Capítulo I

Consideraciones generales

 

“My only sin  is in my skin”

De la canción Black&Blue   (L. Amstrong)

La historia de la humanidad es también la historia del racismo y de la xenofobia. No tenemos constancia de ninguna sociedad ajena a estos comportamientos reprobables, por lo que la española, que es la que encontramos aquí retratada en algunas de sus más sombrías facetas, no habrá de ser una excepción.

Sin embargo, veremos cómo estos fenómenos han venido suavizándose a lo largo del tiempo, gracias al progreso, a la cultura y demás avances propios de la civilización. Por eso, siempre aparece un hueco por el que se cuela una mirada optimista. Pues aunque el fantasma de la discriminación sigue apareciéndose tan pronto como nos encontramos en una estancia oscura del castillo, en los últimos años le hemos dado una buena paliza colectiva, y la verdad es que cada vez asusta menos. Vamos, que es un fantasma de pacotilla. Porque el racismo se alimenta de ignorancia y, a medida que la ciencia y el sentido común se imponen, creer en fantasmas de este tipo resulta cada vez más ridículo. Como decía Carlos Alonso del Real, en su ensayo titulado con acierto “Esperando a los bárbaros”, gracias a Dios, el hombre es un animal capaz de evolucionar[1].

Hoy, muchas de las aseveraciones en torno a la cuestión racial de hace unas pocas decenas de años nos producen una mezcla amarga de sonrisa y sonrojo. Incluso las mentes más preclaras, los pensadores más ilustrados y liberales, caían en dislates de tan grueso calibre que nos dejan atónitos.

Nos parece demasiado aventurado alumbrar una teoría que explique el porqué de este fenómeno que es el racismo. Lo que sí sabemos es que es universal y tan antiguo como el ser humano, por lo que debemos pensar en unos orígenes remotos, en un patrón de conducta grabado a fuego en la profundidad de nuestros genes.

La agresividad de nuestra especie, en relación con la competencia que se establece entre sus miembros, se ha señalado como un factor determinante en el principio de las actitudes racistas. En realidad, el racismo no es sino una forma de agresión permanente. Una agresión que se genera contra aquello que identificamos como peligroso para nuestros intereses, ya sean individuales o colectivos. No obstante, tildar a algo -o a alguien- de peligroso resulta siempre relativo y, lógicamente, la peligrosidad admite distintos grados.

El sociólogo Henri Mendras, refiriéndose a la conducta de algunos pueblos primitivos, refiere lo siguiente: “Si yo soy un indígena y me encuentro a otro, a ese otro no le queda más solución que ser pariente mío o mi enemigo, y si es mi enemigo tendré que aprovechar la primera ocasión que se me presente para matarle, antes de que él acabe matándome a mí[2]”.

No obstante, en la sociedad pronto se establecería una categoría nueva: la del sujeto que no es tenido por pariente ni amigo, ni siquiera por igual, pero tampoco es enemigo, pues no representa un peligro. Generalmente, este individuo, considerado en origen como enemigo, habrá alcanzado este estadio, digamos, inofensivo, tras haber sido relegado a una posición de sometimiento que permite que sea manejado con cierta comodidad. Por supuesto, este fenómeno que aquí estamos contemplando a escala individual, puede y debe ser trasladado a una esfera colectiva.

En caso de que sea necesario, el grupo dominante empleará la fuerza para mantener el orden establecido, pero este recurso, por extremo, no suele darse. Lo habitual es que la sola amenaza que ésta representa, y la certeza de que podría ser aplicada, resulten suficientemente disuasorias.

Este esquema de convivencia es producto de la civilización, la cual, paradójicamente, propicia que se den estas relaciones de desigualdad y subordinación, mientras la tendencia general que marca es la contraria, es decir, que progresivamente desaparezcan. O, en otras palabras, que poco a poco se impongan la libertad individual y la igualdad entre los miembros de cualquier sociedad.

De la revisión de la historia, se desprende que las sociedades humanas más alejadas en el tiempo, se sustentan sobre unas bases de desigualdad que hoy nos parecerían monstruosas: Férreamente jerarquizadas, incluso esclavistas, ignorantes de cualquier principio igualitario.

Todavía hoy encontramos algunos rescoldos fósiles, ejemplos que podríamos considerar casi como paleología social, como son las sociedades de castas[3] que se dan en algunos puntos del orbe, sobre todo en África y en Asia.

En el vértice superior, por afrentoso, de las sociedades de castas, encontramos las esclavistas, que conformaron prácticamente todas las civilizaciones del mundo antiguo.  Pero, pese al triunfo -a veces indudable-, que alcanzaron en muchos campos, estos sistemas deben repugnarnos, vistos desde nuestra moderna perspectiva moral. Y si bien las nociones morales son acomodaticias, culturalmente hablando, y están estrechamente ligadas a cada época y a cada sociedad, no por ello podemos evitar condenar lo que se nos antoja como un abuso intolerable.

Conviene hacer hincapié en que todos los pueblos discriminados que tratamos en este libro, tenían la consideración de castas. Este término, felizmente olvidado en la cultura occidental, se emplea frecuente y erróneamente como sinónimo de clase social. De ahí que, desde una perspectiva occidental moderna, la segregación sufrida por estos grupos marginados pueda aparecer a veces un tanto desdibujada. Sobre todo debido a la movilidad social a la que hoy estamos acostumbrados en nuestro entorno.

Pero esta situación de movilidad que, por generalizada, puede parecernos como algo natural a toda sociedad, no lo es en absoluto. Más bien cabría hablar de uno de los grandes logros de nuestra cultura, de muy reciente conquista, por cierto. Y es que esta novedosa situación, en la que una persona, aún condicionada por distintos factores, tiene la capacidad innata  –a priori– para desplazarse por la escala social, es un privilegio al que no solemos dar la importancia debida. Incluso el lenguaje marxista, que introducía el concepto de clase social como piedra angular sobre la que reposaba una parte integrante de su doctrina, nos resulta ya obsoleto, enmohecido. Eso supone que nos hallamos en el umbral de un tercer estadio, que, una vez superado el sistema de clases sociales, desemboca en una concepción más igualitaria y justa de la sociedad. Lo curioso es que eso mismo se había pronosticado desde las posiciones marxistas, aunque erraron en cómo conseguirlo.

Es cierto que todavía hoy, en cualquier sociedad, nos encontramos con diversos obstáculos que impiden la total libertad para desplazarse por la escala social, pero no son insalvables. Amando de Miguel, escribió: “La movilidad la puedo estudiar como sociólogo, pero la puedo entender mejor porque yo mismo he sido una persona que ha ascendido socialmente. A lo cual se añade también una considerable variedad de lugares de residencia. (…) Pero el ascenso social o la traslación geográfica no son procesos gratuitos. Hay que pagar una especie de barrera. En la atmósfera social, el móvil encuentra todo tipo de roces y resistencias[4]”.

Aun asumiendo la existencia de estas barreras, de estos roces y resistencias a los que alude, debemos apreciar en lo que valen los avances recientes en esta materia, pues hasta hace un siglo, o un par de siglos en el mejor de los casos, la sociedad se estratificaba mediante un sistema, no ya de clases sociales, sino de castas, en la que, la de los agotes, los vaqueiros, los pasiegos, etc., habrían de ser necesariamente las más desfavorecidas.

Y no sólo estaban imposibilitados para moverse en la escala social, sino que, salvo en el caso de los maragatos, ni siquiera podían hacerlo físicamente del lugar de residencia que se les había asignado. Respecto los pueblos nómadas que tratamos, en las páginas que siguen veremos la sucesión de decretos y ordenanzas tendentes a inmovilizarlos, con objeto de que fijasen su residencia y pasasen a depender de un señor o de una institución determinada.

Además, como refuerzo a la ligazón del individuo con su casta, se apuntaba también una procedencia étnica o racial diferente y exclusiva, aunque, en ocasiones, este detalle puede incluso pasar a un segundo plano. Es decir, que el hecho de que los agotes o cualquier otro colectivo perteneciese o no a una raza distinta, no era tanto el motivo de la segregación, sino más bien, un refuerzo, o un factor más que se alegaba para mantener la diferencia. Muchas veces, sospechamos, una simple excusa para incrementar su situación de inferioridad.

Los pueblos discriminados constituían una casta, del mismo modo que la nobleza o el clero. Y dentro de cada una de ellas, lógicamente, también existían diferencias jerárquicas, aunque, eso sí, siempre dentro de su mismo grupo y sin que desde fuera se pudiese interferir. Así, se creaban mini sociedades, donde las diferencias de jerarquía interna podían ser enormes –como veremos en el caso de los maragatos- o casi testimoniales.

Este modelo social tuvo su auge en la Edad Media y comenzó su declive –que sería largo y lento- con el Renacimiento. La tendencia general de constituirse cada grupo en una casta diferenciada, encuentra como máximo exponente el sistema gremial de artesanos medievales, que acaban observando una rigidez insospechada en su estratificación.

El sociólogo Merrill, con la vocación docente que siempre le caracterizó, define claramente los conceptos de casta y clase social: “Clase es un grupo relativamente permanente de personas de todas las edades y ambos sexos, que ocupan una posición social común dentro de la jerarquía social. Casta es un grupo muy fijo en una estructura social rígida, en la que la categoría se basa casi exclusivamente en factores hereditarios. Los miembros de una clase reciben su estatus al nacer, pero pueden cambiarlo en el transcurso de sus vidas (…). Los de la casta también reciben su estatus al nacer, pero no pueden modificarlo, cualquiera que sea su comportamiento posterior[5].

Como iremos viendo más adelante, estos grupos minoritarios formaban castas de origen étnico. Su situación de desigualdad se justificaba entonces por sí misma, por mucho que resultara alarmante para cualquier juicio ecuánime.

Sin embargo, las voces discrepantes con respecto al maltrato de las minorías étnicas siempre han sido escasas. Incluso en los ejemplos más espeluznantes, como sería el de la trata, nuestra civilización –la occidental- no comenzó a condenar estas prácticas de forma generalizada hasta las postrimerías del S.XVIII. Salvo algunas muy dignas excepciones, claro está, y normalmente a título individual.

Hugh Thomas, en el mejor libro que se ha escrito sobre el tráfico de esclavos, nos informa de que, incluso en Europa[6] y en fechas muy recientes, en concreto, en 1.780 la trata africana parecía una parte esencial de las economías de todos los países más avanzados, por tradición, pero también porque se ajustaba a todas las oportunidades modernas[7].

Al parecer, no había nada de malo en ello: todo era legal, todas las concesiones y los asientos habían sido pactados y rubricados. Si acaso, la Iglesia era la única institución de envergadura que cuestionaba este tráfico, consecuente con sus propios códigos.

Este comportamiento no debe extrañarnos, pues el hombre, como producto cultural que es, se educa (se hace) en unos valores determinados por cada época y cada cultura. El concepto del bien y del mal que, aisladamente podemos entender como absoluto, se convierte así en algo relativo y variable. En este contexto, hasta los comportamientos más execrables pueden hallar justificación y, desde luego, no afectar en modo alguno a la conciencia de quien los practica.

De hecho, al margen de otros factores más inmediatos[8], lo que empuja en último extremo a las sociedades a la discriminación étnica, y a sus miembros a practicarla, es la inexistencia de remordimientos. O lo que es lo mismo: el nulo sentimiento de culpa.

El armazón moral de cada persona se ha formado con piezas existentes en su cultura y que comparte, en buena medida, con el resto de los individuos que la integran. Con esto se logra una homogeneización que evita las estridencias –por discrepantes-, que se producirían en el seno de la sociedad de no ser así. Como es obvio, cuanto más cercana se halle una cultura a otra, más próximos se hallarán también sus respectivos sustratos morales y viceversa.

De resultas de la suma de estos ingredientes, se desprende que, en un mundo pequeño, como era el que va desde el S.XIV hasta el S.XIX -constituido básicamente sobre los cimientos del antiguo Imperio Romano, y en el que, fuera de Europa y más tarde América, se extendía la tiniebla de los bárbaros-, todo lo que quedase extramuros de la civilización occidental no merecía ninguna consideración. Por tanto, la preocupación por la suerte de unos africanos, que ni siquiera eran personas a los ojos del europeo medio, sería inexistente.

Incluso Voltaire, cuya independencia de criterio lo convierte en ejemplo de intelectual comprometido del S.XVIII, y que se enfrentó con todas las instituciones de la época asumiendo como suya la posición de los más débiles, no sintió ningún cargo de conciencia por la suerte de los negros, sentenciando que si su inteligencia no es de otra especie que nuestro entendimiento, es muy inferior. No son capaces de mantener una gran atención, combinan muy poco (….); se creen nacidos en Guinea para ser vendidos a los blancos y para servirles. (…) El primer grado de la estupidez es el de no pensar más que en el presente y en las necesidades corporales. El segundo grado el de proveer a medias, no constituir sociedad estable alguna, contemplar a los astros con admiración (…). Más de alguna nación (negra) ha vivido durante siglos entre estos dos grados de imbecilidad y de razón incipiente[9].

