los habitantes de las tierras en las que habitan. Ni siquiera podríamos probar la influencia en su génesis como pueblo diferenciado de alguna de las más importantes minorías, como serían la judía o la árabe.

Lo que nos gustaría es averiguar de dónde proceden esas leyendas que les atribuyen orígenes distintos, pero, sobre todo, cómo, contra toda evidencia, fueron masivamente aceptadas durante tanto tiempo. Porque si en el caso de otros pueblos marginados –como los agotes, por ejemplo- el origen de su estigmatización sigue siendo oscuro y, desde luego, muy antiguo, en el caso de los vaqueiros es más reciente y, dado que contamos con mayor documentación, más fácil de rastrear.

Aparentemente, el efecto más inmediato es un conflicto social, entendible desde que una parte de la población se segrega del resto como consecuencia de una nueva forma de ganarse el pan, lo que, a su vez, determina un estilo de vida diferenciado. La braña surge por contraposición a la aldea; la sociedad sedentaria ve cómo algunos individuos abandonan el sistema tradicional y se inventan uno distinto y propio.

Este nuevo colectivo está integrado por personas que, a partir de ahora, no vivirán en el pueblo, ni pagarán impuestos municipales, ni acudirán con regularidad a la iglesia, ni sus hijos se sentarán con el resto en los pupitres de la escuela. Por el contrario, vivirán en unos asentamientos estacionales, alejados del núcleo municipal, en las montañas, y buscarán acomodo en los más altos prados para su ganado durante los meses de estío.

Cuanto más se aparten de la vida en común que antes llevaban con los vecinos de la aldea, más serán rechazados por estos y más endogámica será la relación entre los habitantes de la braña. Al final, incluso los apellidos determinarán quién comparte procedencia vaqueira: el asunto de los vaqueiros comenzará a tomar las características de un grupo de clanes familiares excluidos del resto de los asturianos.

Mucha gente ha querido ver en los vaqueiros una especie de pasiegos del Principado. Quizás no anduviesen desencaminados en cuanto a su modo de vida, ciertamente similar en muchos aspectos, pero se olvidan de algo fundamental. Mientras los pasiegos ocupan un territorio diminuto pero propio, los vaqueiros comparten concejos y municipios con el resto de sus vecinos. Sólo las brañas les pertenecen por entero. Sólo unos asentamientos precarios serían, propiamente, los que definirían su espacio físico.

El aldeano, por su parte, en conchabanza con el clero y las demás autoridades locales, no siente demasiada simpatía por esas gentes que, en sus asentamientos de montaña, escapan del control municipal. Además, las consecuencias de este aislamiento serán las mismas o muy parecidas que las del resto de los pueblos segregados: analfabetismo, endogamia, ausencia de relaciones sociales fuera de su entorno más inmediato, descuido de las obligaciones espirituales preceptivas, etcétera.

Como vemos, ésta de los vaqueiros es una historia rural. Una historia que nunca habría de trascender a las ciudades, lo que contribuyó a su escasa difusión fuera del Principado. De todas maneras, y según las estimaciones que se han realizado en cuanto al número de vaqueiros de alzada, su población con respecto al total de Asturias nunca debió sobrepasar el 4% del total, aunque frecuentemente se sitúa en torno al 2%.

El desencuentro nacido entre dos concepciones de la vida rural, se trasformó con el tiempo en algo más: a fuerza de derribar los puentes que un día los unieran, aldeanos y vaqueiros se convirtieron en enemigos irreconciliables. El resultado de tal enfrentamiento, ese sí, previsible, no tardaría en llegar, con la repudia generalizada de los vaqueiros por la sociedad asturiana.

Pero como no nos gusta apostar a caballo ganador, casi inconscientemente nos ponemos de parte de estos pastores de vacas, que no sólo tuvieron que hacer frente a los aldeanos, sino también al clero y a la nobleza local, que no veían con buenos ojos su estilo de vida, por distintas razones que luego detallaremos. De todas formas, hay que consignar que este tipo de enfrentamientos, de por sí complejos y mutables, no pueden ser vistos desde una óptica maniquea, como si se tratase de una película de buenos y malos, sino que las partes enfrentadas acumulan razones y agravios mutuos para mantener sus disputas.

Los vaqueiros llevaron la peor parte, bien es cierto, pero también contamos con testimonios que sugieren que estos pastores se portaban de forma poco solidaria con sus vecinos xaldos y escaqueaban sus obligaciones comunales siempre que podían. Por ejemplo, en todo lo referente a cargas concejiles, impuestos parroquiales o municipales, obra pública, etc., los vaqueiros procuraron –y generalmente lo consiguieron- eludir sus obligaciones contributarias, valiéndose de su vecindad imprecisa y de su movilidad geográfica. Esto les exoneraba de muchas cargas fiscales, al tiempo que se aprovechaban de praderías y otros bienes públicos, cuyo disfrute ocasionaba no pocos conflictos con los habitantes sedentarios de dichas zonas. De hecho, las autoridades municipales intentaron por todos los medios conseguir que los vaqueiros se convirtiesen en sedentarios, a fin de que tuviesen vecindad legal y pagasen los tributos correspondientes[1].

A la postre, los aldeanos corrían con todos los gastos y los vaqueiros, en su afán de esquivar obligaciones, eran considerados gente errabunda, sin vecindad y, por supuesto, sin derechos.

A esto se sumó la aquiescencia del clero local, que protagonizó también enconadas disputas con los vaqueiros. Los motivos fueron varios: por un lado, económicos, pues éstos no contribuían de igual manera que los demás habitantes en los gastos parroquiales, así como tampoco en la construcción de templos, cementerios o cualquier otra obra religiosa. Por otro lado, estaban los motivos de carácter estrictamente espiritual. Ángel Ardura Parrondo llega incluso a hablar de paganización vaqueira, que, según él, se produce por ausencia de adoctrinamiento religioso[2]. Pronto abordaremos su particular relación con la Iglesia y la doctrina católica, pero comencemos por el principio.

Origen de los vaqueiros de alzada

Antes de entrar en materia, conviene señalar que el término  “vaqueiros de alzada” es relativamente reciente, pues anterioridad se les denominaba “baqueros”. A partir del S.XIX, se emplea mayoritariamente la voz “brañeros”, que, si bien se había usado tradicionalmente, a partir de ahora se hará mucho más común, sobre todo de forma eufemística, pues enmascara las connotaciones peyorativas que, con el tiempo, ha adquirido el término “vaqueiro”.

En las páginas que siguen emplearemos ambos términos de forma indiferenciada, al igual que utilizaremos xaldos o aldeanos, para referirnos a los naturales de las villas y poblados, y marnuetos, marinuetos o ribereños, para los habitantes de la costa.

Todavía no hay acuerdo mayoritario en torno a la cuestión de las fechas en las que surgen los vaqueiros de alzada como grupo concreto[3], o, cuando menos, desligado en cierta forma de sus vecinos asturianos.

Cada autor propone unas fechas, que, básicamente, oscilan entre principios del S.XVI y finales del S.XVII, por lo que es menester ser cautos en esta materia. Para Adolfo García Martínez, los vaqueiros de alzada se van constituyendo en grupo social y económico diferenciado a partir del S.XVII, y a renglón seguido señala que, si bien por una parte, son un acontecimiento nuevo, por otra son los continuadores de una serie de técnicas que se remontan al medioevo[4]. No obstante, tenemos indicios que apuntan a un origen anterior, al menos si aceptamos como probatorio lo que se desprende de numerosos pleitos, ordenanzas y sentencias fechados en épocas anteriores, que hacen referencia a continuos enfrentamientos entre xaldos y vaqueiros.

Este es el caso de los vecinos del concejo de Somiedo, que en 1.552 se quejaron al alcalde mayor de los perjuicios que les ocasionaban los muchos vaqueiros que iban a pasar el verano a aquellas tierras porque les comían las hierbas y luego se marchaban en septiembre sin ayudarles a después a pagar los tributos concejiles[5]. También Acevedo refiere que una serie de personas -con nombre y apellido-, que se titulan vaqueros, acudieron en 1.523 a la autoridad quejándose de que el concejo de Valdés les había repartido pagas y derramas como vecinos, siendo así que no lo eran, sino extranjeros y viandantes[6]. Por si esto no bastase, podemos leer en su libro, al cabo de un par de páginas, que a mediados del S.XIV había vaqueiros de alzada en Carcedo (Belmonte)[7].

Sin que desde aquí pongamos en duda su autoridad, nos resulta un poco excesivo situarlos en cotas tan lejanas; aunque sabemos que por esas fechas existían vaqueros, no creemos que se correspondan exactamente con lo que entendemos hoy –y a partir del S.XVII con certeza- por vaqueiros de alzada.

