Capítulo II

Los Agotes

 

Basta ver la energía, la resolución, la soltura con que cualquier individuo se mueve hoy por la existencia, agarra el placer que pasa, impone su decisión.

Ortega

El caso de los agotes es extraordinario. Se trata de un colectivo humano, al que, en puridad, no podríamos denominar pueblo, raza, etnia ni nada parecido[1] que fue cruelmente marginado durante más de cinco siglos. El comienzo de esta discriminación se remonta a fechas muy tempranas[2] -por lo menos al S.XV- y se mantiene en algunos lugares hasta principios del S.XX. En la actualidad, en lo que fue su último gueto, el barrio de Bozate en Arizkun[3], todavía se puede respirar la psicosis fétida de aquel terror antiguo. Por mucho que ya no exista ninguna forma de marginación, sólo hace falta remover un poco esa basura para que vuelva a envenenar el aire con su hedor.

Decía el ensayista y premio novel, Henry Bergson, que lo muerto conserva aún durante un tiempo los rasgos de lo vivo[4]. En efecto, basta que algún forastero, llevado tal vez por su ingenuidad, pronuncie la palabra maldita. Una sola palabra, “agote”, será suficiente para que esa persona tan amable que nos estaba indicando los más bellos paisajes y rincones del norte navarro, tuerza el gesto y dé por concluida la charla.

Recuerdo la primera vez que pregunté por los agotes en el barrio de Bozate. Ahora no cometería de nuevo esa torpeza.

Nadie me dijo nada relevante, por supuesto. Muchos negaron haber escuchado esa palabra y otros contestaron que no sabían a qué me refería, pero reaccionaban como si anduviera preguntando por Drácula en Transilvania. Otros opinaban que todo eran leyendas y muchos optaron por improvisar una disculpa y terminar de súbito la conversación. Sólo unos pocos accedieron a hablar conmigo, aunque sin aportar ninguna información.

Visto que no iba a sacar nada en limpio, desvié la conversación hacia un terreno en el que se sentían más cómodos, y comencé a formular preguntas insustanciales al modo del turista más apresurado. Me identifiqué como bilbaino y quise saber si en aquellas latitudes también tenían apellidos vascos, cosa que sabía a ciencia cierta.

En ese momento, las caras se tornaron sonrientes y con poco disimulado orgullo recitaron sus apellidos, tan vascos y antiguos como genuinamente agotes.

Sí. Estaba charlando con  los descendientes directos de los agotes que figuraban censados en mis libros. Aquellos individuos pertenecían a las mismas familias que habían luchado generación tras generación por sacudirse el estigma, que habían soportado en sus carnes la marginación más dura de cuantas tengo noticia en nuestra Europa contemporánea.

No obstante –según decían-,  eso eran leyendas, nunca hubo agotes y, de haberlos habido, debió ser en otros lugares…

Entonces me vino a la cabeza todo lo que había leído sobre el tema: los agotes no podían entrar a la iglesia por la misma puerta que el resto de los cristianos, ni compartir la pila bautismal ni la comunión; tampoco podían establecerse libremente en ningún núcleo urbano y carecían de derechos de vecindad[5], por mucho tiempo que hubieran residido en un lugar. Además estaban obligados a observar una férrea endogamia y a identificarse como agotes en cualquier ocasión. Sufrían persecuciones y expulsiones periódicas, eran tenidos por herejes, por leprosos, por extranjeros indeseables… En fin: la lista es interminable y ya la iremos viendo a medida que continuemos con la lectura de este capítulo.

Por tanto, sabemos las consecuencias directas que tuvo esta segregación brutal. Lo que desconocemos es qué factores la motivaron. Dónde, cómo y por qué comenzó todo.

Los testimonios que poseemos son de terceros. Nunca encontramos alegatos de defensa de los acusados, que se limitan, como mucho, a negar lo que se les imputa.

Respecto a los libros que hacen referencia a los agotes, en su mayoría se limitan a reflejar esta situación de discriminación y dan cuenta de la legislación que la propició. Como, además, la documentación existente[6] es bastante escasa, los datos entresacados de la misma resultan repetitivos y casi previsibles. De hecho, episodios similares, con ligerísimas variaciones, llenan la mayoría de las páginas.

Esta falta de información del pasado no debe extrañarnos en el presente, pues, en España, los agotes nunca constituyeron un colectivo numeroso y su presencia pasó casi desapercibida para la inmensa mayoría de sus contemporáneos. En el suroeste de Francia, donde su número fue mayor, gran parte de la documentación relativa a los agotes –allí conocidos sobre todo por cagots- desapareció en la confusión provocada por la Revolución. Esto se debió sobre todo a que los agotes fueron los primeros interesados en borrar cualquier prueba documental que los identificase como a tales (por mucho que acabaran de convertirse en ciudadanos republicanos, con toda su igualdad, su fraternidad y su legalidad), y con ese propósito se quemaron archivos municipales, desparecieron registros notariales, o cualquier libro o legajo que pudiera ofrecer pistas sobre su condición de proscritos.

Por eso, los estudios sobre los agotes se sustentan únicamente en unas pocas decenas de documentos, más o menos inconexos, y que abarcan un periodo de más de quinientos años. A partir de estas fuentes, como hemos visto, insuficientes, se intenta reconstruir un mundo con más sombras que luces. Todo lo demás son conjeturas y pocos, muy pocos, datos verificables.

Así que ya sabemos lo que pasó, pero somos incapaces de bucear más profundo para conocer por qué ocurrió. Pero lo que se nos dice sobre ellos es tan disparatado, que sólo cabe pensar que nos encontramos con esa mentira que, a fuerza de repetirla, acaba cobrando categoría de verdad. Quizás siempre fue de este modo. Probablemente, a una conducta similar en épocas pretéritas se deba su sino maldito.

Si no, ¿cómo explicar que sus vecinos les achacasen siempre su fétido olor, su falta de lóbulos en las orejas[7], su esencia pútrida (sólo debían sostener en la mano una manzana, y ésta se pudría de inmediato), así como otras lindezas por el estilo?

Este cúmulo de despropósitos que ha llegado hasta nosotros, tomó carta de naturaleza en los tiempos de la discriminación. Lo que no podemos saber es si, en realidad, sus vecinos, con los que –no lo olvidemos- convivieron durante generaciones, creían tales estupideces. No es lo mismo hablar de fantasmas lejanos, que de tu vecino de aldea.

Y pese a que predominaba la creencia según la cual los agotes eran fácilmente reconocibles por algunos rasgos característicos[8], a aquellos que vivían en las poblaciones mayores –sobre todo en el País Vascofrancés-, o cuando se alejaban de sus lugares de residencia habitual, se les impuso llevar algún distintivo que los identificase. Generalmente, éste consistió en una pata de ganso, o, más bien, un pedazo de tela con esta característica forma palmípeda, que acabaría siendo sustituido por un trapo de color rojo cosido a su ropa. También nos consta que, en algunos casos, se les obligó a avisar de su presencia mediante el tañido de una campanilla que hacían sonar al encuentro con los habitantes “sanos”, práctica ésta habitual de los leprosos en toda Europa.

Por último, en ciertos periodos en los que se incrementó la presión sobre estos desgraciados, fueron recluidos en pequeñas y míseras comunidades de las que apenas si les estaba permitido salir. Incluso se les prohibió la entrada a algunos núcleos urbanos, o frecuentar espacios determinados, como ríos, fuentes, zonas de labranza comunal, etc.

Salvando estos casos, el resto de los agotes convivió durante siglos con sus vecinos en la misma aldea o en sus lindes, en barrios próximos. Entonces, ¿puede alguien pensar que los marginadores sostuvieran lo de la condición fétida, o su esencia pútrida, algo tan difícil de ocultar como de aparentar? ¿Y la falta de lóbulos u otras particularidades de sus orejas[9]? ¿Eran todos los marginadores ciegos y estaban permanentemente acatarrados?

Distintos nombres que reciben

Existe una variada terminología para designar a lo que aquí hemos llamado genéricamente “agotes”. Según el territorio o la época se dan unos u otros con mayor frecuencia. De hecho, la palabra agote es bastante moderna, por lo menos según los documentos que nos han llegado.

También hallamos otros términos que no corresponderían en puridad con lo que entendemos por agote, si bien hacen referencia a otras minorías marginadas y son utilizados como sinónimos sin demasiado fundamento. Además, hay autores que los confunden y los mezclan, como ocurre con los “colliberts” o  los “caqueux”, minorías francesas que a menudo son metidas en el mismo saco que los agotes o cagots. En fin, tampoco podemos poner la mano en el fuego estableciendo compartimentos estancos entre todas estas oscuras minorías, pero la lista que ofrecemos a continuación es la que suscita mayor consenso.

Entendemos que todos ellos son agotes, o que todos y cada uno de estos nombres hacen referencia al mismo pueblo. Veremos la extensa terminología con la que contamos y que, a muchos, parecerá excesiva. Sin embargo, repárese en que hasta el S.XVIII no se fija la ortografía y en siglos anteriores cada escribano –y nos tenemos que atener a la documentación- escribe como mejor le parece. En todo caso, “de oído”. Si, además, tenemos en cuenta que esta terminología se extiende a lo largo de medio milenio y la documentación que la aporta se halla en cuatro idiomas con sus correspondientes dialectos y jergas, entenderemos que no son tantos nombres. De todas formas, subrayamos cada uno de ellos, con objeto de facilitar la tarea al lector.

Cagot

Es la más frecuente en la parte francesa. Supuestamente viene de can-got, o sea, perro godo. También podría ser consecuencia de otros términos compuestos, como caas-gothis, o canis-gottus, todo ello con el mismo significado. Supuestamente, de cagot derivaría agot, es decir, agote o agota, o su plural en euskera, agotak. Se dan, asimismo, formas latinizantes, o mixturas como cascigothi. En euskera también encontramos kastagot y kasta agota.

Podría derivarse de la raíz cagnard (mezquino);  y capot y capote, aunque no faltan los que sostienen que, en este caso, la etimología sería distinta, pues haría referencia a capo, capón, capones, o sea, castrado. Aparte de la connotación peyorativa, se aduce que también llamaron así a los judíos por estar circuncidados.

Gafo

Es un término muy antiguo que hace referencia a la lepra y al leproso. También encontramos el término cafo, que parece compartir esta procedencia. Otros nombres relacionados serían los de gatees, cafard y gahos.

Tenemos ya constancia de la palabra “gafo” en el Fuero de Peralta, otorgado por García Ramírez en el año 1.114, que califica de insultos las palabras “cornudo, gafo y sodomítico”.

Gezitains

Parece ser una palabra surgida de la asimilación de los agotes a los gitanos, que fueron llamados en el S.XVI y XVII “egiptianos”, pues declaraban proceder de Egipto y traían supuestas cartas de un rey de Egipto del que se decían vasallos. También encontramos el término giezy[10], en la misma línea. Además, hay quien identifica este nombre con un supuesto origen sarraceno de los agotes, sin que todavía sepamos muy bien por qué.

Lo que parece probado es que otros nombres que se les dieron, como ejiptotarrak o jiptoak, se sustentan en la misma confusión de creerlos gitanos.

Ladres

Este nombre haría referencia a San Lázaro, y significaría, lógicamente, leprosos. Lo encontramos con muchas variantes, pero todas guardan consonancia. Las más habituales serían: lazaretos, lazarinos y lazdres.

Mesillos

También significa leproso y es muy habitual en la parte española de Navarra. Encontramos muchas variaciones del término, todas ellas parecidas, pero usadas en distintos lugares, a uno y otro lado de los Pirineos: mesiellos, meselos, mesgueros, mesegs o mesels.

Cristianos

Los agotes fueron llamados a menudo así. Quizás, porque se les consideraba nuevos cristianos, o porque ellos juraban ser cristianos en cuanto tenían ocasión.

Algunos autores dicen que, en origen, eran comunidades de cristianos primitivos, o pertenecían a distintos pueblos no cristianos de los que se escindieron mediante el bautismo. Otros consideran que este nombre se lo puso el pueblo con sorna, para recordarles sus orígenes infieles o herejes. En cualquier caso, esta palabra y sus derivados se encuentran entre las más comunes para designarlos. Observamos también los términos de Cristianos de San Lázaro, chistones, chistrones, christianos, christias, etc.

Chrestiens

Significaría lo mismo que lo anterior (Cristianos), aunque hemos dado con opiniones encontradas respecto a esta etimología, pues muchos la hacen derivar de cretes (cresta) por el distintivo identificador de color rojo. También vemos muchos términos similares para designarlos, como crestias, crestat y cretins. Parece ser que este último término ha sido determinante para que se produzca el error habitual de confundir a los agotes con los enfermos de cretinismo, es decir, los cretinos, o describirlos con la sintomatología de esta tara. Más adelante, volveremos sobre esto, pues hemos hallado curiosas descripciones en las que aparecen como tales.

 

Pero, ¿cómo eran los agotes?

Resulta difícil responder a esta pregunta. Las descripciones que de ellos se hicieron son tan distintas y contradictorias, que nos inclinamos a pensar que no se daba un tipo único; o bien que, simplemente, los agotes eran iguales al resto de la población de la época.

Esta última hipótesis tiene mucho de lógica, pues siendo un grupo relativamente poco numeroso y manteniendo costumbres endogámicas durante muchos siglos, de haber tenido alguna peculiaridad diferencial la hubieran mantenido. Más aún. Si nos acercamos a Bozate entraremos en contacto con mucha gente cuyos apellidos delatan su procedencia agote. Casi todos estos apellidos se repiten en las actas de nacimiento, matrimonio y defunción durante siglos, con lo que no cabe duda acerca de su autenticidad.

