Capítulo III

Quincalleros, caldereros y mercheros:  Los quinquis

“Yo estaba seguro de que Francisco no me delataría, porque era todo un hombre. Era un tío macho que se vestía por los pies.”

El Chinao

 

 

La declaración anterior la refiere A. González Serrano, a la sazón Jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Sevilla durante la posguerra, y la recogen posteriormente Jesús de las Heras y Juan Villarín en su libro “La España de los quinquis”, quizás el mejor que existe sobre el tema.

Esta cita deliciosa viene a cuento de la confesión que realizara el Chinao cuando es capturado, acusado de dar muerte en una refriega a otro quinqui, Francisco, que, por lo visto, murió sin decir ni Pamplona. Así que el difunto dejó este mundo con honor y su asesino (González Serrano se refiere a él como “su matador”) habla de su víctima con el máximo respeto y pronuncia esta frase lapidaria que más de uno quisiera para sí en su epitafio: “Un tío macho que se vestía por los pies”.

Y es que los testimonios que tenemos de los quinquis inciden a menudo en el tema del honor, del sacrificio individual en pro de su colectividad, de sus leyes y sus códigos, al margen de los de la sociedad en la cual se hallan entreverados, pero nunca disueltos. Amando de Miguel, hablando del Lute, no puede menos que resaltar este aspecto, que concierne a la unidad del clan familiar, y declara que la solidaridad con los hermanos, cuñados y demás parentela llega a extremos de verdadero sacrificio, de riesgo de supervivencia[1].

El quinqui procura resultar invisible las más de las veces, cambiar de identidad siempre que le es posible y camuflarse entre el resto de los españoles. Sin embargo, continúa manteniendo su idiosincrasia y guarda fiel el testigo de su pueblo. Un pueblo del que nadie sabe nada, escurridizo y misterioso, del que hallamos noticias desde antiguo pero siempre confusas, siempre en un segundo o tercer plano, como esas figuras incómodas que aparecen en el borde de una fotografía.

La verdad es que ni siquiera tenemos la certeza de que la comunidad de quincalleros merezca un tratamiento especial como pueblo diferenciado y definido, pero hemos optado –quizás para variar- por concederles el beneficio de la duda, cosa poco habitual en todo cuanto a los quinquis se refiere.

El hecho de carecer de un nombre común a lo largo de la historia reciente, o de definirse, en el mejor de los casos, sobre la base de la profesión de quincalleros, no pone nada de luz en un tema ya de por sí oscuro.

Sólo hay un momento histórico –ese minuto de gloria que a todos corresponde al decir de Andy Warhol- en el que los quinquis han brillado con luz propia, y éste correspondió a la última etapa franquista. Sin embargo, dicho protagonismo, lejos de toda gloria, se debió a su identificación por parte del régimen con la delincuencia común. Así pues, dicha luz, aunque propia, se asemejaría mucho a la emitida por una macilenta bombilla roja suspendida sobre el quicio de la mancebía. ¡Triste suerte la de los quinquis, un pueblo cuya historia parece un argumento de copla!

Después de varios siglos recorriendo la España más rural y atormentada, acarreando su ingenio y cuatro cachivaches por toda pertenencia, dando vueltas y revueltas por toda nuestra geografía, siguen siendo unos perfectos desconocidos para la mayoría de la población. Algo así como un subproducto que se mantiene enquistado en nuestra historia, y se hace invisible en lo más profundo del lumpen nacional.

Y es que, aunque en la moderna sociedad urbana, los quinquis no encajan, todavía encontramos algunos núcleos familiares que mantienen en cierta medida sus tradiciones. Lo que parece evidente es que su distanciamiento con respecto al resto de la sociedad es cada vez menor, en cuanto al desempeño de sus trabajos habituales y a la ostentación de sus signos diferenciales se refiere. El merchero es asimilado por un proceso globalizador al que no puede permanecer ajeno, ahora que ya abandonó el camino y el descampado para hacerse sedentario en la ciudad.

A partir de aquí, paradójicamente, los quinquis se han convertido en grandes desconocidos. O han perdido los rasgos propios[2] que los caracterizaban en un pasado cercano.

De ese modo, tras instalarse en los núcleos urbanos, o mejor, en los arrabales de las grandes ciudades, han dejado de existir. Estaban mucho más presentes cuando llevaban una existencia nómada, cuando aparecían y desaparecían, cuando atendía cada uno de ellos a varios nombres y apellidos, cuando no estaban avecindados en ningún pueblo… Quizás nuestros abuelos, bisabuelos o tatarabuelos tratasen habitual o esporádicamente con quinquis. Quizás incluso esperasen a que cayeran por su pueblo para que le reparasen el caldero, o para proveerse de alguna baratija. Quizás incluso para que les trajesen nuevas –verdaderas o ficticias, tanto da- de otros lugares distantes que ellos no conocerían jamás.

Pero nosotros ya no sabemos nada de los quinquis. Para nuestros contemporáneos esta palabra equivale a delincuente, así, sin más. Es como si se los hubiera tragado esa historia que nunca llegó a escribirse –la intrahistoria, que diría Unamuno- y reaparecieran inopinadamente llenado portadas de la prensa franquista hace medio siglo, para volver a desaparecer.

En pocos años, el nombre, o mejor, el alias, de muchos quinquis, comenzó a grabarse en la mente colectiva de la población española, y la palabra quinqui sustituyó o complementó a la de “chorizo”, maleante o granuja. De hecho, el máximo apogeo del fenómeno quinqui vendrá, sin duda, de la mano entablillada del Lute, un hombre que nos recordó de sopetón la España más negra, en una época de pleno optimismo social como fue la que caracterizó a la década de los 70´.

Pero, por muchas portadas que acaparase el Lute, y por mucho que se escribiera sobre los quinquis en aquel tiempo, un cuarto de siglo después nos enteramos de que nadie sabe nada al respecto. Así son las cosas: tras un paréntesis de unos pocos años, han vuelto a su condición invisible que les caracterizó durante siglos.

Por eso me sorprendió la disputa que presencié hace poco tiempo entre un quinqui y un gitano. No conozco –es lo de menos- el motivo que ocasionó la reyerta, pero me llamó poderosamente la atención la confrontación verbal entre ambos, por lo que allí se dijo.

Me hallaba en un mercadillo donde, entre puestos de verduras, confección y otros varios, habían instalado un par de carpas dedicadas a la venta de quincalla. Y allí, codo con codo, competían el gitano y el merchero, con sus tenderetes repletos de desguaces metálicos. Pues bien, en un momento dado, se desentendieron de los posibles clientes que nos inclinábamos sobre el género y comenzaron a reprocharse vaya usted a saber qué, y a proferir insultos cada vez de más grueso calibre.

Pero lo que desencadenó la posterior pelea, fue uno de los exabruptos del gitano. Éste le echaba en cara al otro su condición de merchero, aludiendo a su falta de raza y de ley.

El quinqui, antes de pasar a las manos, proclamó ser merchero y a mucha honra, aunque el gitano repitiera que los quinquis no eran nada, peor aún que los payos, sin ninguna ley, sin ninguna raza, sin padre ni madre.

Lo que siguió tras estas palabras, que tocaron en la línea de flotación del orgullo del merchero, ya se lo pueden imaginar, pero no viene al caso. Lo que parece increíbles es la escena en sí, las cosas que se dijeron, insultos más propios de tiempos lejanísimos, que en nada casan con la mentalidad que se supone a dos españoles modernos.

Por mi parte, confieso que siempre he sentido el aguijoneo de la curiosidad en cuanto he oído nombrar la palabra quinqui, pero es que, el simple término, se cuela en nuestros oídos con el frío de una hoja de navaja, con todo su poder de evocación. Según esto, quinqui equivaldría a malhechor, a ratero, a ladrón, o a criminal en toda su extensión.

Sin embargo, el trabajo de quincallero incluye muchas actividades profesiones de distinto corte, pero ninguna de ellas bien considerada. A primera vista, estamos ante un pueblo que se define por su profesión y que, por ser ésta poco valorada, es asimismo discriminado. O viceversa: como están discriminados, ejercen –o han ejercido tradicionalmente- un oficio de mala consideración. Vamos, la pescadilla que se muerde la cola.

Este proceder de asimilar al individuo marginado con el oficio que de por sí lo margina, resulta común a muchos pueblos proscritos. Los miembros de las minorías discriminadas integran la clase social más baja, y es este estamento donde, a su vez, encontramos a los individuos que se prestan a realizar los peores oficios, ya sea por su escasa remuneración económica o por la escasa consideración de que gozan.

No es preciso decir que algunos trabajos especialmente denigrantes sólo serán desempeñados por aquellos a quien no les está dado elegir. El genial Quevedo, con esa ironía ácida que caracteriza toda su obra, saca a colación a un verdugo que se siente orgulloso de ser funcionario del Rey[3].

Y si a lo anterior sumamos otra premisa, que sería la de la trashumancia como causa de marginación en la totalidad de los pueblos europeos que la han practicado desde la baja edad media, obtendremos un ejemplo paradigmático de pueblo maldito.

Por supuesto, también podríamos hablar de sus nulas estructuras políticas comunes, de su falta de territorio propio o de su reducido –y siempre desconocido- número demográfico[4], con lo que nos encontraríamos frente a un pueblo débil que tiene todas las papeletas para hacerse con el premio gordo de la discriminación.

Los quinquis, a los que alguien bautizó como “los gitanos blancos” son, quizás, los últimos marginados españoles.

Nadie sabe nada de ellos, nadie se ha preocupado por saber, y ellos tampoco han querido que se sepa. Hay poquísima bibliografía sobre el tema y los documentos que los mencionan son, en su mayoría, recortes tremendistas de prensa o partes del Benemérito Cuerpo. Por otro lado, la proverbial discreción de los mercheros y su afán por camuflarse entre el resto de los miembros de nuestra sociedad -con la que comparten sus rasgos físicos-, imposibilitan el acercamiento a su cultura por parte de extraños.

Y es que, si algo les diferencia de los gitanos, es precisamente, eso, el físico. Pues mientras los gitanos se identifican claramente gracias a unos rasgos étnicos de origen hindú que no han perdido –cosa increíble- tras más de cinco siglos de vagabundeo por Europa, los mercheros no comparten dicho origen y, en consecuencia, sus rasgos son los propios de los pueblos mediterráneos.

Además, mientras que los gitanos se constituyen como un pueblo repartido entre un buen número de naciones y estados, y han mantenido hasta hace pocas décadas un idioma común –aunque con sus lógicas variaciones regionales[5]-, los mercheros parecen mantener un carácter mucho más local y, rara vez tenemos noticias de comunidades de mercheros, digamos, transnacionales.

Esto no quita para que haya mercheros o grupos afines en toda Europa, pero no parecen formar nunca estructuras comunes o establecer vínculos, por más que encontremos entre ellos muchas similitudes. Incluso idiomáticas, como en el caso de los Caldereros de Auvernia, en Francia, cuyo dialecto guarda cierto parecido con el de unos caldereros de Gijón[6], en Asturias, pero a estos ya nos referiremos más adelante.

Por eso, aunque en Europa han existido muchos grupos con identidad propia y que serían equiparables con nuestros quinquis, hemos preferido ceñirnos a los españoles, con objeto de no enmarañarnos en la selva que se abre frente a nosotros a poco que intentemos su recuento y clasificación.