Es importante desligar, de alguna manera, el fenómeno generalizado de la ganadería de montaña -que, desde tiempos remotos, solía estar asociada a prácticas trashumantes de carácter vertical, por la lógica del aprovechamiento de los pastos a distintas alturas-, de lo que luego conoceríamos como vaqueiros de alzada asturianos. Caro Baroja, en un trabajo titulado “Sobre la antigua vida pastoril en el Pirineo navarro”, se ocupa de estas labores de pastoreo, al parecer antiquísimas, y menciona varios legajos que dan cuenta de tales actividades circunscritas al valle de Salazar y aledaños. Siguiendo el rastro legal de diversos pleitos relacionados con la trashumancia del ganado y las rutas que seguían a través de los pasos de montaña, interpreta como muy semejantes las costumbres trashumantes a ambos lados del Pirineo y le llama la atención, un término que se repite en casi todos los documentos: alchombideCreo que hay que llamar más la atención sobre otra palabra ya citada varias veces que sale en el documento salacenco de 1.379 y en los fueros de Soule, con poca variación ortográfica: la de “alchombidea” o “altchonbide”. Juzgo que hay que ponerla en relación con el verbo “altxatu”, que aún se usa en vasco, de un lado. De otro, con la expresión castellana “alzada”, referida a poblaciones pastoriles, como los famosos “vaqueiros”. “Altxumbide”[8] sería así camino de alzada; en conjunto, caminos de trashumancia[9].

La practica común de esta ganadería “de alzada” parece ser, pues, muy antigua, a la par que generalizada en muchas zonas de montaña. Lo que es importante sería definir, siquiera aproximadamente, qué entendemos por vaqueiros de alzada, así como circunscribirlos a ámbitos concretos, temporales, físicos y sociales. En este punto, conviene señalar que, como muy bien especifica Jovellanos, en Asturias han existido tradicionalmente dos tipos de vaqueros, muy parecidos entre sí en lo sustancial, pero totalmente distintos en cuanto a su consideración social, sobre todo a ojos de sus vecinos y de las autoridades, civiles y eclesiásticas. Ambos se ocupan del ganado vacuno, ambos pastorean manteniendo un régimen de trashumancia vertical –de la tierra baja al puerto y viceversa-, pero uno se ocupa en estos menesteres como podía hacerlo en cualquier otra cosa, pudiendo mudar de oficio y siendo su cabaña propia o ajena. Tiene vecindad estable, paga sus contribuciones como cualquier otro vecino y su situación equivaldría a la de un xaldo.

El otro, el vaqueiro de alzada[10] propiamente dicho, nace y vive en la braña, practica la arriería, y no se sujeta a las leyes y estipulaciones que rigen para el resto de los asturianos. No pastorea vacas por un jornal y, aunque de hecho no sea vaquero porque se dedique a otro oficio –sobre todo a la trajinería-, nunca dejará de ser vaqueiro de alzada, así como lo serán sus descendientes.

A grandes rasgos, éstas serían las diferencias básicas entre ambos tipos de pastores. Este punto es importante tenerlo claro antes de adentrarnos en la materia que aquí nos ocupa: establecer su antigüedad como grupo y sus orígenes étnicos.

Sobre este particular se ha vertido mucha tinta y ha ocasionado acalorados debates. Una vez más, como en el caso del resto de los pueblos proscritos, parece que éste es el pilar para entender todo lo demás.

No es, sin embargo, esa nuestra opinión. Más aún: apenas nos importa si proceden de moros o de cristianos, de romanos o de celtas, de hebreos o de visigodos, que para todos los gustos hay. En realidad, lo más probable es que su origen sea el mismo que el del resto de los asturianos y, si me lo permiten y por extensión, del resto de los pueblos ibéricos del norte peninsular.

No voy a consumir papel nombrando todos y cada uno de los orígenes que cada autor ha propuesto. Nos quedaremos con la hipótesis más probable desde nuestro moderno punto de vista. Y ésa es la del origen común.

De hecho, en nada difieren del resto de los asturianos, salvo en unos pocos aspectos de orden cultural, achacables a su prolongada segregación del resto de la sociedad. Por mucho empeño que se haya puesto en presentarlos como un tipo racial de características diferentes[11]. Así los define, entre muchos otros, el general Nicolás Benavides, quien, a continuación, se refiere a ellos como grupo de gentes extrañas. Esto es lo sorprendente: este militar declara conocerlos bien y describe con detalle aspectos de su vida cotidiana, de sus creencias y forma de ser, que nos inducen a pensar –y así lo declara él mismo[12]– que los ha tratado bastante. Entonces, ¿por qué razón mantiene la opinión del tipo racial diferenciado si, a todas luces, no es así?

Afortunadamente, en los estudios actuales no nos encontramos con estas paradojas, pues existe un consenso bastante generalizado en lo que a igualdad racial ser refiere.

Lo que sí debemos saber es que, hasta principios del S.XX, la creencia generalizada, sobre todo entre sus vecinos, (que es, a efectos de xenofobia, lo que importa) era la del origen moro – de la época de la Reconquista- o morisco (tanto da) –de aquellos huidos tras el levantamiento alpujarreño-.

Costumbres y modo de vida

El vaqueiro vive por y para sus vacas. Toda su existencia está supeditada a que su ganado prospere, y para ello organiza su vida en función de las necesidades de éste. Los vaqueiros de alzada pasan el invierno y parte del otoño en sus brañas para, en primavera, desplazarse a otras zonas más altas, donde el ganado encontrará prados de jugosas hierbas. Además, aquí tendrá ocasión de recoger los excedentes de esta vegetación, que podrá, una vez convertido en heno, almacenar y guardar para el próximo invierno.

Parte de esta hierba que alimenta su ganado crece de forma espontánea, pero otra, sobre todo la de los aledaños de las brañas, es cultivada con tesón. Para ello delimitan y estercolan sus parcelas, y, cuando lo creen conveniente, siegan los prados con objeto de almacenar la hierba. En esto también, sus costumbres son muy similares a las de los pasiegos.

En lo que sí difieren es en la constitución y estructuración de su sociedad. Pasiegos y vaqueiros forman pequeñas sociedades al margen, que poco o nada se mezclan con el resto. Hasta aquí, todo normal tratándose de pueblos proscritos. Pero mientras los pasiegos ocupan una zona determinada, y todos los vecinos dentro de este perímetro son y se sienten pasiegos, en contraposición con los de otras zonas o comarcas, los vaqueiros viven diseminados en pequeños asentamientos o brañas. Podría alegarse que también quinquis, gitanos, judíos o agotes comparten esta situación, sí. Pero lo que hace a los vaqueiros diferentes a todos los demás, es que estas brañas, lejos de mantener cualquier tipo de comunicación o estructura común, se comporta de forma totalmente independiente frente a las otras. Como observa Jovellanos, cada pueblo, reducido a sus términos y contento con su sola sociedad, vive separado del resto sin que entre ellos se advierta relación, inteligencia, trato ni comunicación alguna[13]. El autor achaca todos los males de los vaqueiros a esta falta de conciencia grupal de sus individuos, por lo que escribe a renglón seguido:

Acaso por esto no han podido hasta ahora vencer la aversión y desprecio con que generalmente son mirados. Nunca se congregan, jamás se confabulan, no conocen la acción ni el interés común; y de ahí es que, defendiéndose por partes, siempre separados y nunca reunidos, la resistencia de cada uno no puede vencer el influjo de los aldeanos, que conspiran a una a menospreciarlos y  envilecerlos[14].

También Francisco Feo comparte esta opinión y señala que la falta de unión para enfrentarse a su postergación hizo que ésta perdurase, pues los intentos realizados para superarla siempre fueron llevados a cabo por un individuo concreto o una familia y nunca por la totalidad de los brañeros pertenecientes a una determinada parroquia[15].

Sin embargo, esto, con ser cierto, no ocurre siempre así, pues ante determinadas circunstancias –sobre todo las más adversas-, hacen causa común con objeto de defender sus derechos colectivos. Este sería el caso, por ejemplo, de la multitud de pleitos que se originaron en el S.XVIII y se prolongaron en el S.XIX, a causa de la utilización de los templos, del impedimento a llevar pendones en las procesiones o de ubicaciones fúnebres discriminatorias.

Dado su estilo de vida, que no les permitía vivir en comunidad, sino alejados unos de otros diseminados en brañas, cañadas y prados, tampoco podían desarrollar una verdadera vida social, salvo en núcleos muy reducidos, acaso unas pocas familias estrechamente emparentadas que habitaban la misma braña o, como mucho, alguna otra cercana. En estas circunstancias, los lazos que unían a cada individuo con sus paisanos de braña eran muy fuertes. Además, todos ellos se sabían en el punto de mira de la maledicencia de los xaldos, por lo que, de tener que tratar con ellos, preferían siempre hacerlo en grupo o arropados por el clan familiar.

Así, cuando bajaban a la aldea, por norma durante las fiestas o en fechas señaladas, acudían todos juntos y se comportaban con  recato, corrección e incluso generosidad. María Cátedra cuenta que cuando los vaqueiros bajan a la aldea lo hacen en grupo. Fiestas tradicionales, entierros de vaqueiros o ferias de ganado son las ocasiones que los reúnen. La iglesia, el baile y sobre todo los “chigres”, las tabernas, son los lugares donde se congregan.(…) Es muy importante alternar con todos e invitarse mutuamente a un vaso de vino. Para la ocasión, y con el respaldo del grupo, el vaqueiro, que generalmente es bastante sobrio, puede beber algo más de la cuenta y olvidarse de su estudiada formalidad[16].