Sin embargo, estas personas -verdadero espejo genético de lo que fueron sus antepasados- se corresponden morfológicamente con el resto de los habitantes de Navarra y –por extensión- de casi todos los países latinos de Europa. Es decir, no se aprecia la más mínima diferencia y quiero resaltar esto: ninguna.

Algunos autores, sobre todo los que defienden su ascendencia germánica, los describen como gentes rubias, robustas y corpulentas. Otros, los que se inclinan por su procedencia sureña –sarracena o gitana- los equiparan con estos, y hablan de tipos morenos, de faz alargada y miembros gráciles. Algunos, con cierta prudencia, nos presentan tipos mixtos. Ese es el caso de Pío Baroja, quien sin duda los conoció[11], y los describe de la siguiente manera:

“Cara ancha y juanetuda, esqueleto fuerte, pómulos salientes (…), grandes ojos azules o verdes claros, algo oblicuos. Cráneo braquicéfalo, tez blanca, pálida y pelo castaño o rubio; no se parece en nada al vasco clásico. Es un tipo centro-europeo o del norte. Hay viejos de Bozate que parecen retratos de Durero, de aire germánico. También hay otros de cara más alargada y morena que recuerdan al gitano”[12].

Su sobrino Caro, prologó -entre otros- el libro de Paola Antolini[13], en cuyas páginas hace una descripción de los agotes que no desdice en lo sustancial el testimonio de su tío, salvo en su omisión de los tipos “agitanados”:

“Recuerdo también que las personas de las que se decía que eran de “casta de agotes”[14] (“agota casta”[15]) eran rubicundos y entrados en carnes, que tenían ojos claros, piel fina y rosada.”[16]

La constatación de que muchas fuentes les atribuyen estos rasgos nórdicos o centroeuropeos no puede pasar desapercibida. Francisque Michel[17], según Caro Baroja el mejor historiador que han tenido los agotes[18], declaraba haberse sentido muy incómodo mientras realizaba el estudio de campo –espectacular, por cierto-, mientras preguntaba por los agotes.

Este malestar era debido, según nos cuenta, al hecho de ser tenido por agote a causa de mi pelo rubio y mis ojos azules, por lo que sólo entendían mi interés por los agotes por razones de parentesco[19].

Así que, de algún modo, se asociaba a los agotes con estos caracteres raciales. No obstante, repito que sus descendientes en Bozate presentan el mismo aspecto que sus vecinos –no agotes- de Arizkun, sin que podamos determinar diferencia alguna.

Por último, quienes asimilan a los agotes con los leprosos, no aluden a ningún tipo físico concreto, sino que, para ellos, no son sino gentes que padecen el mal de San Lázaro y los describen como a tales. En muchos textos navarros, los agotes son simplemente mesillos, es decir, afectados de esta enfermedad terrible; en ocasiones, encontramos el texto escrito en latín, en el que se habla de “leprosi” y adjunta su traducción en romance: “mesillos”.

A lo largo de varios siglos, los leprosos sufren distintas persecuciones, por lo que estos huyen de sus lugares originales y buscan acomodo en zonas que les son más propicias. María del Carmen Aguirre, en su libro titulado “Los agotes”, recoge también este punto de vista, refiriéndose a lo terrible de esta enfermedad y se imagina, según testimonios ajenos, la impresión que tuvieron que causar estos éxodos de enfermos harapientos para quien los contemplase:

“Por los relatos que nos han llegado sabemos que (la lepra) presentaba características terribles. La misma descripción que nos ha presentado Julio Altadil[20] es para dejarnos sobrecogidos a la vista de tal espectáculo”[21].

Florencio Idoate se hace eco de un éxodo más reciente, pero que hubo de tener las mismas consecuencias, que quedarían fijadas en la retina colectiva de la época:

“Seguramente, siguiendo las consignas dadas en Francia por Felipe V el Luengo[22] se hace una gran redada (de leprosos) en este país (…) Esta medida alcanza sin duda a Navarra, administrada en esa época por gobernadores franceses”[23].

Como no podía ser menos, también encontramos autores que retratan a los agotes como si de disminuidos físicos y mentales se tratase, pero no propiamente de leprosos como hemos visto, sino, más bien, como de idiotas con bocio cabezones, malformados, de mirada indecisa y con dificultades para expresarse, con síntomas de raquitismo, etc.[24]

En su descargo cabe añadir que el bocio, como señala el Padre Feijoo con ocasión del estudio del Hombre Pez de Liérganes, era una enfermedad muy común en las zonas apartadas de montaña[25] y en todo el Pirineo hubo en otro tiempo numerosos casos de bocio y cretinismo endémico[26].

A esta asimilación de los agotes con los cretinos, afectados de bocio o no, tuvo mucho que ver sin duda el nombre genérico de cretins o cretens[27] que se les dio a los agotes en algunos lugares.

En realidad, la suposición de una cierta estupidez congénita, se ha empleado muy habitualmente para discriminar a diversos pueblos. Se trata de un argumento difícil de probar pero suficientemente amenazador, que impediría la integración en la sociedad de aquellos considerados como débiles mentales. Y no crean que esto pertenece a un pasado remoto, a que es propio de culturas paupérrimas o aisladas. El gran divulgador científico y paleontólogo S. Jay Gould, relató con todo detalle algunas prácticas que se llevaron a cabo en los Estados Unidos del primer cuarto del S.XX, para restringir la inmigración. Aparte de una variedad inimaginable de exámenes físicos, se ensayaron diversas técnicas –que produjeron resultados estrafalarios- de cara a medir la inteligencia de aquellos desembarcados[28], que aspiraban a encontrar una vida mejor en el país de las oportunidades.

Estos exámenes mentales, promovidos por las instituciones de la época y apoyados por buena parte de la comunidad científica, arrojaron datos que nos sonrojarían si no moviesen directamente a la carcajada: Un 83% de los judíos, un 87% de los rusos, un 80% de los húngaros y un 70% de los italianos eran débiles mentales[29]. Y el autor se pregunta a continuación: ¿No eran sus resultados demasiado buenos para ser verdad? ¿Iba a ser posible convencer a la gente de que las 4/5 partes de cualquier nación eran subnormales?[30]

Siguiendo en esta línea, otros autores, en un alarde de estupidez propia, han llegado a incluir a los agotes en sus particulares bestiarios, equiparándolos con todo tipo de monstruosidades de la naturaleza. Sorprende encontrar tantos documentos del todo errados que aluden a los agotes. No sólo eso. Si tenemos en cuenta que casi todos ellos son posteriores al S.XVIII, es difícilmente explicable cómo se cometieron errores de bulto tan importantes y cómo tantos autores con pretensiones científicas aceptaron sin rechistar textos o testimonios cuya imprecisión o falsedad saltan a la vista. Más aún en el caso que nos ocupa: un pueblo bien localizado, en el occidente europeo, susceptible de ser estudiado por cualquiera.

Entre las muchas descripciones, he encontrado una particularmente aberrante, que transcribo a continuación para asombro y regocijo del lector. En “Anomalies and Curiosities of Medicine”, publicado en 1910, tenemos un buen ejemplo. En este singular tratado de carácter enciclopédico, que compila una amplia selección de literatura médica, encontramos una referencia a los agotes, en su acepción de “cagots”. Me he tomado la licencia de traducir los siguientes párrafos, pertenecientes al capítulo XV, para mayor comodidad:

“Por Cagots se conoce una raza de parias o clan de enanos en la región de los Pirineos, y asimismo en Bretaña, cuya existencia ha sido un problema científico desde el S.XVI, período en el que eran conocidos como Cagots, Gahets, Gafets, Agotacs, en Francia; Agotes o Gafos, en España; y Cacous, en Bretaña. Cagot significó el perro de un Godo. Se les suponía origen godo o bien tártaro. Se creyó que eran descendientes de leprosos, o simplemente que estaban aquejados de esta enfermedad”.

Y, por si lo del “clan de enanos” no bastase, a continuación, viene lo mejor. El autor los sitúa geográficamente muy alejados de su ubicación, en el Pirineo navarro, y describe a los cagots como sigue:

“Habitan el Valle del Ribas, en la parte del noroeste de la provincia española de Gerona. Nunca exceden de 51 pulgadas de altura, y tienen piernas cortas, malformadas, grandes vientres, ojos pequeños, narices planas y caras pálidas, malsanas. Son generalmente estúpidos, a menudo al borde de la idiotez, y muchos están afectados de bocio o son escrofulosos. Se hallan sin educación y habitan en chozas, en el mejor de los casos. Los más inteligentes trabajan de pastores y en verano viven durante meses a una altitud de más de 6.000 pies sin ningún cobijo. Allí no ven a ninguna criatura humana excepto a los de su propia clase. También se dice que la unión formal es casi desconocida entre ellos. Emplean a las mujeres en algunos casos en la aldea de Ribas como criadas para los niños (…) Otros enanos son vendidos para ser utilizados como mendigos en ciudades vecinas. Hay enanos algo similares en otros valles de los Pirineos, pero su número está disminuyendo, y los del Valle de Ribas se reducen a algunos individuos.” [31]

Mueve a la carcajada este fresco de una imaginaria sociedad, constituida por una raza de pigmeos montañeses con múltiples minusvalías hereditarias. Pero nadie se llame a engaño: lo normal es atribuir a los agotes todo tipo de rarezas, monstruosidades o características fantásticas. Aparte de lo de las orejas sin lóbulo, desiguales en tamaño y peludas, otro de los rumores comunes es el de su lubricidad –con un flujo constante nasal y seminal-, o bien que ocultan un hermoso rabo[32], lo que seguramente entroncaría con la tradición europea de la licantropía[33].

También se incide en que su carácter era lujurioso[34] y eso hacía que muchos desconfiasen de ellos, o que buscasen la compañía de mujeres agotes en sus barrios apartados. En este sentido, llama la atención la existencia de muchas alusiones relativas a su atractivo físico, o a las bajas pasiones que algunos despertaban en el otro sexo. Como vemos, resulta contradictorio con todo lo dicho hasta ahora sobre sus supuestas malformaciones físicas, pero es que, en materia de agotes, todo son contradicciones y despropósitos.

Como contrapunto, también estuvieron muy extendidas las creencias de que estaban podridos por dentro, despedían un fétido olor[35] u otras flores por el estilo, relacionadas sin duda con la lepra.

En lo psíquico, a menudo encontramos textos que hacen hincapié en un rasgo de su personalidad, la timidez, a veces combinada con la humildad. Parece lógico que un pueblo tan castigado desarrollase una marcada inseguridad y desconfianza frente a los extraños. También que esto pudiera ser entendido como timidez, casi enfermiza según algunos.

Pío Baroja, en su precioso cuento de La dama de Urtubi[36], narra una escena que habla por sí misma. Comienza con los preparativos de un akelarre en Zugarramurdi:

“Llegaron también un grupo de gitanos en compañía de unas cascarotas de Ciburu y unos Agotes de Arizcun que llevaban como distintivo una pata de ave cortada en paño rojo, cosida  en la ropa, a la espalda, para que nadie se acercara a ellos. A pesar de su fama de leprosos, eran estos muchachos altos, bien formados, rubios y de ojos azules. Su ascendencia gótica se advertía en ellos. Se esforzaban en manifestarse decididos, pero tenían gran timidez”.

Después aparece, en compañía de su marido, Graciana, “la reina del akelarre”, que es una mujer muy bella y linajuda, quizás la señora más poderosa de la región, pero pelín lasciva.

“Graciana de Barrenechea, al pasar delante del grupo de los agotes vio uno de estos muchachos y quedó prendada de él. Entusiasmada, se le acercó, le habló y se sentó a su lado, y se quitó el antifaz para que el hombre de raza oprimida la contemplara a su sabor. (…) El agote, ante aquella mujer ardiente que le miraba como una leona en celo permanecía en una actitud encogida y humillada”. 

Curiosamente, los mitos sexuales que tienen como protagonistas a pueblos oprimidos -o marginados de algún modo-, son muy frecuentes. Hacen referencia a su belleza, a su fogosidad o a cualquier otra característica de esta índole. Lo más probable es que tenga su origen en la atracción innata que el ser humano siente por lo que le es prohibido, en este caso en su vertiente sexual. Ya lo apuntamos de forma genérica en el primer capítulo.

 

Procedencia

Si en lo anterior no había consenso, imagínense cómo será a la hora de determinar su procedencia: Si cada autor los llama de una manera, si ninguna descripción coincide, pueden hacerse una idea de la controversia que supone desentrañar esta cuestión. Paradójicamente, sobre la piedra angular de su procedencia, descansa el edificio que se ha construido en el intento de explicar todos los enigmas que plantean los agotes.

A mi entender, este problema se complica aún más cuando reparamos en que ni siquiera existe la certeza absoluta de a quiénes nos referimos cuando hablamos de agotes. Porque en algunos lugares y épocas, como es el caso de Bozate, nos encontramos con una comunidad bien definida e identificada en un espacio físico y temporal concreto. Pero esta situación no es generalizada, sino que, por el contrario, a menudo no sabemos con exactitud si en otras poblaciones en cuya documentación aparecen como agotes –o uno de los tantos nombres que se les dan- nos encontramos efectivamente con éstos, y no con cualquier otra minoría marginada, como gitanos, bohemios, desertores, enfermos crónicos o, incluso, gentes de mísera condición que se hacen pasar por tales enfermos y leprosos, para acogerse a las escasas ayudas que en algunos –contados- momentos se les dispensó.

Hay que tener en cuenta que la palabra cagot quedó registrada en argot francés como sinónimo de hipócrita, pues, por lo visto, en tiempos de Luis VIII había dos mil leproserías en Francia, a las que el rey dejó cien sueldos a cada una. Para disfrutar de estas rentas algunos se fingían leprosos. Felipe el Luego las confiscó y, para disimular su codicia, les acusó de diversos crímenes que contrastaban con su humilde actitud exterior, por lo que se les llamó cagots, que, por lo visto, significó hipócrita[37].