Los oficios de calderero, buhonero y quincallero, entre otros, han sido tradicionalmente desempeñados estas tribus nómadas. Muchas veces eran gitanos o cíngaros, pero no siempre. Curiosamente, mientras sabemos que, por ejemplo en la Europa central o en los Balcanes, estos grupos han recorrido varios países y se han establecido temporal o indefinidamente en distintos territorios, la Península Ibérica[7] ha sido en este aspecto una excepción, pues, por lo que sabemos, han sido raras las incursiones de estos grupos de vagabundos europeos en nuestras tierras, al menos en lo que se refiere a los últimos tres siglos. Parece ser que, únicamente los gitanos, traspasaron las fronteras con cierta asiduidad, mientras que los otros grupos nómadas, dedicados en general a los mismos menesteres, se mantuvieron más apegados a sus diferentes territorios o naciones de origen.

Los delincuentes favoritos de la prensa franquista

No me atrevo a asegurar que fueran los medios de comunicación franquistas los responsables de que el diminutivo “quinqui”  adquiriese connotaciones definitivamente peyorativas, aunque mucho me temo que sí. Con todo, este término ha perdido vigor -en cuanto a su uso se refiere- y cada vez se escucha menos, por cuanto otros apelativos para referirse a la delincuencia y a quienes la practican han cobrado mayor pujanza en la actualidad.

Pero si nos remontamos a los años 50´ y hasta la Transición, si consultamos las hemerotecas de la época, comprobaremos la gran cantidad de páginas que se les dedicó a este curioso pueblo, sobre el que recaía una gran cantidad del delito común de aquellos años. Se ve que la carnaza de la delincuencia quinqui agradaba a la opinión pública y los periodistas tuvieron en este pueblo un filón.

Francisco Ayala definió el periodismo como un género nuevo, desarrollado en el seno de la sociedad burguesa para servir a la formación de opinión pública[8]. Esta supuesta manipulación de los medios de comunicación, o esa servidumbre a determinados intereses, ha sido criticada y reprobada desde el mismo inicio de la actividad periodística. Recuérdese el sobrenombre “fondo de reptiles” con el que se conoció a cierta clase de periodistas que formaban opinión, desde las postrimerías del S.XIX. De hecho, esta visión del periodismo y de los periodistas, es bastante recurrente y forma, casi, un cuerpo literario: la crítica a la crítica, periodística en este caso.  En el libro de mediados del S.XIX, “Los españoles pintados por sí mismos” se menciona al periodista como un nuevo tipo emergente en la España romántica. En su apartado correspondiente, leemos que aunque su existencia data entre nosotros de sólo una docena escasa de años (…) el periodista es una potencia social, que quita y pone leyes, que levanta los pueblos a su antojo, que varía en un punto la organización social[9]. Y se pregunta a continuación el autor: ¿Qué enigma es este de la moderna sociedad que se deja conducir por el primer advenedizo, que tiembla y se conmueve hasta los cimientos a la simple opinión de un hombre osado?[10]

No obstante, los medios de comunicación sostienen que su principal objetivo es el de informar (lo cual se les supone como el valor a los toreros), pero, por su condición de empresas –aunque sean a veces públicas-, también deben asimismo conquistar una cuota de mercado, o sea, de audiencia, o de ventas si hablamos de medios gráficos. Estos dos objetivos básicos –el puramente informativo y el comercial- son, en la práctica, difícilmente compatibles, y con frecuencia asistimos a la supeditación del primero por parte del segundo. Es decir, a la dejación de las tareas informativas en beneficio de criterios de rentabilidad. A lo anterior, hay que sumar su inmenso potencial político, que a nadie se le escapa. La tentación de poner los medios de comunicación al servicio de intereses políticos determinados, suele ser demasiado poderosa como para ser vencida.

Por otro lado, el cuarto poder, principal creador de opinión, llega a influir de modo tan poderoso en la población, que puede incluso condicionar sus apetencias “informativas”, para luego fabricar noticias a la medida de sus gustos.

Un caso reciente lo tenemos en la situación de violencia en el País Vasco, cuyo seguimiento por parte de los medios llega a ser tan desproporcionado y excesivo, que crea en la sociedad española –e incluso en una parte de la vasca- una imagen catastrofista y, sin duda, falsa. Tras dos décadas de cincel “informativo” han conseguido una talla que, aunque no se corresponda con el modelo real que supuestamente perseguían reflejar, se ha impuesto sobre este último en la visión colectiva de la sociedad española.

Y aunque los municipios vascos sean tranquilos y mantengan bajos índices de criminalidad y grandes niveles de seguridad ciudadana[11], el conjunto de los españoles no residentes en Euskadi considera peligroso transitar por sus calles.

Con los quinquis me inclino a pensar que ocurrió algo semejante. Ignoro si todos ellos –que debían ser malísimos- se han vuelto buenos en la actualidad, aunque me barrunto que sus delitos –en caso de cometerlos- ya no interesan demasiado, ni pueden competir en los medios con otras lacras, como el terrorismo, mucho más grave, terrible y, sin duda, “noticiable”.

Lo que sí sé es que esa identificación del merchero o quinqui con el mundo del delito, no le ha hecho ningún bien. Hasta el punto de que resulte difícil encontrar a alguien que se identifique como quinqui[12].

Eleuterio Sánchez, el famoso Lute, ha quedado para siempre como un icono de la España negra. Ningún delincuente moderno ha gozado de tantas páginas en prensa ni de tanto favor popular. Sus hazañas trascendieron las páginas de sucesos, y el cine, con Imanol Arias protagonizando este personaje casi legendario, ayudó a consolidar la imagen del fugitivo más famoso de este país.

A los medios de comunicación les gustaban los quinquis porque nuestra sociedad estaba ansiosa de los sucesos dramáticos y miserables que protagonizaban. El Benemérito Cuerpo los perseguía a conciencia, y la justicia se ensañaba con ellos.

Al parecer, los mercheros eran gente dura, armada, que salía a tiros y no se achicaba, como otros delincuentes comunes, cuando aparecían los tricornios. Eran la estampa viva del bandolero rural de otra época, algo que enlazaría con héroes populares y románticos que habitaron las más incultas serranías de nuestra geografía. La enemistad manifiesta de parte del pueblo llano con la autoridad, era proporcional en muchos casos a la simpatía con la que estos veían las fechorías de los bandoleros. Y, aunque a mucha gente, lo de los bandoleros rurales les suene casi a leyendas de un pasado remoto, lo cierto es que algunos han sobrevivido hasta comienzos del S.XX, con características muy semejantes a las que tuvieron sus precursores varios siglos antes. Sobre todo en la mitad sur de la Península, los casos de delincuentes queridos o temidos, pero siempre respetados por el pueblo, han sido numerosos.

Incluso ya en el S.XX, nos encontramos con sujetos como Francisco Ríos, el Pernales[13], que desafió públicamente al Jefe de la Guardia Municipal de la localidad andaluza de Puente Genil y fue a buscarlo al Casino Liceo para ajustarle las cuentas. Según cuenta José Santos, este policía, de nombre Francisco Carvajal, era el protector de los caciques políticos del pueblo y en el desempeño de sus funciones públicas era implacable, sanguinario y un tirano en la persecución de campesinos menesterosos. Sus palizas eran mortales y tenía bien ganada fama de matón agresivo amparado por las circunstancias. Pernales, sintiéndose defensor de los oprimidos, le desafió, reto que no aceptó Carvajal[14].

España siempre ha constituido un semillero de desgraciados que, generalmente impelidos por el hambre, han optado por echarse a los caminos, bien para pedir, bien para delinquir. Aquellos que se decantaron por esta última opción gozaron siempre de respeto y acabaron sus días muy dignamente, apuntillados por el garrote o de un tiro en enfrentamiento macho con la Pareja.

En la sociedad desarrollista y recientemente urbana del final del franquismo, pero todavía con sólidas raíces en la miseria rural que acababa de abandonar, los quinquis suponían la vuelta a los mitos de sus antepasados más inmediatos, al terror o a la admiración que el bandolero rural siempre despertó en nuestro país. De ahí que algunos hayan equiparado a estos quinquis de mediados del S.XX, con los agrestes bandoleros del S.XIX. Siempre se trata de tipos correosos que, como los gitanos de Lorca, andan por el campo solos.

Ha tenido que transcurrir una generación de asentamiento urbano para que la sociedad española olvide los terrores, fundados o míticos, que encogían el corazón de sus ancestros rurales. Y es que habitar la desolada planicie mesetaria puede dar mucho miedo.

Pero volviendo a la presencia de los quinquis en los medios, ésta se ha eclipsado del mismo modo que surgió unas pocas décadas atrás. Como el famoso refrán inglés “easy comes, easy goes”, el fenómeno quinqui, que tanto interesara hasta la Transición, ha desaparecido sin dejar apenas rastro.

En la década de los 70´ se publicaba “la España de los quinquis” y en sus páginas se preguntaba por qué no se les había concedido importancia hasta esas fechas. ¿Se han agrupado de pronto todos los quinquis para hacerse notar? (…) ¿O es que son tan bárbaros sus delitos que merecen destacarse de entre la restante delincuencia? (…) ¿Por qué los quinquis empiezan a saltar al conocimiento de la opinión pública a través, y cada vez más, de los medios informativos? ¿Por qué, de pronto, la sociedad empieza a preocuparse de ellos de forma tan intensa?[15]

Poco imaginaban los autores de este magnífico libro, que los días de protagonismo informativo de los quinquis estaban contados: Han desaparecido, una vez más, como ya lo hicieron tantas veces a lo largo de su clandestina y oscura historia. A la manera del Guadiana, a los quinquis se los ha tragado la tierra, y no sabemos cuándo ni dónde volverán a aparecer. Lo cierto es que los medios de comunicación han enmudecido y nos ha costado mucho hallar una sola noticia referente a ellos, que superase los tres renglones en las páginas de sucesos. Precisamente, el último recorte que hemos encontrado de cierta envergadura en un diario de ámbito nacional, da cuenta de un asunto de terrorismo etarra, en el que, al menos un quinqui, parece estar implicado.

No he podido sustraerme a la tentación de reflejarlo, aunque sea parcialmente, para deleite del lector o, cuando menos, como curiosidad.

El Mundo, Domingo, 26 de julio de 1998

Un etarra del «comando Madrid» pertenece a una familia de «quinquis» 

MADRID.- El etarra Jesús García Corporales, alias Gitanillo, miembro del desarticulado comando Laudo y del comando Madrid, procede de una familia que forma un clan quinqui llamado Los Corporales, que son delincuentes habituales desde los últimos años del siglo pasado[16], según se recoge en un informe del último número de la revista Guardia Civil. (….)

También son, según el citado informe, «grandes especialistas» en cometer delitos que precisan de una planificación anterior, seguidos de una organización posterior a la comisión del hecho delictivo para que éste quede impune, como el blanqueo y puesta en circulación de dinero falso, el robo de cajas de seguridad por el sistema del butrón o timos como el de la estampita.

Precisamente, según se recoge en el citado informe, fue a finales del siglo pasado cuando la policía detuvo a los patriarcas de la familia, José Corporales y Librada Fresnadillo, abuelos del etarra Gitanillo, que fueron fichados por la policía con las etiquetas de “topero” y “mechera”, es decir, acusados de robar mediante agujeros en la pared, el primero, y en establecimientos comerciales burlando la vigilancia de los empleados, la segunda.

Las generaciones venideras de la familia siguieron el ejemplo de los patriarcas de apropiarse de lo ajeno. Así, la mayor parte de los tíos carnales de Jesús García Corporales y la mayoría de sus primos han sido en muchas ocasiones fichados por la policía por robos e incluso por asesinatos.