Decíamos que la Iglesia Católica, con muchos altibajos, fue la única institución que albergó dudas sobre la licitud moral de este tráfico infernal. La Iglesia ejercía un inmenso poder, además del político y del económico, como referente moral. Si nos ceñimos al caso español[10] de la época renacentista y barroca, tendremos que convenir en que la doctrina de la Iglesia Católica conformaba su sustrato moral, por lo que ésta adquiría una enorme responsabilidad sobre las acciones posteriores de los ciudadanos.

En este sentido, el mensaje original de la Iglesia, que proclamaba la fraternidad universal y el amor incluso a los enemigos, fue revolucionario, y podía haber sentado las bases de una filantropía compartida por todas las naciones cristianas.

Pero, aparte de que los negros u otras minorías exóticas no pasaban de ser una anécdota de marinos y que el concepto de derechos humanos era desconocido e inimaginable, lo único que preocupaba a la jerarquía eclesiástica era la amenaza directa que suponían otros poderes de igual rango espiritual, es decir, otros credos. Así que su mensaje original de fraternidad universal, pronto se redujo a una especie de “programa de mínimos”. A partir de ahora, se amará al prójimo como a ti mismo, sí, pero siempre que este prójimo comparta nuestra adscripción religiosa. En caso contrario, se le combatirá y ya no será ni prójimo ni nada. En concreto, los miembros de las minorías étnicas discriminadas fueron generalmente tildados de infieles o se puso en duda su religiosidad. Los ciudadanos se educarán en el amor a Cristo y a los demás cristianos –cátolicos, claro-, y en el odio a los que profesaban otras creencias. Los judíos serán los más odiosos y odiados, los enemigos por excelencia, los que crucificaron a Cristo. Los moros, unos bárbaros que se rigen por un libro herético. Los protestantes, por último, unos traidores.

Al hilo de todo lo anterior, Tierno Galván nos recuerda que una educación adecuada desde la niñez puede inhibir los centros de la agresividad o estimularlos. (…)Los resultados del entrenamiento son tan eficaces y se llega a bloquear ciertas respuestas y liberar otras hasta tal grado, que se puede matar y torturar a otros con la conciencia de que se cumple un deber. Este hecho, verificable, por ejemplo, en el antisemitismo, inclina a pensar que el entrenamiento proporcionado por la sociedad cristina con relación a los principios cristianos es  defectuoso[11].

Agotes, vaqueiros, maragatos y pasiegos fueron tenidos (parece ser que sin fundamento) por descendientes de razas ajenas a la doctrina cristiana. Chuetas, judíos, gitanos y moriscos, también, pero en este caso con fundamento. En cualquier caso, todos fueron metidos en el mismo saco, o en sacos parecidos.

La Iglesia jugó a varias bandas: mientras muchos de sus miembros condenaban la esclavitud de los indios en la España ultramarina del S.XVII, aconsejaban al mismo tiempo suplantarlos por esclavos africanos. O mientras en la Península Ibérica intentaban integrar a grupos de moriscos y unificarlos en el seno de la sociedad católica, ofrecían con reservas la comunión a los agotes, o se negaban a bautizarlos en las mismas pilas que a los demás vecinos, por citar sólo unos pocos ejemplos.

Los de abajo y los de arriba

Todas las sociedades propenden a instaurar unos marcos de convivencia aceptables para la mayoría de sus miembros. Si éstos aceptan de buen grado –como era el caso- la injusticia cometida con unos pobres desgraciados, no había por qué alterar nada. Bastaba con encontrar una justificación que dejase sin efecto las consecuencias morales de estos actos. Y se encontraron muchas, desde luego. Sin duda, la más radical –que se ha empleado tradicionalmente con los negros- era la de poner a los discriminados fuera del espectro humano, es decir, considerándolos animales o especies híbridas que no alcanzaban la categoría humana por carecer de alma.

Nos lo recuerda el propio Montesquieu (que denominaba a los partidarios de la no discriminación racial “espíritus cortos”) cuando apunta que estos seres de quienes hablamos, son negros de los pies a la cabeza y tienen además una nariz tan aplastada que es casi imposible compadecerse de ellos. No puede cabernos en la cabeza que siendo Dios un ser infinitamente sabio, haya dado un alma, y sobre todo un alma buena, a un cuerpo totalmente negro. (…) Es imposible suponer que estas gentes sean hombres, porque si los creyéramos hombres se empezaría a creer que nosotros no somos cristianos[12].

Pero, sin llegar tan lejos, con las minorías ibéricas, digamos, “autóctonas”,  la estrategia  más común para privar a sus miembros de los derechos más básicos, pasaba por denegarles la categoría de ciudadanos, esgrimiendo el motivo que fuera[13]. Aunque casi nadie pusiese en duda que estas minorías estaban integradas por seres humanos: Podían ser de otra raza, sí, pero de raza humana. Esto ya era algo.

Sin embargo, se especuló largamente con supuestas particularidades, que caían en el terreno de lo fantástico. De hecho, muchos testimonios referentes a los agotes hacen alusión a extravagancias, que los sitúan en un punto medio entre un fenómeno mitológico y el ser humano[14].

Este proceder, en el sentido de atribuir a otros grupos étnicos caracteres insólitos, ajenos a la propia esencia humana, es relativamente frecuente hasta fechas muy recientes. En toda época hallamos documentados infinitos ejemplos, a cuál más fantasioso, que se adentran en los cenagales de la leyenda mitológica. Cronistas, historiadores, marinos o viajeros, todos se acogen con entusiasmo a esta práctica desfiguradora. El mundo antiguo estaba poblado de seres extrañísimos. No había nada como viajar.

Pero esta costumbre, si bien atenuada por el paso del tiempo y el mayor conocimiento que se tiene del mundo y de sus gentes, todavía pervive hasta el S.XIX. Entonces se pensaba que a los diferentes tipos humanos actuales, correspondían antiguas especies homínidas, lo que habría dado lugar a las modernas “razas” humanas: negroides, mongoloides, caucasianas, etc. Curiosamente, las representaciones ideales a partir de restos humanos antiquísimos, se correspondían en buena medida con el modelo que, en nuestros días, habitaba el lugar donde estaba el yacimiento que había proporcionado los restos fósiles. Así, vemos como, por ejemplo, en las representaciones de cómo debían ser los homínidos que poblaban yacimientos asiáticos de más de un millón de años atrás, a éstos se les pintaba con los ojos rasgados y caracteres que nos recuerdan inequívocamente a los asiáticos actuales[15].

Cabía suponer que, además, esta evolución paralela de diversos tipos humanos, producía formas aventajadas, o más perfeccionadas, con lo que las posteriores “razas” resultantes no podían ni debían equipararse entre sí. Este pensamiento, muy extendido y que fue corroborado por gran parte de la comunidad científica, ha calado tan hondo que sigue presente, por mucho que hoy sepamos que constituye un tremendo error y que todos los seres humanos descendemos de un antepasado bastante reciente y, por cierto, todo indica que de origen africano.

En su afán de buscar particularidades morfológicas que, supuestamente, serían el reflejo a su vez de particularidades genéticas, la tendencia en los estudios antropológicos fue la de estudiar las más nimias diferencias entre los distintos tipos humanos y tratar de clasificarlas en modelos generales. Así, encontramos miles de trabajos que ponen de manifiesto los caracteres distintivos de grupos humanos varios, con objeto de, bien compararlos entre sí, bien de resaltar sus diferencias, muchas de ellas ficticias.

En este empeño, se pusieron de moda, entre otras muchas clasificaciones, las que dimanaban de las características craneales, y que dividían la especie humana en dos grandes grupos: dolicocéfalos y braquicéfalos. Pero lo más curioso es que, a menudo, esta clasificación quedaba al libre albedrío del autor responsable del estudio en cuestión, con lo que, según los textos, un mismo grupo humano podía ser braquicéfalo o dolicocéfalo, según. Por ejemplo, los pueblos que veremos en este libro han sido sometidos en distintas épocas a este tipo de análisis, que tratarían de demostrar su unicidad o de resaltar supuestas diferencias.

En justicia, correspondería decir que han sido estos pueblos especialmente sometidos a este tipo de análisis, pero en realidad, durante ciertas épocas aún recientes, se aplicaron a un amplio conjunto de la población, sin que nadie dudara de su rigor científico. Es más, Bernardo Acevedo y Huelves, en su libro “los Vaqueiros de alzada[16]” –todo un clásico en la materia, publicado en 1.915-, llegaría a quejarse por el poco esmero con que se hacen las mediciones (a los reclutas) y la prisa con la que se aplica el compás de Broca a los mozos sorteados para el servicio militar, por lo que optó él mismo por hacer sus particulares craneometrías, que detalla a continuación en su libro. Pero lo que me provocó la carcajada es que, en el ejemplar que estaba consultando, alguien se había tomado la molestia de sacar las medias de los índices cefálicos y las había apuntado en la misma página. Como decía el Gallo, tiene que haber gente pa´tó.

Este modelo de investigación basado en craneometrías y en exhaustivos exámenes morfológicos, responde a una corriente que arranca en el Siglo de las Luces y se prolonga hasta mediados del S.XX[17], aunque alcanza su esplendor a finales de la época decimonónica. Y como muestra un botón: En el pintoresco “Breve estudio antropológico acerca del pueblo maragato” publicado en 1.902 por la facultad de Ciencias Naturales de Madrid, hallamos abundantes párrafos del siguiente tenor, en este caso clasificando a los maragatos en función del color de sus ojos:

“(Los de ojos verdes) vemos que son dolicocéfalos, pero con tendencia a la braquicefalia; estrechos de frente, con un espacio interorbitario pequeño. (Los de ojos azules son) dolicocéfalos, pero no con la dolicocefalia tan marcada de los pardos, mesocéfalos; frente ancha y de índice frontal por consiguiente elevado, no tanto como los pardos, de espacio interorbitario grande, así como la latitud biorbitaria; narices algo remangadas, cortas y anchas, dando por resultado un índice nasal elevado 73,9, latitud bucal grande, así como la altura de la cara y la latitud bizigomática.[18]

En fin, que el doctor Federico Aragón, responsable de este estudio, se tuvo que quedar a gusto. Afortunadamente, este tipo de clasificaciones demodé han quedado relegadas a algunos textos trasnochados. El acuerdo mayoritario de nuestro origen reciente y común es, en sí mismo, un logro científico; y aún más: una victoria sobre el virus del racismo. A este respecto, el célebre codirector del yacimiento de Atapuerca, Juan Luis Arsuaga, declara que el modelo de un origen único, africano y reciente para toda la humanidad es el único incompatible con cualquier actitud racista[19].

Sin embargo, repito, esta tesis es muy novedosa, y todavía no se ha asentado entre las creencias compartidas mayoritariamente. Si regresamos al S.XIX, nos sumergiremos de nuevo en ese mar de dudas en el que naufragaban intelectuales de toda índole, cuando abordaban el problema racial. Algunas de sus conclusiones constituyen, empero, hallazgos insospechados, como éste respecto a la naturaleza de los negros: Unamuno pensaba que tenían algo de misterioso, aunque no acertó a decirnos exactamente qué, cuando escribía que esos niños grandes, lúbricos y crueles, borrachos y embusteros, que son los negros, y capaces, sin embargo, hasta de la santidad, pero de una santidad casi vegetal, constituyen uno de los más grandes misterios de la historia[20].

Otros muchos, con opiniones aún más racistas –ya hemos visto que todo es superable- justifican cualquier tropelía cometida contra los negros, cuyo caso es sin duda el más extremo. Pero, cuando veamos por qué se discriminó a cada pueblo de los que tratamos a continuación, encontraremos argumentos de la misma índole que los aplicados a los africanos. Ya sea por ser acusados de infieles, de pertenecer a una raza distinta, por ser extranjeros o por cualquier otra causa, se trataba siempre de ponerlos al margen de la comunidad, de sacarlos de la sociedad, con todos los perjuicios que esto ocasionaba.

De esta forma, fuera del sistema que, entre otras cosas sería el encargado de brindarles el amparo de la ley[21], quedaban al albur de los ánimos del pueblo que, a menudo, se mostraba despiadado.

Veremos cómo todos los marginados apelaron a las leyes vigentes en sus respectivos territorios y momentos históricos, invocando su legítima protección, que, sin embargo, tardó siglos en llegar o no llegó nunca. Porque la civilización se sostiene sobre unas normas de comportamiento, aupadas a la categoría de leyes, que regulan la competencia entre los miembros de la sociedad y tienen, entre otras, la función de actuar como freno a los desmanes de los  más poderosos para con los más débiles.

Cuanto más evolucionadas sean estas leyes, menos espacio dejarán para la competencia directa entre los individuos. Es decir, más coartarán su natural instinto de medrar a costa lo que sea o de quien sea, generalmente de aquellos que se encuentran en posiciones de inferioridad.