Florencio Idoate, historiador navarro, se muestra prudente hasta con el título de su libro: “Documentos sobre agotes y grupos afines en Navarra”. ¿Y quiénes constituyen estos grupos afines? Nadie lo sabe con certeza. Repito que, en algunos casos, ni siquiera sabemos si esos presuntos agotes sobre los que escribimos, lo son en realidad.

Imposible precisar si están todos los que son, o si son todos los que están. A menudo encontramos referencias acerca de supuestos buhoneros, extranjeros, parias y otros, que son metidos en el mismo saco –en este caso, gueto- y de cuya procedencia no tenemos ninguna pista fiable. Entonces, quiénes son los agotes, los verdaderos agotes, los pata negra, vaya.

Desde luego, no podemos contestar a la pregunta del millón. Y esto es precisamente lo que echa por tierra todas las hipótesis sobre su procedencia original. Admitimos que, en un pasado impreciso, se estableciesen en territorio euskaldun o bearnés algunas comunidades de individuos rechazadas por los nativos. Estos bien podrían ser leprosos, herejes, desertores, bandidos, mendigos o una mezcla de todos ellos y alguno más que seguro nos olvidamos.

Como veremos a continuación, tenemos teorías para todos los gustos. Enumeraré sólo las principales, pues no quiero caer en la trampa (frecuente) de centrar este humilde trabajo en esta cuestión.

Origen godo

Hemos indicado que la etimología más aceptada es la que correspondería a “perro Godo”, ca-got, o can-goht, y de la que resultó cagot y agote. Tradicionalmente, ha contado este supuesto origen con una inmensa mayoría de partidarios, aunque, a la luz de los conocimientos actuales, es difícil aceptarla sin vacilar.

Empero, incluso los agotes, en el S.XVI, que es cuando comienza a popularizarse este término, dicen provenir de antiguos godos[38] que mil años antes habían dominado la Aquitania, y dado muy mala vida a las tribus autóctonas de vascones. Que por eso les odiaban… Pero que ahora, mil años después, eran cristianos y no tenían por qué seguir odiándoles.

La aceptación de este origen por parte de los afectados, concedió el último y definitivo marchamo de autenticidad para fijar como verdadera esta teoría, por la que todos apostaban. Pero no resulta tan convincente si pensamos que, durante muchos siglos después de la breve dominación goda, no tenemos ninguna constancia de la palabra cagot, ni agot, ni agote, ni nada que se le parezca. Y las primeras crónicas en las que creemos reconocer a los agotes, se refieren a leprosos: mesillos, mesielos, así como ladres o cristianos –probablemente en clara alusión a los Cristianos de San Lázaro-. Es decir: leprosos y punto. En todo caso, seguro que los agotes del S.XVI preferían ser tenidos por descendientes de antiguos guerreros godos, pese a lo malos, extranjeros y crueles que hubieran sido sus ancestros, que por descendientes de leprosos. No es de extrañar, pues, que ellos insistieran en su supuesto origen godo.

Origen gitano

Está prácticamente descartado en la actualidad, pero esta teoría gozó de cierto prestigio en el S.XVIII y S.XIX.

Probablemente, porque a los agotes se les mezcló y confundió con otras minorías proscritas, itinerantes o no, entre las que destacaban los gitanos. Ya vimos los nombres de gezitains, de  ejiptotarrak o jiptoak y de giezy, por lo que sabemos que se trató de un error bastante común cometido por mucha gente y a lo largo de bastante tiempo.

Además, también hubo buhoneros, andarríos y otros similares, que darían origen a nuestros quinquis modernos, con los que también se les identificó.

Sin embargo, sabiendo que los gitanos hacen su aparición en Europa Occidental en el S.XV, y que los agotes –que no el término- parecen ser de una antigüedad muy superior, resulta poco sensato apostar por este origen.

Eso, por no incidir en sus muy distintas formas étnicas y culturales -que no dejarían lugar a dudas-, ya que el pueblo gitano siempre ha mantenido constantes ambas a lo largo de su historia y nunca se ha hallado rastro de ellas en los agotes.

Origen leproso

Se nos recuerda constantemente que los agotes eran gente infecta, enfermos de lepra. Existen curiosas teorías que explican que la lepra que padecían era de clase “blanca”, en contraposición con la roja o clásica, mucho más virulenta. A tenor de estas increíbles teorías, su particular “lepra blanca” no suponía un gran riesgo para la población, pero tenía carácter hereditario.

Al parecer sólo afectaba a ellos, aunque tampoco muy severamente. Eso sí, era la causante de su fetidez, de su aliento corrompido, de sus mucosidades, de la falta de lóbulos en las orejas, de su lascivia y otras cosas varias.

Bueno, al menos, es lo que decía creer el pueblo, lo cual también es dudoso. Idoate, por ejemplo, está convencido de que es la lepra el origen de este estigma, que luego acarrearían sus descendientes y de ahí que asegure que los mesillos o leprosos del S.XIV, deben ser pues, los ascendientes de los agotes del S.XVI[39].

No obstante, tildar de leprosos a los habitantes de una comunidad  -que salta a la vista que están sanos- durante tantos siglos parece exagerado. El sentido común dice que esto no se pudo mantener, aunque encontremos numerosos testimonios que así lo atestiguan. María del Carmen Aguirre, lo razona de esta manera:

“¿Con qué fundamento se los ha tenido por leprosos si sabemos que entraban a trabajar en algunas casas? ¿Cómo pueden sostenerlo cuando varios exámenes médicos sentaron por cierto que gozaban de buena salud? ¿Con qué derecho identificaron a los gafos de Navarra con los agotes? (…) Y sin embargo es la opinión que cuenta con más partidarios”[40].

Y en esta línea de argumentación, nos dice en el mismo libro:

“Entonces, si sabemos que existían asilos y hospitales, ¿cómo los reyes, los obispos, las autoridades no los hospitalizaron terminando para siempre con tanta miseria?”[41]

Son preguntas que han quedado sin respuesta.

Origen Cátaro

Una teoría bastante novedosa, pero que cuenta con partidarios convencidos, es la de su origen cátaro. Incluso hay quien sostiene la verosimilitud de la leyenda según la cual los agotes son los descendientes del famoso gremio de los obreros, que habrían trabajado en la construcción del templo de Salomón y contraído la lepra[42].

Los “cataristas” dan pábulo a la hipótesis según la cual, tras la diáspora, los últimos cátaros se refugiaron en el país del Bearn.

Ernesto Milá, en su Guía de los Cátaros, nos dice lo siguiente: “Por nuestra parte, no albergamos ninguna duda que se trata de antiguas comunidades cátaras segregadas. Llegamos a esta conclusión por tres motivos:

1) Las áreas de expansión del catarismo occidental y el de esta etnia maldita son correlativas.  

2) Ambos aparecen en fechas superponibles en el tiempo y, finalmente,

3) los oficios que históricamente ejercieron los cátaros eran idénticos a los que hasta hace poco desarrollaron los cagots y agotes.

La gravedad de la segregación de que fueron objeto solo pudo producirse en la medida en que, como comunidad, participaron en alguna disidencia religiosa. Esta solo pudo ser el catarismo.”[43]

Javier Santxotena Alsua es un gran conocedor –uno de los pocos- de la historia de los agotes y se inclina por teorías similares. Descendiente directo de agotes, nacido en Bozate en una familia de indiscutible raigambre agote, e impulsor de la creación del Museo de los Agotes, sito en el mismo Bozate, defiende su origen artesano y obrero, que bien pudiera entroncar con estos últimos cátaros. Este excelente y prolífico escultor, discípulo aventajado de Oteiza, reivindica asimismo la cualificación de muchos agotes en labores  tales como la carpintería, lo que les habría llevado a integrar algunos grupos de trabajadores especializados. En efecto, tenemos constancia de esas virtudes profesionales, de las que sacaron provecho varios nobles y señores locales, para los cuales trabajaron los agotes como artesanos. No parece descabellado tampoco pensar que, algunos de estos trabajadores, interviniesen en construcciones importantes de la época, como catedrales y palacios, si bien de modo puntual y nunca en gran número, pues no contamos con documentación al respecto.

Origen mixto

Hallamos un buen número de combinaciones más o menos aventuradas, a partir de alguno o de varios de los orígenes que hemos señalado con anterioridad. Aquí hay para todos los gustos y, en ocasiones, estas conjeturas huelen a refrito, quizás con ánimo conciliador.

Como ejemplo, podemos citar la curiosa definición que encontramos en un diccionario con un delicioso aroma decimonónico, me refiero al Dictionary of Phrase and Fable de 1898, que, además de su espíritu enciclopédico, adjunta citas a la manera de un diccionario de autoridades. Si buscamos la voz “cagot”, encontramos la definición que sigue  y que refuerza con una cita latina[44]:

“A sort of gipsy race in Gascony and Bearne, supposed to be descendants of the Visigoths, and shunned as something loathsome”[45].

Así que ya lo saben: una raza de gitanos ¡de origen visigodo! Lo que añade después, que son evitados como algo repugnante, se lo podían imaginar…

Pero la mayoría de las explicaciones sobre un origen mixto, las encontramos en boca –o en la pluma, mejor- de los que apuestan por un origen hereje, una especie de cajón de sastre donde caben todas las teorías anteriores y algunas más. Según esto serían gentes acusadas de arrianismo, moriscos y judíos irredentos, blasfemos o huidos del Santo Oficio, luteranos… Vamos, un poco de todo.

En este revoltillo de infieles cabría además cualquier persona sospechosa de no seguir los preceptos de la Iglesia Católica, lo que le pondría automáticamente fuera de la ley divina, pero también civil. Una excusa magnífica para mantenerlos de por vida en este club de parias cuyos miembros, sin embargo, siempre hicieron gala de católicos fervientes.

No obstante, parece que no fue suficiente; que, en realidad, según la maledicencia de sus vecinos, eran unos “hipócritas” -como hemos visto antes-, y la gente los siguió tratando como si de verdaderos infieles se tratase.

No sabemos muy bien cómo este estado de cosas se pudo perpetuar durante tanto tiempo. Pero todos los indicios nos llevan a pensar que alguien o muchos, se beneficiaban de esta situación. Nos lo recuerda Rafael Castellano, preguntándose: ¿Cómo van a seguir pensando en que los agotes son una raza maldita que no cree en la Virgen María ni en la presencia de Cristo en el ara de la misa, cuando los bozataldeak[46] tienen todos en su puerta una cruz, un Jesukristo´ren Biotz[47]; al cuello un escapulario? ¿Cuándo los del barrio[48], que carecen de capilla en su reserva acuden puntualmente a misas y oficios divinos en Arizkun, eso sí, entrando por distinta puerta, santiguándose con agua de distinta pila, bautizándose en diferente pila bautismal y ocupando un estrato aparte durante la celebración del Rito?[49]

Y claro, a estas preguntas, responde de la forma más lógica, pues le resulta irrisoria la acusación de infieles perpetuos, a fin de privarles de los derechos más básicos. Su razonamiento a reglón seguido, resume lo que todos podemos pensar:

“Ya no cabe la coartada religiosa. Es decir, cabe, pero fundamentada en el cinismo, en la hipocresía (…) Y como las clases superiores siempre se muestran reacias a descabalgar de sus privilegios (…) el bozatalde medieval para salir de su miseria, para sobrevivir, se ve obligado a prestarse a los trabajos más humillantes y peor retribuidos. Realiza las faenas de peonaje que ninguno quiere hacer. Es un auténtico esclavo sin soluciones de espartaquismo”.[50]

¿No les suena esto bastante lógico? ¿Acaso no lo ligan con otros muchos casos de discriminación que encontramos en el presente, en nuestra sociedad?

Esta explicación guarda un paralelismo simétrico con aquella otra que nos adelantaba María Carmen Aguirre, quien tampoco se creía la coartada de la lepra. Eran leprosos para ser discriminados, pero podían entrar en algunas casas, o moler el grano o trabajar para otros sin que esto supusiera ningún peligro de contagio…. Cada vez da más la impresión de que, tanto su carácter infiel como su presunta enfermedad, son únicamente coartadas de cara a mantener una situación que debía de tener, por lógica, sus beneficiarios.

Este es el caso de quien aparece siempre como su benefactor histórico, el señor de Ursúa (los muchos señores de Ursúa que medraron gracias a estos desamparados), como a continuación veremos en el apartado siguiente.

Discriminación

Por lo visto, al único que no le caía simpático el señor de Ursúa era a Lope de Aguirre. En realidad, le caía fatal. La prueba incontestable es que asesinó al más famoso de los señores de Ursúa, Pedro de Ursúa, a quien ya había espetado con desprecio “navarro, o por mejor decir, francés[51]”. Se ve que a este guipuzcoano tampoco le hacían gracia sus vecinos navarros ni franceses.

Pero, al margen de Lope de Aguirre, los señores de Ursúa siempre parecen haber gozado del aprecio general, pues nos los pintan como los grandes benefactores de los agotes. En realidad, los Ursúa les permiten trabajar en sus tierras, pertenecientes al municipio de Arizkun, y crean la barriada de Bozate, donde vivirán a partir de entonces.

Seguro que esa situación –la de siervos de la gleba a cargo de un señor- era mucho mejor que la de internados en leproserías, u otras semejantes que ya conocían.

Rafael Castellano nos propone una nueva etimología de Bozate[52] que sería la de Poz-Ate o Boz-Ate, por degeneración oclusiva: Puerta del Júbilo[53]. Salir de la reserva tuvo que suponer un enorme júbilo, sin duda.