Curiosamente, además, una prima hermana del etarra Corporales es prima a su vez del quinqui Pedro Pardo Romero, El Peleas, de la familia quinqui de Los patusos, asesinado por la banda terrorista ETA en 1984 en Bermeo (Vizcaya), donde regentaba el bar Gurea Dea. ETA justificó este asesinato alegando que El Peleas se dedicaba al tráfico de drogas.

Del buhonero al quinqui: de no tener un oficio a tener un mal oficio

“Quinqui” es el diminutivo de quincallero, es decir, aquel que elabora o comercia con quincalla. También son llamados quinaores, e incluso andarríos o buhoneros, pero, sería más propio hablar de mercheros.

Quinaores es como los designan los gitanos, con los cuales los quinquis han mantenido desde antaño una historia sumergida y paralela, repleta de encuentros y desencuentros. El término es de origen caló, y significa “mercader”, igual que el “mericator” latino, que estuvo en el origen de la palabra maragato[17]. Quinaor viene del verbo quinar, cuya traducción al castellano sería comerciar, mercar o comprar.

Merchero es el término más empleado para designar a los modernos quinquis. La opinión generalizada apunta a que viene de “mercha”, germanía que se traduciría por tela o género textil. Sin embargo, me parece más atinado emplazar su origen en la palabra castellana “mercero”, máxime cuando, como veremos más adelante, la hipótesis del mercero o vendedor de mercería, en el origen de lo que hoy llamamos quinquis, resulta la más verosímil.

Andarríos o buhoneros son dos términos en desuso, pero que fueron muy comunes para designar, en su conjunto, a los vagabundos de todo tipo y condición: desde el mendigo, hasta el feriante, pasando por el vendedor de baratijas; e incluso cómicos, actores, músicos y artesanos, con el único requisito de que todos ellos fueran ambulantes.

Estos tipos nómadas han sido siempre perseguidos y, en algunos lugares o en épocas conflictivas, se han dictado leyes durísimas contra ellos. La documentación al respecto es muy extensa y, en nuestro país abarca desde la baja edad media hasta mediados del S.XX. La abundancia de ordenanzas y disposiciones tendentes a evitar la proliferación de vagabundos, nos plantea la siguiente disyuntiva: ¿Eran tan nocivos estos desgraciados caminantes que había que acabar con ellos -o con su forma de vida- a toda costa? ¿O, simplemente, se pretendía evitar que una parte de la sociedad se volviese improductiva y se echase a los caminos?

Lo cierto es que estos vagabundos eran mirados con desconfianza por el pueblo y perseguidos sin descanso por las autoridades. Para el primero, podían suponer un peligro, pues, dada la pobreza de estos caminantes, su subsistencia pasaría por pedir o robar. Para los segundos, seguramente constituirían un ejemplo incómodo, unos transgresores que habían abandonado el arado y a su señor, y se paseaban en desnuda libertad por sus tierras.

Sembrar el recelo entre el pueblo llano y cosechar la antipatía de la nobleza, no les podía deparar nada bueno a estos desdichados. De ahí que se promulgaran infinitud de leyes, a fin de fijar la residencia de las personas, a encomendarles un señor y una porción de sus tierras que cultivar. Y podemos comprender, desde una óptica feudal, que esto fuera así. Lo que parece excesivo es que esta situación legal se prolongase hasta la edad moderna[18], aunque los castigos impuestos perdiesen severidad progresivamente con el paso del tiempo.

Por eso, es falso que la irrupción de los gitanos en la Península, nómadas por excelencia, sea la desencadenante de esta legislación restrictiva. Mucho antes de que se tenga constancia de la aparición de los gitanos, encontramos legislación de esta índole, como las Ordenanzas dispuestas en el Cuaderno de Hermandad de Vizcaya, del año 1.394[19] -cuerpo legal por el que se regía la provincia-, que son implacables con los vagabundos. Las penas son rigurosísimas y el ordenamiento procesal no establece ningún cauce para la defensa del reo.

El título núm. 40 de estas ordenanzas, encabezado “De los homes andariegos” establece que porque en Vizcaya hay muchos andariegos e non auen señores propiamente con quien sirvan (…) andan pidiendo por la tierra e faciendo otros muchos males e daños e desaguisados de lo qual se siguen gran daño e destruimiento de la tierra, por ende si el andariego fuere tomado que por la primera vez que yazga en el cepo seis meses e que por la segunda vez que mura por ello[20].

Desconocemos si la inclemencia que se desprende de esta ordenanza y de otras similares, es producto de la amenaza que suponían estos hombres sin residencia fija para los moradores de los poblados y sus bienes. Esto bien podría ser así en una geografía agreste e inculta, que escondía multitud de bandidos y salteadores de caminos. Pero también se insinúa la necesidad de acabar con los simples pedigüeños, por el mero hecho de serlo. O, sencillamente, por no trabajar.

Lo de no tener oficio ni modo de ganarse la vida es objeto de repudio social en nuestra civilización. Ya lo establece la Biblia en el libro del Génesis, que habrás de ganarte el pan con el sudor de tu frente. No obstante, también la limosna como caridad constituye un precepto bíblico, al cual se acogen a menudo estos pobres caminantes en su defensa. Pero no suele ser suficiente.

Por eso, cuando se menciona la ley franquista de Vagos y Maleantes como ejemplo arcaico, e incluso cierto asombro visto desde nuestra perspectiva democrática actual, olvidamos que esta ley no era sino la continuación de muchas otras equivalentes. Por ejemplo, la ley de “Vagos y Mal Entretenidos” (no me negaran que es un título precioso) del S.XVIII, que posibilitó una Real Resolución del año 1.781, mediante la cual se dispuso el recogimiento de estos colectivos por medio de levas.

Observamos cómo, salvo en el caso de gentes impedidas, llagadas o que presentan graves minusvalías, el resto de los mortales debe buscarse “por ley” un oficio para procurarse la existencia. El problema es que, como raramente renuncian a su carácter andariego, habrán de compatibilizar el desarrollo de este oficio con su régimen de vida nómada, lo que suele resultar complicado.

Otro tanto les ocurre a los gitanos, por lo que, desechando muchos trabajos, por ejemplo los de tipo agrícola[21] por las evidentes ataduras que comportan, habrán de dedicarse a actividades compatibles con el género de vida trashumante.

Curiosamente, todos estos trabajos susceptibles de ser desarrollados por quinquis y gitanos estuvieron proscritos hasta el S.XIX. Los artesanos, sedentarios y urbanos, se protegían en sus hermandades gremiales –a menudo de carácter hereditario, como las castas orientales- y no aceptaban nuevos miembros. Esto ya lo vimos con los agotes, que bien hubieran podido ingresar de no haber acarreado consigo el estigma de malditos, pues gozaban de buena consideración en sus respectivos oficios.

León Ignacio nos cuenta que los gremios se estructuraban por oficios y ejercían en ellos un severo control, procurando que se trasmitiesen de padres a hijos (…) No era posible, y menos para los trashumantes, conseguir que se les admitiese[22].

Aún así, los oficios -incluso ejercidos por estos gremios sedentarios y reglamentados-, nunca fueron aceptados como trabajos honrados por gran parte de la población, para la que aún pesaba el prejuicio medieval de que el hombre decente debía mantenerse con el arado y la yunta. Tanto es así que, en el último tercio del S.XVIII,  una Real Cédula declara que no solo el oficio de curtidor, sino también los demás artes y oficios de herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros de este modo, son honestos y honrados[23].

En realidad, ningún oficio obtuvo nunca buena consideración social. Hoy nos cuesta entender este extremo, pero así fue durante muchos siglos. No sólo ya algunos oficios que siempre estuvieron en manos “sospechosas”, como los de calderero[24] o curtidor, denostados en toda Europa y ejercidos por lo más bajo de la escala social.

Pero incluso otros -como el de platero u orfebre-, de corte artesanal y para los que se requería una gran preparación y destreza, fueron a menudo refugio laboral de moriscos o judíos.

La consideración social (fuera de las estructuras gremiales) no dependía de la cualificación que requería un oficio para desempeñarlo, como lo es hoy en buena medida con casi todos los trabajos. Podía ser tan denostado el oficio de molinero como el de maestro orfebre, al margen de sus distintas remuneraciones.

Pero, al menos, ciertos oficios ejercidos en ciertas condiciones permitían agremiarse a quienes los desempeñaban. De modo que podían atender alguna de sus necesidades colectivas más básicas o defender parte de sus derechos.

Esto no vale para los ambulantes: para ellos, los gremios serán unas organizaciones extrañas que encontrarán siempre enfrente. Las ocupaciones nómadas no llegarán nunca a la categoría –por mínima que fuese- de oficio. Por consiguiente, tampoco serán reglamentadas, salvo con vistas a su prohibición y erradicación, y los que las practiquen quedarán estigmatizados.[25]

En este apartado se encontrarían nuestros vagabundos, los andaríos y buhoneros que, con el paso del tiempo, llegarán a convertirse en una especie de merceros ambulantes. La venta de mercería parece ser su principal actividad, aunque la compaginan con muchas otras. El dialectólogo Ralph Penny explica que antiguamente, los habitantes del Valle del Pas dependían en gran parte para sus compras de los vendedores ambulantes (…) Al que arreglaba la quincalla se le llamaba “componedor”. Sin embargo, la palabra quincallero se empleaba para indicar al mercero[26].

En el ya citado “los Españoles pintados por sí mismos” también se nos presenta al buhonero como, esencialmente, vendedor de mercería. La estampa corresponde a mediados del S.XIX y dedica un buen número de páginas a describir con detalle a este tipo singular. Refiere su modo de vida, cómo va y viene por toda la geografía española aprovechando las ferias de los pueblos; cómo, a veces, es bien recibido, mientras otras es pasto de las chanzas y las piedras de la chavalería local; cómo, en definitiva, se gana la vida vendiendo baratijas o reparando lo que está al alcance de su industria y su talento.

También nos habla de su miseria, de sus harapos y su vida durísima. Hasta aquí, lo habitual. La novedad es que introduce unos pocos elementos que suelen ser pasados por alto y me parecen sumamente interesantes. El primero que cabría destacarse es  que, lejos de meter a todos estos nómadas en el mismo saco y tratarlos como una clase única y homogénea -como es lo habitual- el autor diferencia entre dos clases de buhoneros, que llama respectivamente “de alicates y taladro” y “de tijeras y vara de medir”.

El primero, “el de alicates”, tendría una consideración inferior al otro, pero, gracias a su trabajo y a cierto capital que ha invertido en género más selecto para su comercio, logra el tan ansiado ascenso social a “buhonero de tijeras y vara de medir”.

Es decir, según esto, le sería posible cambiar de status y de condición. El autor insiste en que éste es el desarrollo natural del buhonero, que a menudo comienza sus días siendo un paria vagabundo y los termina avecinándose en cualquier pueblo y ejerciendo de respetable comerciante.

Nos sorprende esta afirmación, pues nunca antes la habíamos oído. La creencia general es que los quinquis –o sus ancestros buhoneros- formaban una casta aparte, endogámica y con un marcado sentido de clase. Prevalece siempre la imagen del pueblo nómada, sumido todo él en una común miseria y carece de referentes individualistas que puedan medrar socialmente y cambiar radicalmente de estilo de vida.