El profesor David Barash resume esta idea explicando que la mayoría de las personas desean tener bien seguro su puesto al sol, su parte del pastel (…). Cuando no lo logran lo bastante –o lo sienten así- están dispuestos a competir con sus vecinos, amigos y hasta parientes. Y si las condiciones se vuelven suficientemente malas, pueden incluso luchar y a veces matar[22].

Así pues, el ser humano se comporta de modo egoísta, lo cual, cabría suponer que garantiza su supervivencia. Esta norma de actuación está sólidamente enraizada en nuestros genes y, sin duda, algo debe haber de instintivo, cuando vemos que este patrón no sólo se repite en todas las sociedades, sino que parece caracterizar a los seres vivos en su conjunto.

El comportamiento altruista, patrimonio exclusivo de la raza humana, nos distingue y engrandece. Por desgracia, se da en muy pocas ocasiones y, si analizamos cada una de estas acciones que podrían parecer desinteresadas, veremos que en la mayoría de los casos no es así. Que, o bien suponen una ventaja directa para el mismo individuo, o bien para el conjunto de sus genes más próximos y su pervivencia[23].

En definitiva, estamos defendiendo lo nuestro, lo que nos es propio, en contraposición con lo que nos es extraño. Identificar a lo ajeno con lo peligroso, con el enemigo al que antes aludíamos es, pues, innato, y la génesis del racismo tiene que ir en esta dirección. Pero, para que algo sea peligroso, debe estar cercano. Del mismo modo que un león será peligroso para un rebaño de antílopes, en función de la distancia a la que se encuentre del mismo.

No obstante, en las relaciones humanas esta cercanía no tiene por qué ser únicamente física. Más aún cuando ciertas minorías marginadas mantienen un inquietante parecido con la mayoría, que se niega a aceptarlas para mantener sus privilegios.

En uno de los enunciados del capítulo tercero del Origen de las Especies, Darwin afirma que la lucha por la vida es rigurosísima entre los individuos y las variedades de la misma especie[24] reforzando esta idea del parecido.

No me malinterpreten, no es mi deseo enredarme en las teorías que se propugnan desde la óptica de lo que conocemos como darwinismo social. Ni creo que se puedan explicar las relaciones humanas a partir de postulados que fueron concebidos para probar el proceso evolutivo de las especies. Pero si he citado este párrafo es porque, en las reacciones racistas, encuentro que pueden llegar a ser más virulentas cuanto mayor es la cercanía entre discriminado y discriminador.

Veamos ahora en qué consiste esta cercanía, tomada en varios de sus distintos aspectos. En primer lugar, situaríamos la más obvia, la geográfica. Este punto es claro, pues a nadie inquieta algo que se encuentra situado fuera de su “mundo”, lo cual puede incluir tanto una distancia de miles de kilómetros, como una estrecha franja de tierra, siempre que ésta constituya una linde nítida y segura. El naturalista David Attenborough, escribiendo sobre la comunicación animal, nos recuerda que el mensaje que con más frecuencia se transmite de una especie a otra es simple: Márchate[25].

Sobre si el ser humano es un animal territorial se ha debatido mucho. En el fondo, la norma general indica que todos los seres vivos lo son, de una forma u otra, aunque encontremos algunas excepciones. Incluso los insectos “sociales” (termes, hormigas, abejas y avispas) son territoriales[26], y mucho, máxime cuando los vemos desde la moderna perspectiva tendente a  considerar a cada miembro de la comunidad como parte de un todo, es decir, sin autonomía propia, con lo que dicha comunidad se comportaría como un único ser[27].

En lo que concierne al aspecto territorial del hombre, no esperemos que se comporte como un jilguero[28] o como cualquier otra especie de carácter solitario, que ve en sus semejantes únicamente un elemento de competencia directa. No. Ni como un percebe, que, aunque no nazca pegado a la roca, llegará a congregarse en apiñada vecindad para gozar de mayores ventajas de cara a su supervivencia y a su posterior reproducción[29].

El hombre busca la compañía de sus semejantes porque debe interactuar con ellos y ahí radica la fuente de su éxito. El ser humano necesita de sus semejantes para su desarrollo y pervivencia, pero, con igual ímpetu rechazará a aquellos “no tan semejantes”, cuya presencia no sólo no le suponga ninguna ventaja sino que, además, le pueda ocasionar algún inconveniente. Estos pasarían a ser enemigos y, como dice Ashley Montagu, los seres humanos adquieren incentivos socialmente condicionados para defender patrias, o territorios socialmente definidos contra “enemigos” definidos también socialmente[30].

Esta defensa de unos intereses colectivos se traducirá en el rechazo de aquellos elementos considerados extraños, que serán vistos, primero como “menos o nada semejantes” y después como decididamente hostiles y amenazadores. Decía Bertrand Russell que los hombres se regocijaron ante el nuevo sentido de unidad con sus compatriotas, más que consideraron el aumento de separación con sus enemigos[31]. El enemigo se convierte entonces en catalizador de la comunidad que, colectivamente, lo rechaza. Y ese enemigo sin rostro simboliza, ni más ni menos, todo lo ajeno a esa sociedad.

Lo que le preocupa a Russell, o sea, la separación cada vez mayor entre los amigos de dentro y los enemigos de fuera, es justo lo que menos suele preocupar a los miembros de una comunidad dada y, por supuesto, a sus gobernantes, que a menudo promueven ese sentimiento etnocéntrico y xenófobo.

Pero así son las cosas de los humanos y sus organizaciones, y de ahí que un forastero, un extraño, será, generalmente, discriminado como tal. Si esa sociedad atraviesa un momento de bonanza, o el forastero -bien por su escaso número, por su adaptabilidad al nuevo entorno, o porque de su compañía o simple presencia se obtenga algún beneficio- no es percibido como un peligro, será mejor aceptado y, con el tiempo, sus vecinos podrán olvidar sus iniciales reservas. Podría integrase totalmente y sus descendientes tendrán grandes posibilidades de fundirse en la comunidad.

Ahora bien: en una sociedad en la que un origen determinado de sus miembros lleva aparejado algún tipo de ventaja, o bien la adscripción a cierta raza, credo, o cualquier otro factor puede establecer compartimentos sociales aventajados, se generará automáticamente la competencia entre los individuos.

El deseo de pertenecer al grupo privilegiado y, por ende, de rodearse de aquellos que lo integran, suele ir parejo al desprecio o a la exclusión de los advenedizos, máxime cuando nuestra pertenencia a tan selecto club pueda quedar en entredicho.

Si, además, nos hallamos en una sociedad convulsionada o en crisis, en la que se ha establecido una fuerte competencia en función de los orígenes de cada uno de sus miembros, ese individuo de procedencia foránea no tendrá muchas posibilidades de éxito y la sociedad estigmatizará a sus descendientes para impedir su completa integración, por mucho que éstos sean ya, de hecho, tan semejantes que resulte prácticamente imposible su diferenciación[32].

Muchos habrán adivinado que, aunque este fenómeno se repita en casi todas las sociedades (especialmente las que han tenido problemas de tipo migratorio), estoy pensando en la situación que se vivió en este país durante varios siglos a partir del S.XV. La limpieza de sangre se convirtió en una obsesión, en parte justificada por las indudables ventajas que se derivaban de la misma. O, poniéndolo a la inversa, por los graves inconvenientes que suponía para todos aquellos que no pudieran probarla.

Y lo que estamos viendo en el terreno individual, es extrapolable, e incluso adquiere características más dramáticas, cuando afecta a grupos humanos y se genera competencia entre dos o más pueblos que comparten un mismo marco espacial. Entonces arreciarán de forma casi inevitable todo tipo de conflictos.

En puridad, hablar de compartir un mismo espacio no es del todo exacto. Lo normal es que uno de los pueblos o de las comunidades (la más poderosa) mantenga a la otra en un recinto –más o menos permeable- aparte. En los núcleos urbanos se traduciría en lo que llamamos gueto, y de cuya existencia tenemos pruebas antiquísimas.

Es frecuente que los habitantes del gueto acepten vivir confinados dentro de los límites (no únicamente físicos) establecidos y rebasen su perímetro lo menos posible. Incluso podría parecer que se mantienen así por voluntad propia, quedando excluidos del resto de la sociedad. De ahí que Max Weber opinase que el gueto voluntario posee efectos más incisivos que cualquier gueto forzado[33].

Hablar de gueto “voluntario” resulta un tanto aventurado. Lo que suele ocurrir más bien, es que los afectados son conscientes de que, pese a las restricciones que lleva consigo esta segregación, también aporta algunas ventajas, como la de poder disponer de un espacio propio donde serán poco o menos molestados.

Lo que podríamos denominar como “estrategia del gueto” es básicamente una fórmula de convivencia forzosa, en la que dos o más grupos aceptan –de mejor o peor grado, según- la partición de un determinado espacio común en varios territorios, lindantes pero separados. Evidentemente, es el grupo dominante el que lleva la iniciativa y se queda –como en el refrán del que parte y bien reparte– con la mejor parte, ante la resignada aquiescencia del otro.

Los distintos reinos de la Península Ibérica estuvieron repletos de guetos durante siglos. No sólo juderías. También se dio en el caso de los agotes o de algunos moriscos, que fueron recluidos en barriadas o extramuros.

Otros pueblos segregados vivieron en lugares estrictamente rurales, donde ocuparon una comarca determinada, como los pasiegos o los maragatos. Los vaqueiros de alzada, por su parte, habitaron las brañas, es decir, una especie de poblados que no obtuvieron siquiera la consideración de aldeas, entreverados en una franja montañosa de Asturias. Por último, otros pueblos, como los gitanos y quinquis, habitaron caminos y descampados, “tierra de nadie”.

Por tanto, aunque cercanos, no podemos hablar de que vivieran juntos, o de que mantuvieran una estrecha convivencia con el resto de los individuos que formaban la sociedad mayoritaria de la época.

No obstante, la cercanía más frecuente a la que nos referíamos suele ser de otro orden. A veces, la peligrosidad estriba precisamente en el parecido, en la proximidad que presenta el discriminado en cuanto al discriminador. Tanto que, llegará un momento –si el discriminador no lo remedia antes- que el discriminado se parecerá tanto a él, que ya no se podrá establecer la diferencia que otorgaba a uno la supremacía sobre el otro. Del mismo modo que lo que más desprecia el rico “de siempre” es al nuevo rico, o  que el mayor enemigo al que se enfrenta un pobre es a alguien un poco menos pobre.

Donde se establece la competencia –y ahora hemos vuelto a Darwin- es donde se producen los puntos de fricción que afectan a las relaciones sociales. Las rivalidades que se establecen inciden de una forma terrible en dichas relaciones, y los esfuerzos de la parte privilegiada por mantener su estatus superior traen consigo consecuencias imprevisibles y, a menudo, nefastas.

Miguel de Lardizábal[34], en su célebre Apología[35], cae en la cuenta de que sólo las personas pertenecientes a la élite social podrán “redimir” de su condición a los miembros de los pueblos discriminados. Es pues, ésta, una tarea que han de llevar los ilustres, que se hallan por encima de las mezquindades que atribuye al vulgo. El autor no hace distingos entre el pueblo llano y las comunidades marginadas de la época. Para él, todos son iguales en su bajeza y, así, vistos desde la altura de su posición social, no entiende por qué unas hormigas negras no aceptan como iguales a otras hormigas, aunque sean coloradas. Por tanto –concluye-, el remedio a estas “disputas” entre hormigas debe venir de la mano de la reina del hormiguero, a quien poco preocupan los melindres de sus obreras en sus relaciones mutuas.

Por eso, declara que las gentes ilustres logran (…) una superioridad, que poniéndolas fuera del tiro de las hablillas del vulgo, las tiene en posición de hablar y de conducirse con entera libertad. Un Grande, un Título, un Caballero notoriamente tales, y reconocidos por todos incontestadamente, no pueden temer que el tratar con aprecio a unas gentes de baja extracción les atraiga la sospecha de que lo hacen por levantar la pequeñez, o ilustrar la obscuridad que igualmente tienen ellos mismos.[36]

Lardizábal no cree en la igualdad social, sino todo lo contrario, ya que está convencido de que el único orden posible –y que él entiende como natural- proviene únicamente de la jerarquización en función del linaje[37] y, para él, el vulgo –la pelambre, que diría Valle- no es otra cosa que eso, vulgo.

O sea, que, como equipara al pueblo llano con aquellos a quienes éste discrimina, no encuentra sentido a dicha marginación. De ahí que emplace al pueblo a aceptar como iguales a los individuos pertenecientes a estas minorías malditas de agotes, judíos o vaqueiros.

Justo lo que teme el pueblo. Lo peor que se les puede pedir a aquellos que defienden su honra y la limpieza de sus orígenes como si de su único patrimonio se tratara.