En la braña no hay mucho espacio para la fiesta, salvo aquellas que acompañan a las ferias ganaderas, y que generalmente se desarrollan en aldeas, en las que, además de la compra-venta de animales -y en menor medida de otros productos (sobre todo quesos y demás lácteos)-, se organizan bailes y otras francachelas. Estas ocasiones son ideales para que mozos y mozas se conozcan y emparejen. También para que se encuentren familiares y amigos que, de otra forma, apenas se verían. En ocasiones, para iniciar o cerrar negocios ajenos al propio trato del ganado, concertar matrimonios, discutir diversas cuestiones e, incluso, hasta hace no mucho tiempo, contratar los servicios de los célebres “maestros temporeros”, mitad músicos, mitad maestros, que enseñaban a los pequeños de la braña un poco de leer y un poco de las cuatro reglas en el tiempo libre de las faenas de la casa, y además animaban con su música las fiestas y filazones[17] de los mayores[18].

Las otras fiestas vaqueiras eran mayormente de carácter religioso, con algunas celebraciones especiales, como el día de San Antonio –santo favorito de los vaqueiros- o el día de la Virgen del Acebo, que es su patrona. Curiosamente, esta celebración tiene un aire de desafío y de distanciamiento con el resto de los asturianos, que ese mismo día celebran el día de su patrona, la Virgen de Covadonga.

Quizás, como modo de reafirmarse más en su diferencia, los vaqueiros perpetuaron durante siglos estas y otras costumbres. Algunas de ellas, compartidas en la antigüedad por los xaldos, no tenían nada de especial en su día, salvo que, con el tiempo, acabaron por resultar anacrónicas y se les atribuyeron como propias a los vaqueiros.

Según Ramón Baragaño, muchas costumbres que se han creído exclusivas de los vaqueiros (…) se encuentran también fuera de la comarca de las brañas, y si están más arraigadas en esta últimas, es debido a la vida arcaizante que han mantenido hasta fechas aún recientes los vaqueiros.(…) Todas estas circunstancias han hecho que entre ellos perdure el folclore con más vigor y pureza que entre los xaldos[19].

Este podría ser el caso de su forma de vestir o de ciertas particularidades lingüísticas. Pero lo que siempre les diferenció y donde se encuentra la raíz de su modo de vida es en su faceta ganadera.

Las necesidades de su cabaña son las que marcan la vida del vaqueiro. Todo gira en torno a las vacas y todo se organiza de acuerdo con lo que precisan éstas. Si hay que subir al prado más fresco para que encuentren la mejor hierba, se sube. Si hay que atravesar o invadir tierras ajenas para llegar al puerto, se busca el camino. Si hay que enfrentarse al resto de la sociedad para mantener a su ganado como mejor cree el pastor, no se vacila un instante.

Además, la vida ganadera ofrece una libertad que no tiene el xaldo, generalmente un pechero incapaz de desplazarse unos cientos de metros de la parcela de tierra a la que está ligado. El vaqueiro no conoce más autoridad que la suya. En su vida no hay nobles ni Iglesia ni calendario. El día que quiere hacer fiesta, es fiesta. Y decide dónde, cuándo y cómo trabajar: lujos imposibles para un sedentario aldeano, que le observa con recelo e incluso un asomo de envidia. Para él, el vaqueiro está en el monte con el ganado haciendo lo que quiere.

Pero, aparte de estas labores ganaderas, otra de las actividades reseñables de los vaqueiros es la arriería. Para ello, se valen de mulas y caballos, pero nunca utilizan carros al estilo maragato, sobre todo porque el recorrido trazado para sus idas y venidas a través de las montañas, impediría en muchos casos emplear estos vehículos. Debemos pensar que las rutas en camino llano, las que surcaban Castilla y enlazaban con Galicia, eran patrimonio sobre todo de los maragatos, especialistas en mover grandes cantidades y género valioso, en ocasiones a distancias considerables. La trajinería de los vaqueiros era, en general, de carácter mucho más modesto[20], más similar a la practicada por otros asturianos, los caldereros de Miranda[21].

No obstante, Ángel Ardura nos cuenta cómo algunas brañas del concejo de Tineo eran atravesadas camino de Luarca por las reatas de muleros que transportaban el vino de Cangas y León y retornaban con maíz o sal[22]. Y continúa con algo bastante insólito, aunque señala que no era mayoritaria la actividad y que se produce a finales del S.XIX, lo que coincidiría con la decadencia del trasiego maragato, y la decadencia misma del sistema de alzada practicado por los vaqueiros durante siglos.

Según esto, por dichas fechas, ciertos vaqueiros de Las Luiñas, transportaban personas a Madrid con la doble modalidad de “doble burra” y “burra entera”, en la que la persona contratante tenía derecho a disfrutar de la caballería todo el recorrido o solamente la mitad[23].

Pero, pese a la importancia que para muchos vaqueiros tuvo la actividad arriera, este fenómeno está escasamente estudiado y, en consecuencia, poco documentado. Aunque todos o casi todos los autores que escriben sobre los vaqueiros lo mencionan, pocos son los que ofrecen datos concretos, cuando todo apunta a que esta actividad constituye por sí misma una de las causas que desencadenase la animadversión que se les profesó.

También Adolfo García Martínez hace hincapié en esta cuestión de la arriería y declara que muchos vaqueiros formaron recuas y dedicaron su actividad al transporte de mercancías de uno a otro lugar, al estilo maragato[24]. Incluso razona acerca de lo “problemática” que resultaba esta ocupación, por el hecho de estar mal vista, como ya hemos indicado:

El hecho mismo de que sus orígenes se relacionasen con judíos y moros tal vez haya tenido en este tipo de actividades un importante punto de apoyo, ya que se trataba de oficios mal vistos entonces y propios de otras etnias. Algo parecido sucede también con otros grupos similares de la cornisa cantábrica, como fue el caso de los pasiegos de Santander[25]”.

Otro de los aspectos relevantes para entender el universo vaqueiro es el de sus particularidades culturales. Las más notables, aparte de sus creencias en el plano religioso y mágico, de las cuales nos ocuparemos pronto, son las referidas a su folclore y a su dialecto.

Durante mucho tiempo se creyó que los vaqueiros tenían un folclore propio y característico, radicalmente distinto al del resto de los asturianos[26]. Sin embargo, la tesis mayoritaria hoy día es que esto no es así, sino que estas manifestaciones de tipo folclórico son, o fueron en el pasado, compartidas por muchos otros asturianos de procedencia aldeana. Pero lo más llamativo y lo que ha suscitado mayores polémicas es su particular forma de expresión, en la que muchos quisieron ver un dialecto diferenciado del bable.

El habla vaqueira se consideró, pues, una forma dialectal con entidad propia, sobre todo durante la primera mitad del S.XX. A este aserto, contribuyó, sin duda, la publicación en 1.923 del libro titulado “Composiciones en dialecto vaquero” de José María Flórez y González.

No obstante, el punto de vista actual es muy otro, conviniendo con Jovellanos en que las variedades, llamémosles, dialectales, son las propias de cada concejo, presentado leves modificaciones fonéticas. La más destacable y que más llama la atención de quien lo escucha es la abundancia del sonido “ch”, que salpica con profusión el habla del vaqueiro.

Es lo que se conoce como “la che vaqueira”, aunque este sonido no es exactamente el que correspondería a una fonética castellana. Además, existen al menos dos fonemas distintos para expresar ese sonido que, genéricamente, y para entendernos llamamos “ch”, único para el castellano, pero no así para otras lenguas, como el euskera, que tiene varios fonemas para  pronunciar los distintos tipo de “ch”, como serían “tx”, “tt”, o “tz”.

Así que, salvando estas diferencias, el habla vaqueira no pasaría de ser una variedad del bable, con ciertos términos y modismos diferenciados, y una pronunciación un tanto chocante a causa de la célebre “che vaqueira”.

Y por ser ésta la opinión que genera mayor consenso, nos remitimos a lo que escribe al respecto Ramón Baragaño que, resume lo dicho, cuando afirma que los dialectólogos incluyen el habla de los vaqueiros dentro del bable occidental, pero reconociéndole ciertas peculiaridades fonéticas[27].

Y con la misma rotundidad, en el prólogo de la edición de la edición de Xose LL. García Arias, del libro anteriormente citado “Composiciones en dialecto vaquero”, se nos dice que nun hai dialetu vaqueiru dao que´éstos aseménchanse nel sou falar a los que viven nos mesmos concechos, concechos nos que se falan variantes occidentales d´un mesmu fondu idiomáticu asturianu axúntau por muitas más cousas de las que dixebran[28].

Religiosidad, superstición y clero

Los vaqueiros han sufrido, a lo largo del tiempo, acusaciones de todo tipo. No podía faltar la que aludiría a su supuesta falta de religiosidad. Esto no es así, pues, como dice Acevedo,  nuestros pastores siempre fueron fidelísimos creyentes en la religión del Crucificado, y escrupulosos cumplidores de todos los deberes que a los cristianos impone las leyes de Dios y de la Iglesia[29]. No obstante esta opinión, en lo que sí llevarían razón sus acusadores era en su falta, digamos, de ortodoxia católica, pues, aunque no rechazaron ningún símbolo, ningún dogma ni otros elementos capitales de la Iglesia, lo cierto es que construyeron un credo a su medida, si bien, repetimos, dentro del modelo católico.