Ahora, este autor, que nos ofrece quizás el testimonio más realista que tenemos de los buhoneros del S.XIX, nos presenta dos clases diferentes en su seno. Y si, como afirma, es cierto que muchos buhoneros terminaban sus días ejerciendo de comerciantes, debemos colegir que acabasen integrados totalmente en la sociedad –como asegura el autor-, con lo que habríamos de tirar por tierra todas las teorías modernas que apuntan a un pueblo poco permeable, al estilo del gitano, y con una endogamia característica que lo reafirma en sus diferencias.

Salir de la miseria y acomodarse hasta el extremo de poder decir que su vida no ofrece ya lances de la naturaleza de los que llevamos referidos, ni está sujeta a los azares y aventuras del que vive en la escasez y la miseria. Ya no necesita mi hombre vivir en cuadrilla ni acampar en despoblado: se ha casado con su compañera, y uno y otro han entrado gustosos en el estado normal y pacífico de los demás individuos de la sociedad en general; y sin embargo de que aun pueden considerarse como mercaderes ambulantes, toman vecindad en un pueblo cualquiera(…). En vez de llevar su tienda sobre el hombro, la carga sobre un buen caballo (…). En las ferias huye de los rodeos, teatro de sus antiguos glorias, y planta su venta en medio de la plaza bajo una decente tienda de campaña.

Sin embargo, como al buhonero no se le olvidan tan fácilmente las malas costumbres de la vida pasada, le gusta mucho hacer de vez en cuando algunas excursiones al reino de Portugal o a Gibraltar en busca de géneros de ilícito comercio. (…) la vida peligrosa y comprometida del contrabandista le es sumamente agradable, y aún se cree que adopta este sistema como método higiénico; pues dice él y dice bien, que el estado pacífico y sedentario de comerciante destruiría muy pronto la salud del que ha llevado siempre una vida agitada y de movimiento.

Vemos al buhonero transmutado en comerciante “legal” e integrado en la sociedad, si acaso echando de vez en cuando una canita al aire. Como si le quedase la morriña de sus días a la intemperie y de los peligros que comportaban sus antiguos negocios. El autor ha relatado previamente los muchos trabajos y penurias padecidas hasta conseguir este nuevo estatus y un buen número de delitos cometidos, bien ellos solos, bien en conchabanza con los gitanos con los que de antemano tienen hecha alianza.

La guinda la encontramos en la descripción del juego del tril, que el autor aquí llama yesca, pero que, a tenor de los datos que aporta, parece ser el mismo timo o uno muy parecido al tril actual. Por supuesto, intervienen los “gachos”[27] y toda la acción se desarrolla tal cual la podemos observar en nuestros días en la céntrica glorieta de Atocha o en las inmediaciones del Rastro madrileño.

Se mencionan asimismo, como propias de las costumbres del buhonero, otras estafas y hurtos varios. Aunque la peor parte se la lleva la buhonera, de quien se dice que cuando viene la noche a cubrir con su manto protector las flaquezas humanas, invade las cantinas (…) se relaciona con los consumidores de lo tinto y expende un género que, si no es de ilícito comercio, por lo menos no tengo noticia de que su nombre figure en ninguno de los aranceles vigentes.

Se insinúa, pues, que ejerce la prostitución, pero sobre su marido que lo observa y nada extraña, antes parece satisfecho del buen éxito de la expedición de aquel día, hace recaer incluso acusación más grave.

Todo esto, ya lo dijimos, sucede hasta que nuestro buhonero en cuestión se ha establecido, pues, como añade luego, la moralidad de sus costumbres parece que está en razón del aumento de su fortuna; y no es extraño ver convertido en ciudadano honrado, pacífico y útil a la sociedad el que fue siempre su enemigo.

O sea, que la condición de quinqui no es un camino de no retorno, como pudiera ser la pertenencia a otro pueblo estigmatizado. Aquí, el autor entiende la condición de los buhoneros como una profesión más: si se quiere peor que los oficios regulares, pero como un modo de ganarse la vida al fin y al cabo, lejos de considerarlos como una raza o un pueblo aparte, como se hizo en este mismo libro que estamos citando, cuando sacaron a colación a los maragatos.

La tendencia, cada vez más acusada, a presentar a los quinquis como un pueblo diferenciado étnica y culturalmente, equiparable por ejemplo a gitanos, maragatos, agotes, etc., es muy moderna. ¿Será que, a su vez, los quinquis (como hoy los conocemos) han tomado conciencia de serlo, o de su pertenencia a un pueblo, en fechas muy recientes, pongamos en los últimos dos siglos?

Es difícil aventurar una respuesta. Pero cuanto más se profundiza en su historia y más hilos encuentran su madeja original, más se evidencia su poca homogeneidad como pueblo. Lo único que siempre hallamos es el rechazo que suscitan sus actividades, mucho mayor que el que provocarían ellos en sí. Me explico: agotes, judíos, pasiegos, vaqueiros, gitanos, son denostados y segregados, generalmente, al margen del oficio que ejerzan o de la vida que lleven.

La xenofobia se halla presente en todo lo que se relaciona con ellos. No importa lo que hagan ni cómo lo hagan. Se les discrimina por lo que son. En los quinquis no parece obrar del mismo modo, o al menos, con tanta intensidad.

De hecho, la mayoría de la población entiende que los quinquis no son un pueblo ni una raza ni una etnia, sino que únicamente serían delincuentes comunes.

Origen

Nada sabemos con certeza sobre el particular. Pero las principales hipótesis apuntan, bien a una rama desgajada del tronco gitano en fechas desconocidas, bien a grupos inconexos de vagabundos que recorren la Península desde el siglo XV o XVI, o bien a grupos de moriscos que, expulsados de sus tierras y perseguidos, se echan a los caminos. Cabría sugerir otra posibilidad, que establecería su origen en una mezcla irregular de estas tres anteriores y alguna más, en la que también entrarían toda suerte de pícaros, tullidos, titiriteros y demás gentes mendicantes.  Analicémoslas.

La rama perdida de ese sólido y plural pueblo que es el gitano, fue quizás la que más aceptación tuvo hasta hace unos pocos años. De hecho, algunos cronistas hasta el S.XX asimilaban los quinquis a los gitanos, o se referían a ellos como “gitanos blancos”. Pero a la luz de un examen más detenido, nos damos cuenta de que, por muchas similitudes que presenten ambos pueblos, éstas responden únicamente al estilo de vida coincidente.

Es decir, los muchos aspectos casi idénticos son de naturaleza cultural, en su mayoría producto de la adaptación a un modo de vida análogo. Enfocar nuestro análisis para determinar su procedencia desde estas similitudes -que son, a todas luces, resultado de su adaptación al mismo medio-, sería tanto como determinar que un delfín y un pez son animales que comparten idéntico origen, a causa de su aspecto y sus pautas de comportamiento comunes.

Por tanto, creemos poder descartar la hipótesis que sugiere la procedencia caló, por mucho que ésta haya gozado de gran aceptación.

Respecto a su origen morisco, las cosas ya no están tan claras. Si bien es cierto que nuestros modernos quinquis no presentan rasgos físicos que recuerden al magrebí actual más de lo que sería habitual en la generalidad de la población española, tampoco podemos caer en el error frecuente de asimilar las características físicas de los actuales norteafricanos con la de los moriscos españoles de los siglos XV o XVI.

Por lo que sabemos al respecto, no existía un tipo único de morisco, sino que, más bien, éste se correspondía con los diversos tipos étnicos que se daban en gran parte de la Península. Recuérdese que hubo poblaciones muy importantes de moriscos, incluso en fechas tardías, no sólo en las Alpujarras, sino también en toda la cuenca mediterránea, en el valle del Ebro, en Soria, etc., y también algún foco importante en lo que hoy sería Castilla-León y, por supuesto, en toda Andalucía y la Mancha.

Es decir, en casi todo el territorio que hoy conocemos por España. Algunos de estos moriscos, o mejor, algunas comunidades, se integraron con mayor o menor fortuna, otras salieron de forma masiva de la Península, pero otras abandonaron sus antiguos núcleos de población, y su suerte y paradero fueron engullidos por la historia de los parias que nunca llegó a escribirse.

Emilio Temprano nos explica cómo, con el S.XVI nace una nueva figura: el morisco. Los moriscos, descendientes de los musulmanes españoles, convertidos al cristianismo en 1501, en Castilla, y en 1526, en la Corona de Aragón, constituirán una minoría incómoda. En algunas zonas, su número alcanza cifras relevantes. En el Reino de Aragón, la población morisca supondrá aproximadamente un 20% del total[28].

Sabemos que una parte considerable de estas poblaciones moriscas no pudo o no quiso integrarse en la nueva sociedad cristiana y pasó a engrosar las capas sociales más humildes. No es de extrañar que muchos moriscos se enrolasen en estas caravanas de desgraciados nómadas.

Se presume que algunos de estos moriscos que abandonaron sus tierras pero continuaron en la Península, pudieron engrosar la cohorte de miserables que recorría los caminos. Es más que probable. Pero tampoco tenemos constancia alguna de que su número, por importante que fuera, condicionase las características de estos grupos de vagabundos hasta el punto de ser percibidos como moriscos.

Es decir, en las crónicas de época se nos habla de gentes vagabundas, sí, pero no de moriscos vagabundos. Así como a los gitanos se les llama por su nombre o por otros por los que fueron conocidos, nada hace referencia a moriscos vagabundos. Debemos suponer que las gentes de la época sabían muy bien diferenciar un morisco y estaban siempre prestas a denunciarlo o, por lo menos, a etiquetarlo como tal. Por tanto, alguna mención expresa tendríamos, de haber sido el caso.

Tampoco en siglos posteriores encontramos el menor vestigio de que grupos étnicos diferenciados vagasen por los caminos, con la excepción siempre presente de los gitanos. Por ejemplo, en 1.783, una Pragmática Sanción establece las nuevas reglas para contener y castigar la vagancia de los hasta aquí llamados gitanos o castellanos nuevos. Y así lo dictamina, para que quede claro a quiénes se refiere. Del mismo modo y en la misma fecha, una Real Cédula ordena que no se permita que los buhoneros y los que traen cámaras obscuras y animales con habilidades, anden vagando por el reino sin domicilio fijo.

En esta cédula, especifica que se trata de buhoneros, aunque, habitualmente identifiquemos “las cámaras oscuras y los animales con habilidades” como oficios típicos de gitanos.

Siempre queda de manifiesto que se trata de gente vagabunda, pero también es muy común que se especifique si se trata de gitanos, de buhoneros o de ambos, como parece deducirse de la cédula anterior.

Existe abundante documentación alusiva a buhoneros y a gitanos en la que se indica claramente a qué colectivo pertenece cada uno. No obstante, la terminología suele variar en el caso de los gitanos, pues, en los documentos más antiguos, se les conoce por egipcianos o similares, mientras que ya en el S.XVIII son llamados incluso “castellanos nuevos”, como vimos[29].

También observamos cómo se repiten las acusaciones contra gitanos y buhoneros, así como se mantiene en lo esencial su estilo de vida. Incluso parecen cometer los mismos delitos, sobre todo robos y estafas, muchas veces relacionadas con el ganado caballar. De ahí que, tanto a gitanos como a quinquis, e incluso a algunos bandoleros sin filiación determinada, se les llame también “caballistas”, término que ha perdurado hasta nuestros días.

Dado que en muchos pleitos suele indicarse su procedencia étnica, podemos seguir este curioso rastro, así como en las leyes que se dictan contra ellos. De esta forma, también averiguamos por qué nombre son conocidos en cada momento y cada lugar, aunque a menudo se emplean varios para designarlos.