Y es que, si nos ponemos en antecedentes, si observamos un país decadente, incluso cuando se halla en la cima de su pujanza como imperio, con una población sumida en una pobreza endémica, que defiende su honra y el origen impoluto de su sangre a capa y espada (y nunca mejor dicho), entenderemos el peligro que entrañaba para ellos ser confundidos -o asimilados de algún modo-, con sus vecinos marginados, tan miserables como ellos en lo material o casi, pero infinitamente más en lo moral. Y es que, por no tener, no tenían siquiera el orgullo de saberse bien nacidos.

Un recelo justificado, por tanto, para los que sí se tenían por tales. ¿Cómo propiciar entonces cualquier acercamiento, por mínimo que fuese, a los “impuros”?

Emilio Temprano nos cuenta que la idea de la pureza de sangre gozó en nuestro país del mayor prestigio durante siglos. De tal forma, que el tener sangre “manchada” de moro, judío, penitenciario o villano fue uno de los mayores racismos de tipo religioso que los españoles han padecido durante siglos. Posiblemente en nuestro tiempo todavía no llegamos a tener una idea clara de los que supuso semejante concepto, que se contraponía al de “cristiano viejo”, cuya sangre era “limpia e impoluta”, es decir, sin posibilidad de sospecha[38].

Se estaba construyendo una sociedad en la que, obligatoriamente, habría que dejar fuera a ciertos elementos “indeseables”. El proceso es largo y complejo, pero, del mismo modo, se acaba llegando a un sistema de equilibrio muy estable. En este punto, la suerte de estos individuos que han quedado al margen importa poco. Se trata de elementos pertenecientes a minorías con escasa fuerza, a las que el sistema trata de debilitar aún más, o bien de erradicarlas.

Evidentemente, si esto afectase de manera apreciable al ordenamiento social, el proceso al que aludíamos debería ser replanteado en su totalidad. Pero no suele ser así.

Lo normal es que el sacrificio de unos pocos pase desapercibido para otros muchos o que, hipócritamente, se considere incluso “un mal necesario”. Estas concesiones al desamparo de los más débiles, no serán tenidas en cuenta si no afectan de forma sustancial al nuevo orden.

Lo importante parece ser el resultado final, el equilibrio y la fortaleza de esa sociedad, que permite la vida en comunidad de la mayoría de sus miembros. Un reciente libro del arqueólogo Clive Gamble intenta explicar la formación de las sociedades humanas desde la prehistoria, y en él encontramos algunas de las claves que presiden el comportamiento social del hombre.

En uno de sus párrafos más elocuentes, el autor declara que una vez construidas estas (las) sociedades, sirven para ser vividas, por lo que podemos contemplar a la gente entrando y saliendo de la estructura, aunque pronto nos damos cuenta de que las gentes alteran muy poco el diseño del edificio social[39].

En efecto, este edificio suele encontrarse sólidamente cimentado sobre unos principios que la mayoría, de mejor o peor grado, acepta, y cualquier elemento que amenace con mover una viga o un elemento arquitectónico maestro, se considerará desestabilizador y, en buena lógica, peligroso. Así que la sociedad evita cualquier cambio que amenace su estructura, lo cual tampoco es un demérito, sino, las más de las veces, simplemente prudencia.

Las clases dominantes son generalmente las inductoras y depositarias de las ideas básicas que configuran el modelo conceptual de cada sociedad, los cimientos del edificio social. Estas ideas, recogidas en lo que llamaremos “ideología”, se hallan fuertemente penetradas por nociones morales y, por supuesto, políticas. Al margen de que, en una misma sociedad quepan y se den, de hecho, varias ideologías –o tantas como ciudadanos integren dicha sociedad- salvando algunos matices, su número no será nunca elevado, sino que, más bien, se reducirán a unas pocas: en un Estado moderno concretadas de forma programática por los partidos políticos. En democracia, la ideología dominante será, como corresponde, la de la mayoría, aún con el ascendiente que puedan suponer las ideas de la élite social, que no tiene por qué ser mayoritaria.

En este punto, cabe recordar que la influencia de estas élites sobre el conjunto de la sociedad puede ser –y a veces, es- decisiva para conformar la ideología dominante, de tal forma que la mayoría, o la masa, se vea abocada a asumir como propia una ideología “prestada”. Hablar de manipulación puede no ser exacto, pero sí, por lo menos, de inducción o de condicionante.

Althusser, como muchos otros pensadores marxistas, también cae en la cuenta de esta aparente contradicción, que lleva a la mayoría social a aceptar las ideas de una minoría privilegiada, que es, precisamente, la gran beneficiada de la situación. En todo caso, una vez asentada ésta, declara que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante, y que le sirve no solo para dominar a la clase explotada, sino también para constituirse en la clase dominante misma, haciéndole aceptar como real y justificada su relación con el mundo[40].

Saco esto a colación, porque sorprende que a menudo nos encontramos con que, por mucho que la élite social dispusiese la hoguera, era el pueblo llano el que se aprestaba a traer la leña. O dicho de otra forma, era el pueblo el que recogía unas ideas que venían de la cúspide social y de las cuales no eran exactamente los beneficiarios, pero las hacían suyas con un entusiasmo insólito. Los perjudicados, los parias de los grupos proscritos, se encontraban mucho más cercanos al pueblo llano, que clamaba contra ellos, que a los grupos dominantes, que se habían limitado a prender la mecha, aunque a partir del S.XVIII tratasen de echar agua sobre lo que un día encendieran.

Pero volviendo al problema de fondo de la organización social, ya sea en clases, en castas o mediante cualquier otro mecanismo de división y estratificación, siempre nos toparemos con el método en sí, que supone, de hecho, la colocación de unos ciudadanos por encima –o por debajo- de otros en la escala social. Este sistema de subordinación obedece al principio de autoridad, que, hasta nuestros días ha sido recogido y aceptado por todas las ideologías políticas, a excepción de la anarquista. Empero, algunos marxistas, llevados por una interpretación un tanto idílica del modelo de sociedad a conseguir, se olvidan de que el mismo Engels, que se preguntara, “¿cabe organización sin autoridad?”[41], llega a tildar de reaccionarios a quienes niegan el principio de autoridad[42].

Aceptando, pues, la subordinación que impone este principio en toda sociedad, debemos concluir que unos individuos se impondrán sobre otros y así sucesivamente, creando de ese modo un modelo jerarquizado. Si las sociedades lo aceptan es, o bien porque media la fuerza desde el poder, o bien porque la mayoría de sus miembros mantienen un status quo que posibilita su pervivencia, acaso su bienestar. En el caso de una fuerza represiva que sirva para imponer una situación claramente contestada por la mayoría, su uso será muy limitado en el tiempo, y tan pronto como el poder muestre signos de flaqueza, se desestabilizará la situación y se impondrá otra organización social que suponga un mayor equilibrio y aceptación popular.

Ya dijimos que el uso de la fuerza es un recurso extremo. Ahora bien, lo que suele suceder es que, en toda sociedad, existen uno o varios grupos, claramente desfavorecidos que, lejos de enfrentarse con la minoría en el poder, se enfrentan, de hecho, con una gran mayoría que vive más o menos cómoda con esa organización social, por mucho que ésta emane desde las más altas instancias. Es el caso de las minorías más desgraciadas, entre las que se encuentran los grupos étnicos o religiosos repudiados. Porque otros grupos desfavorecidos, de no mediar estas condiciones anteriores, suelen tener cierta capacidad de maniobra social para integrarse en la clase inmediatamente superior, que vive bajo el paraguas de “la normalidad”, de lo que sería el pueblo llano o la masa, conformadora de la gran mayoría.

Por poner un ejemplo, en el S.XVIII, se calcula que había al menos 100.000[43] españoles en situación de precariedad extrema. Los Borbones toman cartas en el asunto y comienzan a establecer un sistema de caridad civil para los pobres de solemnidad. Es lo que se conoce como “pobreza legítima”, y que incluye a huérfanos, viudas, labradores sin tierras depauperados, etc. Estos se acogerán a la nueva caridad civil, alejada y enfrentada a la caridad religiosa que veía a los pobres como una manifestación de la voluntad divina[44]. El propósito de esta empresa, que se haría realidad con la construcción de asilos, hospitales y hospicios, es la de integrar y amparar a estos desgraciados. Por el contrario, se recrudecieron las medidas represivas para con los gitanos y buhoneros, y se optó por mirar hacia otra parte con otras minorías, como los agotes. Es decir, que, aunque la causa última de su marginación fuese la miseria, común a todos ellos, se hace un distingo, con objeto de intentar salvar, o, cuando menos, paliar, la situación de algunos, precisamente los que no pertenecen a ciertos grupos proscritos, que son vistos como irrecuperables; o lo que es lo mismo: como miserables a perpetuidad.

Factores de rechazo

En lo tocante al racismo, a menudo se esgrimen razones de variado jaez para justificar lo que no tiene justificación. Lo que nunca o muy raramente escucharemos, son argumentos basados en la pobreza o en el menor nivel económico de los afectados, como causa de su discriminación. Generalmente, estas alusiones pasarán por destacar el color de la piel o la raza como elemento diferenciador.

Nunca escuchamos la palabra “pobre” en los labios del marginador o del xenófobo. Mucho menos “hereje”, o “impuro” que han caído en desuso, desde que el origen cristino viejo dejase de suponer una ventaja social. Los hechos, sin embargo, demuestran con tozudez que el color de la piel importa poco cuando hay dinero o bienestar de por medio. Y viceversa.

Los individuos de los pueblos discriminados en España de los que nos ocupamos en este libro, presentaban, en esencia, las mismas características físicas que el resto de la población. Pero eso no les salvó de una feroz marginación, en muchos casos esgrimiendo la coartada religiosa o étnica, o una mezcolanza de ambas. En la actualidad, podemos encontrarnos con imprecaciones racistas apenas camufladas en sentencias del tipo, “son sucios, no tienen educación o no saben convivir en nuestra sociedad”. Los aspectos religiosos –muy significativos en tiempos pasados-, respondían a la misma lógica, llamémosle, cultural. Pero, en realidad, todo converge en el mismo punto: la pobreza como causa última de la marginación. Con la excepción de judíos y maragatos, en cuyos casos mediarían otros factores de rechazo, el resto de los pueblos marginados lo han sido –básicamente- y lo siguen siendo, a causa de su menor capacidad económica endémica.

Los motivos de rechazo parecen inalterables a través del tiempo. Sorprende constatar las analogías entre los argumentos esgrimidos hace cinco siglos para marginar a un colectivo determinado y los actuales.

En este punto, las cosas no han cambiado mucho. Se han suavizado, sí. Ya no es políticamente correcto expresar en voz alta ciertos sentimientos xenófobos. Pero el fondo de la cuestión es el mismo. Los argumentos y los prejuicios que se manejan son casi idénticos, y, desde aquí, nos tenemos que limitar a constatar el paralelismo, si no la exactitud de la argumentación xenófoba que sobrevive, contra todo pronóstico, a través de los siglos.

Como dato curioso, cabe resaltar que aquellas personas que justifican o pretenden encontrar una justificación al despropósito racista, se opongan con furia a reconocerse como clasistas. Es como si al ser clasista se incurriese en un pecado de categoría superior al de simple racista. O como si nos curásemos en salud sabiendo que la fortuna es voladiza y que el dinero va y viene, cambia de bolsillo con extrema facilidad y vale más ser precavido en estos temas.

El rechazo a todo lo que podamos identificar con la pobreza, o sencillamente con un menor estatus económico o social, sigue presente y en plena forma. Se me ocurre un ejemplo muy revelador que podemos encontrar en la España de nuestros días. Viene a cuento de la inmigración que comenzó a darse en el sur y el levante peninsular, con el advenimiento de la agricultura intensiva.

Esta parte de la España de secano sufrió hace una generación un éxodo masivo de sus habitantes, que decidieron establecerse en las zonas industriales urbanas; y ahora es la destinataria de miles de brazos extranjeros, que trabajan ese mismo campo que un día los nativos abandonasen. Rectifico: ese mismo campo, pero modificado recientemente en un aspecto sustancial. Y es que, donde antes había secarrales, extensiones yermas que apenas producían algo de cereal, quizás unas olivas o, simplemente, esparto y otras yerbas sarmentosas, ahora prosperan los tomates, fresas y demás frutos valorados. Donde antes se conseguía con esfuerzo una cosecha anual, ahora se obtienen dos, tres y cuatro.

Las modernas técnicas de regadío y cultivo intensivo en régimen de invernadero bajo mares de plástico, han traído la prosperidad a estas tierras baldías y la demanda de mano de obra no cesa. Esa es la razón de que se cuenten por miles los ciudadanos de países poco desarrollados en lo económico que se ocupan en esta nueva explotación agraria. Muchos son norteafricanos, pero tampoco son menos los procedentes de Sudamérica o de otras partes del mundo.

De este modo, en amplias zonas de España donde nunca se vieron extranjeros que no fuesen los vecinos ricos del norte, donde un extranjero era un señor rubio o una bella señorita que se bronceaba en las vecinas playas, han comenzado a proliferan otros extranjeros muy distintos a los que el españolito medio se había acostumbrado. Ya no son ricos, ni rubios. Ni siquiera piden paella y sangría en los chiringuitos, ni conducen coches con matrículas de colores.