Unas condiciones de trabajo más parecidas a la esclavitud que a otra cosa, y un lugar apartado para vivir hubieran supuesto un infierno para otros… Pero a los agotes les debió de parecer magnífico, y Bozate sería entonces, efectivamente, “La Puerta del Júbilo”: imaginen lo que dejaban atrás.

El rechazo social que sufrían estaba, además, amparado por las leyes y gozaba del entusiasmo popular. Rafael Castellano, califica esta situación de “Ku-Kus-Klan aldeano”[54], y no me parece desafortunada la comparación.

Contamos con innumerables ejemplos de cómo se consolidó este apartheid terrible a través de las leyes. Todos los fueros y normas por las que se regían los territorios en los que podía darse la presencia de agotes –a veces mínima, puramente testimonial- recogían disposiciones tendentes a perpetuar y legitimar la discriminación.

Generalmente se valían de una artimaña legal. Dado que los derechos de las gentes se adquirían en razón de la vecindad (de haber nacido allí o de probar casa en dicho lugar)[55], qué mejor estrategia que considerarlos eternamente extranjeros.

Por ejemplo, cuatro de las Ordenanzas de Lesaka de 1.429 reglamentan la situación de los agotes. Pues bien, como nos cuenta Florencio Idoate:

Una de las cosas que se aclaran aquí de forma explícita es la ausencia de derechos de vecindad, es decir, su condición de advenedizos (…) Tal situación restrictiva se traduce en la prohibición de tener medidas y pesos propios, así como ganados, salvo un rocín y algunos ánades[56]. Por supuesto se les niega todo derecho a asistir a los bazarres o juntas concejiles, ocupar cargos, etc”[57].

Para entender el concepto de extranjería es necesario remontarse a la tradición medieval, que ligaba el hombre a la tierra sin posible disociación. En los territorios euskaldunes, esta ligazón resultaba aún más marcada, por el hecho de constituir la tierra, el solar patrio, un lugar desde el que emanarían todos los derechos y donde radicaría la casa familiar. Esta “etxea” o casa adquiere un carácter simbólico y define el linaje familiar. Incluso, en muchos casos, el apellido es tomado de la casa, como nos explica Carlos Martínez Gorriarán[58], lo cual no sería raro a tenor de lo hecho por muchos nobles en toda Europa a partir del S.XIII.

En efecto, mientras el individuo perteneciente al pueblo llano comienza a ser llamado por un apodo convertido en apellido hereditario[59] y fijado por la creciente documentación, los nobles adquieren el nombre de su solar principal como prueba de su vinculación y dominio sobre la tierra.

Esta costumbre se extendería rápidamente entre los vecinos vascos, nuevos hidalgos en su mayoría o hijos de los fueros de hidalguía general:

“El apellido vasco, un toponímico en la inmensa mayoría de los casos era, pues, la etiqueta de arraigo en una casa”[60].

Los que no podían o no se les consentía probar esta condición de moradores antiguos ligados a un solar vasco, podían continuar siendo extranjeros por tiempo indefinido, por mucho que durante generaciones no hubieran salido de sus sitios de origen. Incluso, aceptándose el apellido vasco y la residencia en un solar nativo, sería objeto permanente de revisión y de conflictos, como lo prueba alguna documentación, muy curiosa y antigua. Tenemos una demanda interpuesta en 1.596 por los hermanos Olarte, del valle de Orozco,  contra unos vecinos de San Sebastián, a quienes acusan de no ser hidalgos, sino moros, agotes, judíos y conversos, lo que les impediría ser admitidos como vecinos según las ordenanzas de la provincia[61].

Y, respecto al apellido probatorio, encontramos un documento referente a un pleito por el supuesto robo de un burro[62]. El demandante es un vecino de Arrigorriaga y el demandado es un gitano, Juan de Zubiaurre. Lo mejor es la fecha: 1687. O sea, que este señor apellidado Zubiaurre en el S.XVII, era gitano.

Pero no pensemos que es excepcional el caso. Aunque más moderno, en el mismo fondo del Archivo Municipal de Azpeitia, encontramos otro documento, éste del año 1.831, en el que se demanda a un grupo de gitanos, precisamente por su condición de “gitanos vagabundos”. Sus apellidos: Alunda, Echeverria y Eceiza[63].

Volviendo al caso de los agotes, tenemos constancia de que pleitearon durante siglos para equipararse con el resto de los vecinos; mejor dicho, para ser vecinos.

Los resultados son desiguales: en general, las instancias superiores –como el Papa (León X) o algunos reyes[64] entre los que destaca Carlos I- les son favorables, pero no pueden hacer cumplir sus sentencias por desacato popular generalizado. Los más duros con ellos suelen ser las instituciones de menor rango, especialmente en las circunscripciones donde son pocos y la presión que ejercen es menor. Es significativo el caso de Guipúzcoa, de donde, además de muchas otras disposiciones crudelísimas, son expulsados en varias ocasiones[65] -junto con moros, gitanos y judíos-, a partir de la sentencia de las Juntas Generales, celebradas en 1.572 en la localidad de Zestona[66].

Pero incluso en documentos anteriores, como uno que data de 1.528 y se conserva en el Archivo Real de la Chancillería de Valladolid, ya encontramos ecos de rechazos y expulsiones de la provincia de Guipúzcoa de todo aquel que sea considerado extranjero. En este documento se conmina a un individuo supuestamente morador en Fuenterrabía a abandonar dicha provincia, a lo que éste se niega, alegando residir en Navarra. Además, en los interrogatorios a los testigos, aparece información sobre otros judíos, moros, conversos, agotes y extranjeros residentes en Fuenterrabía y sus inmediaciones[67].

Básicamente, siempre se esgrimen los mismos argumentos para discriminarlos o para expulsarlos, según: son extranjeros y, como tales, no gozan de ningún derecho. Incluso ya a mediados del S.XIX, en 1.832 concretamente, encontramos un bando de Fernando VII el Deseado, que exige la limpieza de sangre para obtener el derecho de vecindad en el Valle del Baztán, así como para recibir órdenes sacramentales.

Esta situación, empero, les lleva muchas veces a la paradoja de salir beneficiados, por cuanto muchos agotes son eximidos de pagar impuestos[68], o quedan exentos del servicio militar y de las levas para nutrir los ejércitos.

Sin embargo, en 1.794, tenemos constancia de una queja interpuesta por unos agotes ante las Cortes de Pamplona, por no ser admitidos como voluntarios en el ejército que se arma contra Francia[69], y en 1.780, un agote conviene con uno de sus vecinos que no lo es, en sustituirle en el servicio militar[70], por lo que vemos que seguían exentos incluso en fechas tan tardías.

Otro aspecto repetido mil veces en toda la documentación es el que se refiere a sus signos distintivos que debían llevar obligatoriamente, como era el trapo rojo con forma palmípeda. Los vecinos se quejan constantemente porque algunos incumplen esta obligación, o bien se visten con el traje o la capa típica sin un ribete –en este caso amarillo- como sería preceptivo para señalar su condición. Las instituciones locales dan la razón a los vecinos y ratifican sus antiguas normas, aumentando las penas o amenazando con nuevas.

Deducimos pues que los agotes, al menos parte de ellos, eran unos transgresores contumaces. No sólo no querían ponerse el trapito colorado, sino que incluso aceptaban de mal grado bañarse o tomar agua en espacios reservados para ellos.

En el libro de F. Michel[71], se recoge un recuento exhaustivo de fuentes, puentes, barrios, iglesias con pilas bautismales y puertas distintas para los agotes, y, en general, todos los lugares que tenían asignados según las circunstancias.

En este contexto, hallamos la misma información en una enciclopedia temática anglosajona de 1917:

En las iglesias de los Pirineos se encuentran todavía pilas que en la antigüedad eran reservadas para el uso de la raza desdeñada de los Cagots. El horror general que los leprosos inspiraron, y el cuidado con el que se evitaba todo el contacto con ellos, explica suficientemente la existencia de esas pilas especiales como la de Saint-Savin (Hautes-Pirineos) y en Milhac de Noutron (Dordogne)”.[72]

Las fuentes propias, donde los agotes pudieran lavarse o abastecerse de agua, fueron, por lo visto, la tónica general. En casos extremos, el odio de la población llegó al extremo de envenenarlas o contaminarlas. Por lo menos es lo que había oído o leído, pero nunca había encontrado documentado. Hasta que hallé esta singular ejecutoria de 1.523 del pleito “sobre cierta suciedad que fue echada en la fuente de Martín de Agote y su mujer”, por un tal Juan Ruiz de Urresgoeta, quien aparece como demandado[73].

Otra de las afrentas más comunes era la de tener que entrar a la iglesia por una puerta pequeña, lateral, ad hoc para los agotes, así como su situación dentro del templo, siempre separada de los demás.

También abundan las disposiciones que les prohíben caminar descalzos, tocar alimentos ajenos y cosas por el estilo, equiparándolos en todo momento a los leprosos. Realmente, la vida de estos desgraciados tuvo que ser muy denigrante. Eran los intocables, los parias por excelencia, en una sociedad con una estructura estamental muy jerarquizada, obsesionada por las enfermedades, por no contravenir ningún principio de la Iglesia (lo que incluía no dar motivos de sospecha alternando con “presuntos” herejes o descendientes de ellos), encorsetada por los prejuicios y la ignorancia, y, sobre todo, enloquecida por preservar, conseguir o probar limpieza de sangre.

Pero, ¿en qué consistía exactamente la pureza de sangre y, más en concreto, en la sociedad en la que vivían los agotes? Carlos M. Gorriarán, nos cuenta lo siguiente:

La limpieza de sangre vascongada era, pues, el certificado de pertenencia a una estirpe que jamás había dejado de observar las leyes de Dios. En esta lógica religiosa, cualquier desviación de la ortodoxia conllevaba perder la hidalguía y sus privilegios jurídicos; del mismo modo, mezclar esta sangre con la de vasallos o pecheros, o con la de otros pueblos menos limpios, era también un acto pecaminoso que infringía los designios divinos: la vascongada era una hidalguía puritanamente teocéntrica. La limpieza de sangre (…) no era una noción racista en el sentido moderno, como a veces se ha dicho, sino típica del integrismo religioso de la época, significando no tener parentesco alguno con judío, moro, agote o hereje.”[74]

Y a continuación, añade que, para conservar limpia tan noble extirpe, se quiso garantizar su cierre impidiendo coercitivamente cualquier entrada de “mala sangre” en el solar común (…) Una vez extendida la hidalguía al vecindario arraigado, todos los foráneos son sospechosos de plebeyez y de portar sangre contaminada.[75]

Es fácil entender que una comunidad –cualquiera- quisiera conservar sus privilegios. Del mismo modo que los individuos de la época –en toda la Península- trataban de conseguir lo mismo, es decir, la situación privilegiada a la que sólo accedías mediante un magnífico currículo sanguíneo y religioso.

Había que tener pedigrí y, a menudo, papeles para justificarlo. Era la única manera de ascender en la escala social, o mantenerte en un nivel aceptable y de no ser tratado como una basura. Basura, por cierto, que pechaba, es decir, que trabajaba y pagaba impuestos.

Por tanto, que toda una comunidad viviese en esta situación privilegiada era algo que debía ser defendido con uñas y dientes. El mero temor a perder su condición, justificaría la dureza con la que se conducían respecto a cualquier elemento de perturbación. Y este elemento era, sin ninguna duda, la presencia de gentes ajenas al redil vasco, los portadores de sangre maldita, que pudiera ocasionar el descalabro del sistema de privilegios construido precisamente a partir de esa pureza de sangre generalizada.

La expulsiones –y otras practicas similares[76]- en las zonas vascas desde mediados del S.XVI fueron muy corrientes, en las que se incluían moros, judíos, conversos, agotes y demás gentes sospechosas. Casi todas las villas y consejos con fuero propio incluyeron medidas de este tipo, encaminadas a preservar la unidad étnica y religiosa.

¿Debemos deducir entonces que las poblaciones vascas de la época eran más racistas que sus homólogas castellanas o de cualquier otra parte? Sería difícil asegurarlo, pero no parece lo más probable, habida cuenta que las actitudes racistas eran el pan suyo de cada día y se sucedían por igual a lo largo y ancho de la Península y, por extensión, en toda Europa.

Recuérdense la expulsión general de los judíos en 1.492 del reino de Castilla, o las posteriores de moriscos; las persecuciones de muchos conversos “dudosos” y un largo etcétera de actos similares que jalonan nuestra historia.

En el resto de Europa, las consignas a seguir fueron similares y sólo variaban en función de los intereses particulares de cada sociedad y sus gobernantes.

En el caso de los agotes, las cosas no estaban tan claras, pues la crueldad con la que se les trató no parece fundamentada en ningún temor racional. Por ejemplo, a otras minorías –de etnias o confesiones distintas- se les propusieron caminos alternativos para su integración. Cierto es que éstos tenían carácter de ultimátum, es decir, o lo tomabas o ya podías desaparecer, pero, a la luz de la mentalidad de la época, ya era algo. En el supuesto de que perteneciesen a otro credo, se les ofrecía el bautismo y nos consta que, en algunos lugres, se hicieron esfuerzos en pro de su asimilación. Figura, como ejemplo, el caso de los moriscos de Agreda, comunidad importante en la que vivían separados del resto de la población. Pues bien, en 1.529, la Suprema daba las órdenes oportunas para que se abriese una puerta que comunicara las dos comunidades, la cristiana y la morisca. (…) Se ensaya un sistema de acercamiento, una especie de asimilación por contacto. Es una muestra más del esfuerzo general por asimilar a los moriscos y fundirlos en el pueblo: con este fin se promocionaron los matrimonios mixtos[77] y se tomaron medidas tendentes a que los moriscos se mezclasen con los cristianos[78].