Por ejemplo, en la ejecutoria de un pleito de 1.523, ya se nombra a dos mujeres, según el documento “egipcianas”, acusadas de robar en casa de Inesa de Osinaga, vecina de Oñate[30]. Y otro tanto se hace con los buhoneros identificados como tales. De este modo, podemos hacernos una idea de la vida que llevaban, a tenor de los delitos de los que se les acusa.

Algunas sentencias resultan tan reveladoras como una del S.XVIII, por la que se condena a dos buhoneros –y viene especificado así junto al nombre de cada sujeto-, a presidio en África y confiscación del género, por un supuesto fraude en la saca y extracción de género vedado hacia Castilla confiscado en la aduana de Cantabria[31].

Es decir que, mientras queda perfectamente claro que se trata de buhoneros y podemos deducir a qué se dedicaban (entre otras muchas cosas), no encontramos referencias sobre su supuesto carácter morisco, que no habría escapado a los ojos expertos en resaltar todo lo negativo que encontraban en estos vagabundos. Máxime a los ojos de los españoles, como decíamos, expertos en descubrir cualquier “tic” judío o morisco en sus paisanos.

Tampoco se refleja en su argot, o cuando menos, no nos ha llegado nada que haga pensar en una influencia idiomática de antiguos moriscos, pero la idea de que procedían de los seguidores de Alá ha estado, y está todavía, muy extendida[32].

En “Los Españoles pintados por sí mismos” se nos dice que cualquiera que haya leído las descripciones que hacen los viajeros de los aduares o campamentos ambulantes de los árabes del desierto y vea un rancho de buhoneros, hallará entre aquellos y estos una semejanza extraordinaria[33].

La verdad es que el autor nos remite a lecturas sobre descripciones que hacen los viajeros, lo que no parece muy objetivo para señalar afinidades ni orígenes comunes, pero abunda en la idea del parecido y señala otros elementos más precisos. A renglón seguido,  declara que los buhoneros con su vida nómada y errante, sus campamentos en despoblado y donde la noche les coge, y sobre todo con los atrevidos rasgos de una fisonomía verdaderamente árabe, son el testimonio eterno de la larga permanencia de aquel pueblo entre nosotros[34].

Ahora ya ha hilado más fino, señalando rasgos físicos, aunque cabría preguntarse cuántos y qué tipo de árabes vio este autor del primer tercio del S.XIX, para hacer tales aseveraciones fisonómicas. Más bien, da la impresión de que mantiene una idea preconcebida y peyorativa de los árabes, que no se ajustaría demasiado a la realidad, si hacemos caso a otra frase con la que enfatiza esta idea de la afinidad original entre buhoneros y árabes:

Este modo de vivir, estas costumbres semisalvajes parecen demostrar que aún corre por sus venas la sangre de los descendientes de Ismael[35]”.

También es frecuente situar el origen de los quinquis en los grupos mendicantes que recorrían las principales plazas europeas en pos de una limosna, sin especificar su procedencia étnica original. Ésta es la hipótesis que nos parece más acertada y, sobre todo, más prudente, a la luz de los datos con los que contamos. Según esto, más que grupos étnicos concretos, se trataría de caravanas de desafortunados que, por una causa u otra, viven de la caridad o de sus (buenas o malas, según) artes. A su vez, algunos de ellos se especializarían en el ejercicio de diversos empleos compatibles con esta vida nómada y mendicante.

Es la imagen valleinclanesca, el coro de los mendigos de las Comedias Bárbaras que alzan sus voces quejumbrosas para implorar una limosna y se conducen en apretada vecindad como fórmula de supervivencia. Esta versión literaria, por sugerente que nos resulte, no puede eludir su reverso tenebroso: precisamente el que nos descubre la realidad de la miseria.

Recuerdo con nitidez y aún cierto escalofrío una imagen que me impresionó hace unos cuantos años, en un zoco marroquí. Una fila de mendigos levantaba sus escudillas invocando nuestra caridad, mientras relataban sus propias historias para conmover al paisanaje.

Yo no podía entender más que lo poco que me tradujeron (y me pareció terrible), pero, aún con su inmejorable puesta en escena -que incluía historia dramática, harapos, llagas y mucho más- la verdad es que conmovían muy poco. No obstante, ellos se mantenían impávidos, recitando su desgracia y ajenos a la actitud de la gente que pasaba a su lado sin inmutarse y, por supuesto, sin soltar ni una moneda.

Así estuvieron varias horas: a veces alguno tomaba la iniciativa, se adelantaba un paso y gemía, o profería algo en voz alta, a menudo sazonando su discurso con muy expresivas muecas de dolor. O un ciego golpeaba rítmicamente la tierra con su bastón mientras declamaba. Sus compañeros se mostraban en este punto respetuosos y enmudecían mientras éste o aquel interpretaba su “solo”, para luego, como en una banda de jazz, reincorporarse todos a la cantinela polifónica de lamentos, quejas y llantos.

Pues bien, de pronto, sin que mediase ningún gesto que yo pudiera apreciar, el grupo mendicante se puso en marcha. Los ciegos requirieron el bastón, los inválidos se incorporaron  ayudados de muletas forradas con jirones de tela, los menos lisiados lo parecieron ahora mucho menos, y todos juntos se perdieron en una calle que envolvía la mortecina luz del ocaso.

El paisaje era medieval, los mendigos eran medievales, pero, sobre todo, el olor era medieval. En aquel zoco de Marruecos vi a esos mendigos a los que muchos atribuyen la paternidad de los quinquis. Y podría ser. Pero no lo creo.

Llegados a este punto debemos elegir entre dos tipos de parias caminantes: éste de los mendigos, o el otro que vimos, el de la tribu de buhoneros. O, en otras palabras, el que vive de la limosna, o el que vive de su trabajo, aunque aquí se incluya eventualmente la comisión de diversos delitos. Tampoco podemos descartar que se trate de una mezcla de ambos, como sería probable.

En “La España de los quinquis” también se apuesta por esta idea, señalando que los quinquis no tienen un antecedente concreto y lo explican de la siguiente manera:

La erradicación masiva de toda clase de hampón y gente de cultura extraña a la cristiana, parece que supuso una fuerte fusión entre aquellos, al verse obligados a una convivencia en el peregrinar. Es en esta clase de vida descrita donde se fraguan gentes distintas al resto de la sociedad de su tiempo. Es a partir de aquí cuando a unas gentes que pululan por pueblos y ciudades empiezan a llamarlas “andarríos” y “vagabundos de Castilla” por motivo de su caminar de feria en feria, con sus juegos y quincallas. Estamos ya en la antesala del quinqui?”[36]

No debemos olvidar que, en esencia, son grupos de individuos misérrimos que ensayan fórmulas de supervivencia en un mundo hostil. Las ayudas para los más desfavorecidos, los subsidios de desempleo, la medicina y la educación universal, y todo el resto de ventajas sociales de que disfrutamos en la actualidad, son muy recientes, una novedad sin precedentes en nuestro país.

Hace no muchos años –imaginen hace unos pocos siglos- si no tenías forma de ganarte la vida, te morías. Así, sin más. Y un porcentaje de la población carecía, lógicamente, de manera alguna de ganarse el pan.

Pero, dado que el ser humano –y en este punto no suelen darse excepciones- propende a pensar en la muerte como lo último que ha de hacer (más aún si ésta sobreviene por inanición), aquellos parias pretéritos harían todo lo posible para escapar de la Parca.

En ese afán de supervivencia sin ningún medio, el robo, la picaresca, el comercio ilícito y demás engaños, se darían como algo natural. Ya lo dice, acertado como siempre, C. J. Cela, que a lo largo de la historia, todavía no ha podido determinarse si es más veces el vicio secuela del hambre, o el hambre correlación del vicio[37].

Para comprenderlo mejor, tendremos que imaginarnos la vida en nuestra piel de toro en la época renacentista. Lo que conocemos hoy por España era el eje del mayor imperio que el hombre ha creado. Pero, al mismo tiempo, el pueblo vivía en condiciones muy precarias, la sociedad estaba fuertemente jerarquizada y era mayoritariamente rural. La densidad de población venía a ser la cuarta parte de la actual, y el honor y el linaje constituían el principal patrimonio de la mayoría.

Por otro lado, todavía pervivían las viejas fórmulas feudales de ligazón del hombre a la tierra y una incipiente clase de artesanos comenzaba a instalarse en las ciudades. La gente de la época hacía malabares con sus apellidos, para que no mostraran rastro alguno de sangre impura –mora o judía-, y proscritos de toda condición vagaban por los caminos en pos de una limosna.

Además, el fuero particular de muchas ciudades impedía alojarse en ellas a quien no pudiese probar limpieza de sangre y los gremios artesanales mantenían rígidas políticas, con objeto de cerrar sus puertas a posibles advenedizos. Había pequeños campesinos que perdían sus tierras, enfermos de males contagiosos, desterrados, inculpados y despojados por el Santo Oficio, comunidades enteras de moriscos o judíos que se negaron a abandonar el país y trataron de hacerse pasar por cristianos viejos… Demasiados parias cuya única morada debía de ser el camino.

Lo que parece seguro es que, por muy parias que fuesen, se mostraran reacios a morirse. Para evitarlo, lo mejor sería, sin duda, agruparse, ejercer algún oficio a su alcance y vagar de un sitio a otro, ofreciendo lo pudieran ofrecer y distrayendo lo que se pudiera distraer. Una caravana que llegase de improviso a una población sería recibida con cierto recelo, pero siempre con interés. No había centros comerciales donde comprar baratijas, ni cine ni fútbol para entretenerse.

Llegaban los vagabundos y entre ellos habría juglares, bufones, barateros impedidos, tañedores, caldereros, zahoríes y muchos más tipos curiosos. El pueblo llano no viajaba porque era difícil, caro y arriesgado, y aquellos desarrapados traerían noticias, ciertas o inventadas, pero siempre fabulosas, de lugares exóticos. Venderían también múltiples objetos artesanales, contarían historias, echarían la buena fortuna o podrían trabajar esporádicamente en grandes proyectos colectivos, como una vendimia o una siega, o cualquier otra labor agrícola que necesitase de cuantos brazos se pudiera disponer.

Este modo de vida parejo al de los gitanos, debió ser el que llevaron las comunidades de vagabundos durante varios siglos, y cuya decadencia comenzó con el advenimiento de los modernos medios de comunicación y se acrecentó, hasta morir, con el trasvase del mundo rural a la ciudad, ya en el S.XX.

Los actuales mercheros cifran su ascendencia en más de doce generaciones. Muchas parecen. No obstante, de ser cierto el dato, situaría su origen en los albores del Renacimiento.

Bien mirado, poco importa su antigüedad, pues el misterio radica en cómo han llegado hasta nosotros con una forma de vida difícil de concebir en la actualidad. Probablemente, estén abocados a su desaparición en breve, cosa que no sé muy bien cómo interpretar, si con alegría o con disgusto. Porque siempre es triste ver desaparecer modos de vida tradicionales y diferenciados, pero la realidad es que, precisamente, esa forma de vida les ha conducido a un callejón sin salida. Un callejón, por cierto, donde convergen gran parte de las lacras de nuestra sociedad: delincuencia, analfabetismo, pobreza crónica… Miseria al fin.

Pero, ¿queda algo de los quinquis?

Los mercheros eran rurales y su vida era rural, y el abandono del mundo rural, dio la puntilla a su modo de vida. Los poblados de chabolas de las grandes ciudades se llenaron de quinquis. Convivían –y conviven- con gitanos y payos desheredados, aunque, por lo general, cada uno en su sitio.