Ahora viene a trabajar, sin contrato, sin coche y sin dinero para el chiringuito. Pero con una determinación que les lleva a jugarse la vida en el Estrecho, o a gastarse los ahorros en un billete de avión, o en un trato con las mafias que se lucran con el comercio humano.

Pero no nos desviemos. Hablábamos de la insignificancia del color de la piel –de la raza, si queremos- como factor determinante del racismo. Por muy extendido que se halle la creencia, según la cual el ser humano se muestra xenófobo en virtud de la lejanía “racial” que presente el otro individuo con respecto a la nuestra. Según este argumento, un blanco discriminaría más a un negro que a un mulato, y a un mulato que a un “cuarterón” o casi blanco, pongamos por caso.

En realidad, los que sostienen esta teoría están más equivocados que la Ley Seca. La discriminación se da por motivos sociales y culturales, aunque tendamos a equipar a una raza con una cultura determinada y, en buena medida, con un estrato social.

Regresemos a donde comenzamos este punto. En la costa mediterránea y andaluza encontramos, ya dijimos, el ejemplo vivo: magrebíes y sudamericanos trabajando de temporeros.

Ambos pueblos muy conectados por razones históricas con nuestro país. Pero con una diferencia fundamental. Mientras que el sustrato étnico de los norteafricanos se evidencia en las gentes de la Piel de Toro, no ocurre otro tanto con el sudamericano mestizo, con rasgos indígenas americanos que nunca cuajaron en España.

Por tanto, los magrebíes se hallan muy próximos –en lo étnico- al español, especialmente en aquellas zonas como son las levantinas y andaluzas donde su presencia fue más duradera y sus genes perviven en la España actual. Precisamente, las mismas regiones adonde han regresado; y no a conquistarlas –como ocurriera hace más de mil años-, sino, simplemente, a trabajar. Así pues, los descendientes de esos moriscos que se quedaron en la huerta murciana, se encuentran con sus primos hermanos, aunque ya, transcurridos los siglos, no los reconozcan como tales.

En este salto sin red de la historia, vuelven a la Península los inventores de la acequia y se establecen, una vez más, en algunas de las localidades a las que sus antepasados dieron nombre. Pero cuidado, ya no es lo mismo. Lo único que perdura, aparte de esos genes mudos que nos corren por las venas y laten en la palma de nuestra mano, es un miedo ancestral, irracional, al moro[45].

Por otro lado, encontramos un grupo también muy abundante de ciudadanos sudamericanos, sobre todo provenientes de países del Altiplano, con marcados rasgos indígenas. Lo curioso es que sus ancestros, hace un par de siglos eran ciudadanos españoles, pero se hallaban en la antípoda de nuestra raza mediterránea. Eso sí, conservan una cultura común –aunque con algunos aspectos diferenciados y propios- y, en lo sustancial -el idioma y la religión-, son equiparables al ciudadano español actual. Y claro, su grado de integración en nuestro país es muy superior al de los norteafricanos, si bien presenta todavía considerables deficiencias a causa de su menor capacidad adquisitiva, que los relega a las clases más humildes.

Por eso, en general, aceptamos mejor a un señor, pongamos, ecuatoriano -que físicamente se parece poco a nosotros-, que a un señor marroquí, que podría ser nuestro padre, hermano o abuelo. Esta aparente incongruencia no hace sino ratificar la idea que expresábamos en el encabezamiento: la xenofobia, el racismo, obedece en la mayoría de los casos a factores ajenos a la raza en sí. Lo que suele suceder, no obstante, es que asociamos inconscientemente una raza con una cultura determinada y con una clase social.

Los ejemplos son innumerables. El español medio es incapaz de diferenciar entre dos rubios, uno de rasgos eslavos procedente de algún país del Este y otro anglosajón, estadounidense o inglés, por ejemplo. Los dos son de tez blanca y ojos y pelo claros. Pero se tratará de distinta manera a cada persona en virtud de que se identifique como ciudadano de una empobrecida república ex soviética, o perteneciente a un próspero país anglosajón.

Digo esto al hilo de una anécdota que me viene ahora a la cabeza y que resulta ilustrativa: en realidad, no fue más que un comentario cazado al vuelo en un bar de copas. Sucedió un fin de semana en Madrid, hace poco tiempo. Eran dos chicas que se sintieron decepcionadas cuando, creyendo que habían ligado con dos alemanes, se dieron cuenta de que eran polacos. Entonces oí que una de ellas se lo comunicaba a la otra que, ya fuera porque estaba afectada por la ingesta alcohólica, como así parecía, o por su poca capacidad de observación, no se había percatado de la verdadera nacionalidad de sus príncipes azules.

Lo cierto es que, al poco rato, los chicos estaban solos en la barra, sin acabar de entender qué había sucedido para que se truncase aquella incipiente relación, y ellas habían desaparecido. Resultó triste el proceder de las dos muchachas, sí, pero esclarecedor.

En cuanto al trasfondo sexual del racismo, sólo podemos decir que está poco tratado, pese a que, en muchos casos, constituya una obviedad. La raza negra ha sido tradicionalmente contemplada por la blanca como una bomba sexual. Muchos hombres blancos ven, en los hombres negros, a unos rivales superiores en el plano sexual, y muchas mujeres blancas fantasean con hombres negros por la misma razón.

La supuesta mayor virilidad de los hombres negros –incluidas las proporciones a veces astronómicas que se les atribuyen-, así como la lubricidad de las negras, llenan hasta rebosar los cántaros que contienen los tópicos sexuales.

En los años 20´ en USA, mucha gente denostó la irrupción de la nueva música –el jazz- por diversas razones. Aparte de las puramente musicales, se esgrimieron muchas otras de diverso pelaje, entre las que destacaban aquellas de tinte racista. Muy especialmente porque, en esa época en la que la segregación racial respiraba a pleno pulmón, el jazz ganaba adeptos entre los blancos y las mujeres de esta raza comenzaron a acudir a los garitos de baile donde se encontraban con hombres negros, con verdaderos “depredadores sexuales”, al decir de algunos blancos de la época. Los esfuerzos por erradicar el jazz fueron notables, entre otros y como caso señalado, por el popularísimo y destacado antisemita Henry Ford, que llegó a gastarse considerables sumas en patrocinar programas televisivos donde se enseñaba a la juventud a bailar polkas y minuetos. Incluso pagó a sus empleados clases de bailes folclóricos, con la esperanza de que cundiera un ejemplo que, a la vista de los resultados posteriores, no cundió en absoluto.

La música (y el arte en general) se ha revelado siempre como un poderoso vínculo humano que se halla por encima de sus diferencias raciales. Algo tan consustancial al ser humano como son las manifestaciones artísticas, no puede ajustarse a los patrones raciales que, por mucho que algunos se empeñen, serán siempre artificiales, postizos, ajenos a la esencia del homo sapiens que, -en mayor o menor medida (esto es broma)-, somos todos.

Y como siempre ocurre con estas cosas de los géneros nuevos, el jazz no sería una excepción, en el sentido de favorecer la integración. Por la misma época, ocurría lo mismo en la República Dominicana con el merengue. Y, ahora, en España, sucede lo mismo con la salsa. A la gente le gusta esa música, va a bailar y se encuentra en un ambiente multirracial y multicolor. Y muchos españoles siguen viendo en el negro o en el mulato caribeño, ese depredador sexual al que se referían los blancos americanos de hace casi un siglo.

¿Son sólo los mulatos y los negros los que constituyen la amenaza sexual del varón blanco? “No, hombre. También los moros. Los asiáticos no porque son pequeños”. Pues vale. Parece que nadie se para a pensar que la sangre del moro corre por nuestras venas. Y en gran cantidad. No como en el caso de muchos estadounidenses actuales que, como resulta cool (traducido sería algo así como güay) decir que llevan sangre india –de los primitivos pobladores del territorio actual, ojo, no se vayan a confundir con alguno de más al sur del Río Bravo- muchos son los rubios de ojos azules que se ufanan de llevar supuesta sangre siux o chellen. Aunque bastantes fueron los que me lo confesaron, con un asomo de orgullo difícil de entender, yo nunca les saqué un solo rasgo que delatase esta procedencia, sino, más bien, la de campesinos irlandeses o germánicos. En fin: Las modas son así. Pero donde yo quería llegar es a que, en nuestro caso, pese a que nadie te confíe con orgullo –como repito, lo hacen muchos norteamericanos con los indios- que sus ancestros eran moros o de origen moro, a nosotros sí que se nos nota. En realidad, no necesitamos decir nada para probarlo. Lo llevamos escrito en la cara, igual que algunos mejicanos criados en USA, de segunda o tercera generación, que, pese a teñirse el pelo, no pronunciar una palabra en castellano y ser más papistas que el Papa, “llevan el nopal en la frente”[46].

Por cierto, también existe entre los estadounidenses el mito sexual latino (de ambos lados del charco: latino europeo y latino americano) a quienes nos atribuyen con frecuencia dotes amatorias insospechadas. En una gigantesca y muy defectuosa encuesta sobre hábitos sexuales, que elaboró una conocidísima marca de condones, se desprendían conclusiones muy reveladoras en este sentido.

La encuesta se planteó con carácter mundial, era amplísima y fue prolijamente recogida por los medios de comunicación en nuestro país. Fragmentos morbosos de dicha encuesta colearon durante muchos meses en diversos medios, y a mí, que estaba trabajando en la agencia que la difundió en España, me tocó ordenar y traducir algunos datos que nuestro cliente nos proporcionó en bruto. Lo curioso es que gran parte de las preguntas que se formularon parecían tener como objeto, más que averiguar la realidad, informarnos sobre los tópicos vigentes, especialmente en USA, cuya muestra era la más numerosa. Así, se preguntaba, por ejemplo, quiénes creía el encuestado que eran los mejores amantes del mundo. Lógicamente, la mayoría contestaba que los de su propio país, esto es, USA, seguidos por los miembros de los países latinos. Por este orden: franceses, italianos e hispanos. Todos los tópicos sexuales asomaban la cabeza en aquella encuesta, trufada de elementos racistas encubiertos.

Respecto a nuestros pueblos discriminados, encontramos también algunas alusiones sexuales, como veremos más adelante. Deducimos, pues, que la asignación de connotaciones sexuales diferenciadas a las minorías étnicas es un fenómeno antiguo y común.

Curiosamente, es en el caso de la minoría más discriminada, más olvidada y aborrecida, en el que encontramos las alusiones sexuales más nítidas y sorprendentes. Curiosamente también, se le atribuyen encantos, digamos ocultos, e incluso contamos con testimonios que prueban una cierta apetencia morbosa por los individuos de esta etnia. Nos referimos, por supuesto, a los agotes. ¿Será que al ser humano siempre le ha tentado la manzana prohibida?

 

Consideración individual y social

Volviendo a Lardizábal y a su célebre “Apología”, habrá que señalar que, pese a ser el autor un ferviente absolutista y un furibundo clasista[47], no obstante introduce un elemento novedoso en su discurso, como es el de la noción de la dignidad humana, en este caso aplicada a los miembros de estos pueblos marginados, cuya justa causa supuestamente reivindica. Esta noción de una dignidad humana universal, tal como asegura entenderla Lardizábal, ya digo, es novedosa en su época (finales del S.XVIII). Incluso entre sus contemporáneos más avanzados, los ilustrados franceses, casi ninguno la postula con idéntica firmeza.

La dignidad humana como concepto universal supone el corta fuegos contra todo intento de discriminación, pues en la génesis del comportamiento racista, encontramos la apropiación progresiva de parcelas individuales que corresponden a los derechos de otros seres humanos. Este robo -en el que la violencia no tiene que ser física ni siquiera explícita- de derechos ajenos, conlleva privación de libertad, un atentado contra la dignidad de las personas. Para Jose Antonio Marina el mal radical consiste en desalojar a los seres humanos de la órbita de la dignidad[48].

El avance que supone dotar a la discriminación racial –en aras a desterrarla- de un componente moral reprobable es inmenso. Es decir, que el hecho de ser racistas nos situaría de repente en una categoría moral: la práctica del racismo nos convertiría automáticamente en malos y, desde luego, en usurpadores, en ladrones de derechos.

Los derechos individuales –y colectivos- conforman eso que hoy podríamos denominar como un “kit completo”, algo que no se puede trocear y repartir, independientemente de que afecten a distintos estamentos sociales (objetivo de los ilustrados franceses) o a distintas razas.

Se han ofrecido las explicaciones más peregrinas, para justificar que a determinados colectivos no les sea entregado en su integridad ese paquete de derechos con el que, en teoría, y pese a las dudas de Marina, todos habríamos nacido.

Antes mencionábamos, como caso, no por típico menos flagrante, el de los negros. Para llegar al convencimiento de que no había lugar a entregarles este precioso paquete, se caía en digresiones en torno a su supuesta carencia de alma, lo que les imposibilitaba pertenecer al género humano como miembros de pleno derecho. Por tanto, se podía esclavizarlos o incurrir en cualquier otra mezquindad sin asomo de remordimiento.