Así, aparte de incorporar algunas creencias paganas a su particular cosmología, que enseguida veremos, modificaron los preceptos de la Iglesia, a fin de que se adecuasen a las necesidades que imponía su singular modo de vida. Quizás el aspecto más perceptible de lo anterior, sea el relativo el laxo cumplimiento de una serie de preceptos, tales como el de acudir a misa los domingos.

En otras palabras: los vaqueiros rara vez acudían al templo o solicitaban al párroco, salvo para la administración de los sacramentos. Por tanto, con la excepción de bodas, bautizos y comuniones, apenas pisaban la iglesia. Ellos argumentaban, con razón, que la distancia, a veces insalvable, entre los puertos que frecuentaban y los pueblos y aldeas, les imposibilitaba acudir. Pero esta excusa, a todas luces lógica, no fue entendida ni aceptada.

Tampoco eran dados a pagar contribuciones parroquiales y llegaron a enfrentarse abiertamente con las instituciones eclesiásticas locales en múltiples ocasiones por esta causa. Los vaqueiros se sentían ajenos a sus respetivas parroquias, formadas mayoritariamente por xaldos y marnuetos y, en consecuencia, tampoco sentían que les correspondiese la obligación de sufragar sus gastos.

Cada vez que se acometían obras de reforma en cualquier templo o se erigía uno nuevo, se reclamaba la contribución correspondiente a cada vecino, cosa a la que los vaqueiros solían negarse. Además, en buena lógica, cuantos más fuesen a pagar, a menos tocaría, por lo que los censos parroquiales abarcarían cuanta más gente mejor. Y, claro está, ahora no se dejaría de lado a los brañeros, cuya aportación se exigía en estas ocasiones.

Dejando al margen los asuntos crematísticos, la catequización de estos pastores fue generalmente insuficiente y el poco respeto que sintieron por las costumbres católicas aceptadas por todos los demás, como la de no trabajar en domingo, abonaron la desconfianza que inspiraban también en el terreno estrictamente religioso. Así que, para muchos, no sólo provenían de los moros, sino que eran moros y por eso se mantenían al margen de la Iglesia. Y si no, ¿a qué venía eso de no trabajar en domingo, no festejar de igual manera que el resto de los católicos determinadas fechas, o no acudir a misa?

Por si esto fuera poco, el clero local tampoco quitaba hierro al asunto y, quizás por pura antipatía personal, los curas de las parroquias con brañas, alimentaban el odio popular hacia los vaqueiros. Y para que quedase todo claro y nadie fuera a confundirse, los vaqueiros fueron segregados dentro del recinto eclesial, tanto en vida como muertos.

La mayoría de las iglesias pertenecientes a parroquias con brañas, mostraban inscripciones para señalizar los distintos espacios que debían ocupara los fieles. A los vaqueiros se les reservaba una parte alejada del altar, para que allí se acomodasen, sin que pudieran ocupar ninguna otra. Esta costumbre inmemorial es abolida por Real Decreto en 1.844 y hecha pública en el Boletín Oficial de Oviedo el 7 de junio del mismo año, reinando Isabel II. Se ocupó personalmente de su cumplimiento el Jefe Político[30] de Asturias, D. Juan Ruiz Cermeño, que ordenó borrar las inscripciones que delimitaban dichos espacios.

La única que pervivió, por motivos que desconocemos, fue la del templo de S. Martín de Luiña, en el que permanece grabada sobre el pavimento de dicha iglesia la siguiente leyenda, que ha llegado hasta nosotros: “No pasan de aqui a oir misa los baqueros”.

Esta marginación únicamente fue superada por la sufrida por los agotes, quienes, no sólo disponían de una parte de la iglesia especial para ellos, sino que, además, también tenían en propiedad una pila bautismal distinta, así como una puerta diferenciada para acceder al templo. En lo tocante al sepelio, ambos pueblos eran enterrados aparte, si bien esto, que hoy nos parece lo más insólito, ha sido común en muchos lugares y aplicable a  mucha gente. Todavía, en nuestra época y nuestro país, algunas personas –como los suicidas- han sido enterradas separadas del resto de los cristianos.

El hombre, siempre avizor para hacer valer sus diferencias en vida, trata de perpetuarlas más allá de la misma, y, en este afán, ha utilizado la tierra sagrada como un elemento más para sus propósitos. De ahí que los pueblos marginados, todos, hayan sido sepultados en el lugar reservado para lo más abyecto o miserable de la sociedad: por eso, en cada cementerio o en cada iglesia, había un lugar a propósito para ellos. Caminantes, mendigos, extranjeros, infieles, etc., fueron los elegidos para ocupar, también después de muertos, su sitio, como una prolongación del que detentaron en la escala social estando vivos.

Describiéndonos la dotación de sepulturas en la parroquia de las Luiñas, en Cudillero, Ángel Ardura explica de modo muy ilustrativo cómo, en una sociedad estamental como la que propició el Antiguo Régimen, no era extraño que el interés de los poderosos estableciera preferencias en las celebraciones, de manera que no hubiere duda alguna para diferenciar socialmente a cada estamento. Como además, ocurrían los enterramientos en el interior del templo, era necesario no sólo el orden inter- vivos, sino además inter-muertos[31].

Y, a este respecto, siguiendo con el lugar que ocupaba cada sepultura, declara a continuación que no solamente se manifestaba una diferenciación estamental, también la había por sexo, por edades, si era indigente o no, si era forastero o no lo era y, sobre todo, si era vaqueiro[32].

Puede que el tratamiento diferenciado que se dispensaba a los finados vaqueiros, fuera lo que más irritaba a esta comunidad y lo que más conflictos y tensiones originó. Los brañeros concedían una importancia capital a sus difuntos y contamos con innumerables testimonios que así lo acreditan. Desde peleas puras y duras, como una que refiere María Cátedra -en la que algunos vaqueiros toman unas estacas para persuadir al cura y a sus xaldos allegados, de la necesidad de dar tierra a su difunto en un buen lugar del camposanto[33]-, hasta los incontables pleitos en que se ven involucrados clérigos y vaqueiros por cuestiones fúnebres y agravios relativos a las mismas.

Dichos agravios suelen ser de carácter formal, testimoniales, como la negativa del párroco a sacar determinadas cruces de plata, a emplear el terno negro de seda –o de difuntos- que debía vestir para la ocasión, o a la provisión de una menor cantidad de velas y cirios durante el sepelio.  Pero si a lo anterior sumamos la no asociación del cadáver por parte del tonsurado, que se limitaba a menudo a cantar el responso en la puerta de la iglesia, y otros desplantes de este jaez, se comprenderá la indignación que sentían los familiares y amigos del vaqueiro difunto.

En resumen: La Iglesia, alineada con los aldeanos y los nobles locales, se negaba a dar a los vaqueiros el mismo tratamiento que al resto de los cristianos. Las razones básicas eran de dos tipos. Por un lado, las puramente económicas, pues los brañeros no contribuían de igual modo que el resto de los vecinos; por otro, la desconfianza que suscitaban los vaqueiros, quienes se mantenían alejados de la Iglesia –y no sólo físicamente- y, además, se guiaban por una serie de rituales paganos que habían incorporado a su religiosidad, lo que era motivo de escándalo para la ortodoxia católica.

Naturaleza y divinidad

En el plano espiritual, el vaqueiro construye un mundo a su medida y para ello se vale de un complejo sistema de creencias en el que lo mágico se hibrida con la religión.

Por un lado, los vaqueiros son los depositarios naturales de antiguas tradiciones orales, que corresponden a una mitología muy antigua oriunda del norte peninsular. Suponemos que, casi todas ellas, llegan hasta nuestros pastores fragmentadas, quizás desvirtuadas por el paso del tiempo que, indefectiblemente, ha mudado las condiciones en las que surgieron y en las que tuvieron todo su sentido. Pero el vaqueiro, sin renunciar a su profunda religiosidad cristiana, compatibiliza antiguas creencias paganas y, de algún modo, consigue integrarlas en su particular cosmovisión.

El resultado de este sincretismo cristaliza en una serie de conjuros, oraciones y ensalmos en los que los elementos cristianos y mágicos aparecen indisolublemente ligados entre sí. Este tipo de fenómenos es común y universal, por lo que no debe sorprendernos encontrarlo ahora. Esta estrechamente conectado con sus intereses más inmediatos, y es en las cosas relacionadas con la ganadería, donde se encuentran más costumbres supersticiosas y de gran arcaísmo, como era de esperar dado el género de vida al que los vaqueiros se dedicaban[34].

Para el vaqueiro, la naturaleza no es buena ni mala en sí misma, sino que cada uno de sus elementos es de carácter bendito o maldito. Esto se hace particularmente explícito en relación con el reino animal, en el que se establecerán dos categorías: la maldita y la bendita, que corresponden a su vez con el bien y el mal. O lo que es lo mismo: con lo bueno y lo malo para sus intereses.

Esta dicotomía, de origen ancestral y que guarda gran similitud con otras culturas de corte primitivo, resume la concepción del mundo que tienen los brañeros. Todo lo beneficioso, pasa a ser bendito, mientras que lo perjudicial, será, por definición, maldito.