Abandonar el carro y el camino, supuso también abandonar sus oficios tradicionales y buena parte de sus costumbres. La artesanía de cobre fue herida en una fábrica de acero y murió en una de aluminio. La venta ambulante de baratijas terminó en un local oriental de “Todo a Cien”, y el “tonto” y el “filo” que se trabajaban el tocomocho y la estampita, pasaron a mejor vida, -como en la célebre película de Toni Leblanc[38]-, cuando la gente dejó de llegar a la estación de Atocha acarreando desde su pueblo una maleta de madera atada con cuerdas. ¡Menos mal que nos quedan los trileros!

Sus costumbres, como es lógico, también han sufrido importantes variaciones. De una parte, han debido adaptarse a sus nuevas condiciones de vida, en un medio urbano y sedentario. De otra, el creciente poder del Estado se inmiscuye en su sociedad paralela e impone su control.

Sus transacciones comerciales, su identidad individual, sus relaciones contractuales con terceros… Todo acaba pasando por el tamiz de la administración y las diversas instituciones. No queda lugar fuera del Estado. No hay lugar para leyes propias ni arreglos al margen.

Del mismo modo, todo su mundo tradicional hace agua y, al igual que los gitanos, cada vez observan menos las leyes de sus mayores, fundamentadas en la costumbre. El quinqui, que ha vivido mucho tiempo separado del resto de la sociedad, comienza a mezclarse de manera masiva, si bien todavía lo hace –en general- con otros individuos procedentes de las capas más humildes.

Pero este dato no es baladí, pues el quinqui se solía mostrar reacio a estas uniones y ahora cada vez se suceden más matrimonios “mixtos” y, además, media el juzgado, cuando no es también la iglesia.

Pero este proceder no era tan frecuente hace unas pocas decenas de años, pues, como nos dice Jesús de las Heras los ajuntamientos[39] entre quinquis y gitanos o entre quinquis y payos son acogidos con recelo, así como a los descendientes de estas uniones, sin bien son aceptados en la comunidad. A éstos se les llama “entrevelaos” y el recelo es debido a que consideran al gitano más débil de carácter, más extrovertido, más suelto de lengua, y al payo como la “otra cultura”, como el representante de la sociedad que los ha marginado.[40]

Tampoco, hasta hace unos años, legalizaban sus uniones sentimentales, por lo que hablar de matrimonio en el sentido habitual quedaba fuera de lugar. Como, además, el quinqui era propenso a valerse de todo tipo de documentación falsa y a adoptar distintos nombres, a los hijos los bautizará y registrará con los nombres que use en cada momento. Todo ello cristalizaba en una enorme confusión, creada acerca de la identidad de los sujetos y de las filiaciones familiares.

En el plano espiritual, el quinqui no suele destacar por su religiosidad sino por todo lo contrario. Sin embargo, sí suele ser aficionado a las reliquias religiosas, a la imaginería y, en general, a los objetos de culto, por mucho que luego comercie con ellos sin mayores escrúpulos. La compra venta de todo tipo de mercancía, parece ser otro de sus fuertes, aunque el volumen de sus negocios haya sido raquítico, si lo comparamos con las transacciones comerciales que se suponen en un entorno profesional, como es su caso. Es decir, son buenos comerciantes y se han dedicado a esta actividad desde muy antiguo, pero, tradicionalmente, nunca han superado el listón de las baratijas.

Por lo demás, se les atribuye cierta maestría en el desempeño de algunos oficios característicos de su etnia, como sería la confección de objetos de cobre y latón, u otras habilidades de tipo manual.

Pero si en algo han destacado los quinquis, ha sido en la capacidad de sobrevivir, de valerse de cualquier recurso a su alcance, de adaptarse a las circunstancias más adversas y sacarles provecho en la medida de sus posibilidades. Amando de Miguel, tras leerse las memorias del Lute, declara que el texto es un canto a la capacidad de adaptación que tiene el ser humano[41].

Desde luego, los quinquis han dominado desde tiempos inmemoriales es el arte del disfraz. Los mercheros son auténticos camaleones, con una  capacidad casi innata para camuflarse, para resultar invisible en el follaje que constituye el resto de la población. Siempre han sido maestros en la difícil tarea de aparentar distintas identidades ocultando la suya propia, en aparecer un día como fulano y el siguiente como mengano.

Era muy habitual que cada miembro de esta comunidad respondiese a varios nombres y apellidos, lo que traía de cabeza a la autoridad responsable de identificarlos. Una misma persona podía desdoblarse en otras, que no sólo tuviesen distintos nombres y apellidos, sino que, además, se condujesen de manera opuesta, con personalidad propia en cada caso, y que ejerciesen oficios acordes con el personaje que en ese momento estuvieran representando.

Sabemos de algunos quinquis que resultaron auténticos maestros en la impostura, lo que les proporcionó la herramienta perfecta para llevar a cabo los múltiples timos cuya autoría se les atribuye, así como burlar a las fuerzas del orden que, aunque diesen con ellos, “buscaban a otra persona”.

Lo sorprendente es que, por mucho que se empleasen en su papel y por muy bien que lo ejecutasen, siempre retornaban a su antigua condición, la de quinqui, evitando transformarse en aquellas personas que se habían inventado, un calco de individuos anónimos  perteneciente al grupo dominante. En otras palabras, que, de haber querido, quizás hubieran podido mantener ese papel de por vida y haberse integrado en la sociedad.

A esto también les ayudaba su procedencia étnica –la misma que la del resto de los españoles, exceptuando a los gitanos- y su poca, si alguna, diferencia cultural o estética. Hay gente que asegura poder distinguirlos por algunos “tics” casi imperceptibles, como serían su forma de caminar, su forma pausada de conversar, su manera de mirar u otros elementos de esta índole. Convendrán conmigo en que nada de lo anterior resulta determinante para la adscripción de una persona a un grupo determinado[42] y suena a falso convencionalismo.

Hubiera bastado únicamente con desengancharse de su filiación quinqui para pasar a ser individuos corrientes y molientes. Sin embargo, lejos de sepultar con un tupido maquillaje social su condición original, los quinquis se han mantenido renuentes a abandonarla.

Sé que a muchos de ustedes, esta actitud no les sorprenderá y se preguntarán: ¿Por qué iban a renegar de su condición, si ésta les agradaba? Cierto, visto desde nuestra cómoda distancia social, muchos no encontrarán razones. Pero les aseguro que había. Y muchas. Repárese en la marginación a la que han estado sometidos, al control policial que muchas veces los ha puesto en su punto de mira, al recelo que producían en la población tan pronto los identificaba como quinquis… Por tanto, la actitud normal suele ser la contraria. O sea, que, como vimos en el primer capítulo, la gente trate de vivir lo mejor posible, y en ese empeño no dude en abominar de su pasado, cultural, étnico e, incluso, religioso, si constituye un obstáculo para su escalada social, o si comprueba que resulta una suerte de impedimento para ingresar en el grupo privilegiado.

Entonces, mientras algunos abandonan a toda prisa la nave en la que arribaron, para saltar a bordo de otra que consideran mejor o, cuando menos, más segura, los compañeros que compartieron singladura con ellos criticarán su actitud o los despreciarán por ello. Aunque muchos harán lo mismo en cuanto se les presente la primera posibilidad.

Este fenómeno es muy común. Para no herir sensibilidades cercanas, consciente de estarme adentrando en arenas movedizas, me referiré a dos casos curiosos que se dan fuera de nuestras fronteras. En algunas partes del sur estadounidense –sobre todo en California- encontramos ciudadanos de origen mejicano, pero ya de segunda o tercera generación en su país de adopción. Han nacido en USA y sus credenciales son las mismas que las de cualquier otro súbdito de esta nación. Por supuesto que deben todo la estima a su país y a sus conciudadanos, pero  resulta chocante la forma que tienen de hacer valer su patriotismo, sobre todo cuando discriminan a los que llegaron un poco después que ellos. Me refiero a mejicanos que, al igual que un día hicieron sus abuelos, cruzaron la frontera para aspirar a una vida mejor.

En este afán de diferenciarse de ellos, no pronuncian una palabra en castellano, se tiñen el pelo de rubio y algunos engrosan los cuerpos policiales encargados de custodiar la frontera. Los mejicanos recién llegados, tienen un nombre para ellos: “cucos”. Sin duda, aludiendo al particular comportamiento de estos pájaros cuyas costumbres son bien conocidas.

Otro caso característico y curioso es de los negros a quienes sus hermanos califican con un mote peyorativo: “oreos”. Estos “galletas oreo” son los negros que, habiendo abandonado lo que el resto supone “sus señas de identidad” –un par de décadas atrás se hubiera hablado de “su negritud”- se comportan como blancos. Esto es difícilmente entendible para nosotros, pero si habitamos un tiempo en una ciudad de USA con una cantidad apreciable de negros, enseguida caeremos en la cuenta de que, muchos de ellos se comportan de una forma distinta a la del resto de sus vecinos blancos. Comenzando por su lenguaje que con frecuencia deriva en formas dialectales urbanas con marcadas diferencias respecto al inglés original. Pero asimismo encontramos distintos conceptos estéticos y una sutil malla cultural que distancia a blancos y negros.

Pues bien, algunos de estos negros consideran que la única forma de escapar de la marginación secular que soportan los de su raza pasa por asumir como propias las señas de identidad de la clase dominante, en este caso la del blanco medio. Entonces, esos hermanos que dejaron en el gueto expresándose “a su manera”, es decir, “en negro”, los tildarán de “oreos”. Oreo cokies: galletas de esa conocida marca que se caracterizan por ser negras (de chocolate) por fuera, pero blancas (de nata) por dentro.

Volviendo a nuestros quinquis camaleónicos, ellos siempre han sido lo que han querido ser en cada momento. Pero pocas deserciones han sufrido sus filas. Eran quinquis porque así habían nacido y porque así lo querían. ¡Olé!

Los Caldereros mirandeses y la lengua del Bron

Mutil, achanta la mui” ¿No querían mestizaje? Pues toma: cucharada y media. Los reacios a las mezcolanzas idiomáticas deberán tener la boca callada cuando se les interpele así en la “Lengua del Bron”, una increíble jerga, curiosa en extremo. Y es que esta frase con la que comenzábamos, significa precisamente eso: “Chico, calla la boca”.

Pero lo sorprendente es que, si analizamos este texto, veremos que la primera palabra, “mutil” (chico), es vasca, mientras que “achanta” (calla) y “mui” (boca) vienen del caló.

Pero, además, debemos reparar en que los que tienen[43] esta lengua como suya son una especie de mercheros (caldereros), moradores desde antiguo en Miranda de Avilés, Asturias.

Así que ya lo tenemos: quincalleros establecidos en la “cuna” de España, que mezclan en su lengua palabras vascas, castellanas, francesas, calorras, latinas, bable, etc. Comparen con el tan de moda e integrador “espanglis”, y saquen sus conclusiones.

María del Carmen Aguirre, apoyándose en los testimonios de varios autores franceses del S.XIX, cuenta que algunos bohemios se hicieron sedentarios, forzados por las diferentes legislaciones que así lo exigían, y que incluso se mezclaron con los agotes, en este caso, llamados cagots.

De este modo se mantuvieron durante algún tiempo en varias localidades del País Vascofrancés y de las Landas, donde desempeñaron los oficios de cesteros, caldereros y carboneros; pero no abandonaron su afición a ser traficantes donde, dada su astucia, ganaban más dinero. Hablaban una lengua romana[44], de la que sólo conservaban algunas palabras mezcladas con otras francesas y vascas para hacerse ininteligibles a los demás[45].