Incluso cuando la esclavitud es denostada -y finalmente prohibida- en todo el orbe, habrá quien entienda que (algunos, sin duda movidos por un extraño sentido de piedad religiosa) una cosa es esclavizarlos y eso no está bien, pero otra es equipararlos con el resto de los mortales, y eso, tampoco.

Esclarecedora y escalofriante, resulta la anécdota que nos narra Alexis de Tocqueville al hilo de esta reflexión:

“Encontré, en el Sur de la Unión, un viejo que antaño había mantenido un trato ilegítimo con una de sus negras. Había tenido varios hijos con ella, hijos que, al venir al mundo, se habían convertido en esclavos de su padre. Varias veces, éste había pensado en legarles, por lo menos, la libertad, pero habían transcurrido años antes de que hubiese podido salvar los obstáculos puestos por el legislador. Durante ese tiempo se había vuelto viejo e iba a morir. Se imaginaba entonces a sus hijos arrastrados de mercado en mercado y pasando de la autoridad paterna al látigo de un extraño. Esas horribles imágenes lanzaban al delirio a su imaginación expirante. Le vi presa de las angustias de la desesperación, y comprendí entonces que la naturaleza sabía vengarse de las heridas que le hacían las leyes[49].

Empero, esas leyes a las que alude, fueron fundamentales para revestir de legitimidad una costumbre perversa. Acierta de pleno Rousseau, cuando, en “el Contrato Social”, afirma que el más fuerte no lo es siempre demasiado para ser constantemente amo o señor, si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber[50].

Tocqueville estaba en contra de la esclavitud, a la que consideraba atacada por el cristianismo como injusta, y por la economía política como funesta. Sin embargo, se pregunta a continuación: ¿Se puede suponer, ni por un momento, que el americano del Sur (de EEUU), situado, como siempre lo estará, entre el hombre blanco, con toda la superioridad física y moral, y el negro, pueda pensar nunca en confundirse con este mismo?[51]

La idea de que negros y blancos (como lo fuera en este país con los judíos, con los agotes, con los gitanos, con los moriscos, etc.) no pueden convivir –ni mezclarse- estaba ampliamente difundida y, todavía hoy, es posible escuchar este tipo de opiniones, sobretodo en USA. Organizaciones racistas blancas[52] coinciden con sus homólogas negras[53], en que dicha convivencia resulta punto menos que utópica.

Ese espíritu movió a la creación del estado africano de Liberia, y fue sostenido por los padres de la democracia americana, como Jefferson, quien estaba seguro de que ambas razas, igualmente libres, no podrían vivir bajo el mismo gobierno.

Habrá de transcurrir mucho tiempo, casi un siglo, para que personajes de singular altura intelectual y moral, como T. De Chardin, pongan de manifiesto las virtudes que  produciría la mezcla de todas las razas y cuyo resultado sería el hombre sintético del futuro.

Sin duda, este jesuita estuvo más certero en sus vaticinios que Tocqueville, y supo ver que los conceptos raciales se diluyen a gran velocidad con la progresiva globalización y que quizás basten unas pocas generaciones para consumar un proceso de mestizaje total. Téngase presente que nos hemos dotado en pocos años de una movilidad social[54] y geográfica sin precedentes (y que avanza en progresión geométrica), y también, cómo no, que estamos desterrando viejos prejuicios a una velocidad sorprendente, con lo que se puede prever que, en un futuro no lejano, acabaremos por sepultar en un rincón enmohecido de la historia lo que fueron las divisiones raciales.

El gran antropólogo francés concibe un futuro donde las razas humanas acabarán por fusionarse y, así, desaparecerá todo conflicto étnico. Más aún, estima que, en el S.XX, nos hallábamos ya en el umbral de esta suprema conquista[55]. Empero, también advierte de que no encuentra interpretación alguna que pueda extenderse sin contradicciones a la totalidad del fenómeno humano[56] y de que es como si la masa humana en contradicción con las condiciones externas, que cada vez le fuerzan más imperiosamente a centrarse sobre sí misma, reaccionara interiormente disgregándose[57].

Por un lado, desde el punto de vista estrictamente biológico,  es fácil llegar a la conclusión de que nuestra especie, la humana, se halla condicionada de alguna manera por su carácter interfecundo y su propensión a la síntesis de sus distintas variantes (que Chardin llamará “ramos”[58]); por el otro, estima necesario que esos distintos ramos lleguen a fusionarse para que generen una sinergia en beneficio de toda la humanidad.

Esto, que sería lo deseable, no parece por desgracia probable a corto plazo, aunque puede y debe ser una realidad en épocas futuras. Lo que ocurre es que la conciencia de igualdad entre distintos pueblos y razas es muy reciente. Más bien deberíamos hablar de una conciencia en proceso, de una progresiva concienciación.

Pero esta misma concienciación de la semejanza entre pueblos y razas, puede operar también como una concienciación de la diferencia, o como catalizador de lo semejante para confrontarlo con lo diferente. A veces, esto lleva consigo la búsqueda de un espacio cultural y político propio, que un grupo –étnico o no- reclama para sí. Se suele producir entonces cierta desorientación y se intenta crear un nuevo marco, a veces fuera de la estructura social establecida. Se observan estas reacciones asociadas a fenómenos nacionalistas o identitarios, con diversos resultados. La historia política reciente está atiborrada de ejemplos, pero quizás el más llamativo sea el que se produjo en los años cincuenta y sesenta, cuando muchos negros norteamericanos se cuestionaron su identidad individual y grupal dentro del marco estatal de EEUU y se consideraron a sí mismos, como musulmanes de nuevo cuño que eran, ciudadanos del mundo del Islam[59].

El aumento imparable de intercambio entre razas y culturas nos aboca a ensayar nuevos modelos de relaciones, mucho más amplias y complejas que las que se dieron en un pasado. Pero estos intercambios, lejos de hacerse desde una óptica de igualdad, como pretendía Chardín y sería lo óptimo, se rigen por los mismos principios discriminatorios que han prevalecido en ocasiones pasadas. Por mucho que los conceptos raciales se diluyan, los determinantes sociales de clase siguen frustrando en gran medida los procesos de integración y mestizaje.

En el gran laboratorio urbano que pueden ser algunas metrópolis como Nueva York o Los Angeles, observamos cómo, efectivamente, la sociedad deja, poco a poco, de vertebrarse a través de los grupos raciales que la componen, pero que los estratos económicos se mantienen y condicionan el orden social. Es decir, que un negro o un hispano no vivirán en el peor barrio de la ciudad por el hecho de su pertenencia racial, sino por su menor poder adquisitivo.

En esta “igualdad por abajo” encontraremos juntos y a veces revueltos diversos grupos étnicos desfavorecidos, junto con individuos cuya etnia se corresponde a la dominante, pero que, por haber caído en desgracia –generalmente económica- comparten miserias con el resto.

Esto es posible porque las señas de identidad de las minorías marginadas se han desdibujado, a causa de su estrecha convivencia con otras, y ha perdido pujanza el elemento diferenciador étnico, pero se ha mantenido en lo económico. Al ser éste el principal factor de discriminación actual en las sociedades capitalistas, cuyas leyes amparan la igualdad en el terreno étnico, es entendible que se produzcan estas situaciones: ahora los miembros más desfavorecidos del grupo social dominante se mezclan con los de las minorías étnicas marginadas, con lo que pasan a equiparse de algún modo con ellos. De esta forma, abandonan de hecho la adscripción a su grupo original.

Y es que, como sostiene Bruno Mazzara, donde las relaciones entre etnias son muy diversas (…) se ha podido comprobar que el nivel de prejuicios y de hostilidad recíproca no es tan alto en los sujetos que se sienten personalmente en desventaja, como en los que perciben a su propio grupo en desventaja con respecto al otro[60].

Este fenómeno, que puede parecer novedoso, no lo es tanto. Sabemos que muchas minorías se mezclaron con otras, igualmente marginadas, o con los desheredados provenientes del grupo dominante. Las leproserías europeas acogieron, aparte de leprosos, a miembros pertenecientes a minorías perseguidas que encontraban en estos reductos inmundos los únicos lugares que les brindaban una mínima protección. Considerando que el miedo a contraer la enfermedad sería, al menos, equiparable al del resto de la población, imaginamos el temor que les inspiraba la sociedad para desafiar tan grave peligro.

Esto ocurrió con los agotes, a menudo identificados como leprosos o tratados como tales. Pero en este batiburrillo de parias, entraron también gitanos y otras varias minorías proscritas. Los quinquis, descendientes de antiguos miserables que se echan a los caminos como única morada, conviven también estrechamente con los gitanos y, en realidad, a veces es difícil identificar a qué minoría en concreto se refieren los documentos si no nos lo especifican. O bien se refieren a varios grupos de gente perseguida, sin que importe mucho precisar qué relación étnica guardan entre sí.

Pío Baroja, hablando de los akelarres, cuenta que en Navarra las razas despreciadas, los agotes del Baztán, los húngaros y los gitanos, se acogían a ella (la brujería), y las cuevas en donde las viejas hechiceras hacían sus ungüentos y sus elixires eran refugio de los perseguidos por la justicia y de los despreciados por el pueblo[61].

Todo esto lo veremos cuando nos ocupemos de los agotes, pero, repito, estas interrelaciones que se dan en los grupos más desfavorecidos, pese a su pujanza actual, nunca han dejado de producirse.

Falta comentar el caso de los “tránsfugas” étnicos o culturales, es decir, aquellos individuos que directamente abandonan su grupo original para integrarse en otro y, por lo general, abominan de su pasado. Lo frecuente es que sus esfuerzos vayan en la dirección de abrazar las señas de identidad del grupo dominante. Este fenómeno es archiconocido y se repite en todas las sociedades. Se trata de un esfuerzo por integrarse en lo que consideran la élite social, en definitiva, de vivir mejor, aun a costa de renegar de sus propias raíces.

Pero también se produce este fenómeno a la inversa, si bien en cuantía muy inferior. Sabemos de individuos que, por una razón u otra, han decidido engrosar las filas de una minoría discriminada. Cada uno tiene sus razones y a nadie se le puede reprochar una elección de este tipo. Me acuerdo de un chico que, durante la infancia, estudió conmigo en mi ciudad natal. Pertenecía a una familia de clase media/alta, de la burguesía tradicional bilbaína. Pues bien, años más tarde, me enteré de que vivía en Madrid, se había casado con una gitana, se había integrado totalmente en esta comunidad y se ganaba la vida vendiendo al por menor en el Rastro. Por su vestimenta, forma de hablar y de conducirse, nadie diría hoy que este hombre es un payo.

Pero incluso en épocas y países donde este tipo de cambios suponían –y suponen- graves riesgos, tenemos constancia de ellos. El historiador cubano Manuel Moreno, describe uno de estos casos, en concreto el de uno de sus paisanos, el sacerdote fray José Díaz Pimienta[62], que fue ejecutado en Sevilla por el Santo Oficio en el año 1.720, cuando decidió dejar de ser fray José Díaz Pimienta, para convertirse en el rabino Abraham Díaz Pimienta[63].

Los judíos en nuestro país fueron perseguidos con saña, como todo el mundo sabe. Lo increíble es que, tras su expulsión en masa, los casos de judaísmo continuaron dándose durante varios siglos. Al margen de que algunos focos de conversos que, por su número y concentración -como ocurriera por ejemplo en Tierra de Campos, o directamente con los chuetas mallorquines-, fuesen considerados sospechosos durante generaciones, los casos individuales, más o menos aislados, se contaron por miles. O al menos, así lo creyó el Santo Oficio, que nunca bajó la guardia. De hecho, como señala Stanley G. Payne, la capacidad de resistencia de los conversos fue notable. Aunque tal vez sólo una minoría siguió siendo cripto-judía, gran parte de ellos continuaron casándose con personas de su círculo social, con lo cual su peculiar identidad se preservó hasta cinco o seis generaciones posteriores[64].

En realidad, debido al integrismo religioso de la época, se persiguió con más virulencia a los individuos que profesaban otros credos, que a los pertenecientes a las minorías étnicas en sí. El temor que originaban estos supuestos herejes fue siempre claramente desproporcionado, salvo quizás en el caso de los moriscos, a quienes se vio como aliados del turco –una especie de caballo de Troya- que asolaba el Mediterráneo.

El pueblo optó por acusar a las minorías de -si no practicar otros credos-, sí ser descendientes de gentes que en su momento lo hicieron. Agotes, pasiegos, vaqueiros y maragatos fueron relacionados con judíos y/o moros, según. A veces con ambos, sin que todavía sepamos muy bien cómo se llegó a esas conclusiones.