Como no podía ser de otra forma, los animales domésticos –a excepción de la mula-[35] son considerados “benditos”, en especial la vaca, en tanto que los animales salvajes, sobre todo los predadores, son malditos. En esta relación simplista se trata de tener a Dios de su lado. Atribuir a un animal la característica de bendito o de maldito, en función de la utilidad que obtengan de cada uno de ellos, resulta esclarecedor sobre su particular relación con la Divinidad.

Esta fórmula, si se quiere, egoísta, denota una concepción instrumental de la naturaleza, algo muy vinculado a la propia esencia humana. Por supuesto, casi todos los animales son malditos, pues la inmensa mayoría no favorecen al vaqueiro, lo que también es indicativo de lo que hoy llamaríamos nula conciencia ecológica. No pretendo que se interprete como un reproche, cuando aludo a su mínima sensibilidad para con el medio, pues esta concepción antropocéntrica de la naturaleza es universal y se halla especialmente arraigada en todas las culturas rurales, tanto da que sean de ganaderos o de agricultores, salvo algunas, contadas, excepciones.

En efecto, el mito acerca del respeto a la naturaleza de muchas culturas de este tipo –sobre todo las más primitivas-, hay que desecharlo cuanto antes. En este sentido, el caso de los pasiegos, es más revelador si cabe, a tenor de cómo han modificado y destruido el medio físico que les rodeaba en unos pocos siglos. Ya lo veremos.

Pero, repito, en su afán de supervivencia, el hombre siempre se ha valido de la naturaleza como mejor ha podido, ya sea roturando tierras, extinguiendo especies que se consideraban perjudiciales o sencillamente molestas, o, en definitiva, creándose una naturaleza a su medida.

En el caso de los vaqueiros, tanto es así, que, como dijimos, la dotan de un componente espiritual y religioso, bendiciendo o maldiciendo a cada uno de sus miembros. De ahí a subir la vaca a los altares, como en el hinduismo, hay un solo paso.

Todo lo que es bueno para el ganado vacuno, es bueno para el vaqueiro y, en consecuencia, es bendito. Dios, o mejor dicho, el vaqueiro prestando su boca a la divinidad, lo ha bendecido. Y viceversa. Esta intervención de la divinidad en las cosas de los hombres no es nueva, pero resulta un poco chocante en un pueblo moderno, como es el caso. Este detalle también contribuye a dar pábulo al supuesto entronque, que algunos han señalado, de los mitos vaqueiros con otra mitología precristiana y probablemente ancestral, que pertenecería a los pueblos primitivos del norte peninsular.

La concepción maniquea que tienen los vaqueiros de la naturaleza, les lleva a amar a unos pocos animales y plantas, y a odiar a todos los demás. Resulta, no obstante, comprensible que odien a las fieras, como el lobo o el oso, que hipotéticamente podrían atacar a su ganado, o a algunas bestias herbívoras que se comen la hierba de los prados. Lo que llama la atención es que su animal más detestado sea el lagarto. Ninguna de las alimañas que dañan a su ganado es tan odiada. Ni siquiera las brujas que, según cree el vaqueiro, muerden, producen el mal de ojo en personas y vacas[36], y créese, además, que excitan los odios y los rencores entre las familias vaqueiras[37]. Ni la serpiente, animal maldito desde el Génesis, alcanza la abominación y el temor que les produce el inofensivo lagarto. Frente a este animal, la sabiduría, el conocimiento o incluso las ayudas sobrenaturales fallan. Si bien sus espinas pueden curarse con la oración (…) su mordedura se supone que no tiene remedio alguno.[38]

Tras hacer averiguaciones sobre el particular, llego a la conclusión que me barruntaba desde un principio: el lagarto, para los vaqueiros, es más un icono del malditismo, un animal tabú y mitológico, que una criatura física.

De las varias clases de lagartos que se encuentran en la Cordillera Cantábrica y sus aledaños, no existe ninguna que sea, no ya peligrosa, sino tan siquiera venenosa. En realidad, todas estas especies son de reducidas dimensiones, tímidas y asustadizas. Se trata de tres tipos de lagartijas (la de turbera, la ibérica y la roquera) y dos de lagartos, a saber: Lagarto verde (Lacerta viridis) y lagarto verdinegro (L. Schreiberi). Todos ellos, repito, absolutamente inofensivos y muy comunes.

Entonces, ¿qué explicación cabe ante un odio tan infundado como desproporcionado? La única que se nos ocurre es que, en el lagarto, los vaqueiros encarnen un conjunto de temores irracionales que nada tienen que ver con el animal en sí. De hecho, sí existe un par de reptiles peligrosos por esos lares, que son la víbora áspid (Vípera aspis) y la mucho más común en los montes atlánticos, pero la mitad de venenosa, víbora de Seoane (V. Soanei). Por supuesto que estos animales también son malditos, al igual que las inofensivas culebras, pero sin poder competir con el infecto lagartón[39].

Y es que el lagarto, además de lo “peligrosísimo” de su mordedura, también viola a las mujeres, especialmente durante el período menstrual, (lo que) provoca la muerte de la mujer[40].

Llegados a este punto, ya no hay mucho más que añadir para entender la naturaleza simbólica, que no física, del lagarto.

Lo más execrable de la conducta humana cristaliza en este pobre lagarto, que viola y mata a las mujeres, además de saltarse a la torera el tabú –arraigado entre los vaqueiros y muchos otros pueblos- que prohíbe mantener relaciones sexuales durante el período menstrual. Pues bien, este bicho verdusco e inofensivo, se torna en fálico e indecente, para acechar a la mujer, a la que, según esto, viola y mata. Muy fuerte. Como para no odiarlo.

Lo que no hemos podido averiguar es si los vaqueiros comen lagartos, práctica muy habitual en muchas poblaciones de nuestra Península[41]. Aunque el más perseguido para consumo humano es el lagarto ocelado[42] (Lacerta lepida), casi ausente en la España húmeda, nos gustaría saber si estos brañeros se comen a los lagartos que por allí campan, y la interpretación que le dan al hecho de devorar al animal maldito entre los malditos.

Para repeler al lagarto y evitar su mordedura, o curarla llegado el caso (igual que para otros animales malditos), existe un buen número de conjuros y oraciones, que toman prestados elementos cristianos y paganos. Algunos investigadores han especulado con la posibilidad de que estos conjuros que los vaqueiros salmodiaban para librarse de la enfermedad o de los ataques de los animales malditos, constituyan los jirones de un mito milenario[43] y ligan estos restos orales con la mitología cantabro-pirenaica.

Estas fórmulas mágicas, en cierta medida patrimonio común de un buen número de vaqueiros, suelen ser oficiadas por personas iniciadas o depositarias de estos conocimientos “especiales”. Aunque suponemos que la figura de la bruja o de la curandera[44] con ciertos “poderes” debió de estar presente en la vida vaqueira, al menos hasta hace unos siglos, no tenemos documentación que lo verifique, por ser éste un fenómeno poco, si algo, estudiado.

Tampoco disponemos de procesos inquisitoriales al respecto, de lo que cabe deducirse que nunca alcanzó proporciones que pudieran inquietar al clero local, ni al Santo Oficio, o que, dada su separación respecto a sus vecinos xaldos, estos hechos nunca llegaron a trascender el perímetro de las brañas.

Lo cierto es que, pese a los muchos elementos de corte mágico y a las abundantes supersticiones que trufan el sistema de creencias del mundo vaqueiro, no existe mención explícita a la brujería. Y aunque todo lleva a pensar que, dadas las condiciones de aislamiento de muchas poblaciones de montaña, la pervivencia de antiquísimos ritos paganos[45] y, en suma, la semejanza con otras áreas montañosas del norte peninsular ricas en brujería, aquí no tenemos constancia de su existencia, salvo casos esporádicos. Tal como apuntó el catedrático Uría Ríu, por lo que a Asturias se refiere, nuestros folcloristas han recogido escasos relatos relativos a las brujas y no dan cuenta de ningún aquelarre –del vasco aquer, cabrón, y larre, prado- situado en ella, ni en sus inmediaciones[46].

 

Marginación

Toda la sociedad rural asturiana, comenzando por los aldeanos y terminando por los nobles y el clero local, despreció y marginó a los vaqueiros de alzada durante al menos cuatro siglos. Encontramos testimonios que lo prueban desde tiempos de los Reyes Católicos, como el que reseña Francisco Feo[47], fechado en 1.484, en el que se ordena que no sean maltratados. Sin embargo, como viene siendo habitual con estos pueblos proscritos, una cosa es lo que digan los reyes, autoridades y nobles lejanos, y otra lo que harán sus paisanos, autoridades y nobles cercanos.

Así pues, los vaqueiros de alzada continuarán siendo víctimas de la inquina de sus vecinos y su segregación se extenderá a todo el ámbito de la sociedad, lo que incluye, por supuesto, al clero local. La discriminación ha llegado hasta el S.XX, aunque ya en el S.XIX decrece en intensidad y, aunque a regañadientes, se comienzan a observar las leyes que impedían su marginación, al menos formalmente. Por eso llama la atención la ingenuidad de algunos autores, como Nicolás Benavides que, sobre dicha discriminación, declara que ha desaparecido, afortunadamente, por la caritativa acción del clero y de las autoridades, y por la mayor cultura popular[48].