Con los agotes nunca se hizo nada parecido. Ni siquiera la Inquisición se interesó por ellos, aunque cabe imaginarse que se produjeron abundantes denuncias, a tenor de la maledicencia popular que los tachaba de herejes. Pero el Santo Oficio, como todas las altas instituciones de la época, sabía que no representaban el más mínimo peligro. Lo que le interesaba a la Suprema eran los herejes de verdad, los luteranos que campaban a sus anchas al otro lado de los Pirineos y la poderosa comunidad morisca, que, una vez demostrado el fracaso de los intentos integradores, y habida cuenta del temor que ocasionaba la flota musulmana y los piratas argelinos, fueron observados con mucha inquietud:

“El fracaso de la política de asimilación y el peligro turco y berberisco del Mediterráneo occidental, hacen ver a los moriscos como una especie de “caballo de Troya” dentro de la península. El levantamiento de las Alpujarras agudizará aún más la situación”[79].

Es decir, en muchos casos, la Inquisición se comportó más como una policía política, que como un tribunal religioso. Un ejemplo que evidencia lo anterior es la represión que se lleva a cabo en lo que fuera el Reino de Granada, donde los moriscos –salvo en las zonas costeras en las que les estaba prohibido residir- eran mayoritarios en muchos lugares. Según se nos muestra en el libro de Bernard Vicent, “Minorías y marginados en la España del S.XVI”[80], la proporción de moriscos con respecto al total de los condenados por la Inquisición de Granada, alcanza cifras escandalosas coincidiendo con las sublevaciones de moriscos. Así, en el periodo comprendido entre los años 1.560 a 1.571 se eleva al 82,1%. Quince años más tarde, entre 1.586 y 1.595 será sólo del 8,7%. Pero, coincidiendo con una nueva sublevación, una década después, en el periodo que comprende de 1.606 a 1.608, la proporción de moriscos condenados sobre el total es del 68,3%, mientras que, al cabo de siete años, en 1.615, es de tan sólo un 2,9%.

Queda a las claras, pues, el papel de la Inquisición, fundamental en este largo proceso de lucha contra el infiel. Los agotes, en cambio, no fueron nunca objetivo preferente de la Suprema, que, por lo visto, se desentendió, por mucho que fuese presionada por las autoridades civiles y otras religiosas de la época. Ya que, aunque pocos, católicos e inofensivos, la animadversión que el pueblo profesa a los agotes no encuentra parangón. Según lo que sabemos, eran evitados y, probablemente, temidos, ya que otra de las medidas dictadas por muchos fueros y ordenanzas locales resulta la prohibición expresa de portar armas. Como si los agotes planeasen comenzar una sangrienta revuelta al modo alpujarreño.

Tenemos constancia documental abundante al respecto. Ni cuchillos, ni espadas, ni nada con lo que puedan herir. Deben mantenerse lejos, recluidos a ser posible, o claramente identificados e inermes. ¿Qué temían de los agotes?

Así pues, llama poderosamente la atención -y llega a desconcertarnos- la desproporción entre las precauciones tomadas y el peligro que pudieran suponer estos infelices. Los agotes nunca fueron demasiado numerosos y, por lo general, nunca se concentraban muchos en una misma localidad, salvo algún caso aislado como sucede en el barrio de Bozate. Eran trabajadores, resignados y humildes. Ninguno tenía formación militar -pues no tenían acceso a los servicios de armas- y eran conscientes de que, metidos en pleitos, tenían todas las de perder, por lo que no debían ser conflictivos salvo en casos extremos.

Los tribunales civiles se comportaron con ellos siempre de forma terrible, amparados en unas leyes hechas para condenarlos. El Fuero General del Bearne de 1.303 dictamina que el testimonio de un hombre libre vale como el de cuatro cagots. Al otro lado de la frontera, siguieron este modelo multiplicador, que no variaba en lo sustancial. Podían ser tres, cuatro o siete, según, pero siempre bajo este sistema de primar los testimonios que viniesen de cualquiera que no fuese de su estirpe.

Por eso, los agotes prefieren pasar desapercibidos y trabajar por el jornal que el señor de Ursúa u otros como él, tuvieran a bien darles. Sin embargo, dado que nunca poseyeron tierras, enseguida comienzan a despuntar como artesanos[81] y artistas[82], como músicos[83], como bertsolaris[84], como molineros, como carpinteros[85] y en muchos otros oficios.

No nos encontramos, por tanto, con una población “sin oficio”, o que, por su número u otras características inquietantes, pudiera ser tomada como una amenaza[86].

En otras palabras: casi todos los pueblos discriminados en la historia de España, cuentan con algún rasgo que inquieta –por una u otra razón- a la sociedad de su tiempo, cosa que no ocurre con los agotes. Entre estos rasgos diferenciales destacan cuatro -entre otros menores-, a saber:

A)     El carácter nómada o trashumante: Gitanos, pasiegos, vaqueiros, maragatos y quinquis.

B)      La pertenencia a etnias foráneas: Gitanos y moriscos.

C)      La pertenencia a grupos religiosos distintos y, por lo tanto, herejes: Judíos y moriscos.

D)      La pertenencia a clanes cerrados con poder económico o político: Judíos y maragatos.

Estas particularidades que acabamos de enumerar nos darán la clave para comprender –aunque desde nuestra óptica nos repugne y parezca inaceptable- el porqué de estas discriminaciones. Pero si nos atenemos a los agotes, por mucho que busquemos, será poco menos que imposible encontrar uno solo de estos motivos que justifique el rechazo según estos criterios generales. No poseían rasgos étnicos diferenciados, ni profesaban una religión distinta. Ni siquiera mantenían cohesión entre sí más allá de sus propias villas, o formaban algún tipo de entidad política o grupal; ni, mucho menos, actuaban de común acuerdo.

Vivían en asentamientos fijos –generalmente extramuros de los pequeños núcleos urbanos-, trabajaban en oficios reglamentados y conocidos[87], y no se tienen noticias de comportamientos belicosos por su parte, sino, más bien, todo lo contrario.

Respecto a los oficios propios de los agotes, estábamos diciendo que, en origen, y antes de que algunos de ellos pasaran a ocuparse de la labranza de las tierras de los Ursúa, eran artesanos, artistas, trabajadores manuales de diversos tipos, etc. Les estaba vedado el pastoreo y, en general, el trabajo con animales, con la salvedad de la cría de anátidas, o la posesión de algún cerdo para consumo propio. Pero no podían acercarse a las caballerías, ni poseer ganado vacuno, ovino o caprino. En líneas generales, las labores ejercidas por los agotes coincidían con las que desempeñaban otros colectivos marginados, con la excepción de la arriería y la ganadería caballar, de gran arraigo entre muchos de estos pueblos.

Curiosamente, en la parte de Navarra donde apenas tenemos constancia de la existencia de agotes, estos trabajos –sobre todo los de tipo artesanal- fueron desempeñados a menudo por otro pueblo marginado, aunque no tanto como ellos. Nos referimos a los moriscos, que habitaron durante varios siglos[88] en una de las cinco merindades en las que se dividía el reino navarro, en concreto en la más meridional, la Ribera del Ebro. Allí vivieron en relativa calma con sus vecinos cristianos, entre otros motivos por su situación geográfica, lo que evitaba las tensiones originadas en los otros reinos cristianos, que compartían fronteras con los reinos moros.

Mercedes García-Arenal detalla sus ocupaciones que, básicamente y con la salvedad antes señalada respecto a las caballerías, coincidiría con las de los agotes del norte navarro:

Limitados a la comarca de la Ribera, donde a lo largo de la Baja Edad Media constituyeron alrededor del 15% de la población, los mudéjares vivieron dedicados a tareas profesionales bien delimitadas: en primer lugar, labores agrícolas, cuidado de caballerías, compraventa de caballos, arriería. Artes de la construcción en todos sus aspectos: carpinteros, yeseros, albañiles, etc… y artes relacionadas, como estereros, orceros, tejeros, herreros[89].

Vemos pues, que, en lo sustancial, éstas serían las ocupaciones de todos los pueblos discriminados que tratamos en este libro. Si se quiere, con ciertas excepciones hechas a los agotes, que, restringiéndoles alguna de estas actividades, serían los peor tratados, incluso en el ámbito profesional.

Marco espacial

Los agotes habrían vivido en un espacio a ambos lados de la frontera hispanogala, pero siempre en territorio euskaldun: en la parte española, ocuparían lo que serían hoy las provincias de Navarra y, en menor medida, Guipúzcoa; incluso se dieron algunos asentamientos marginales en Álava y en Vizcaya. En Francia se distribuyeron por toda la parte vasca y algunos puntos del lindante País del Bearn.

Pero, aunque esta realidad política de cierta complejidad -en cuanto a los diferentes territorios donde se asentaban-, y la proliferación de fronteras en tan limitado espacio físico pueda parecernos incongruente, debemos conocer las particularidades de la zona descrita para entender que no lo es tanto. Me refiero a lo chocante de un pueblo tan pequeño ocupando tantos territorios distintos.

Empero, esta reflexión moderna está fuera de lugar si nos atenemos a que, hasta el S.XV, casi todos los lugares –y en concreto, todos los de la parte “española”- con presencia de agotes, habían pertenecido a un único reino, el de Navarra. Una vez que dicho reino fue tomado por las armas por el de Castilla y a medida que la historia fue estableciendo divisiones territoriales cada vez más marcadas hasta llegar a las lindes estatales, los agotes, sin salir de sus lugares primigenios, quedaron asimismo repartidos en las provincias y estados a los que aludíamos. Pero la realidad, su realidad, es que siempre vivieron en un marco relativamente homogéneo, aun con estas divisiones en el mapa.

La lengua, como principal elemento cohesionador, que se hablaba en todos estos sitios[90] era (y es, en buena medida) la misma: el euskera. El castellano sería pues una lengua exótica por estos pagos[91], y dudamos que alguno pudiera expresarse en latín. Como mucho, pequeños grupos establecidos en el Bearn o en las Landas, se expresarían en algún dialecto romance, como era el occitano gascón.

Además, la orografía, el clima y otros factores físicos coincidentes, ayudaron sin duda a forjar una cultura muy similar en estos territorios divididos, lo que nos lleva a suponer unos usos y modos de vida idénticos.

Incluso cuando el reino de Navarra desaparece como tal, y Castilla y Francia se disputan las migajas de los territorios fronterizos, las divisiones marcadas por los futuros estados no encuentran en los lugareños el celo que se les suponía en guardar dichas lindes. Por el contrario, esta zona pirenaica conserva su cultura propia vasconavarra y sus habitantes tardarán aún siglos en respetar las nuevas fronteras impuestas sobre un mapa que, en cierto modo, puede resultar ajeno. En este contexto surgen las “facerías” o “faceríes” a las que se refieren estos párrafos entresacados de la obra del doctor Iñaki Reguera, La Inquisición española en el País Vasco:

“Con referencia a la zona de Navarra, hay que resaltar que los montes Pirineos, lejos de ser una barrera, se muestran con una gran permeabilidad. En el Antiguo Régimen, las “facerías”, federaciones o asociaciones entre valles de uno y otro lado del Pirineo, era una hecho frecuente. El Pirineo se nos muestra como una entidad propia, como pretendiendo ignorar la política de París y Madrid, y rechazando sus fronteras. Aparentemente, parece estar fuera de las guerras entre Francia y España. La montaña no era un valladar físico, sino una zona de encuentro entre los hombres de las dos vertientes” [92].

Y, por supuesto, si la frontera pirenaica era permeable, qué decir de la costa vasca, con abundantes puertos (pertenecientes tanto a la parte española, como a la francesa) a pocas horas de navegación unos de otros. Además, las costumbres marítimas de los vascos, que siempre han contado con importantes flotas, propiciaban entendimientos y contactos permanentes a ambos lados de la frontera que, en la mar, quedaría muy desdibujada. Puertos como los de San Juan de Luz, Bayona, Pasajes, San Sebastián o la bahía mixta Hondarribi/Hendaya, tuvieron que jugar un papel destacado en esta comunicación.

Carlos M. Gorriarán recupera una carta de un inquisidor, fechada en 1.567 en San Sebastián, en la cual se queja de esta situación:

“…Es menester castigar el excesivo trato que los de San Sebastián y toda esta tierra tienen con los herejes de Francia. (…) Voy entendiendo el humor de esta tierra, que lo que toca a uno toca a todos, y lo toman a voz de consejo (…) y se han atrevido en sus Juntas Generales a que no se consienta entrar a la Inquisición en esta provincia y han dado de cuchilladas al alguacil mayor de esta Inquisición y hecho otros atrevimientos.”[93]

No obstante, los territorios vascos sólo en contadas ocasiones formaron estructuras comunes entre ellos[94]. La tónica dominante fue la contraria; o sea, que cada uno de los herrialdes[95] -formando también organizaciones comunes algunos de ellos- se condujese por sus propias normas y defendiese causas e intereses distintos de los de sus vecinos.

Esta desunión favoreció en ocasiones a los agotes, pues les permitió acogerse al resguardo de otro lugar cuando en el suyo “pintaban bastos”. Me explico: Cuando fueron expulsados de Vizcaya y de Guipúzcoa se refugiaron en Navarra. Cuando allí se les hostigó demasiado, pasaron a Francia, o casaron con agotes franceses. Sabemos también que, con ocasión de la persecución en Francia de Felipe V el Luengo, muchos agotes franceses pasaron a la parte española.

Es decir, encontraron casi siempre alguna vía de escape, algún sitio en el que refugiarse. La pregunta que se nos ocurre es por qué se tuvieron que quedar precisamente en el territorio vasco, donde eran conocidos y siempre maltratados. ¿Por qué no fueron a probar fortuna a otras regiones? ¿Por qué no escaparon de sus lugares de origen donde estaban proscritos?