La Inquisición, empero, se mostró benigna e incrédula las más de las veces, pues no dio pábulo a estos infundios, ni cayó en la treta del pueblo, que hubiera querido verlos a todos ellos en la hoguera. Estos expertos en delitos religiosos sabían que, tras las minorías discriminadas, no había tales herejías. En eso tuvieron suerte, porque, de haber prestado oídos el Santo Oficio a las acusaciones que la gente de la época imputaba a estas minorías desgraciadas, su suerte hubiera sido mucho más terrible. El horno no estaba para bollos (y no es un macabro juego de palabras) y en la atmósfera fétida que propició la persecución religiosa, se tramó un turbio negocio de delaciones, de dimes y diretes, de acusaciones anónimas que podían llevar a una persona a la hoguera, en caso extremo, o a otras penas durísimas las más de las veces.

Delibes recrea esta situación en su novela “El hereje”, ambientada en el Valladolid del S.XVII, y hace preguntarse al protagonista encarcelado: “¿Era posible que la dulce Beatriz denunciase a tantas personas, empezando por sus hermanos, sin una vacilación? ¿Valía tanto la vida para ella como para incurrir en perjurio y enviar a su familia y amigos a la hoguera con tal de salvar su piel?[65]

Por último, no podemos olvidar que también existe gente que, movida por el libre ejercicio de una opción personal, deciden ausentarse –en mayor o menor medida- de la sociedad.

Estos casos no son frecuentes y en su mayoría obedecen más a modas pasajeras que a decisiones meditadas, pero debemos aceptar estas deserciones voluntarias de igual modo.

Las servidumbres que impone la vida en sociedad son quizás menos que las contrapartidas que ofrece, en aras a desarrollarse como individuo.  Esto sólo es posible en el seno de una comunidad, aunque nadie puede ser forzado a someterse a la sociedad que le ha tocado, por muy perfecta y armoniosa que nos pueda parecer a los demás.

Habitualmente, estos individuos que optan abiertamente por desligarse de la sociedad, o bien la rechazan en su totalidad, suelen ser tildados de excéntricos, locos y esnobistas, si no de cosas peores. Pero tenemos constancia de que grandes pensadores, cuya capacidad nadie pone en duda, también adoptaron esta opción. Uno de los casos más célebres sería el de Rosseau, quien, al final de su vida, confiesa: “Jamás he sido apto para la sociedad civil, donde todo es molestia, obligación, deber, y donde mi natural independiente me hizo siempre incapaz de las sujeciones necesarias para quien quiere vivir con los hombres”.[66]

En todo caso, cuando nos referimos a las minorías discriminadas, resulta un tanto frívolo hablar, como se hace en ocasiones, de marginación voluntaria. Por mucho que se den posturas individuales, o incluso colectivas de grupos concretos, que hayan preferido buscar espacios de identidad propia al margen del devenir de las sociedades en las que no encontraron cabida. Lo veremos a continuación, tratando los problemas que ocasiona la convivencia de distintos grupos entre sí.

 

Problemas de convivencia

Resulta lógico suponer que, cuando dos o más grupos coexisten en un mismo espacio social, se generen tensiones de distintos tipos. La más obvia sería la que se produce cuando varios colectivos, étnicos o no, se disputan un puesto en la jerarquía social. Las clases dominantes, en una sociedad multiétnica compuestas generalmente por la étnia más poderosa[67], suelen parapetarse tras su poder –a veces inmenso- que impide la intrusión de lo que ellos considerarán arribistas sociales. Las clases medias se suelen prestar a mayores indefiniciones, lo que las hace también más permeables. Pero la disputa a cuchillo se produce generalmente en los estamentos más desfavorecidos, precisamente donde pugnan las minorías discriminadas por hacerse en hueco por donde asomar la cabeza.

Ya hemos visto que la pobreza y la marginación igualan “por abajo” a distintos grupos, vengan de una etnia u otra. Pero esto no significa que se eliminen automáticamente las marcadas diferencias y rivalidades entre ellos, aunque sí que esta situación de desventaja compartida puede llegar a suavizarlas. No obstante, debemos recordar que, en muchos guetos modernos estadounidenses –no en todos-, los hispanos y los negros no se mezclan en mayor medida de lo que lo harían con los blancos anglosajones y, a menudo, compiten entre sí por la tenencia y disfrute de algunos negocios al margen de la ley, como es el de la droga, que florecen en estos ambientes.

Respecto a la relación que existe entre la clase dominante y la subordinada a ésta, ya sea una sola o varias, siempre se generarán ciertos problemas, por razones obvias. En nuestro caso, lo que más preocupaba –y preocupa- a los grupos dominantes de cada sociedad son los posibles conflictos que pudieran ocasionar las minorías sojuzgadas. Es decir, no importa tanto que un grupo humano pueda ver sus derechos más elementales usurpados, como que esto pueda devenir en enfrentamientos violentos. Vamos, que, en muchos casos, se intenta atajar los efectos sin reparar en las causas que los provocan.

El temor que inspiran estas minorías adquiere características de círculo vicioso, pues ese mismo temor se convierte al final en una razón más para mantenerlas alejadas y aumentar su rechazo. Por eso, desde la parte dominante, se potencia su indefensión, en previsión de que algún día puedan intentar “dar la vuelta a la tortilla”.

La amenaza de un posible revanchismo está siempre en la mente de los dominadores, y de ahí que encontremos ejemplos numerosísimos de leyes tendentes a controlar o neutralizar el peligro potencial que suponen. En el pasado, estas medidas estaban encaminadas a fijar restricciones en materia de posesión de armas[68], a impedir la organización de sus miembros, o a regular cualquier otro aspecto que pudiera incrementar ese supuesto peligro latente que se advertía en todo pueblo marginado.

Reflexionaba Tocqueville con preocupación señalando que si se niega la libertad a los negros del Sur, acabarán por tomársela violentamente ellos mismos; si se les concede, no tardarán en abusar de ella[69].

Algo muy parecido a lo que opinaba Lardizábal y que esgrimía como excusa para ejercer un control jerárquico para con las clases más desfavorecidas: “Póngase hoy todos los hombres en un perfecto nivel de clases: este nivel que especulativamente parece tan agradable, se verá mañana trastornado en la práctica por el deseo de dominación que entrará en los más fuertes, para ponerse encima de los que pueden menos”[70].

Se supone que esos “nuevos” fuertes, no serían los de antaño y se trataría pues, de subvertir el orden tradicionalmente establecido. Algo que calificaría como vengativo o como simple revanchismo, por lo que aboga por continuar manteniendo una implacable tutela desde las alturas del poder. Esta cautela resulta muy humana y, a la vez, sintomática de que, en conciencia, se sabe cometiendo un abuso: Siempre que se produce una situación de discriminación, surge el convencimiento de un enfrentamiento inevitable, por lo que se recomienda ejercer un control férreo y unas medidas represivas proporcionales con la gravedad del asunto. En casos extremos, los discriminados serán expulsados o exterminados, pero lo normal suele ser mantenerlos bajo control y debilitarlos en lo posible, para que no se alcen contra el poder establecido que representa el resto de la sociedad.

La convivencia feliz en esta coyuntura resulta, pues, quimérica, por mucho que algunos autores nos quieran convencer de lo contrario y saquen a colación ciertos episodios lejanos cuando la historia no la tenemos a mano. Me estoy refiriendo, por ejemplo, al tan manido como falso mito de la presunta armonía en la que convivieron durante siglos “Las Tres Culturas” en el solar ibérico. Que compartiesen suelo peninsular, no significa que convivieran. Las juderías amuralladas o las divisiones territoriales con la zona mora podían servir de ejemplos, aunque no serían, ni mucho menos, los únicos.

Recuerdo que, en el año 1.991, con ocasión del célebre y primer encuentro público en Madrid entre la denominada Autoridad Nacional Palestina y el presidente judío, los medios de comunicación aludieron constantemente al carácter integrador español. El acto se celebró en Madrid y los periodistas repitieron hasta la saciedad aquello de las tres culturas, que tanto gusta sacar a relucir en momentos como aquél. Se referían, como el lector puede suponer, a las tres culturas –musulmana, judía y cristiana- que habitaron simultáneamente en la Península durante varios siglos. Esto es cierto y queda muy bien airearlo en un tenso encuentro entre judíos y musulmanes modernos que tiene lugar en territorio cristiano. Además, si tenemos en cuenta el propósito de la reunión -que era el de buscar una solución pacífica al conflicto entre la nación palestina y los judíos del estado de Israel-, habremos de convenir en que los esfuerzos de los medios de comunicación del país anfitrión resultaron loables.

Se ofreció una imagen de la España antigua como la de un territorio donde cabían todos, mezclados en feliz revoltillo. El cuadro, pintado con gruesos trazos, estaba bien para verlo de lejos. Pero si nos acercamos un poco, si observamos con detenimiento las pinceladas que, a distancia, conforman una bella estampa, casi idílica, nos encontraremos súbitamente ante una pesadilla goyesca. La España negra que asoma como un tizón por entre cada uno de los trazos coloridos, nos habla de división de territorios, de intolerancia, de diferentes espacios para cada una de las culturas que, sólo en algunos momentos, convergieron en armonía. Un panorama, sin duda, mucho más similar al que presentaban palestinos y judíos en el momento de la negociación.

La España feliz de las Tres Culturas es una monserga. Ni siquiera deberíamos hablar de España cuando nos referimos al siglo XII, por ejemplo, y nos relamemos pensando en lo buenos que éramos, y lo bien que vivían juntos cristianos, judíos y musulmanes.

Si entendemos que, por vivir todos ellos dentro de las fronteras naturales de la Península, vivían juntos, me parece fantástico. Allá cada cuál y sus análisis. Ahora bien, si nos atenemos a los hechos, o a lo que se desprende de las crónicas de la época, obtendremos un panorama bien distinto: Grandes franjas de territorios despoblados (comparables a las franjas de seguridad actuales en la zona de Gaza) para protegerse mutuamente, unos de otros, cristianos y árabes. Juderías en las principales ciudades. Encuentros y desencuentros, pactos y disputas que se sucedieron a través de una historia de muchos siglos de guerra y paz. Y todo ello sin contar con la repudia generalizada a otras minorías de la época.

En realidad, la historia de nuestra península es la historia de un esfuerzo por unificar y por acabar con las minorías, por sangrar hasta la última gota de sangre impura; y a fe que se ha conseguido, a juzgar por la uniformidad actual. Lo cual tiene más “mérito” si reparamos en los muchos pueblos y culturas que han habitado nuestro solar patrio.

Hoy, para definir este proceso, hablaríamos de limpieza étnica. Una limpieza prolongada durante siglos y llevada a cabo con un entusiasmo digno de mejor causa.

Algunos señalan el S.XV y el S.XVI como culminación del proceso, coincidiendo con la expulsión de judíos y moros. Qué duda cabe que estas expulsiones masivas deben ser consideradas en toda su importancia, pero no conviene pecar de inocentes creyendo que todo acabó ahí. Hubo más, mucho más: persecuciones, expulsiones, juicios civiles y religiosos –sin contar con el Santo Oficio, que iba por libre-,  castigos de todo tipo y denodados intentos por hacer borrón y cuenta nueva cambiando de credo, de costumbres y de apellidos. Todo el santoral figura en el listín telefónico.

Probar limpieza de sangre y solar antiguo se convirtieron en una obsesión que habría de durar muchos siglos. Emilio Temprano nos aclara al respecto que si las distintas razas convivían en el mismo espacio –como ocurrió en España durante siglos-, se creaba todo un oscuro entramado de rencillas visibles o encubiertas. De modo que todas ellas, desde las más admiradas a las menos amparadas, trataban de defender por distintos medios y posibilidades sus creencias, tradiciones, costumbres y el propio orgullo racial frente a las otras razas. Estos recelos o claros enfrentamientos, producían automáticamente actitudes de incomunicación, odio, desprecio mutuo, delación (…) que hacía que la convivencia fuese mucho más compleja, y, desde luego, menos idílica de lo que nos hacen ver algunos teóricos de las “Tres Culturas”: la cristiana, la judía y la musulmana[71].

Y a continuación se apoya en la autoridad de J. Caro Baroja, para entresacar de su libro “Toledo” que muchos eruditos han enjuiciado esta cuestión de forma unilateral, a favor o en contra, puesto que si se analiza detenidamente la vida social de esta cuidad en épocas distintas se puede comprobar cómo la convivencia entre cristianos, moros y judíos produjo siempre conflictos complicadísimos y de difícil descripción, tragedias colectivas que duraron generaciones, angustias personales, disimulaciones, rumores y calumnias[72]. Y concluye: En fin, un ambiente bastante desagradable para vivir[73].

En este contexto tenemos que situarnos para entender los capítulos que siguen, en los que veremos, caso por caso, la discriminación de algunos pueblos mucho más minoritarios e “inofensivos” que los que fueron expulsados y que siguieron habitando en tierras ibéricas.

Ninguno de ellos pudo probar la limpieza de su sangre y a todos se les atribuyeron orígenes vergonzantes. Nos referimos a los agotes navarros, los vaqueiros de alzada asturianos, los pasiegos cántabros y burgaleses, los maragatos leoneses y los quinquis nómadas.