Además, como ya dijimos, siempre fueron tenidos por moros o descendientes de éstos, por lo que nadie sintió simpatía –mucho menos la Iglesia- por estos desgraciados. Ya se sabe que, en España, tildar a alguien de moro, de judío o de gitano, por este orden, ha constituido durante siglos la ofensa favorita. No se entiende muy bien que ahora algunos se escandalicen, cuando asistimos a bochornosos episodios de discriminación con los moros que llegan a nuestra tierra.

Alguien tan versado en xenofobia como fuera Sabino Arana, en el colmo de su paroxismo, pegó donde más dolía cuando declaró, a propósito de los españoles que llegaban a tierras vascas a finales del S.XIX: Estos son nuestro moros[49]. Pero mucho antes de que este señor se dedicase a hacer amigos, llamar moro a alguien era ya tenido por afrenta mayor, que podía justificar cualquier disparate reparador de honras. Por menos que eso se echaba mano a la espada o a lo que se terciara.

El caso es que los vaqueiros eran tenidos mayoritariamente por moros. Nunca hemos sabido muy bien cómo ni por qué se llegó a esta conclusión, aunque podemos constatar que a los pueblos proscritos siempre les acompaña una filiación infame, una raza distinta obligatoriamente perversa.

María Cátedra, escribe a propósito que, achacando la discriminación a la raza y la raza a la discriminación, el argumento se hace circular. (…) Los vaqueiros, en general, se niegan a admitir un origen diferente al de sus vecinos, especialmente por el que se les tacha de “moros”[50]. Y abundando en el tema, continúa: “Moro” es sinónimo de “invasor”, “hereje”, “cobarde”, y en algunos contextos corresponde a una categoría infrahumana de ser; “moro” es el insulto preferido de la región, y “moros” las víctimas propiciatorias de la historia, tal como se entiende en el área[51].

Pero no nos podemos quedar únicamente con este dato acerca de la supuesta procedencia racial que el pueblo les atribuye, para tratar de entender sus mutuos desacuerdos. Convendría profundizar un poco e indagar de dónde surge el manantial del que dimanan tantos odios y prejuicios. Con el tiempo, lógicamente, se cristalizarían en acusaciones  de corte étnico o racial, pero, a veces, éstas constituyen sólo una excusa para dar carta de naturaleza a un cúmulo previo de rencores.

El enfrentamiento entre xaldos y vaqueiros viene de lejos. En principio, si nos atenemos a que los primeros son básicamente agricultores y sedentarios, y los segundos pastores y trashumantes, el desencuentro está servido.

Son dos concepciones del mundo que chocan frontalmente desde el neolítico. Disputas entre ganaderos trashumantes y agricultores, que delimitan y defienden su tierra, son viejas como el mundo y tienen difícil solución. A partir de aquí, cualquier argumento será válido para denigrar al contrario. Y cuanto más ponzoñoso sea éste, mejor.

Sería imposible averiguar a quién se le ocurrió por primera vez comparar a los vaqueiros con los moros, o acusarlos de tales. Pero hay que reconocer que dio en el clavo. Si de lo que se trataba era de envilecerlos, ninguna otra cosa mejor que equipararlos con la raza odiada o asimilarlos a ésta.

Lo que no acabamos de comprender es a cuento de qué. Cómo alguien tuvo esa ocurrencia, qué les vería a estos asturianos, iguales en aspecto y en cultura al resto, para sacar tal conclusión. Desde luego, no hallamos nada en su forma física que delate una procedencia morisca, aunque quizás nunca hubo tal cosa. Recuérdese que la voz castellana “moreno” viene de “moro”, aunque entre los que entraron en la Península antes del primer milenio de nuestra era y que pudieron conocer los asturianos, había un poco de todo, con, según parece, predominio del tipo mediterráneo clásico. Téngase en cuenta que los magrebíes se han ido “amorenando”, sobre todo a partir de Mahoma, con sucesivos flujos de individuos de tez más oscura procedentes de zonas africanas más sureñas. Esto es consecuencia de la expansión islámica, que en parte de África y Oriente medio resultó todo un éxito de integración y cruce étnico.

Sin embargo, en fechas anteriores al Islam, la población norteafricana era en gran parte idéntica al resto de la mediterránea. Es decir, en las Guerras Púnicas, no luchaban dos razas, sino que, al margen de algunos extranjeros, los soldados romanos y cartagineses pertenecían a un mismo grupo étnico: el mediterráneo o latino.

Pero volviendo a nuestros vaqueiros, ya que en nada se diferenciaban del resto de los asturianos y, habida cuenta, además, de que muchos de los que les tacharon de moros, jamás habrían visto a uno, ¿qué pudieron alegar los discriminadores para mantener este argumento durante cientos de años?

Lo único que se nos ocurre, pasa por sus distintas ocupaciones. Pero si el cuidado del ganado, como vimos, no suponía de por sí ningún elemento discriminatorio -pues había vaqueiros que no sufrían rechazo-, sólo nos queda como elemento diferenciador su gusto por el trato, la trajinería y el comercio arriero que llevaban a cabo estos vaqueiros de alzada. Por tanto, si estas actividades parecen haber sido connaturales al propio modo de vida del vaqueiro desde sus mismos orígenes como grupo económico y social diferenciado,[52] resulta probable que su condición comercial -que comprendería las muchas facetas de la trajinería: arriero, vendedor ambulante, tratante, etc. y entre las cuales es difícil establecer fronteras nítidas-, repercutiese en la negativa visión que muchos campesinos, firmemente amarrados a la tierra desde la baja edad media, se formaran de ellos.

Ese tipo de ocupaciones no eran propias de gentes de sangre limpia, pobres pero honradas, que destripaban los terrones de un noble o de la Iglesia. Recordemos que el primer alivio social para los agotes, vino precisamente del señor de Ursúa que, con su particular magnanimidad, les permitió labrar sus tierras.

Otros pueblos malditos, por el contrario, nunca quisieron o pudieron trabajar la tierra, y prefirieron dedicarse a las actividades malditas del comercio ambulante o del trasiego de mercancías a lomos de acémila. Nos parece relevante que otros vaqueros, en este caso, los pasiegos, también incurriesen frecuentemente en los hábitos trajineros, tan menospreciados como imprescindibles y beneficiosos.

Resulta ilustrador un auto del Concejo de Legazpi (Guipúzcoa) fechado a mediados del S.XIX, en concreto en 1.848, contra varios pasiegos, por haber apaleado a una persona de la villa, en el que se denomina a dichos pasiegos “paqueteros de ilícito comercio del extranjero[53], con lo que ya sabemos lo que hacían estos montañeses tan lejos de sus valles natales.

La pregunta que siempre nos ronda en la cabeza es la de por qué estos pueblos ganaderos, se dan con tanto entusiasmo a la trajinería. Y la respuesta más lógica es siempre la misma: por necesidad y por cierta facilidad para acometer la empresa.

Necesidad, porque sabemos que las zonas que tradicionalmente han ocupado estos pueblos, ya sean vaqueiros de alzada, maragatos o pasiegos, eran pobres o paupérrimas en suelo agrícola.

Facilidad, porque eran gentes habituadas a desplazarse con su ganado. Pero también porque, donde vivían, el comercio era un imperativo para procurarse bienes de primera necesidad y, a menudo, se hallaban alejados de los núcleos de población donde podían adquirirse, con lo que tendrían que ir a buscarlos.

Por ejemplo, los vaqueiros consumían grandes cantidades de maíz, planta que no crecía en la braña. Así que no les quedaba más remedio que bajar a la marina y a los valles a procurárselo. De paso, podrían vender quesos, carne o excedentes de ganado.

También podían aprovechar el viaje para comprar sal, legumbres o cualquier otra mercancía susceptible de ser vendida o trocada en otros lugares, lo que no excluía la propia braña.

En definitiva, de lo que se trata es de sacar el mayor partido a sus escasos recursos. La historia se repite: suelo pobre, condición humilde, formación escasa, escasez de oportunidades y ganas de no morirse de hambre. Tan sólo queda el comercio como asidero, una actividad en la que el ingenio y la habilidad suplen otras carencias. La necesidad obliga a comprar más barato y a vender más caro, lo que se traduce, a la postre, en arañar unas pesetas, en obtener una ganancia que permita sobrevivir.

El vaqueiro siempre ha tenido fama de astuto en el trato, cuando no de taimado y ladino. Los lugareños de las comarcas costeras del occidente asturiano, los describen de esta manera. Del mismo modo que los presentan como recelosos, desconfiados, austeros, tímidos y altivos a la vez. Resulta curioso que, esta misma descripción, serviría para el resto de los pueblos que proponemos en este libro.

Los vaqueiros, como vimos, practicaron la arriería y muchos de ellos comerciaron con distintos bienes, que trasportaban por las cañadas asturleonesas que tan bien conocían. Este comercio marcó la diferencia social entre los vaqueiros, pues algunos de ellos lograron cierta prosperidad económica mediante estas prácticas. Ya lo decía mi bisabuela, que vale más una hora de trato que cien de trabajo. Y eso parece ser cierto en el caso de estos pastores, de quienes sabemos ahora que se dedicaron a la arriería más de lo que se suponía.