Recordemos que la Península, durante mucho tiempo –coincidiendo con la más feroz discriminación-, entre los siglos XI y XVII, ofreció multitud de lugares a los que podrían haber ido. No tenían nada que perder. Quedaban muchas franjas de territorio casi despoblado por las guerras fronterizas, muchos lugares habitados por personas pertenecientes a otras minorías, entre las que pudieron haber pasado desapercibidos e incluso, por cristianos viejos.

Muchas posibilidades de haberse enrolado en los ejércitos que se reclutaban aquí y allá para servir en disputas armadas de carácter fronterizo, y que recompensaban a sus huestes con terrenos propios y aún con noblezas y otras prebendas. ¿Por qué no lo intentaron? ¿Qué les ataba a su cárcel pirenaica?

La respuesta es aventurada, pero yo me la he formulado muchas veces y debo ofrecer la hipótesis que me resulta más verosímil: no tenían dónde ir. Ellos eran vascos[96], hablaban únicamente euskera y pertenecían a una comunidad cerrada en la que habían vivido “desde siempre”. Con toda probabilidad ninguno de ellos sabía hablar romance, ni latín, ni ninguna otra lengua para entenderse fuera de sus fronteras naturales. Su mundo era muy pequeño, su ignorancia enorme, su miedo atroz. Eran grupos dispersos de aldeanos miserables, sin acceso a nada, sin posibilidades de progresar, ni de educarse, ni de saber qué ocurría fuera. Ningún margen de maniobra. El mundo se acababa en el Ebro.

En estas condiciones, un viaje de unos pocos cientos de kilómetros, resultaba imposible. Además, ellos no tenían acceso a las caballerías y, aún de haberlo tenido, no hubieran podido costearlas. Eran analfabetos y pobres de solemnidad. Tampoco sabían defenderse, pues las armas siempre les fueron vetadas, y viajar en esa época debía de comportar grandes peligros. La única opción era quedarse como estaban y sobrevivir. Ya llegaría algún día el S.XX y entonces, a la mayoría de los vascos (y a la práctica totalidad de los españoles) el término “agote” ni siquiera les sonaría. Entonces se acabaría todo, como, felizmente, así ha sido.

De hecho, el único documento que hemos encontrado que supuestamente acredita una pequeña migración de agotes, ofrece demasiadas dudadas y aporta muchos elementos que no encajan. El documento en cuestión[97], desempolvado hace un cuarto de siglo por Jaume Riera y publicado en una separata de la revista navarra, Príncipe de Viana, habla de un grupo de diecisiete personas que, por lo visto, se establecen en Aragón, concretamente en el término municipal de Monzón.

Pronto son acusados de ser agotes, y, por tanto, leprosos, y el pueblo debe evitar su contacto. La acusación parte de otros vecinos, supuestamente también de origen vasco o navarro, que declaran conocer su filiación a esta casta de agotes.

Así que estas diecisiete personas se someten a un examen médico que prueba su buena salud y, como las murmuraciones y calumnias no cesan, consiguen que el Rey expida dos circulares dirigidas a las autoridades locales, en las que se prohíbe expresamente que sigan siendo injuriados.

Por fin, los acusadores se retractan y echan la culpa a otros vascos (se supone que ellos también lo son) que les habían inducido a presentar la acusación.

Jaume Riera piensa sin embargo que los difamados como leprosos eran auténticos agotes o “cristians apartats”[98]. Aduce que intentan y consiguen un acta notarial sobre su sanidad corporal pero no hacen nada para obtener un certificado de quienes conocían sus antecedentes un certificado de no pertenecer a la casta indeseable.

Y añade que obtener un certificado de salud era escamotear la verdadera naturaleza de su problema, que era social[99]. En esto es en lo único que estoy de acuerdo.

Pero, entendiendo que el autor trate de demostrar que los calumniados eran agotes –por la singularidad que supondría el documento que ha encontrado-, no puedo menos que discrepar de su opinión.

Quedan demasiados cabos sueltos. Para empezar resulta extraño que varias familias de agotes (gente sedentaria donde la haya) cruzasen su “territorio natural”, para irse a establecer a un reino vecino pero muy apartado culturalmente –sobre todo por su idioma- como era el de Aragón. No tenemos noticias de ningún desplazamiento de agotes por esas fechas, mucho menos a Aragón, y es raro que, de haber sido el caso, sólo se tratase de un pequeño grupo.

Los denunciantes, aparte de no poder probar nada de lo que dicen, se escudan en los supuestos testimonios “de otros vascos”, sin más precisiones. Se desprende también de la documentación, que ellos los conocen, puesto que son oriundos de las mismas tierras –vascas- pero no tenemos ninguna constancia de ello. De ser así, ¿por qué los denunciantes o los justicias[100] locales que llevan el proceso, no intentan probarlo con la ayuda de sus homólogos del Reino de Navarra, de donde al parecer procedían?

Pero lo que menos me encaja son los apellidos, tanto de denunciantes como de los denunciados -según el documento, y lo que parece creer J. Riera-, todos vascos.

Los denunciantes se apellidan, a saber: Castelló, Bayach, Mil Sous y l´Ayguader.

Por su parte, los denunciados se apellidan: Navalles, Casanyau, Melyo, Miralpeix, San Clemente, Morlans, Garena, Sedirach, Puig, Saranyena y Benenyach.

En fin, que, de no advertirnos que esto era un conflicto entre vascos, hubiera creído estar leyendo la guía telefónica de Girona.

La verdad es que todo esto es muy raro, y desde luego, no encaja en absoluto con lo que llevamos dicho hasta aquí de los agotes. En mi opinión, no se trata de tales agotes navarros, sino de un grupo, probablemente también proscrito, de algún tipo de buhoneros de la época. Es probable que vinieran de Navarra, o de cualquier otro lugar. Probable incluso que pesase sobre ellos alguna condena, o hubiesen sufrido persecuciones previas en otros territorios.

Sabemos que muchos grupos marginados fueron asimilados o confundidos con los agotes. Este caso, me parece uno más, uno de tantos, en los que un grupo marginal fue acusado de pertenecer a la casta de agotes, de ser leprosos, de intocables. Pero también creo, con todos mis respetos a su investigación que nos ha facilitado este valioso documento, que J. Riera ha incurrido en el mismo error que los acusadores de Monzón, al presentarlos como agotes.

 

¿Qué queda de los agotes?

Bien poco, la verdad. Ni siquiera el recuerdo, salvo en algunos lugares del norte de Navarra, donde el mismo término se convirtió en tabú y dejó de emplearse hace muchos años.

Tampoco ha quedado ningún vestigio físico: han tapiado las puertas laterales de las iglesias, han desaparecido algunas fuentes, puentes, barriadas a la vera de algún camino, signos todos de esa exclusión terrible que se han perdido sin dejar rastro.

Lo poco que sabemos es por la documentación existente. Ni siquiera contamos con testimonios que den cuenta de hechos fehacientes. Todo lo más, se hacen eco de habladurías y de los cuatro lugares comunes que todo el que se precia de conocer un poco el tema repite: “Estaban separados en la iglesia, no se les dejaba participar en los bailes ni fiestas, nunca declaraban su origen agote, descendían de los godos, etc.”

No han dejado tampoco ningún tipo de folclore, ni tradición escrita, ni oral, nada. Quizás, la única excepción la encontremos en su particular modo de construir sus viviendas, en este caso agregadas unas a otras, como disimulando el número de habitáculos y, en consecuencia, de personas e incluso familias que las habitaban. Este dato novedoso, lo pone sobre la mesa Javier Santxotena, quien, en su intento por reconstruir el Bozate de hace cuatro siglos, ha seguido la pista arquitectónica de sus viviendas y ha descubierto esta curiosa forma de edificar. El propósito es evidente: pasar inadvertidos, ser invisibles[101]. Incluso es probable que les denegaran el permiso de edificación de nuevas viviendas, por lo que debían construir estos agregados y repartirse el espacio arañando cada centímetro.

Al contrario que los vaqueiros o los maragatos, no nos consta que los agotes desarrollaran ninguna forma de folclore, como podría ser una simple vestimenta típica. Seguro que algo tuvieron, pero todo lo que les relacionase con su origen, con su pasado, lo consideraron vergonzante, o bien, trataron de ocultarlo para acabar para siempre con la discriminación.

Por otro lado, sus vecinos, los que no pertenecían a su extirpe, parecen asimismo avergonzados de lo que hicieron sus ancestros. Aunque nunca hubo una disculpa, ni una condena –ni nadie se lo ha pedido- por las penalidades que les infringieron, parece que, en un momento dado, la gente cayó en la cuenta de lo injustos que habían sido y se prefirió no volver a sacar el tema a colación. Seguro que los agotes fueron los primeros interesados en correr un tupido velo y dar por finalizado el asunto.

En un libro lleno de cordura, Julián Marías analiza la falta objetiva de motivos racionales que han tenido o tienen muchos de los enfrentamientos entre distintos grupos, y las discordias que se producen en sociedad entre comunidades. Después de caer en la cuenta de la aparente esterilidad de las mismas, de lo escaso de su fundamento, llega a la conclusión de que el espíritu de la discordia sustituye la realidad por un esquema. Un poco después, por un símbolo, una etiqueta, un nombre. (…) La mecanización, la inercia, empiezan a organizar la realidad social en esa disposición enfrentada y hostil, y ya está el proceso en marcha. Al cabo de algún tiempo, ya no hay quien lo pare. Los que intervienen en la discordia, sobre todo los promotores de ella o los que de ella se han beneficiado, podrán intentar alcoholizarse con cualquier tipo de propaganda, pero en el fondo se sienten avergonzados[102].

El apellido “Agote”

Debido a la estricta endogamia que sufrieron los agotes, ciertos apellidos se repiten constantemente a través de varios siglos en todas las crónicas, o en cualquier documento que dé cuenta de algo relacionado con ellos.

Estos apellidos, todos de rancio sabor vasco, no vienen al caso. Se pueden encontrar publicados en varios lugares, incluso en Internet, pero estimo que copiarlos nuevamente es un acto inútil y poco considerado[103].

Lo que es realmente curioso es el apellido “agote” en sí. Lo que parece más probable es que este apellido sea la consecuencia directa de la discriminación y se impusiese a individuos sospechosos de pertenecer a esa minoría, puede que por cuestiones de funcionalidad, sobre todo cuando comienza a generarse documentación[104] o, en el peor de los casos, para que no se perdiese su estigma allá donde fueran.

Sorprende que, tratándose de un apellido antiguo, pues ya hemos visto que tenemos constancia documental del mismo por lo menos desde principios del S.XVI -y es frecuente encontrarlo en siglos posteriores-, se halle tan poco difundido por España.

Por otro lado, muchos agotes debieron ser susceptibles de adoptar este apellido. Por tanto, su difusión quedaba garantizada y, si bien los primitivos agotes, como vimos, no podían salir de sus tierras nativas donde eran discriminados, cabe pensar en que sus descendientes abandonaran su región original y pasasen página a su historia maldita en cuanto les fuera posible.

Esto es lo que parece lógico. Máxime cuando la discriminación todavía existía en los siglos XVIII y XIX, y aquellos apellidados agote y residentes en Navarra, Guipúzcoa u otras zonas vascas o limítrofes, tuvieron que sufrir en una u otra medida las consecuencias xenófobas.

Estos “agote” sí que pudieron irse a otras zonas de España, olvidarse para siempre de todo lo que acarreaba su historia maldita, comenzar de nuevo en cualquier otro lugar donde su apellido sonase tan vacío de contenido como García, López o Pérez.

Sin embargo, no se fue nadie. Ni uno sólo. Puede que algunos se lo cambiasen por otro cualquiera. Resulta lo más probable, si comprobamos lo escaso que es hoy en día este antiguo apellido. Pero, de hecho, el apellido existe, casi exclusivamente, en Navarra o en las provincias limítrofes.

Pero también cabe que, incluso teniendo que soportar cierta discriminación, aquellos apellidados agote, ya no fuesen tratados como tales, sino que estuviesen integrados en la sociedad de su época y sólo de tanto en tanto, su apellido fuese objeto de burlas o de escarnio. La paradoja reside en que encontramos documentos de fechas similares y ubicados en localidades cercanas que revelan circunstancias completamente distintas, casi antagónicas.

Pondré un ejemplo. He seleccionados unos documentos que nos sitúan en una provincia, en este caso Guipúzcoa, y en un periodo concreto, última mitad del S.XVII, para tratar de hacer la comparación lo más homogénea posible y así resaltar los aspectos contradictorios que se desprenden de los mismos.

Primero, podemos sacar a colación un típico auto de ejecución de un decreto de expulsión de los agotes en la mencionada provincia. Está fechado en 1.696 y pertenece al archivo municipal de Ordizia[105]. Continúan, pues, las expulsiones.

Por esas fechas (1.673 para ser exactos), también encontramos en el archivo de un pueblo cercano, en Hernani, la querella presentada por Joanes de Arpide contra Catalina de Bereterechea, por haber ésta injuriado gravemente a su esposa, calificándole de hija de agote[106]. O sea, que tildar a alguien de agote o señalar su parentesco, suponía aún en estas fechas una injuria grave que se resolvía en los tribunales. Bueno, esto concuerda con el documento anterior, el de la expulsión, lo que induce a pensar que los agotes y todo lo que tuviera relación con ellos, seguía siendo tratado con el máximo desprecio y, en todo caso, ajeno a cualquier tipo de integración social.

Pero, a continuación, nos damos de bruces con documentos que, repito, por las mismas fechas y los mismos lugares, nos hablan de individuos apellidados agote que no parecen ser tenidos por tales, o por lo menos, no son ya los parias miserables de los que nos daban cuenta otras crónicas.