[1] Carlos Alonso del Real Esperando a los BárbarosEspasa-Calpe, Madrid 1972

[2] Henri Mendras Elementos de sociología  Ed. Laia, Barcelona 1973

[3] Max Weber señala que la palabra “casta” es de origen portugués, y que el antiguo nombre hindú “varna”, equivaldría a color. Ignoro si tiene alguna relación con el de la piel.

[4] Amando de Miguel Autobiografía de los españoles  Ed. Planeta, Barcelona 1997

[5] Francis E. Merrill  Introducción a la sociología  Ediciones Aguilar, Madrid 1.967

[6] Destacaron en este tráfico Inglaterra y Portugal.

[7] Hugh Thomas La trata de esclavos Ed. Planeta, Barcelona 1.998

[8] Ya hemos reseñado la agresividad, la competencia entre individuos, etc.

[9] Voltaire  Ensayo sobre las Costumbres y el Espíritu de las Naciones Librería Hachette, Buenos Aires 1.959

[10] En este punto, en vez de España, sería más propio hablar del Imperio de los Austrias.

[11] Enrique Tierno Galván Conocimiento y Ciencias Sociales Editorial Tecnos, Madrid 1973

[12] Charles-Louis Montesquieu Del espíritu de las leyes Editorial Tecnos, Madrid 1972

[13] Esto es lo que ocurrió con los agotes, con los vaqueiros, con los quinquis, gitanos, etc.

[14] Como que tenían rabo, capacidad para pudrir la fruta, para contaminar el agua y el aire con su aliento, y un largo etcétera.

[15] Como en las representaciones que se hicieron a partir de los fósiles de Zhoukoudian, pertenecientes a restos de Homo erectus.

[16] Bernardo Acevedo y Huelves  Los Vaqueiros de Alzada en Asturias Editado por la Escuela Tipográfica del Hospicio Provincial, Oviedo 1915

[17] Sabemos que durante el régimen franquista, se llevaron a cabo estudios de craneometría con los agotes, para dictaminar que se trataba de un pueblo dolicocéfalo, por mucho que otros opinaran lo contrario. Este análisis es el último que hemos encontrado, aunque, como se ve, es de época muy reciente.

[18] Federico Aragón y Escacena Breve estudio antropológico acerca del pueblo maragato Facultad de Ciencias Naturales  Madrid, 1902

[19] Juan Luis Arsuaga El Enigma de la Esfinge  Plaza&Janés Ed., Barcelona 2001

[20] Publicado en La Nación, en Buenos Aires, el 21 de julio de 1.907 y recogido posteriormente en “Libros y Autores españoles contemporáneos” Espasa Calpe, Madrid 1972

[21] En muchos casos, las leyes se hacían a medida para perjudicar a estos pueblos discriminados, pero, aún así, ellos se acogían a ellas, a sabiendas de que, aunque injustas, les proporcionaban cierta defensa frente a los desmanes de sus vecinos.

[22] David Barash El comportamiento animal del hombre. Ediciones ATE. Textos de antropología. Barcelona, 1981

[23] Muy interesante resulta la lectura del libro de R. Dawkings “El gen egoísta”, en el que trata este punto con detalle y llega a conclusiones asombrosas sobre el particular.

[24] Charles Darwin El Origen de las Especies Ed. Alba, Madrid 1998

[25] David Attenborough La vida a prueba RBA Editores, Barcelona 1993

[26] Algunos autores han señalado a hormigas, termes o abejas como ejemplos paradigmáticos de animales no territoriales, a causa de la estrecha convivencia que mantienen, sin que pueda apreciarse ningún sentido de la propiedad sobre el territorio particular de cada uno de sus miembros, ni siquiera sobre la comida.

[27] Esta es la tesis del genetista Richard Dawkins, quien en su  libro “el Gen Egoísta”, ya mencionado, explica cómo, entre todos los integrantes de una colmena o de un hormiguero, conforman un solo cuerpo, que es el que debe sobrevivir, al margen de cada individuo quien, por sí solo, no tiene ningún valor.

[28] Me refiero aquí a algunos autores, entre los que destaca Robert Ardrey que, en alguno de sus libros –como en el famoso “El instinto territorial”, defiende esta idea.

[29] El percebe es un crustáceo que nada libre en sus primeros estadios vitales. Una vez fijado a la roca, es cuando comienza su evolución a estado adulto. Si nunca se adhiere a una roca en la que no se hallen presentes sus semejantes, suponemos que es porque esta convivencia le reporta ventajas, como así parece ser.

[30] Ashley Montagu La naturaleza de la agresividad humana Alianza Editorial. Madrid, 1978

[31] Bertrand Russell. Principios de reconstrucción social. Espasa Calpe. Madrid, 1975

[32] Máxime cuando estos discriminados no conforman un grupo étnico diferenciado. A lo largo de la historia, se han dado situaciones extremas que revelan esta ansia por señalar la diferencia. Como casos paradigmáticos, podríamos destacar las señales rojas con forma de pie de pato que debían llevar los agotes, o las Estrellas de David de los judíos durante la II Gran Guerra, en el territorio controlado por los nazis.

[33] Max Weber Ensayos de sociología contemporánea Ed. Martínez Roca, Barcelona 1972

[34] Escribió el libro que se citará varias veces a lo largo de estas páginas, por ser un trabajo de referencia y constituir un soporte documental al que, a su vez, se refieren casi todos los autores que escriben sobre el tema. La autoridad de Jovellanos, en su volumen “ASTURIAS: Las Romerías.- Los Vaqueiros” publicado en Madrid en 1.899, lo reconoce y, sin citarlo, escribe: “Harto más fruto puede esperarse del defensor de los chuetas, agotes y vaqueiros, que dirigiendo sus raciocinios contra la bárbara preocupación que los envilece, siguió principios más conocidos y seguros, e hizo un servicio más importante al público y más grato a la humanidad.”

[35] Miguel de Lardizábal Apología por los agotes de Navarra y los chuetas de Mallorca, con una breve digresión a los vaqueros de Asturias Edición facsímil del Ararteko, Vitoria 2000

[36] Idém

[37] “¡Qué confusión! ¡Qué tiranía bajo el nombre de protección de los pueblos! ¡Qué servidumbre bajo el nombre de libertad! No pudiendo, pues, subsistir entre los hombres la igualdad geométrica, ni en los bienes, ni en las clases, ni en las fortunas, ¿qué nos dicta la razón, nuestro propio interés, el de nuestros conciudadanos (…)? (…) Que para hacernos recíprocamente felices es menester contentarnos con aquella especie de igualdad moral, que consiste en mantener a cada uno en sus derechos, en su estado hereditario o adquirido, en su tierra, en su casa, en su libertad natural. Pero al mismo tiempo en la subordinación necesaria para mantener del mismo modo a los otros”.

[38] Emilio Temprano. La caverna racial europea. Ediciones Cátedra, Madrid 1990

[39] Clive Gamble Las sociedades paleolíticas de Europa  Ed. Ariel, Barcelona 2001

[40] Louis Althusser La revolución teórica de Marx Siglo XXI Editores, Méjico 1.968

[41] Federico Engels Obras escogidas de Marx y Engels, “De la autoridad” Tomo I  Ed. Fundamentos, Madrid 1975

[42] Federico Engels Obras escogidas de Marx y Engels, “De la autoridad” Tomo I  Ed. Fundamentos, Madrid 1975

[43] Roberto Fernández  La España de los Borbones  Historia 16. Ed. Temas de hoy, Madrid 1996

[44] Ídem

[45] Este término no pretende ser, en absoluto, peyorativo. Quizás algunos eufemismos -considerados “políticamente correctos”-, gozan de mayor aceptación en la actualidad, por lo que quiero aclarar este punto. De hecho, incluso palabras que a nadie ofenderían, como la voz moreno, comparten esta etimología. Lo que no haré en ningún caso es referirme a los mulatos o a los negros como morenos, y trataré en lo posible evitar este tipo de eufemismos que, a mi entender, desprenden un inconfundible tufillo racista.

[46] Esta expresión la escuché por primera vez en un bar de San Diego, en California, refiriéndose a la dureza de dos agentes del servicio de vigilancia fronteriza estadounidense, cuyos apellidos eran algo así como “Peres” y “García”. Volveremos a esto cuando hablemos de los “cucos” mejicanos.

[47]No quiero decir, ni creo que habrá quien me haga la injusticia de atribuírmelo, que un caballero, un señor case a su hija con un mercader o con un platero: esto sería confundir las clases; pero tratando ellos a los chuetas con el mismo aprecio que a las demás gentes de su esfera, proporcionando con maña y sin violencia que sus criados, que otras personas semejantes del pueblo se enlacen con ellos, combatida primero por el ejemplo, vendrá a quedar al fin en la mezcla de la sangre absorbida la opinión”.

[48] José Antonio Marina Ética para náufragos. Anagrama. Barcelona, 1995

[49]  Alexis de Tocqueville  La democracia en América  Ed. Orbis, Barcelona 1985

[50] J.J. Rousseau El Contrato Social EDAF Ediciones, Madrid 1978

[51] Alexis de Tocqueville  La democracia en América  Ed. Orbis, Barcelona 1985

[52] Véanse  algunos grupos racistas como los K.K.K., los White Kdnider, etc.

[53] Por ejemplo, los Black Panthers.

[54] Como dice el sociólogo H. Medras: “Hoy en día, y cada vez más, los grupos son más heterogéneos, más permeables. Las clases sociales se diluyen, la jerarquía social se ha diversificado en una gran cantidad de estratos, entre los cuales ya no existe el mismo grado de distancia cultural y que, por su número, permiten la fuerte movilidad social que exige el dinamismo económico”. Henri Mendras Elementos de sociología  Ed. Laia, Barcelona 1973

[55]Tras haber alcanzado, sin haberse separado completamente, cierto distanciamiento máximo, los ramos humanos comiencen a acercarse el un9o al otro más de lo que divergen, es decir, se pongan a confluir. (…) Aplicado al caso de las razas y los pueblos, este principio deja prever en el futuro cierta uniformación de los caracteres somáticos y psíquicos del hombre; pero acompañada de una riqueza viviente en la que se reconocen, llevadas a su máximum, las cualidades particulares a cada una de las líneas de convergencia. La formación de un tipo humano sintético, a partir de todos los matices de la humanidad aparecidos y madurados a la largo de la historia, deberá ser, si mi hipótesis es válida, el proceso que actualmente se halle en curso sobre nuestra tierra”.

[56] T. De Chardin La visión del pasado Ed. Taurus, Madrid 1964

[57] Idem

[58]La subdivisión o unidad natural de la humanidad no es, pues, ni la sola raza de los antropólogos, ni las solas naciones o culturas de los sociólogos: es un determinado compuesto de los dos, al que, por el momento, llamaré en estas páginas ramo humano.

[59] E. Essien-Udom Black Nationalism  University of Chicago Press, Chicago 1962

[60] Bruno Mazzara Estereotipos y prejuicios. Acento Editorial. Madrid 1999

[61] Pío Baroja  La dama de Urtubi y otras historias  Ed. Afrodisio Aguado, Madrid 1958

[62] En el libro de M. Montero se recoge que este clérigo era descendiente de Francisco Díaz Pimienta,  General de la Real Armada de las Indias, quien fue calificado como el general más injusto y pernicioso que hasta hoy se ha nombrado, y al que se le atribuían “cosas vilísimas”. Además, se sospechaba que uno de sus antepasados era un judío portugués.

[63] Manuel Montero Fraginals Cuba/España España/Cuba Historia Común Ed. Grijalbo Mondadori, Barcelona 1995

[64] Stanley G. Payne La España imperial  Ed. Playor, Madrid 1994

[65] Miguel Delibes El hereje Ed. Destino, Barcelona 1998

[66] J.J. Rousseau Las ensoñaciones del paseante solitario Ed. Cátedra, Madrid 1986

[67] Como excepción a esta norma, muchos judíos han formado parte de las clases dirigentes  en diversas sociedades a lo largo de la historia, sin que su etnia fuese la mayoritaria. Incluso en los reinos cristianos de la Península antes de la expulsión, bastantes judíos  formaron parte de la élite social cristiana, lo que les ocasionó no podas animadversiones entre el pueblo llano pero, sobre todo, entre la miserable, orgullosa y, en este caso, envidiosa, baja nobleza.

[68] Incluso en el caso de los agotes, que eran absolutamente miserables y no conformaban ningún tipo de estructura común, se les prohibía tener armas y caballos.

[69] Alexis de Tocqueville  La democracia en América  Ed. Orbis. Barcelona, 1985

[70] Lardizábal Apología por los agotes de Navarra y los chuetas de Mallorca, con una breve digresión a los vaqueros de Asturias Edición facsímil Ararteko, Vitoria 2000

[71] Emilio Temprano  La caverna racial europea  Ediciones Cátedra, Madrid 1990

[72] Ídem

[73] Ídem

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