A su favor estaba el conocimiento de las rutas de montaña por las que se movían libremente, así como la costumbre de desplazarse con ganado, aperos, familia y lo que hiciese falta por estas montañas imposibles. Además, esa proverbial astucia que se le atribuye para la práctica comercial.

Paradójicamente, estas habilidades para el trato a pequeña escala son muy habituales en individuos provenientes de las comunidades menos favorecidas. Gente inculta, analfabeta en muchas ocasiones, demuestra una inclinación que parece natural por el comercio menor, aunque se revelen incapaces para las operaciones a mayor escala. También podemos verlo en el caso de los pasiegos o de los quinquis. Y, en nuestros días, sólo debemos asomarnos sobre el puesto callejero de un moro sin papeles, que trata de sobrevivir en el centro de Madrid. Apenas habla castellano, quizás no sepa leer ni escribir en árabe, pero demuestra una habilidad envidiable para vendernos con provecho cualquier baratija, antes de que vengan los municipales a robarle el género. Prueben a regatear con él. Siempre saldrá ganando, quizás porque en cada envite se juega más que nosotros.

Puede que el caso de los vaqueiros comerciantes sea un poco de lo mismo. Pero esto que a nosotros nos parece habilidad comercial, a sus vecinos y clientes aldeanos les parecía astucia insana, a una distancia equidistante entre el timo y las prácticas ladinas. Esto se repite, de forma casi idéntica, en el caso de los pasiegos. La antropóloga Susan Tax Freeman, recoge varios testimonios que así lo atestiguan: El tratante (pasiego) es un gitano[54] bien vestido[55]. Y un poco más adelante sigue incidiendo en la suspicacia, el recelo y la incultura que acompañan siempre al pasiego en sus prácticas comerciales, para terminar llamándole “zorro”, en referencia a su astucia para estos asuntos. También en un libro[56] de María Cátedra se hace referencia expresa a esta “zorrería”, que parece caracterizar asimismo al vaqueiro.

Un aspecto poco estudiado y cuya incidencia en la marginación de los vaqueiros ha pasado desapercibido para muchos autores es, precisamente, su dimensión comercial y trajinera. Hemos indicado ya que la arriería, el comercio ambulante y otras ocupaciones de esta índole han sido tradicionalmente mal vistas en la sociedad española. Jovellanos nos cuenta que existían también vaqueiros en los concejos interiores de Asturias (…) En todo parecidos a los otros, dados como ellos a la cría de ganados, trashumando como ellos a los puertos altos en verano, y vistiendo y viviendo en todo como ellos, la única diferencia que los distingue en que ni trafican ni son tenidos en tan poco de los aldeanos sus vecinos, con quienes no sólo tratan, sino que alternan en el goce de oficios públicos, honores y derechos sin distinción alguna[57].

Según esto habría dos tipos de vaqueiros: Los buenos y los malos. Siendo los malos, aquellos que ejercían el comercio, la trajinería. Así lo recoge también Francisco Feo Parrondo, cuyo segundo apellido delata este origen de vaqueiro arriero, como él mismo explica, citando un manuscrito asturiano fechado en 1.720, en el cual se habla de los pastores trashumantes del concejo de Somiedo y se diferencian dos grupos: los vaqueiros y los vaqueiros parrondos. Los primeros tenían vecindad legal, gozaban de todos los derechos, labraban una parte de sus tierras y algunos eran considerados como hidalgos. Los vaqueiros parrondos por el contrario, carecían de vecindad, eran arrieros y no cultivaban la tierra[58].

Repárese en la última frase, en la que el autor nos proporciona los tres atributos que caracterizaban a estos vaqueiros:

1º- Carecían de vecindad: Ya explicamos en el primer capítulo cómo según las fórmulas medievales, que luego se aplicarían por extensión hasta mucho tiempo después, carecer de vecindad era sinónimo de discriminación y repudia, así como motivo de permanente recelo por parte de las autoridades y del mismo pueblo llano.

2º- Eran arrieros: La arriería y todos los oficios asociados a la misma, han estado tradicionalmente proscritos. En realidad, se trata un poco de lo mismo que lo anterior: eran actividades propias de gente vagabunda, ambulante o sin vecindad.

3º- No cultivaban la tierra: Las clases populares, si eran honradas y de sangre limpia, debían destripar terrones, lo que, generalmente conllevaba estar sujetos a la autoridad de un noble o de la iglesia o, cuando menos, de una comunidad, que eran generalmente los poseedores de la tierra. La ligazón del hombre a la tierra es la vieja fórmula medieval que garantiza sedentarismo, sujeción a una normas y, a la postre, conocimiento de la persona y de sus antepasados, o sea, honra.

Si, a lo anterior, añadimos la creencia generalizada sobre sus orígenes impuros, entenderemos el porqué de una feroz discriminación que, en la practica, constituyó una fractura social marcada y duradera.

Los vaqueiros en el S.XXI

Hasta principios del S.XX todavía era posible encontrar comunidades de brañeros bien estructuradas y asentadas en su modo de vida tradicional. Sin embargo, en este siglo se produce un fenómeno de integración, que trae consigo la desaparición paulatina de una serie de elementos claves de su cultura particular. A partir de entonces, del mismo modo que la explotación tradicional ganadera del vaqueiro comienza a desaparecer, también se abandonan los signos externos que los identifican como a tales, se rompe la tendencia endogámica que los mantenía apartados del resto de los asturianos y se arrumban los viejos prejuicios que relegaban a los vaqueiros a lo más bajo de la escala social.

En conjunto, estos cambios han de ser tenidos como un logro, por cuanto terminan con la segregación sufrida por este pueblo y establecen las pautas de una sociedad igualitaria en la que los vaqueiros ocupan el mismo lugar que cualquier otro ciudadano.

No obstante, y sin menoscabo de lo anterior, hemos perdido en unos pocos años, casi sin darnos cuenta, una forma de vida y una cultura asociada a ella, que se han forjado durante siglos y cuyo último aliento ha llegado hasta nosotros. Y, conscientes de que nos hallábamos escuchando la crónica de una muerte anunciada, y contentos de que así fuera –sobre todo los propios vaqueiros-, hemos asistido a esta defunción inevitable.

La vida trashumante del vaqueiro resulta incompatible con nuestro modelo de sociedad. Quizás siempre lo fue, en mayor o menor medida. No somos quién para especular sobre eso. Pero el valor documental, cultural y antropológico que nos han legado los vaqueiros es considerable y, sin duda, enriquecedor.

Lo cierto es que, en la actualidad, salvo algunos retazos de corte folclórico –que, por otra parte, constituyen una memoria viva y nunca deberán perderse-, podemos constatar el absoluto declive, sin marcha atrás, de la vida y la cultura de los brañeros. Lo define perfectamente Adolfo García Martínez:

A partir de los años 40 el vaqueiro va perdiendo su mentalidad y el espacio su componente problemático, la territorialidad, principal causa de todas las luchas, pues se produce una emigración a la ciudad, quedando de este modo muchos espacios libres.. Por su parte, el vaqueiro abandona también actividades muy peculiares, como la arriería[59]”.

En realidad, lo que abandona es su condición de vaqueiro, con lo que, todo lo demás, como sería su espacio físico o su cultura, desaparece irremediablemente, pues no se puede desligar una cosa de la otra.

La vaqueirada

Se denomina así a una fiesta, instituida en el año 1.959, que se desarrolla con carácter anual el último domingo de julio. Consiste en una romería al aire libre en la emblemática braña de Aristébano, sita entre los concejos de Luarca y Tineo[60].

La vaqueirada es una fiesta tradicional en la que se rememora un estilo de vida que está desapareciendo. El eje central es una boda, a veces individual, pero a menudo colectiva, en la que las parejas contrayentes se visten “de vaqueiros” y se rodean de propios y extraños para festejar sus desposorios.

Tras la boda, que se celebra en una pequeña ermita aledaña, la comitiva nupcial se reúne con los invitados y todos aquellos que se han acercado hasta la braña, en un prado habilitado para la ocasión. Con ambiente de romería, se asiste a bailes típicos, se degustan quesos artesanos y demás manjares de esta comarca, y se bebe abundante sidra. Además se suele rifar un ternero que es expuesto al público en un lugar céntrico del prado, como si fuese un icono vaqueiro que nos recuerda en todo momento dónde estamos y con quiénes.

Esta singular fiesta, pese a lo que diga Sánchez Dragó[61] y cuya opinión ha sido refutada por especialistas en temas vaqueiros[62], es muy recomendable: reina el buen humor, se come y se bebe con alegría y, si el tiempo acompaña, quedará en nuestro recuerdo como una experiencia muy grata. Eso sí: debemos tener presente que es una fiesta, de ambiente folclórico, claro, pero una fiesta a fin y al cabo. Que nadie vaya con ánimo de descubrir el auténtico vaqueiro de las brañas, sino con el de pasarlo bien en un paraje envidiable y con un paisanaje dispuesto también a disfrutar de la romería.

Acudan y diviértanse. Y siéntanse vaqueiros, dueños de las alturas del puerto y del verde inmenso que constituye el horizonte.