Veamos: En el año 1648, en el archivo de la donostiarra casa Zavala, hallamos una escritura de venta de unas tierras pertenecientes al término municipal de Guetaria (Guipúzcoa) a favor de un tal D. Juan Beltrán de Agote[107]. Y diecisiete años más tarde, en 1.665, encontramos en el archivo de los Jesuitas de Loyola, una escritura de concierto sobre una deuda de D. Francisco de Latenta que tiene contraída con D. Francisco de Agote, de un centenar de quintales de hierro achicado[108].

De estos documentos se deduce que, si bien los agotes se hallaban perseguidos, expulsados y no gozaban de ningún derecho, aquellos apellidados agote no podían detentar la misma consideración.

Así pues, los apellidados agote –al margen de que alguno se  lo cambiase- vivían con aparente normalidad[109] en las mismas tierras donde se perseguía a la gente de la que un día tomaran el apellido. Y parece ser que siguen morando en los mismos lugares, pues, a tenor de lo que revela la guía telefónica, el apellido está ausente en casi toda España y muchos de los que figuran hoy, pertenecen a un reducido número de familias, cuyos miembros comienzan –en esta generación- a distribuirse por toda la geografía española.

Sorprende la escasísima distribución que tiene este apellido fuera de los territorios vasconavarros –con la excepción de Cantabria, donde ya señalamos que se encuentran en un pueblo limítrofe con Vizcaya-. Además, en el resto de las zonas, buena parte de los que encontramos poseen también el otro apellido vasco. Todo nos hace pensar que su ubicación en dichas provincias es muy reciente, quizás sólo temporal.

Tras rastrear los listines telefónicos de España desglosados por provincias, comprobaremos la restringidísima distribución de este apellido. Ahí va la lista:

Navarra:

Primer apellido: 3

Segundo apellido: 4

Vizcaya:

Primer apellido: 20

Segundo apellido: 18

Guipúzcoa:

Primer apellido: 92

Segundo apellido: 76

Álava:

Primer apellido: 4

Segundo apellido: 0

Cantabria[110]:

Primer apellido: 9

Segundo apellido: 1

Asturias:

Primer apellido: 0

Segundo apellido: 0

Galicia:

Primer apellido: 0

Segundo apellido: 0

Aragón:

Primer apellido: 1

Segundo apellido: 1

Andalucía:

Primer apellido: 3

Segundo apellido: 1

Madrid:

Primer apellido: 6

Segundo apellido: 5

Castilla-León:

Primer apellido: 2

Segundo apellido: 1

Castilla La Mancha:

Primer apellido: 0

Segundo apellido: 0

Comunidad Valenciana:

Primer apellido: 1

Segundo apellido: 0

Cataluña:

Primer apellido: 1

Segundo apellido: 0

Región de Murcia:

Primer apellido: 0

Segundo apellido: 1

La Rioja:

Primer apellido: 0

Segundo apellido: 0

Canarias:

Primer apellido: 0

Segundo apellido: 0

Baleares:

Primer apellido: 1

Segundo apellido: 0

Cáceres:

Primer apellido: 0

Segundo apellido: 0

 

El Nuevo Baztán

No queríamos terminar el capítulo de los agotes sin mencionar algo que siempre me ha parecido curiosísimo: me refiero a un pueblo en mitad de la estepa castellana, Nuevo Baztán, fundado en el año 1.700 en la provincia de Madrid.

Si ustedes se acercan a esta población les sorprenderá, primero, la iglesia, consagrada al navarro San Francisco Javier: un ejemplo del más puro Churriguera, con un pórtico espectacular y unas dimensiones y un lujo arquitectónico a todas luces fuera de lugar en un pueblo recién fundado.

Y lo segundo que reclamará su atención es la fila de barracones de piedra, divididos en viviendas individuales que flanquean la plaza y forman un barrio perfectamente simétrico, ordenado a ambos lados de la iglesia.

Un pueblo hecho con tiralíneas, construido enteramente de piedra; algo muy infrecuente en la región. Un lugar de sabor pirenaico incrustado en la planicie castellana.

Todo parece artificial: Las calles, conformadas por esos enormes y sólidos barracones; la ostentosa –y artística- iglesia perfectamente centrada; la plaza, desierta y cuadrangular, donde desembocan las calles, extendida frente al pórtico principal de la iglesia y el palacio anexo.

En fin… Todo muy raro. La leyenda dice que el pueblo fue construido para albergar allí a los agotes navarros y sacarlos de su endémica marginación. También que, transcurridos unos años, se escaparon y regresaron a sus valles natales. No sabemos qué hay de verdad en todo esto. Lo que sí se puede deducir por el conjunto arquitectónico, es que nos hallamos en una gran cárcel sin barrotes o, mejor dicho, en un campo de trabajo.

El hecho de ser de tan reciente fundación aporta sus ventajas, pues podemos acceder a toda la información sobre esta localidad y sus habitantes. Incluso, por los apellidos de los primeros moradores, sabemos que pocos, si alguno, eran agotes. Lo que sí tiene más visos de verdad es que, primero, su origen fue mayoritariamente navarro y, segundo, que se les llevó para trabajar en condiciones durísimas.

Suponemos que Goyeneche[111], a quien se debe la fundación de la localidad, utilizó como sirvientes a un grupo de paisanos suyos, entre los que figuraría algún agote y de los cuales se valió. Comencemos con la historia.

El Marqués de Goyeneche construye un pueblo a su medida, con una impresionante iglesia y un espléndido palacio anexo. Alrededor, ubica un centenar de viviendas, en esos barracones de piedra maciza a los que antes aludimos. Después, pone en funcionamiento varias industrias[112] muy lucrativas, que no dejarán de rendir hasta haber consumido todo el vecino bosque de Acebedo, con cuya madera alimentó sus hornos.

Por último, obtuvo permiso de Felipe V para acuñar moneda durante un año. Fue una concesión real y la aprovechó bien, pues lo hizo ininterrumpidamente noche y día.

¿Y qué pintan los agotes en todo esto? Pues ni más ni menos que servir con su miseria de coartada para, bajo pretextos filantrópicos, contar con mano de obra –no digo ya barata- sino casi en régimen de esclavitud.

En efecto, Goyeneche declaró actuar movido por principios altruistas: él sacaría a los agotes de su tierra, de su marginación, y además les daría trabajo y techo en una región de España donde nadie les conocía ni les discriminaría.

A buen seguro que se lo propuso, pero los agotes no se debían de fiar mucho de este personaje, pues nos consta que fueron muy pocos, si alguno. El grueso de desplazados son navarros, sí, pero no agotes. Lógicamente, encontró gente a la que engañar, pero suponemos que, siendo natural de Arizkun, sus vecinos de Bozate le conocían bien, y probablemente, por eso decidieron no ir.

Sabemos que era propietario de todo el pueblo de Nuevo Baztán, que le pertenecían todas y cada una de las viviendas-barracón, y que estaba en su mano echar de casa a cuantos estimase oportuno. Quizá por eso, la gente más vieja de lo que luego sería un pueblo de veraneo, no saben nada de agotes, pero sí están al tanto de la leyenda, que cuenta que los primeros pobladores eran poco menos que esclavos al servicio de Goyeneche, el cual se enriqueció espectacularmente.

Casi todos los autores que se han interesado por los agotes[113], convienen en que, pasadas un par de décadas, los agotes regresaron a su tierra natal, conscientes de haber trocado una severa servidumbre por otra del mismo jaez. En realidad, estos autores creían lo que en su día afirmó Goyeneche, “que eran agotes”. Sin embargo, ahora sabemos que eso no es cierto, y que, de irse alguien, no fueron ellos, pues su presencia siempre fue testimonial en el Nuevo Baztán. Una vez más, tenemos la evidencia de que los agotes nunca salieron de sus valles natales. Y ahí siguen sus descendientes, sin que acabemos de saber qué era lo que les hacía diferentes, por qué esa enconada marginación, qué motivos pudieron encontrar su vecinos para marcarles con un estigma tan terrible a lo largo de los siglos.

Felizmente, todo tiene su final, y éste ya ha llegado.


[1]En los sucesivo emplearemos alguno de estos términos para referirnos a los agotes, pues así es como aparece en la literatura sobre el tema. No obstante, aunque casi todas las menciones escritas recojan esta terminología, hablar de “raza de agote” o de “pueblo agote” o similares, no se ajusta a la realidad.

[2] Sería demasiado aventurado dar unas fechas exactas de cuándo comienza a discriminarse a los agotes. Pero tenemos referencias escritas que datan del S.XV, aunque, probablemente, el origen de la marginación sea muy anterior.

[3] Enclavado en el Valle del Baztán, al norte de Navarra.

[4] Henry Bergson La evolución creadora Espasa-Calpe, Madrid 1973

[5] Lo que en la práctica suponía carecer de cualquier derecho.

[6] Casi todos estos documentos los ha recogido el archivero Florencio Idoate en su libro titulado “Documentos sobre agotes y grupos afines en Navarra”.

[7] Existe todavía la creencia en algunas zonas rurales del Pirineo que la falta o escaso desarrollo del lóbulo de la oreja, se debe a haber nacido de noche. También se acusó a los agotes de tener una oreja mayor que otra o de tener las orejas peludas, como es el caso del que esto escribe, sin que por ello se tenga por agote ni por descendiente de ellos.

[8] Resulta esclarecedora la leyenda que cuenta la historia de una muchacha enamorada de un supuesto agote. Así que ésta le mira las orejas y va a contarle a su padre que se puede casar con él, porque no tiene ninguna de las características (una mayor que otra o cubiertas de pelo o sin lóbulos) que le identifican como tal.

[9] Antonio Elorza, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, declaraba en una conferencia titulada “La nación vasca: del mito a la historia”, que los agotes eran llamados “belarrimocha”, lo que traducido al castellano sería “oreja corta”.

[10] Así lo recoge una sentencia emitida por el Parlamento de Tolouse, bajo pena de 500 libras a quien injuriase a los de clase “giezy”.

[11] Recuérdese que P. Baroja era natural de Vera de Bidasoa, una zona “tradicional” de agotes, y su pueblo natal está situado a pocos kilómetros de Arizkun y bañado por el agua del mismo río.

[12] Pío Baroja Las horas solitarias  Editor Caro Raggio, Madrid 1982

[13] Paola Antolini Los agotes. Historia de una exclusión. Ediciones Istmo, Madrid 1989

[14] Caro Baroja añade en este prólogo: “La palabra casta se hallaba incorporada al vasco con cierta connotación despectiva. Los agotes eran una casta propiamente dicha, pero también lo eran los carabineros, de fuera”.

[15] Rafael Castellano, en su obra Vascos heréticos,(Haranburu Editor, Donostia 1977) se refiere habitualmente a los agotes con el nombre de “kastagothak”, es decir, casta de agotes, como nos señala C. Baroja, que debía ser la forma común de referirse a ellos en la lengua que se habla en su territorio, el euskera.

[16] Maria del Carmen Aguirre Delclaux Los agotes Diputación Foral de Navarra, Pamplona 1977

[17] Este autor, eminente profesor de la Facultad de Letras de Burdeos, amén de muchas otras distinciones y cargos, fue un especialista en temas vascos (Le pays basque, sa population, sa langue, ses moeurs, sa littérature, sa musique), que escribió una obra clásica para el estudio de los agotes: Histoire des Races Maudites de la France et de l´Espagne, Sévres, París 1846

[18] Caro Baroja  El Señor Inquisidor  Ediciones Altaya, Barcelona 1996

[19] Francisque Michel  Histoire des Races Maudites de la France et de l´Espagne, Sévres, París 1846

[20] El autor describe así las caravanas pestilentes de leprosos, algunos de ellos antiguos cruzados, que, procedentes del norte de Europa, habrían recalado en Euskalherría y el País del Bearn:  “Abatidos, en extrema miseria, sufriendo una depresión absoluta, raquíticos, llagados por la lepra, hambrientos y sedientos (…) plagados de podredumbre sus miembros broncíneos, maceradas sus carnes, delatándose todavía su origen de las razas norteñas europeas, verdaderos parias gotosos con las piernas torcidas, sus palabras guturales e inarticuladas; acompañados de animales esqueléticos y hambrientos, expresión completa de la miseria y de la desnutrición humillados en las vías públicas y en los caminos por la sociedad, rechazados de todos lo lugares, repelidos como apestados, aborrecidos por toda especie humana; el propio alejamiento de sus semejantes, la contemplación de su misérrimo estado,  ¿les condujo como postrero y extremo recurso a implorar su bautismo, confiados en que tan desesperada acción movería a encontrar una mirada compasiva, una acogida menos adusta entre algunos de los cristianos?”

[21] Maria del Carmen Aguirre Delclaux Los agotes Diputación Foral de Navarra, Pamplona 1977

[22] Philipphe V “Le Long”  (12931322)

[23] Florencio Idoate  Documentos sobre agotes y grupos afines en Navarra Diputación Foral de Navarra, Pamplona 1973

[24] Cenat Moncaut Histoire del Peuples et des Etats Pyrénées, París 1873

[25] En este caso se refiere a la montaña Pasiega, en Cantabria, pero sería extrapolable también a la navarra, donde las condiciones eran semejantes.

[26] Animales míticos y monstruosos. V.V.A.A. Círculo de Amigos de la Historia. Ediciones Ferni. Ginebra, 1975

[27] Sin duda, tomados de la forma antigua de Chrestiens y otras muy similares (cristianos) que parecen ser las más antiguas para denominarlos. No obstante, también hay quien argumenta (F. Michel) que se deriva de cretés (cresta) a causa del distintivo rojo que debieron llevar durante mucho tiempo.

[28] Nos cuenta S. Jay Gould que la continua llegada de inmigrantes de origen no germano, escandinavo o anglosajón, comenzó a inquietar a las autoridades, por lo que se promovieron políticas tendentes a regular y restringir esta inmigración.