No sabemos si aquí está el origen de estos curiosos caldereros. Pero todo parece apuntar a que, en efecto, eran en origen bohemios que, quizás provenientes de Francia, entraron a la Península a través del País Vasco y, recorriendo la Cornisa Cantábrica[46], llegaron hasta Asturias donde se establecieron definitivamente en uno de sus concejos, en concreto en Miranda de Avilés. Allí habita todavía Generoso Rodríguez, de casi cien años de edad, último hablante de esta particularísima jerga que conocemos como “bron”. Afortunadamente, Jose Manuel Feito Álvarez se ha echado al hombro, de forma totalmente desinteresada, la difícil misión, primero, de aprender este dialecto, y segundo, aún más encomiable, de enseñárselo a sus conciudadanos ejerciendo de profesor del mismo.

Los caldereros llevan mucho tiempo viviendo en Miranda. Encontramos documentada su presencia como grupo mayoritario en esta localidad en el S.XVIII, pero todo parece indicar que, en fechas más tempranas, también constituían los caldereros una parte muy importante de la población. Existe abundante documentación al respecto y sabemos que la ocupación tradicional del pueblo ha sido siempre la artesanía, bien la alfarería o bien, mayoritariamente, la calderería. A su vez, hasta fechas recientes, se ha dado un comercio relacionado con estas actividades, que incluía el desplazamiento a poblaciones vecinas y regiones aledañas, incluidas Galicia y Castilla.

Los caldereros de Miranda eran sedentarios, y sólo algunos salían con sus recuas y sus enseres al camino, pero siempre regresaban a su lugar de origen, como los maragatos. Aunque en Asturias, también los vaqueiros practicaban con asiduidad la arriería, de forma similar a como supuestamente lo hacían estos caldereros.

Estas prácticas no constituyen ninguna anormalidad; si acaso, la costumbre inquebrantable durante siglos de retornar después de cada viaje a Miranda, en contradicción con las prácticas nómadas de la mayoría de los caldereros que, junto con otros mercheros y a veces gitanos, recorrían la Península sin domicilio fijo, todo lo más, valiéndose de campamentos estacionales.

Pero entonces, si estos caldereros se pueden considerar prácticamente oriundos de esta población asturiana, si sabemos de su presencia continuada en la misma desde hace unos cuantos siglos, ¿de dónde sacan su idioma? ¿Dónde y cómo aparece el bron?

Sabemos que el bron mantiene cierto grado de parentesco con otro dialecto que se habló en Auvernia (Francia), también por caldereros. Se especula con la posibilidad de que ese mismo grupo humano fuese el que se desplazó hasta Miranda, en Asturias, lo cual es tan probable como improbable, habida cuenta de que los buhoneros nunca han formado grupos homogéneos ni han dejado tras de sí un registro nítido de sus andanzas, hasta fechas recientes. Luego podían ser perfectamente otros, los grupos que se asentasen en Miranda. Quizás provenientes de otra región más sureña que la propia Auvernia, como la Baja Navarra, donde también sabemos de su presencia. Suponemos que estos dialectos de los buhoneros serían similares a los hablados en la Península por quinquis y por gitanos, es decir, con una base común y con ciertas palabras o expresiones propias de cada región donde permaneciesen durante un tiempo suficiente.

Además, los lenguajes exclusivamente orales, poco sujetos a reglas de ningún de tipo, son extremadamente cambiantes y movedizos, por lo que resultan muy permeables a cualquier influencia idiomática externa. De ahí, que el bron pudiera ser no más que una rama desgajada del frondoso árbol, que hace un par de siglos, debió de aglutinar a todas estas formas dialectales habladas por los buhoneros.

En esencia, pese a las lógicas variaciones, la base de esta jerga es la misma que observamos en lo que los mercheros actuales denominan “caliente”. Es decir, caló un tanto desnaturalizado, con gramática romance, castellana en este caso. Lo más curioso del bron es que sería algo así como un argot “reliquia”, en el que encontramos los elementos más variopintos, desde un punto de vista idiomático: desde cultismos latinos, hasta euskera, pasando por el francés, el castellano, el bable y, desde luego, mucho caló.

Pero no hemos contestado a la pregunta del millón. ¿Cuándo aparece este dialecto tan local? Porque si se especula con la posibilidad de que los caldereros lleven en Miranda, por lo menos, desde el S.XVII, ¿cómo es posible que el bron, en teoría aislado de otros dialectos calós, se parezca tanto a la jerga merchera moderna, si exceptuamos esos términos a los que aludíamos recogidos del euskera, del bable o del francés?

Porque no debemos olvidar que el bron comparte la gramática castellana, algo relativamente reciente en el caló, que sería la base de todas estas germanías de mercheros. Es decir, en el S.XVII, el caló era todavía romaní, similar al que hoy sólo podemos encontrar en algunos puntos de los Balcanes o de Europa central, que conserva todavía su gramática original –aunque evolucionada, lógicamente- hindú. Mientras que en el resto de Europa, lo que incluye por supuesto a la Península, el romaní original se desnaturalizó cuando tomó prestada la gramática de las lenguas mayoritarias locales.

Parece ser que hasta el S.XVIII, quizás el S.XIX, el romaní en España todavía conservaba su gramática y era una lengua ininteligible. Por lo visto, fue en Cataluña donde más se resistió a perder su pureza original y, de hecho, se mantuvo una forma dialectal “pura” hasta casi el S.XX. En todo caso, lo que sí sabemos es que la germanía patibularia en España, pronto comenzó a adoptar términos calós o romanís, algunos de los cuales se han incorporado al lenguaje coloquial, desprovistos ya de cualquier connotación, como podría ser “chaval”. Otros, también muy aceptados, mantienen un áurea de modernidad, de movida de los 80´, como trena (cárcel) o menda (yo). Muchos de estos términos han sido empleados hace más de un siglo por Valle, o más antiguamente, por Quevedo o por Lope. En realidad, se incorporaron a la germanía del S.XVII y han sobrevivido manteniéndose de forma subterránea a veces, pública otras, hasta hoy, sin variar en un ápice su significado.

Los caldereros de Miranda llaman al resto de la población “payos”. Sin embargo, ellos no son gitanos. Tampoco son realmente mercheros o quinquis, tal como los conocemos hoy. Pero se dedicaban a lo mismo, hablaban un particular “caliente” y mantenían ciertas formas endogámicas características de este pueblo. Que el bron esté relacionado con otros dialectos de mercheros, buhoneros o quinquis, incluso fuera de nuestras fronteras, no hace sino reafirmarnos en esta idea. Entonces, ¿cómo es posible que hayan vivido de forma estable y sedentaria en el mismo pueblo desde hace más de tres siglos, y, sin embargo, hablen este dialecto?

Necesariamente, en algún momento, un grupo numeroso de caldereros vagabundos tuvo que llegar a esta población. Nadie se refiere a esto, ni tenemos ninguna constancia documental, pero es la única solución al problema que se plantea tratando de averiguar el origen de este dialecto y de la gente que lo hablaba.

Argot

Después de reseñar la particular Lengua del Bron, nos hemos metido de lleno en el habla de los quinquis, o mercheros en general. Como todo grupo humano, han desarrollado a través de su historia una jerga[47] que, sin embargo, hoy día nos resulta casi imposible de deslindar del argot patibulario, muy extendido en ciertos sustratos sociales.

Los mercheros modernos dicen “hablar en caliente” para referirse a su argot, pero éste, en poco –si algo-, se diferencia del que podemos escuchar en labios de miembros de otros colectivos enraizados en ambientes delictivos o barriobajeros. Al margen, pues, de que sean mercheros o no, todos ellos hablarán un argot común en lo sustancial, más sujeto a modismos coyunturales que a singularidades grupales. Podemos advertir que, desde hace al menos cinco siglos[48], una corriente idiomática sumergida se mueve en paralelo con el castellano aceptado como convencional y correcto en cada época.

Algunos de estos términos, en origen marginales, se han abierto un hueco e incorporado al idioma “aceptable” y aceptado por la mayoría, o han sido salvados de la quema una vez han quedado recogidos por la Academia. Por el contrario, otras palabras o expresiones continúan resultando malsonantes, aunque lleven sonando sin parar en los oídos de muchas generaciones.

En cuanto a la jerga quinqui, no podemos decir que les pertenezca en propiedad, si esto fuera aplicable a cualquier lengua del mundo. Pero en este caso, el fenómeno de la mezcolanza está, si cabe, mucho más acentuado de lo que se podría suponer.

Para empezar, no sólo los quinquis hablan esta supuesta jerga, sino que se emplea, en mayor o menor medida, en todos los ambientes marginales. Tampoco tiene una identidad propia dialectal, sino que es una curiosa mezcla de germanía, caló y variedades regionales del castellano.

Muchos de los términos que se podrían atribuir a los quinquis, son en realidad palabras correspondientes a un argot de paternidad desconocida, aunque a veces muy antiguo, sin que ningún grupo o dialecto pueda reclamarlos como propios. Por último, encontramos también gran cantidad de palabras que se mantienen con pequeños cambios e igual significado, mientras que en otras varía éste en distinta medida. Por ejemplo, “clisos”, en caló, equivaldría a ojos. En argot moderno hablado por gente de baja estofa, sería gafas. En bron, en vez de “clisos”, se dice “clisantes”, con su significado original caló de ojos. Otros términos, como “trena”, no habrían cambiado y significan lo mismo en germanía actual, en germanía antigua[49] en caliente, en bron y en caló: Cárcel.

Resulta muy difícil encontrar glosarios de términos quinquis. Y muy aventurado recogerlos, pues en este afán compilador se propondrán una gran cantidad de términos cuya procedencia, o no está clara, o pertenece a otra forma dialectal, sobre todo al caló moderno.

Lo más común es que, al igual que para mucha gente, el término quinqui equivale a delincuente, se suponga, por extensión, la jerga delincuente como la propia del quinqui. Lo curioso es que esta jerga, en principio clandestina, acaba escalando posiciones sociales y se incorpora en parte al lenguaje coloquial de la juventud proveniente de las clases medias y altas. Este proceder lingüístico, que puede obedecer a un natural espíritu de rebeldía, resulta muy común y puede acabar siendo aceptado como argot coloquial de toda la sociedad. ¿Quién no conoce el significado de jalar o jamar, por comer? ¿O el de gachó, por hombre? ¿O el de chorizo, por ladrón? ¿O el de afanar por robar?

Sin embargo, otras palabras mantienen su primigenio carácter ininteligible para la gran mayoría de la sociedad, y el hecho de conocerlas y, sobre todo, emplearlas, puede resultar sintomático y delatador. Me refiero a aquellos términos que no han traspasado aún el perímetro de la barriada chabolista, los barrotes de la cárcel o el ámbito impermeable de la delincuencia pura y dura. Muchas provienen del caló moderno, urbano y degenerado, y otras no sabemos muy bien de dónde.

Me he tomado la libertad de comparar dos glosarios de parecida extensión que se ofrecen al final de sendos libros. Uno está en “la España de los quinquis” y el otro, en un libro titulado “Antología del timo”, escrito por un policía.

En el primero, se nos ofrecen supuestos términos de la jerga quinqui o caliente. En el segundo, se recoge lo que su autor denomina “jerga del timador”.