[1] Ramón Baragaño  Los vaqueiros de alzadaAyalga Ediciones, Gijón 1977

[2] Ángel Ardura Parrondo  Historia del Valle de Las Luiñas de Cudillero en el Camino de Santiago Ed. Azucel, Avilés 1992

[3] No me atrevo a hablar de homogéneo, pues me parece demasiado aventurado hacerlo.

[4] Adolfo García Martínez Los Vaqueiros de Alzada de Asturias Servicio de Publicaciones del Principado, Oviedo 1988

[5] Ramón Baragaño  Los vaqueiros de alzada Ayalga Ediciones, Gijón 1977

[6] Bernardo Acevedo y Huelves  Los Vaqueiros de Alzada en Asturias Editado por la Escuela Tipográfica del Hospicio Provincial, Oviedo 1915

[7] Ídem

[8] Bide, en euskera, significa camino, vía.

[9] Julio Caro Baroja  Baile, Familia, Trabajo. Estudios Vascos VII. Ed. Txertoa, San Sebastián 1976

[10] También llamado “vaqueiro parrondo”.

[11] Nicolás Benavides Moro  Los Vaqueiros de Alzada  Separata das actas do Colóquio de Estudos Etnográficos “Dr. José Leite de Vasconcelos”. Vol.III Porto 1960

[12]En los años de 1913 a 1918 trabajé, siendo capitán del Estado Mayor, en el levantamiento del Mapa Militar de Asturias, que recorrí casi íntegramente, a caballo y a pie. (…) Gran parte de ese tiempo realicé dicho trabajo en los concejos asturianos que habitan los Vaqueiros de Alzada, pernoctando en sus brañas (y) también en sus alzadas. Esto me permitió (…) acopiar datos personales producto de la observación y de la convivencia con aquellas gentes, pudiendo establecer comparaciones entre lo leído y lo visto e investigado por mí”.

[13] Gaspar Melchor de Jovellanos ASTURIAS: Las Romerías.- Los Vaqueiros Ed. La Última Moda, Madrid 1.899

[14] Ídem

[15] Francisco Feo Parrondo LOS VAQUEIROS DE ALZADA Estudio geográfico de un grupo marginado Servicio de Publicaciones de la Caja de Ahorros de Asturias, Oviedo 1986

[16] María Cátedra Tomás La vida y el mundo de los vaqueiros de alzada  Ed. Siglo XXI, Madrid 1989

[17] Este término se refiere a la costumbre que tenían las mujeres de la braña de reunirse para hilar. En estas reuniones, a veces numerosas, y que se prolongaban durante bastantes horas, tenían ocasión de charlar y trataban de pasar el tiempo de la mejor manera. Sabemos, porque nos lo cuenta C. Baroja, que esta costumbre también estaba arraigada entre los pastores del norte de Navarra, lo que apunta a que se trata de una tradición generalizada entre los vaqueros del norte peninsular.

[18] María Cátedra Tomás Vaqueiros y pescadores. Dos modos de vida. Akal Editor, Madrid 1979

[19] Ramón Baragaño  Los vaqueiros de alzada Ayalga Ediciones, Gijón 1977

[20] Aunque también tenemos constancia de viajes de varios cientos de kilómetros y con abundante carga. No obstante, estas expediciones son de carácter más tardío y no comienzan a producirse con regularidad hasta mediado el S.XVIII.

[21] Nos referimos a ellos en el capítulo dedicado a los mercheros.

[22] Ángel Ardura Parrondo  Historia del Valle de Las Luiñas de Cudillero en el Camino de Santiago Ed. Azucel, Avilés 1992

[23] Ídem

[24] Adolfo García Martínez Los Vaqueiros de Alzada de Asturias Servicio de Publicaciones del Principado, Oviedo 1988

[25] Ídem

[26] Ramón Baragaño  Los vaqueiros de alzada Ayalga Ediciones, Gijón 1977

[27] Ídem

[28] José María Flórez y Gónzalez Composiciones en dialecto vaqueiro Arbas Ediciones, Gijón 1.989

[29] Bernardo Acevedo y Huelves  Los Vaqueiros de Alzada en Asturias Editado por la Escuela Tipográfica del Hospicio Provincial, Oviedo 1915

[30] Este cargo equivaldría a lo que conocemos hoy como Delegado del Gobierno.

[31] Ángel Ardura Parrondo  Historia del Valle de Las Luiñas de Cudillero en el Camino de Santiago Ed. Azucel, Avilés 1992

[32] Ídem

[33] María Cátedra Tomás La vida y el mundo de los vaqueiros de alzada  Ed. Siglo XXI, Madrid 1989

[34] Juan Uría Ríu  Los Vaqueiros de Alzada  Biblioteca Popular Asturiana, Oviedo 1976

[35] A causa de su esterilidad.

[36] Repárese en este antropomorfismo, según el cual la vaca es susceptible de padecer un embrujo como el mal de ojo, inequívocamente humano.

[37] Bernardo Acevedo y Huelves  Los Vaqueiros de Alzada en Asturias Editado por la Escuela Tipográfica del Hospicio Provincial, Oviedo 1915

[38] María Cátedra Tomás La muerte y otros mundos: enfermedad, suicidio, muerte y más allá entre los vaqueiros de alzada Ed. Júcar, Madrid 1988

[39] Que es como acostumbran a denominar al lagarto, cualquiera que sea.

[40] María Cátedra Tomás La muerte y otros mundos: enfermedad, suicidio, muerte y más allá entre los vaqueiros de alzada Ed. Júcar, Madrid 1988

[41] En el año 2000, en España, un tribunal impuso una multa de un millón de pesetas a un indigente que vivía en una chavola en la Comunidad de Madrid, por cazar y comerse un lagarto. En fin: una vez más, la España negra que asoma el hocico en cuanto nos descuidamos.

[42] Me inclino a pensar que por su mayor tamaño, ya que, con un máximo de 1 m. de longitud, es el mayor saurio peninsular.

[43] Jose M. Gómez Tabanera  Raíces: Mitos y leyendas de las brañas astures  Editado por el Ayuntamiento de Luarca, Luarca (Asturias) 1.984

[44] B. Acevedo habla de “sabios”, para referirse a estos curanderos que han de realizar el ensalmo.

[45] Como sería el caso de los “zamarrones” de algunos enclaves asturianos, que guardan un asombroso parecido con los que vimos en la Maragatería.

[46] Juan Uría Ríu  Los Vaqueiros de Alzada  Biblioteca Popular Asturiana, Oviedo 1976

[47] Francisco Feo Parrondo LOS VAQUEIROS DE ALZADA Estudio geográfico de un grupo marginado Servicio de Publicaciones de la Caja de Ahorros de Asturias, Oviedo 1986

[48] Nicolás Benavides Moro  Los Vaqueiros de Alzada  Separata das actas do Colóquio de Estudos Etnográficos “Dr. José Leite de Vasconcelos”. Vol.III Porto 1960

[49] Sabino Arana y Goiri Obras escogidas L. Aramburu Editor, San Sebastián 1978

[50]  María Cátedra Tomás La vida y el mundo de los vaqueiros de alzada  Ed. Siglo XXI, Madrid 1989

[51] Ídem

[52]Adolfo García Martínez Los Vaqueiros de Alzada de Asturias Servicio de Publicaciones del Principado, Oviedo 1988

[53] Archivo del Ayuntamiento de Legazpi. Fondo municipal de Legazpi. Relaciones Municipales. Relaciones con las Autoridades Judiciales. Asuntos criminales. C 150 /34

[54] En el contexto comercial, tildar al alguien de gitano o compararlo con el individuo de esta etnia, tiene varias connotaciones, algunas de ellas claramente peyorativas.

[55] Susan Tax Freeman The pasiegos: Spaniards in no man´s land  Univeristy of Chicago Press, Chicago 1979

[56] María Cátedra Tomás La vida y el mundo de los vaqueiros de alzada  Ed. Siglo XXI, Madrid 1989

[57] Gaspar Melchor de Jovellanos ASTURIAS: Las Romerías.- Los Vaqueiros Ed. La Última Moda, Madrid 1.899

[58] Francisco Feo Parrondo LOS VAQUEIROS DE ALZADA Estudio geográfico de un grupo marginado Servicio de Publicaciones de la Caja de Ahorros de Asturias, Oviedo 1986

[59] Adolfo García Martínez Los Vaqueiros de Alzada de Asturias Servicio de Publicaciones del Principado, Oviedo 1988

[60] Que fue precisamente donde desarrolló María Tomás Cátedra su trabajo de campo.

[61]Bebí licores infames. Me adentré peñas arriba de (sic) un repertorio folklórico tan coñazo como marisabidillo y a la postre consigné en mi libreta de viaje: <<individuos profesionalizados, incrédulos, teatrales y poco interesantes. Listillos víctimas del turismo y de la antropología>>”. F. Sánchez Dragó Gárgoris y Habidis Una historia mágica de España Tomo III, Minorías y marginaciones Ed. Hiperión, Madrid 1981

[62]Quiero mencionar el artículo de F. Sánchez Dragó, no por lo que nos pueda aportar, sino con la esperanza de que en el futuro se intente no sacar a la luz semejantes escritos. (…) Sánchez Dragó en este artículo nos inspira muy poca confianza y seriedad”. Adolfo García Martínez Los Vaqueiros de Alzada de Asturias Servicio de Publicaciones del Principado, Oviedo 1988