[29] Stephen Jay Golud Dientes de gallina y dedos de caballo Ed. Blume. Madrid, 1984

[30] Idem

[31]  Anomalies and Curiosities of Medicine by George M. Gould and Walter L. Pyle

[32] Caro Baroja, en el prólogo de Paola Antolini

[33] Resultado de toda esa amalgama de leyendas es el famoso cuento de la Caperucita Roja.

[34] Los que esto les achacaban nunca llegaron a explicarlo bien, aunque cabe pensar en que lo relacionaban con la idea de su lubricidad.

[35] Lardizábal, en su famosa “Apología por los agotes…”, nos dice que tampoco es para ponerse así, ni discriminarlos por eso: que los negros también huelen mal.

[36] Pío Baroja  La dama de Urtubi y otras historias  Ed. Afrodisio Aguado, Madrid 1958

[37] También aparece así en estas líneas entresacadas de la obra Mariage Physiologie de Balzac : «¡Vous, tas de serrabaites, cagots, escargotz, hypocrites, caphartz, frapartz, botineurs, rompipetes et autres telles gens qui se sont déguisés comme masques, pour tromper le monde ! (…) ¡Arrière mastins, hors de la quarrière! ¡Hors d´ici, cerveaux à bourrelet!»

[38] Los godos fueron derrotados en la batalla de Vouillé, en el año 507 de nuestra era.

[39] Florencio Idoate  Documentos sobre agotes y grupos afines en Navarra Diputación Foral de Navarra, Pamplona 1973

[40] Maria del Carmen Aguirre Delclaux Los agotes Diputación Foral de Navarra, Pamplona 1977

[41] Ídem

[42] El origen divino de la lepra, o la lepra como castigo divino, que viene a ser lo mismo, se ha mantenido en muchas culturas a lo largo del tiempo.

[43] Ernesto Milá Rodríguez Guía de los Cátaros  Editorial Martínez Roca, Barcelona 1998

[44]Cagoti non fuerunt monachi, anachoritæ, aut leprosi; sed genus quoddam hominum cæteris odiosum. Vasconibus Cagots, nonnullis Capoti, Burdegalentibus Gaheti, Vascis et Navarris Agoti, dicuntur.”—Ducange: Glossarium Manuale, vol. II

[45] Brewer, E. Cobham Dictionary of Phrase and Fable Henry Altemus, Philadelphia 1898

[46] Los de Bozate, los agotes

[47] Corazón de Jesús

[48] Es una forma típica de referirse a los agotes: “los del barrio”, que hace referencia al barrio de Bozate. A esto se refiere también la novela de Félix Urabayen “El barrio maldito”.

[49] Rafael Castellano Vascos heréticos Haranburu Editor, Donosita 1977

[50] Ídem

[51] Lope probablemente consideraba al de Ursúa un afrancesado, pero en esto se equivocaba, pues, precisamente, el linaje de los Ursúa, casi en su totalidad, engrosó el bando de los Beamonteses, al servicio de Fernando el Católico y luego de Carlos I, frente a los Agramonteses, éstos sí, aliados de Francia.

[52] La tradicional de la de Bost-Ate, en euskera, cinco puertas.

[53] Rafael Castellano Vascos heréticos Haranburu Editor, Donostia 1977

[54] Ídem

[55] A este respecto, no hemos cambiado tanto, si observamos las leyes de extranjería vigentes en nuestro entorno.

[56] No sabemos si se trata de una casualidad, aunque me inclino por lo contrario, el hecho de que aparezcan a menudo los ánades (patos y gansos) entre los pocos animales que pueden poseer. Recuérdese que en muchos lugares tenían la obligación de llevar bien visible un trozo de tela imitando una forma palmípeda, a fin de ser conocidos como agotes.

[57] Florencio Idoate  Documentos sobre agotes y grupos afines en Navarra Diputación Foral de Navarra, Pamplona 1973

[58] Carlos Martínez Gorriarán  Casa, Provincia, Rey  Alberdania, Irún 1993

[59] Esta costumbre de designar a las familias por un apodo que se transmite de padres a hijos parece algo natural, como lo demuestra el hecho de ser todavía una costumbre arraigada en muchos pueblos. Recuerdo el caso de un lugar en el que he veraneado gran parte de mi vida, en Cantabria. Entre los muchos apodos familiares, siempre me llamó la atención el de un pescador conocido por “el sucio”, puesto al parecer con sorna, porque era todo lo contrario. Ignoro si el apodo le venía de sus ancestros. Lo que sí sé es que a su hija, una mujer casada con un miembro de una familia rica del pueblo, le seguían llamando con el apodo familiar, y no era raro escuchar cómo la requería cualquier vecina a voces desde el balcón, sin ningún afán peyorativo: ¡Sucia!

[60] Carlos Martínez Gorriarán  Casa, Provincia, Rey  Alberdania, Irún 1993

[61] Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Pleitos Civiles. Escribanía Lapuerta. Pleitos Fenecidos. C 1294/1 – L 262

[62] Archivo Municipal de Azpeitia. Fondo municipal de Azpeitia. Expedientes Judiciales. 1132-02

[63] Fondo municipal de Azpeitia. Autoridades Supramunicipales. Diputación. Expedientes Judiciales. 616-08

[64] Carlos I, un adelantado sin duda, ratifica en 1.534 la sentencia del tribunal eclesiástico que les igualaba con los demás cristianos y añade “que sean tratados honorablemente bajo pena de 100 ducados de oro”.

[65] También en los años 1574, 1590, 1604, 1655, 1663, 1696 y 1698

[66] Asimismo, se acuerda expulsarlos en las Juntas de San Sebastián de 1605. Sorprende comprobar lo irrisorio de estas medidas cuando, al año siguiente, se da cuenta de dicha expulsión. Han sido siete en total las personas expulsadas, seis en Fuenterrabía y una muchacha en Oyarzum.

[67] Archivo Real Chancillería de Valladolid Pleitos Civiles. Escribanía Moreno. Pleitos Fenecidos C 1262/6, L 233, Volumen I

[68] Aunque en algunos lugares se establezcan nuevos impuestos especiales para ellos y particularmente humillantes.

[69] Maria del Carmen Aguirre Delclaux Los agotes Diputación Foral de Navarra, Pamplona 1977

[70] Ídem

[71] Histoire des Races Maudites de la France et de l´Espagne, Sévres, París 1846

[72]  The Catholic Encyclopedia (1917)

[73] Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Registro de Reales Ejecutorias. C 363/21

[74] Carlos Martínez Gorriarán  Casa, Provincia, Rey  Alberdania, Irún 1993

[75] ídem

[76] En realidad, se trataría de hacerles la vida imposible a unas personas tenidas por indeseables. Lo más habitual era legislar ordenanzas que no les permitieran pernoctar en la ciudad, o que tuvieran el acceso restringido, así como obligarles a llevar señales, y muchas otras de este tipo para impedir que se asentasen en su territorio o en otro aledaño.

[77] Los agotes nunca gozaron de esta suerte y hasta fechas modernas no se les permitió casarse –bajo severas penas- con otros que no fueran de su estirpe, obligándoseles a una endogamia forzosa. Esto se prolonga hasta fechas muy modernas. Sabemos (como muestra, un botón) que tras muchas deliberaciones, en 1682, el Parlamento de Navarra da por fin su consentimiento para que un agote contraiga matrimonio con una mujer que no lo es. Eso sí, el agote obtiene esta concesión mediante el pago de 45.000 libras.

[78] Iñaki Reguera La Inquisición Española en el País Vasco Ed. Txertoa, San Sebastián 1984

[79] Ídem

[80] Bernard Vicent Minorías y marginados en la España del S.XVI Diputación provincial de Granada, Granada 1987

[81] Incluso hay quien sostiene que, en origen, los agotes fueron los antiguos obreros del templo de Salomón donde, como castigo, contrajeron la lepra. Después, hubieron de purgar su pecado convirtiéndose en intocables.

[82] Eleuterio Tadeo Amorena (de la casa Amorenea de Bozate), creó en el año 1860 los actuales gigantes de la comparsa de Pamplona.

[83] Entre los agotes contamos con la presencia de destacados txistularis y, asimismo, tenían también merecida fama como bailarines. Se dice que el famoso grupo de txistularis de Maya que se contrataba en Pamplona con motivo de los sanfermines, estaba compuesto por agotes.

[84] Una especie de poetas euskaldunes que improvisan versos cantados y compiten en un duelo de ingenio y de rima, estableciendo un diálogo en verso entre dos personas, cantado e improvisado.

[85] Por lo visto, tenían merecida fama desde muy antiguo. Sabemos que ya en 1378 los chrestiaas se comprometieron a realizar toda la carpintería del castillo de Montaner, propiedad de Gastón el Febo, a cambio de ciertos privilegios.

[86] Este era el caso, por ejemplo, de los moriscos en el vecino reino de Aragón, donde pudieron llegar a constituir el 20% de la población en los siglos XVI y XVII.

[87] A los gitanos se les reprochaba a menudo dedicarse a actividades sospechosas, como las supuestas artes adivinatorias, la lectura de manos y otras del mismo jaez, que despertaban interés y repulsa a partes iguales. Lo falta de oficio conocido ha sido siempre interpretada como peligrosa para la sociedad y, a menudo, tipificada como delito. Está aún tristemente cercana la ya derogada Ley de Vagos y Maleantes.

[88] Existe un documento escrito en árabe de compraventa inusitadamente moderno, fechado en 1.509 en Tudela y extendido por un notario local, según las fórmulas notariales musulmanas. Este dato es de capital importancia para entender la salud de la que gozaba la comunidad mudéjar en esta zona de Navarra y, quizás, su entronque social.

[89] V.V.A.A. Minorités et marginaux en France meridionale et dans la Peninsule Iberique Éditions du Centre National de la Recherche Scientifique, París 1986

[90] Con alguna excepción en Francia, donde su distribución fue mayor.

[91] Carlos M. Gorriarán cita una sentencia judicial rescatada por Merino Urrutia que data de 1.270. En ella, el alcalde mayor de Ojicastro –población riojana- confirma el derecho que tienen los vecinos de esa población a utilizar el euskera en los juicios.

[92] Acerca de este tema de las facerías, el autor nos propone algunos trabajos:

V. Fairen Guillén: Sobre las facerías internaciones en Navarra. Príncipe de Viana.

J.Deschemaeker: Les faceries pyreneennes et du Pays Basque. Eusko Jakintza.

H.Cavailles: Une federation pyreneenne sous l´Ancien Régime. Revue Historique.

[93] Carlos Martínez Gorriarán  Casa, Provincia, Rey  Alberdania, Irún 1993

[94] En cualquier caso, estas estructuras comunes serían vertebradas a través de las instituciones propias del Reino de Navarra, que, hasta el año 1.200 comprendía también las provincias que configuran la actual CAV, así como otros territorios limítrofes, sobre todo riojanos. Todo esto lo encontramos bien documentado en el libro “La Navarra marítima” de Tomás Urzainqui y Juan Mª de Olaizola, en Pamiela, Pamplona 1998

[95] Territorios tradicionales en los que se divide Euskal Herria: Vizcaya, Guipúzcoa, Araba, Navarra, Benavarra, Lapurdi y Zuberoa.

[96] Hablo de vascos, no en el sentido político actual, que incluiría únicamente a los habitantes de la CAV, sino en su sentido más amplio, social y cultural, que englobaría también a navarros y vascofranceses.

[97] Jaume Riera i Sans Supuestos agotes vascos en Monzón: su examen médico en 1.390  Separata de la revista “Príncipe de Viana”, nº 140 y 141 Príncipe de Viana. Diputación foral de Navarra. Pamplona 1975

[98] Ídem

[99] Ídem

[100] En el original.

[101] Sabemos también que había un muro, casi una muralla, en Bozate. Como supondrá el lector, no sería de carácter defensivo sino que serviría para mantenerlos ocultos y apartados.

[102] Julián Marías Aguilera La justicia social y otras justicias Ed. Espasa-Calpe, Madrid 1979

[103] Digo esto porque el especialista o aquel interesado en su estudio, los hallará fácilmente. A los demás, no les sirven para nada, salvo a aquel que, por un deseo morboso y trasnochado, gustara de asomarse sobre esa lista no sé con qué fin. De lo que no hay duda es de que, a los descendientes actuales, no les haría gracia ver sus apellidos en estas páginas. No es que tenga ninguna importancia, pero soy consciente de que, todavía hoy, heriría alguna sensibilidad. Por eso, por un principio mínimo de respeto, no me ha parecido oportuno transcribir esos datos.

[104] Ver el pié de página número 64

[105] Archivo Municipal de Ordizia. Fondo Municipal. Judicial histórico. Asuntos judiciales criminales. Legajo 1, núm. 2

[106] Archivo Municipal de Hernani. Fondo Municipal Histórico. Relaciones del Ayuntamiento. Relaciones con las Autoridades Judiciales. Asuntos criminales. Libro 2 / Exp. 13

[107] Archivo de la Casa de Zavala. Casa de Zavala. Sección 1ª Alzolaras. Administración del Patrimonio. Núm. 20.22

[108] Archivo Histórico de Loyola P.P. Jesuitas de Loyola. Floreaga. Familia Latenta. Administración del patrimonio. Legajo 20  Nº1028

[109] Al menos se percibe normalidad en cuanto a tratamiento administrativo y económico, con documentación que acredita posesiones, compraventas, arreglos económicos, etc.

[110] Todos ellos, salvo uno, residen en Castro-Urdiales, un pueblo limítrofe con Vizcaya.

[111] D. Juan de Goyeneche y Echenique, natural de Arizkun, tesorero de Felipe V

[112] Telares y fábricas de vidrio y de cerámica.

[113] Francisque Michel y Pío Baroja, entre otros.