Para no aburrir al lector con demasiados datos, he tomado una sola letra, en este caso la “B”, puesto que ambos libros recogen 27 entradas para la misma. Coinciden diez términos, que serían:

Bastes: Dedos (origen caló)

Bata: Madre (origen caló)

Bato: Padre (origen caló)

Berrear: Delatar, irse de la lengua, confesar.

Boquera: Funcionario de prisiones.

Breje: Año (origen caló)

Bul: Culo, ano (origen caló)

Burda: Puerta.

Butrón: Agujero (en caló sería “abismo” o algo muy profundo)

Butrona: Ventana.

Al menos cinco, o sea, la mitad, son de origen caló. Los otros son argot antiguo. Los recoge también María José Llorens[50] en su “Vocabulario de Germanías”, salvo el término “boquera” (funcionario de prisiones), que no lo cita. Sin embargo, sí recoge la palabra “bochero”, que define como ayudante del verdugo.

Las voces relacionadas de algún modo con la delincuencia son muy comunes a todos estos glosarios, lo que nos da la pauta general de sus hablantes. Del mismo modo que, si tomamos un vocabulario pasiego, por ejemplo, apreciaremos en el mismo una gran cantidad de palabras relacionadas con el ganado o con la vida rural. Es decir, las lenguas se hacen en función de las necesidades de sus hablantes. También cabe suponer que, consecuentes con su condición de pueblo proscrito, los mercheros empleasen masivamente términos calós, precisamente para mantener su conversación en la intimidad de lo ininteligible. Máxime, a sabiendas de que, por la parte gitana, tenían poco o nada que temer, estando este pueblo tanto o más castigado que el suyo. Su lenguaje se convertiría así en un parapeto, en un refugio.

Otra posibilidad es que, a causa de su trato y sus estrechas relaciones con el pueblo gitano, acabasen encontrando una suerte de “esperanto” o una lengua híbrida que les permitiese entenderse con ellos, tomando las palabras del caló aunque no su gramática. Podemos suponer que, hace tres siglos, muchos gitanos –por supuesto sin escolarizar y algunos de ellos sin demasiado contacto con el resto de la sociedad- no hablasen otra lengua que el romaní, o tuviese dificultades para expresarse en castellano. Por otro lado, es más que posible que los quinquis y buhoneros de la época, se bastasen con una parte del  vocabulario romaní, sin necesidad de entrar en honduras gramaticales ni sintácticas, para hacerse entender con los gitanos.

Estos procesos idiomáticos son bastante comunes: se aprende el vocabulario de una lengua, pero no su gramática. Esto lleva a hablar de la forma en que aquí conocemos “como los indios”, en referencia a como se expresaban los indios en aquellas viejas películas del Oeste. En efecto, fue el caso de algunos indígenas americanos, que, del mismo modo, aprendieron muchas palabras del rostro pálido, pero las engarzaban en su particular gramática, muy alejada de la inglesa. Este fenómeno se repite en las situaciones en las que conviven dos idiomas con raíces muy distantes y, por supuesto, gramáticas, asimismo, poco a nada semejantes. Sabemos que, en muchos puntos del País Vasco, también se ha dado esta situación, bien con vascoparlantes que hablaban el castellano “como indios”, bien, al contrario, con castellanoparlantes que, como trataban a menudo con euskaldunes que tenían dificultades para expresarse en castellano, hablaban con ellos en un euskera castellanizado o en un euskera “de indio”.

Así pues, todos los indicios nos llevan a pensar que fue de este modo como los primitivos dialectos calós perdieron su gramática original y se configuró una suerte de jergas marginales que, aunque con una base común en el romaní, han adoptado definitivamente la gramática castellana. Una de estas jergas sería “el caliente” merchero, hoy herido de muerte en las catacumbas del arrabal.


[1] Amando de Miguel Autobiografía de los españoles  Ed. Planeta, Barcelona 1997

[2] En este caso, culturales, pues, como veremos, los quinquis no se diferencian en otros aspectos.

[3] En el Buscón.

[4] En La España de los quinquis, se propone el número de 50.000 para cifrar la población de quinquis “según estimación policial”, y agrega a continuación que “otras fuentes privadas hablan de 200.000 individuos”.

[5]  La lengua gitana o Romanó, sería la propia de todos los gitanos del mundo. De ella han surgido distintos dialectos, generalmente como variaciones regionales. Algunos, como nuestro Caló, mantienen buena parte de los términos originales en Romanó, pero utilizan la gramática y la grafía del idioma dominante en la región, en el caso del Caló, la castellana. Otros de los más importantes dialectos gitanos son el Sinto,  Kalderash, Lavará y Manúsh.

[6] En concreto, en Miranda, pero no en Miranda de Ebro, como los sitúan por error algunos autores, entre otros León-Ignacio en su libro “Los quinquis”.

[7] Prefiero hablar de la Península, pues la frontera hispanoportuguesa ha sido la única habitualmente transitada por grupos de estas características.

[8] En su discurso  de ingreso en al RAE, titulado “Retórica del periodismo”. Está recogido en el libro homónimo publicado por Espasa, en la colección Austral, en Madrid, 1985

[9] V.V.A.A. Los españoles pintados por sí mismos. Edición facsímil de la edición de 1.843. Editorial Dossat, Madrid 1994

[10] ÍDem

[11] Sólo debemos comparar el índice delictivo que presentan las capitales vascas con el resto de las ciudades españolas.

[12] Todo lo más, como merchero, que es su vocablo favorito para designarse a sí mismos.

[13] Muerto por la Guardia Civil en el verano de 1.907. Contaba 36 años de edad.

[14]  José Santos Torres  El bandolerismo en España  Ed. Temas de hoy, Madrid 1995

[15] Jesús de las Heras y  Juan Villarín  La España de los quinquis Ed. Planeta. Barcelona, 1974

[16] Se refiere, lógicamente, al S.XIX

[17] Es la hipótesis que más consenso suscita en la actualidad.

[18] Todavía a mediados del S.XVIII, el marqués de la Ensenada, bajo el reinado de Fernando VI, promovió una de las persecuciones más violentas y sañudas contra los vagabundos en general y los gitanos en particular.

[19] Y sus equivalentes de Guipúzcoa del año 1.397

[20] Ordenanzas de Vizcaya de 1.394, recogidas por Mª del Coro Cillán Apalategui y Antonio Cillán Apalategui, en el Boletín de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, cuadernos 3 y 4. Museo de San Telmo, Donostia 1984

[21] Nos consta que, tanto gitanos como quinquis, han trabajado tradicionalmente en faenas agrícolas, pero sólo de modo ocasional, generalmente como temporeros estacionales en la recogida de frutas, en la vendimia, etc. Lo que nunca parecen haber hecho es cultivar la tierra.

[22] León Ignacio Los quinquis Ed. Bruguera Barcelona, 1976

[23] Archivo Municipal de Hernani. Fondo Municipal Histórico. Relaciones del Ayuntamiento. Relaciones con las autoridades civiles. Asuntos civiles.

[24]De los varios grupos marginados que actualmente existen en Europa, los más antiguos son los caldereros y restañadores ambulantes, a los que en el Tirol llaman karners,  jenichen en Francia y tinkers en Gran Bretaña. Asimismo, reciben otros nombres en los países escandinavos”. Ignacio León Los quinquis Ed. Bruguera Barcelona, 1976

[25] En este sentido, resulta singular el caso de los caldereros de Miranda, pues tenían un domicilio fijo, estaban censados y emprendían sus viajes de forma regular para vender sus mercancías, a cuyo término regresaban a su lugar de origen. Además, su actividad estaba regulada por las instituciones locales, con lo que constituían casi un gremio.

[26]  Ralph Penny El habla pasiega: ensayo de dialectología montañesa Tamesis Books, Londres 1970

[27] El autor se refiere a los cómplices con este nombre, igual que en nuestros días.

[28] Iñaki Reguera La inquisición española en el País Vasco  Editorial Txertoa, San Sebastián 1984

[29] Es curioso que, tanto gitanos como quinquis modernos, empleen con frecuencia el término “castellanos” para referirse precisamente a los payos, o a toda aquella persona ajena a su etnia.

[30] Archivo Real Chancillería Valladolid. Real Chancillería de Valladolid. Registro de Reales Ejecutorias. C 363/32

[31] Archivo Histórico Nacional (Madrid). Consejos Suprimidos. Consejo de Hacienda. Escribanía de Abuín. LEG 34316/ EXP.11

[32] A lo largo de este libro, de todas formas, ya estamos viendo cómo a casi todos los pueblos marginados –con la excepción lógica de los judíos- se les atribuye origen morisco: Agotes, vaqueiros, pasiegos o maragatos serían, para muchos autores, descendientes de moros.

[33] V.V.A.A. Los españoles pintados por sí mismos. Edición facsímil de la edición de 1.843. Editorial Dossat, Madrid 1994

[34] Ídem

[35] Ídem

[36] Jesús de las Heras y Juan Villarín. La España de los quinquis. Ed. Planeta, Barcelona 1974

[37] C.J.Cela  A Vueltas con España  Seminarios y Ediciones, Madrid 1973

[38] Este fue el gran actor español que,  en uno de sus papeles más recordados, inmortalizó al “tonto” del timo conocido como “La estampita”.

[39] Los mercheros, en sus uniones sentimentales, no suelen hablar de casarse ni de amancebarse, sino más bien de juntarse.

[40] Jesús de las Heras y Juan Villarín. La España de los quinquis. Ed. Planeta, Barcelona 1974

[41] Amando de Miguel Autobiografía de los españoles  Ed. Planeta, Barcelona 1997

[42] Mucho menos étnico, como a veces se pretende.

[43] Mejor dicho los que tuvieron, aunque ahora se intente recuperarla.

[44] Es difícil precisar si con “romana” quiere decir romance o latina, o se refiere a una lengua romaní o gitana.

[45] María del Carmen Aguirre Los agotes  Editado por la Diputación Foral de Navarra, Pamplona 1987

[46] Las diferentes rutas norteñas del Camino de Santiago fueron recorridas por caldereros y buhoneros varios. Esto es algo natural, en su afán de buscar caminos que, además, podían ofrecerles algo de protección, así como núcleos de población donde ejercer su industria. Además, esta ruta norteña, ligada desde antiguo a la siderurgia, era el lugar ideal para encontrar material, que luego pudieran transformar en calderos u otros objetos metálicos. La Cornisa era la auténtica “ruta del metal”, especialmente el País Vasco y Asturias, que son los lugares donde más presencia de caldereros encontramos desde antiguo.

[47] Cuando utilizo los términos “jerga”, “argot” u otros similares, no lo hago en sentido peyorativo, ni pretendo restarle valor idiomático. Tengo siempre presente que las jergas constituyen siempre el inicio de los idiomas, del mismo modo que el castellano, al igual que el resto de las lenguas romances, también fue una jerga en origen.

[48]  Dejando aparte los varios volúmenes que recogen jergas populares publicados en España, algunos muy apartados en el tiempo, constatamos la existencia de este habla popular en todos los escritores costumbristas que este país ha dado. Pero, sobre todo, contamos con dos fuentes de lujo, y me refiero a Quevedo y a Valle. Con su finísimo oído, recogieron términos populares de su época que, transcurrido el tiempo, nos siguen sonando tan modernos como sumergidos y, para muchos recatados oídos, inaceptables.

[49] Lo recoge Valle en “La Corte de los milagros”.

[50] Este vocabulario se halla en el mismo tomo, tras su Diccionario Gitano, que da nombre al libro. Maria José Llorens Diccionario Gitano  Ed. A.L. Mateos,  Barcelona 1984